lunes, 31 de marzo de 2014

139) Arroyo de La Puentecilla


ARROYO DE LA PUENTECILLA

Antes de nada, quisiera empezar este artículo deteniéndome un poco en el topónimo "La Puentecilla", un nombre que hoy en día, al sonar raro, ha originado cierto confusionismo a la hora de denominar a este arroyo y la zona por la que discurre. Todas las fuentes antiguas que he tenido ocasión de consultar (especialmente fuentes cartográficas) recogen el topónimo "La Puentecilla", sin embargo, en las últimas décadas se ha ido extendiendo y generalizando el de "La Fuentecilla" para referirse a este lugar, y así es como aparece en muchos planos modernos, e incluso, en trabajos y escritos elaborados por los propios ayuntamientos de la zona. La documentación histórico-militar procedente de la Guerra Civil hace también un uso generalizado del nombre "La Fuentecilla" frente al de "La Puentecilla", lo que demostraría que la confusión, como mínimo, se viene dando desde las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, en los mapas elaborados por el Instituto Geográfico Nacional permanece el topónimo "La Puentecilla" en todas sus ediciones, desde las más antiguas a las más actuales (la última del 2006).

Todo ello me llevo hace ya bastante tiempo a investigar un poco sobre esta cuestión, y ver si era capaz de aclarar las cosas. La respuesta me la dio “El Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española”. Un servicio digitalizado de la Real Academia Española (RAE), en el que se pueden consultar todos los diccionarios de nuestro idioma desde 1737 hasta 1992. Es realmente fantástico comprender el significado antiguo de ciertas palabras y expresiones, así como descubrir otras muchas que ya no se utilizan. Para todos los que manejamos libros y documentos antiguos, el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la RAE es una herramienta imprescindible para entender correctamente lo que estamos leyendo, pues, muchas veces, el significado actual de una palabra, no tiene nada que ver con el que tuvo en el pasado (aunque pueda parecer mentira).


Mapas actuales, uno de ellos con el topónimo "La Fuentecilla" y el otro con el de" La Puentecilla".

Volviendo a la polémica sobre el topónimo “Puentecilla” o “Fuentecilla”, y una vez consultados los viejos diccionarios, puedo asegurar que, sin ninguna duda, la denominación correcta es “La Puentecilla”, tal y como aparece en todos los mapas antiguos. Poco a poco, muchas personas lo van transformando en “Fuentecilla”, porque actualmente les suena mejor, pero es un error. Vamos a argumentar esta afirmación:

Según el actual Diccionario de la Lengua Española, “Puentecilla” (en femenino) es: “Puente o cordal de la parte interior de los instrumentos de cuerda que sujeta las cuerdas”. Pero en los diccionarios del siglo XVIII, además de esta definición de “Puentecilla”, nos encontramos con que la palabra “Puente” se utilizaba en femenino. Y así, encontramos términos y expresiones que hoy nos suenan raras, pero que en la época eran habituales. Por ejemplo:

“La puente levadiza”, para hablar de la compuerta que salvaba el foso de los castillo. O expresiones y frases hechas como: “Hacer la puente de plata” (facilitar las cosas); “Por la puente que está seco” (evitar riesgos), etc. Estos ejemplos y otros más, los encontramos en el Diccionario de la Real Academia de 1783.

Es a finales del siglo XIX cuando en los diccionarios comienza a aparecer la palabra “puente” como masculino, perdiéndose el uso de su forma femenina, pero permaneciendo en algunos topónimos como el que nos ocupa.

Posiblemente, poco a poco, el nombre original de “La Puentecilla” (que evidentemente hace alusión a algún antiguo puentecillo que servía para cruzar el arroyo), será transformado por el de “La Fuentecilla”, desvirtuando el sentido del topónimo. Por ello, reivindico usar el correcto nombre de “La Puentecilla”, que aunque hoy nos pueda sonar raro, es el original y, como todos los topónimos, nos está dando información sobre el pasado del lugar.

Y, una vez aclarada esta cuestión, pasamos al tema principal de este artículo: el arroyo de La Puentecilla y los restos de la Guerra Civil que se conservan en esta zona.

El arroyo de La Puentecilla nace en la zona que antaño recibía el nombre de Altos de la Carrascosa, una meseta bien definida que en los últimos años ha experimentado profundas transformaciones por la actividad urbanística y la construcción de infraestructuras. Las aguas de este arroyo, que puede permanecer seco buena parte del año, recorren unos 4 kilómetros hasta desembocar en el río Guadarrama, actuando parte de su tramo final como linde entre los términos municipales de Las Rozas y Majadahonda.

Buena parte del arroyo de La Puentecilla se encuentra dentro del “Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entorno”, por lo que algunas de las zonas por las que discurre cuentan con algún tipo de protección medioambiental que, sin embargo, no impide que este peculiar entorno natural sea objeto de diferentes agresiones de manera habitual (practica de enduro y motocrós, vertidos de escombros, basuras y otros residuos, por no hablar de la contaminación que sufren las aguas del propio arroyo). 

 Panorámica del arroyo de La Puentecilla (JMCM, 2010)

A lo largo de su recorrido, el arroyo de La Puentecilla, en época de lluvias, va recibiendo las aguas de otros arroyos menores que, comenzando en torrenteras en las partes altas, terminan conformando llamativas barrancas, cárcavas, cerros y cortados. Esta especial orografía fue aprovechada durante la guerra por los republicanos para establecer su línea de frente en este sector, una línea que experimentaría diversas modificaciones hasta el final de la contienda. Uno de los principales problemas con los que tuvieron que enfrentarse los republicanos en esta zona fue la superioridad táctica con la que contaban los franquistas desde sus posiciones de La Cumbre (que discurrían en paralelo a la actual M-851). El control y dominio de esas alturas  suponía una clara ventaja, tanto en lo referido a la visibilidad, como en lo concerniente al campo de tiro, lo que proporcionó a las guarniciones franquistas un excelente plan de fuegos contra las posiciones republicanas del sector (ver artículos “VÉRTICE CUMBRE” y “POSICIÓN 38 ORIENTAL GUADARRAMA”)

La batalla de Brunete (julio de 1937) supuso importantes modificaciones en las posiciones que los republicanos tenían en torno al arroyo de La Puentecilla, ya que consiguieron avanzar sus líneas y ocupar algunas cotas y lomas estratégicas que les permitieron establecer en esta zona un sistema defensivo más sólido y eficaz, minimizando en parte la ventaja con la que contaban las posiciones franquistas de La Cumbre. Es a partir de ese momento cuando los republicanos comienzan a desarrollar en la zona de La Puentecilla una intensa actividad fortificadora que se alargará hasta el final de la contienda.

La primera medida que se toma es la de mejorar las fortificaciones antiguas, las cuales, como podemos comprobar en un informe fechado en agosto de 1937, se consideran insuficientes y muy defectuosas:

“La construcción de las trincheras es sumamente defectuosa, pues tienen muy poca profundidad y faltan aspilleras para tiradores y aquellas que están construidas, (lo están) de forma muy deficiente, imposibilitando que el tirador pueda efectuar un tiro seguro y continuado. Así mismo, la mayor parte de la zanja es sumamente estrecha, notándose que las de evacuación tienen un zig-zag tan pronunciado, que imposibilita la evacuación en camilla desde la primera línea.”

También se considera prioritario sustituir los antiguos fortines de rollizos, por otros de mampostería y cemento, construyendo nuevos emplazamientos y modificando todo el sistema de fuegos, ya que se considera que los existentes, además de insuficientes, están mal ubicados y no permiten establecer una línea defensiva en profundidad.


Ejemplos de  fortines existentes en La Puentecilla. (JMCM, 2010)

Desde ese momento, en las posiciones que discurren en torno al arroyo de La Puentecilla, las compañías de zapadores iban a trabajar intensamente, siendo capaces de resolver buena  parte de los problemas que la especial topografía y orografía del lugar presentaba, y, todo ello, bajo el constante hostigamiento que las cercanas guarniciones franquistas ofrecían, lo que no deja de tener su mérito.

En julio de 1938, está zona del frente, cubierta ya por la 111ª B. M., se encontraba integrada en el Centro de Resistencia nº 6. Un informe de esta Brigada daba cuenta de los trabajos realizados entre mayo y diciembre de 1938. Según dicho documento, a lo largo de esos meses se habían realizado la mayor parte de los atrincheramientos y se habían colocado más de 1.500 m de alambrada. También se habían construido varios emplazamientos de mampostería para arma automática, y se informaba del arreglo, reforzamiento y entibamiento de puentes y pasarelas en diferentes barrancas y vaguadas para facilitar el enlace y la comunicación entre las posiciones.

En un “Plan de fortificaciones del Subsector de esta Brigada”, fechado en julio de 1938, podemos leer que la Línea Principal de Resistencia establecida en La Puentecilla se encontraba ya “en condiciones aceptables con gran cantidad de refugios ligeros y algunos, muy pocos, construidos contra artillería mediana y gruesa, con puestos de tirador diversos (escuadra, individuales o dobles), puestos mixtos de tiradores y granaderos, puestos de granaderos, emplazamientos para lanzabombas, fusiles ametralladores y ametralladoras con capacidad de resistencia, por lo menos, contra morteros del 81 y alguno de ellos, contra artillería de mediano calibre” , además de contar con una línea de obstáculos compuesta de alambradas y minas.


Más restos de fortines existentes en La Puentecilla. (JMCM, 2010)

A pesar de todo ello, los mismos informes de ingenieros y zapadores siguen haciendo reiteradas menciones y alusiones a la complejidad de la orografía para establecer un completo y eficaz sistema defensivo, y al permanente riesgo que supone la ventajosa posición que ocupan las guarniciones enemigas en la zona, por lo que los trabajos de fortificación, comunicación y enlace, así como la organización y reorganización defensiva del frente a base de Centros de Resistencia, Línea Principal de Resistencia y Línea de Sostenes, serán constantes durante toda la contienda.

En febrero de 1939, poco antes de concluir la guerra, en la zona de La Puentecilla se situaban parte de los Centros de Resistencia nº 3 y nº 2 del III Subsector del frente, posiciones defendidas cada una de ellas por un batallón de la 111.ª Brigada Mixta, de la 8.ª División, perteneciente al II Cuerpo de Ejército.


 Restos de inscripciones existentes en algunos fortines de La Puentecilla. (JMCM, 2010)

En la actualidad, en torno al arroyo de La Puentecilla se conservan numerosas fortificaciones y atrincheramientos en diverso estado de conservación, muchas de ellas, poco o nada conocidas. El “Anuario de Actuaciones Arqueológicas y Paleontológicas de la Comunidad de Madrid”, del 2006, solo incluye 2 de las 21 fortificaciones que se recogen en el “CATÁLOGO FOTOGRÁFICO DE FORTIFICACIONES” de este blog, a las que habría que sumar 1 fortificación más, destruida en los últimos años, pero incluida en el "INVENTARIO DE RESTOS DEL FRENTE DE LAS ROZAS DE MADRID" (J. M. Calvo Martínez, GEFREMA, 2012).

Creo que tanto el entorno natural, como el rico patrimonio relacionado con la Guerra Civil que se conserva en el arroyo de La Puentecilla, convierte a esta zona en un lugar único y especial para poder disfrutar de la Historia y la Naturaleza. Confío en que, tanto las diferentes administraciones con competencias en estos temas, como todas las personas que por uno u otro motivo se acercan a este espacio tan peculiar, muestren una especial sensibilidad y cuidado por todo lo que en él se engloba.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía de cabezera: Trazado de trinchera y fortín en el arroyo de La Puentecilla (JMCM, 2010).

domingo, 16 de febrero de 2014

138) Frontón de Aravaca (Casa Roja)


FRONTÓN DE ARAVACA (CASA ROJA)


Desde una perspectiva historiográfica, no hace tanto tiempo del final de la Guerra Civil, sin embargo, las transformaciones de todo tipo que ha experimentado España en las últimas siete décadas han producido tantos cambios que no siempre resulta fácil seguir la pista a las diferentes informaciones que van apareciendo cuando se investiga sobre aquellos años.

En este sentido, uno de los mayores obstáculos para el investigador lo constituye la profunda transformación que ha experimentado el paisaje (o los paisajes), tanto en los espacios naturales, como en los urbanos. Por este motivo, muchas veces, el poder interpretar correctamente datos que en los documentos de época aparecen muy claros, se convierte en un verdadero rompecabezas para el investigador, porque su rastro, prácticamente ha desaparecido en la actualidad.


Esta problemática está muy presente en lo que fue el frente de la carretera de La Coruña en el noroeste de Madrid. Como ya sabrán nuestros lectores habituales, durante la guerra, esta zona estuvo salpicada de lugares muy reseñables y emblemáticos en aquellos días, pero de los que apenas sabemos nada en la actualidad. Diferentes construcciones y edificaciones que, más o menos aisladas, se encontraban ubicadas en diversos puntos estratégicos, por lo que fueron empleadas como auténticos bastiones defensivos fuertemente fortificados. Desde viviendas y residencias particulares (los famosos hotelitos) a lugares de ocio y esparcimiento como bares o restaurantes, pasando por casetas de peones camineros, ermitas, puentes, cementerios, estaciones de servicio, gasolineras, etc.

Muchas de estas construcciones desaparecieron hace tiempo, algunas destruidas durante la misma guerra. Otras (las menos) aún existen, aunque, como es lógico, con grandes cambios y transformaciones en su uso y aspecto. Identificarlas, localizarlas y ubicarlas es de gran importancia para los investigadores porque, durante la guerra, muchas de ellas se convirtieron en elementos de primer orden para la organización del frente, pero ello, no siempre resulta sencillo, más bien todo lo contrario. Casa Camorra, Bar Anita, Sicilia-Molinero, el Puente de la Muerte, Casa Cubas, Radio Argentina, Moto-Club, Telégrafo de Las Rozas, Casa de Vitórica, Hotel del Belga… pueden ser algunos ejemplos ilustrativos.


Llegado a este punto, creo necesario hacer una mención muy especial al Foro de la asociación GEFREMA, espacio que se ha convertido en una referencia imprescindible para todos los interesados, no solo en la GCE, sino en el conocimiento general del pasado de Madrid y sus alrededores. Colaboraciones como las de Guilpomad, Florentino Areneros, Inés, 34 BM o el Chato de Ventas (por citar solo a algunos de los más activos foreros y sin querer desmerecer al resto), acostumbran a tener un altísimo nivel, siendo capaces de sonsacar los entresijos al más mínimo dato o reseña, rescatando del olvido en el que se encuentran a edificios, personajes y sucesos de tiempos ya pasados, y, lo que es aún mejor, comparten el resultado de sus investigaciones. Desde aquí, mi reconocimiento y agradecimiento.


Hoy dedicamos este artículo a uno de esos edificios poco conocidos y, todavía, menos estudiados: el Frontón de Aravaca, rebautizado en la terminología de guerra como Casa Roja. No confundir este frontón ubicado en la carretera de La Coruña con el también desaparecido frontón municipal de Aravaca, que se encontraba en pleno centro urbano, tras la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Hoy en día, hablar de frontones en Madrid puede parecer extraño, pero hubo un tiempo en que no lo fue tanto. Vayamos por partes.


EL JUEGO DE PELOTA MANO

El origen de los juegos de pelota se pierde en la noche de los tiempos, y no se trata de hacer aquí un repaso de las diferentes manifestaciones que de ellos podemos encontrar a lo largo de la Antigüedad, tanto en la Europa arcaica, como en la América precolombina. Para el tema concreto que ahora nos interesa, nos centraremos solo en el juego genéricamente conocido como pelota-mano, que durante siglos gozó de una gran aceptación y reconocimiento. 


En lo que se refiere a la Península Ibérica, podemos encontrar referencias claras de este juego desde la Edad Media. Básicamente, consistía en un número variable de jugadores que por turnos iban golpeando una pelota con la palma de la mano, lanzándola contra una pared o muro. La pelota solía ser de madera revestida de varias capas de cuero curtido, y la pared o muro, además del suelo sobre el que se jugaba, debían de tener la suficiente dureza y consistencia como para que la pelota botase y rebotase con fuerza, por ello, era habitual que para practicarlo se empleasen las fachadas de iglesias, ermitas, lienzos de murallas, etc., ya que, en aquella época, la mayor parte de las edificaciones eran de madera y adobe y carecían de la altura necesaria. 


La enorme aceptación que tuvo este juego provocó que con el tiempo, esas improvisadas canchas fueran sustituidas por otras construidas específicamente para ese fin, y que recibirían el popular nombre de frontones. Básicamente, estas construcciones al aire libre consistían en un recinto rectangular, con el suelo (la cancha) más o menos pavimentado (muchas veces, la simple arena del lugar bien apisonada), y con dos altos paramentos verticales formado un ángulo recto. El muro que se eleva frente a los jugadores y contra el que se lanzan las pelotas recibe el nombre de frontis, mientras que el otro muro, que cerca el recinto por su lateral izquierdo, se conoce como rebote (en ocasiones, los frontones pueden tener cercados sus dos laterales, e incluso, carecer de ellos y contar solo con el frontis). Esta tipología básica de frontones fue llenando la geografía del país, especialmente entre el norte y la mitad peninsular, siendo muy raro el pueblo de esta franja geográfica que a finales de siglo XIX no contara ya con su propio frontón municipal. Las dos Castillas, Aragón, por supuesto el País Vasco y Navarra, pero también la zona de Levante, fueron lugares en los que se generalizó la práctica de este juego, si bien es cierto que en cada zona o región se desarrollaron diferentes reglas y modalidades.


Los pueblos de Madrid (provincia castellana por historia, cultura y tradición) no fueron una excepción, y, aunque hoy en día nos pueda parecer raro, los frontones formaron parte habitual del paisaje madrileño durante varias generaciones. A este tipo de frontones correspondía el municipal de Aravaca al que hacíamos referencia antes (no confundir con el otro frontón que da título a este artículo y del que hablaremos más adelante). También en otro pueblo del noroeste, como es Las Rozas de Madrid, contamos con referencias claras a la existencia de frontones. Según Eduardo Muñoz Bravo, roceño de pro, poeta, investigador,  cronista y amante de la historia y tradiciones de su pueblo:


“Por este año de 1928, hacía años que existía el juego de pelota, que estaba en la calle hoy de María Zambrano (…) Este era grande, con el frente y dos costados todo vestido de cemento y marcadas las distancias, es decir, un juego pelota (cómo así se llamaba) a este frontón que era propiedad de Luciano Riaza, y tenía una planicie fuera, que llegaba a la calle del Romeral, prolongación, y se usaba para este juego, ya que tenía de 25 a 30 metros de largo por el ancho que tenía el interior, donde los chicos también jugaban a la pelota. No se le conocía por frontón y era un sitio que siempre se le llamó el juego pelota, muy popular, ya que los domingos, es decir, los días de fiesta, ya que no todos los domingos eran fiesta entonces, se celebraban partidos muy competidos. Se hablaba de Chineira, Julián, Barranquín, y más tarde, Higinio, Coca, Pellica, Celestino Tentetieso, Parral, etc., que cuando el panadero, Emilio Lázaro, construyó el de al lado del Centro de Cultura y detrás de su panadería fue sobre el año 1928, que fue cuando lo cerraron, pero ya en el año 1930, que tanto éste como el otro, los dos fueron derribados en la guerra.” (Eduardo Muñoz Bravo).


El frontón se convirtió en un elemento emblemático en el urbanismo de los pueblos, a un nivel similar al que podían tener la plaza mayor, el lavadero, el atrio de la iglesia, o la fuente municipal. Un lugar de sociabilidad en el que, debido a sus características y ubicación, además de para  jugar a la pelota, era empleado para otros muchos fines, tales como reuniones vecinales, celebración de bailes y festejos, instalación de mercadillos temporales, etc.


El juego de pelota estaba totalmente integrado en la vida de los pueblos. Los domingos y días festivos era común ver a los mozos practicando este entretenimiento, que concentraba la atención del resto de vecinos, dando lugar a duelos y rivalidades entre los que lo practicaban y sus seguidores. Pero cuando realmente hervía la sangre en los frontones era cuando el enfrentamiento se producía entre los mozos de diferentes pueblos, momento en el que el orgullo local de los vecinos se mostraba a flor de piel, rememorando las antiguas hazañas y gestas, e intentando saldar cuentas pendientes con los “enemigos” de siempre.

En la provincia de Madrid es raro encontrar hoy en día frontones de este tipo, pero en otras regiones cercanas, como las dos Castillas, siguen estando muy presentes y siguen siendo  utilizados por los jóvenes de los pueblos para echar sus partidos, si bien es cierto que, en general, no se practica ya la tradicional pelota mano, sino el frontenis. Mención aparte merece el País Vasco y Navarra, donde, como es sabido, la pelota vasca se ha convertido en una seña de identidad nacional. Algo parecido, aunque a menor nivel, sucede en el norte de Castilla León con la pelota castellana y en algunas zonas de Levante con la pelota valenciana.


EL DEPORTE DE LA PELOTA VASCA EN MADRID


Hasta aquí, una visión muy general de lo que fue el juego de pelota practicado popularmente en los frontones de los pueblos durante varias generaciones. Pero la cosa no acabaría aquí, porque, como habrá podido comprobar el lector atento, en todo lo expuesto no ha aparecido en ningún momento la palabra deporte, un concepto totalmente desconocido en España, al menos, hasta finales del siglo XIX. El fenómeno del deporte, tal y como lo entendemos hoy en día, está asociado básicamente a la aparición de la sociedad de masas, al incremento del tiempo libre, de ocio y de consumo por parte de ciertas clases sociales, y a la aparición de los grandes medios de comunicación. Hasta entonces, las gentes del mundo rural y preindustrial a las que nos referíamos antes, no practicaban deporte, gimnasia o educación física, simplemente trabajaban o se entretenían puntualmente con algún tipo de juego físico, como era el caso de los frontones. En España, esto fue cambiando a finales del siglo XIX y principios del XX, momento en el que, a imitación de lo que venía sucediendo en otros países desarrollados, comienza a extenderse la práctica de diferentes modalidades deportivas que, poco a poco, van profesionalizándose y consolidando sus propias aficiones. El atletismo, el ciclismo, el automovilismo y motociclismo, poco después el futbol… van cuajando en la sociedad, despertando pasiones y creándose todo tipo de torneos, copas, premios y competiciones oficiales que llenarían las páginas de los periódicos, apareciendo diferentes clubs y asociaciones deportivas,  una prensa específica y, por supuesto, las infraestructuras necesarias para poder desarrollar los partidos y competiciones, y albergar al creciente número de seguidores y aficionados.


Dentro de este fenómeno del auge de los deportes de masas, encontramos la profesionalización que experimento a finales del siglo XIX la Pelota Vasca, originariamente en Euskadi, pero que muy pronto se extendería también por otras regiones. Fuera del País Vasco, Madrid fue la ciudad española donde más auge alcanzó este deporte. El motivo principal de esta afición lo podemos encontrar en la moda por parte de las clases aristocráticas y más pudientes del país, de veranear en la costa cantábrica. Siguiendo la costumbre de la Familia Real, muchas de las familias madrileñas pertenecientes a la más alta sociedad, pasaban sus periodos estivales en ciudades como San Sebastián, en donde se familiarizaron con la pelota vasca, hasta el punto, de que decidieron impulsar dicho deporte en la capital de España, apoyando y financiado la construcción de numerosos frontones en Madrid. Más allá de su aspecto puramente deportivo, la pelota vasca, en sus diferentes modalidades, pero muy especialmente en la categoría de cesta-punta, despertó un gran interés y seguimiento por las altísimas apuestas que se generaban en torno a  los partidos.


Según el periodista e investigador Ignacio Ramos (Madrid, 1968), autor de “Frontones madrileños. Auge y caída de la pelota vasca en Madrid” (La Librería, Madrid, 2013), en la capital de España llegaron a funcionar hasta cinco frontones a la vez, con aforos de entre 3.000 y 5.000 espectadores. De este periodo datan los frontones Beti Jai (C/Marqués de Riscal), Jai Alai (C/ Alfonso XIII), Euskal Jai (C/ Marqués de la Ensenada), el Madrileño (C/Núñez de Balboa), el Buenos Aires (C/ Santa Engracia) o  el Fiesta Alegre (C/ Marqués de Urquijo), construidos al estilo y, en ocasiones, imitación, de los grandes frontones de San Sebastián, Bilbao, etc. Recintos cerrados, con graderíos para el público, palco y hasta servicio de bar. Auténticas joyas arquitectónicas de los que solo nos ha llegado el ruinoso edificio del Beti Jai (Calle Marqués de Riscal, nº 7), cuya definitiva desaparición, una plataforma ciudadana denominada "Salvemos el Frontón Beti Jai" lleva años intentando evitar.

 Frontón Beti Jai de Madrid en 1918

Frontón Beti Jai de Madrid en la actualidad


Entre finales del siglo XIX y principios del XX la pelota vasca vivió un increíble apogeo en Madrid. Algunos pelotaris, palistas o manistas profesionales, tanto en categoría masculina como femenina, alcanzaron una enorme popularidad, pero debido a la regularización, e incluso prohibición puntual, de las altas apuestas que generaban los frontones, sumado al auge de otros deportes de masas, como el futbol, la pelota vasca en Madrid fue poco a poco languideciendo y perdiendo seguidores. Muchos frontones cerraron o tuvieron que reinventarse, ofreciendo, además de los habituales partidos de pelota, otro tipo de espectáculos y servicios (desde combates de lucha libre, hasta espacio en el que celebrar bailes o mítines políticos). Aun así, la afición por la pelota vasca en Madrid, con sus altibajos, llegó hasta la década de los años 30, encontrando importantes frontones por los diferentes barrios de la ciudad (frontones como el Central, el Madrid, el Moderno o el Recoletos son algunos ejemplos). Estos frontones de los años 30 supusieron una revitalización para el deporte de la pelota vasca en Madrid. Establecimientos multiusos en los que, además de presenciar partidos, los asistentes podían realizar apuestas y quinielas, a la vez que  disfrutaban de servicio de bar, restaurante e incluso, en algunos casos, piscina y sauna.

 Referencias al Frontón Moderno y al Frontón Madrid en la prensa de 1920


A esta última categoría, aunque a un nivel muchísimo más humilde, debió de pertenecer el frontón de Aravaca existente en la carretera de La Coruña al iniciarse la guerra. No he sido capaz de localizar la más mínima referencia, oral o escrita, a la actividad que esta instalación pudo tener en los años previos a la guerra, quizás, ni siquiera llegó a ser inaugurado, o se encontraba a medio construir al iniciarse el conflicto, pero parece lógico englobar a este edificio con el resto de los numerosos establecimientos de hostelería y entretenimiento que proliferaron a lo largo de los primeros kilómetros de la carretera de La Coruña en las primeras décadas del siglo XX. Bares, restaurantes, merenderos y salas de fiesta surgidos paralelamente a la proliferación del uso del automóvil por parte de cada vez más madrileños que, en sus ratos de ocio y tiempo libre, gustaban de realizar excursiones y escapadas con el coche por los alrededores de la capital.


EL FRONTÓN DE ARAVACA, POSICIÓN CASA ROJA DURANTE LA GUERRA CIVIL


 Fotografía del frontón de Aravaca (Casa Roja) aparecida en el ABC de Madrid el 26-5-1937

Aunque tampoco puede decirse que sean muy abundantes, sí que encontramos referencias directas al frontón de Aravaca en el periodo bélico. La primera cosa que hay que tener en cuenta para seguir la pista a esta construcción durante la guerra, es que recibió la denominación de Casa Roja por parte de ambos ejércitos, lo cual nos informa  del color que, más o menos generalizado, debió de tener su fachada (no confundir con otras casas ubicadas en otros frentes y sectores denominadas también “rojas”). A tenor de lo que puede leerse en la prensa, además de la cancha del frontón, esta construcción contaba con otra edificación de tres plantas y torreón.

 Posible ubicación del frontón de Aravaca (circulada en verde) en un mapa del Sector Las Rozas-El Pardo
 del Ejército Popular de la Republica (AGMA)


Situado aproximadamente a la altura del kilómetro 11,6 de la carretera de La Coruña, en su margen derecha, este frontón fue ocupado por las tropas franquistas en los últimos días de la batalla de la carretera de La Coruña. Según la documentación que he tenido ocasión de consultar, en los primeros meses de 1937 el frontón de Aravaca (denominado ya, “Casa Roja”) se encontraba situado en un lugar especialmente sensible para el dispositivo defensivo franquista, ya que actuaba de unión entre los denominados “Sector Aravaca-Pozuelo” y “Sector Plantío”. Un informe de la 11 División Nacional fechado a finales de abril de 1937 se refería a esta zona, que iba desde el extremo derecho del Sector Plantío (Km 12 de la carretera de La Coruña), hasta  el enlace con el Sector Aravaca (200 metros a la izquierda del vértice Barrial), como un” punto débil (…) que ha obligado a tomar y fortificar fuertemente una casa llamada la Casa Roja para enlazar fuegos con el extremo izquierdo de Aravaca, pero que por la noche, al impedir la visibilidad, queda un espacio de unos 600 metros por el que puede fácilmente penetrar el enemigo y apoderarse del llamado Cerro de losGamos”.


Como vemos, a finales de abril de 1937, la carretera de La Coruña todavía era un frente poroso y poco consolidado, con varios puntos débiles y un esqueleto defensivo basado principalmente en la ocupación y fortificación de las diferentes edificaciones existentes en torno a la carretera. El control y dominio de estas construcciones provocó un constante forcejeo repleto de golpes de mano y pequeñas acciones de combate encaminadas a desalojar  de ellas al enemigo, siendo frecuente que algunos de estos edificios cambiase de manos en diferentes momentos a lo largo de la guerra (ver anteriores artículos publicados en este blog: “CASA CAMORRA”, “CASA CAMORRA 2ª parte”, “CUESTA DE LAS PERDICES” o “GOLPE POR GOLPE”). La prensa republicana de aquellos años está repleta de referencias a este tipo de combates en los que fue habitual recurrir a la guerra de minas, ya que la tierra de nadie que separaba las posiciones de unos y otros apenas era de unas decenas de metros en muchos puntos. 

 Pedro Mateo Merino
  
La mejor referencia bélica que hasta la fecha he podido localizar referente al frontón de Aravaca, la encontramos en el testimonio ofrecido por Pedro Mateo Merino (del que ya hemos hablado en este blog en el artículo “POZUELO ALARCÓN”). Dentro de la 38ª BM, este destacado combatiente republicano llega al sector de El Pardo en marzo de 1937 para ocupar posiciones en primera línea de fuego, precisamente, frente al frontón de Aravaca, ocupado y fortificado por las tropas franquistas. Pedro Mateo nos narra de la siguiente manera la llegada de su batallón al frente, trasladado en camiones desde Ciudad Lineal:


 “A la noche siguiente partimos camino de la Zarzuela, en El Pardo, el inmenso parque y antiguo sitio real, junto a las afueras noroeste de Madrid y casi al pie del mismo Aravaca. Nada más abandonar la carretera de Francia, se hizo lenta la marcha de los camiones por los caminos encharcados y fangosos, que hablaban de copiosas y recientes lluvias. Cruzó la columna el imponente palacio de El Pardo y se detuvo a la vera de la Zarzuela, a penas atravesamos el puente sobre el Manzanares. En plena noche cerrada fuimos desembarcando, para avanzar entre el bosque, arroyos y barrizales hacia la misma cerca, por donde se extendía la línea republicana. Los servicios y plana mayor del batallón quedaron provisionalmente en el palacete, hasta donde llegaban las líneas telefónicas (…)

Efectuamos el relevo, como en tantas otras ocasiones, sin reconocimiento previo del terreno, por la noche. Según las breves explicaciones de las tropas salientes, sabíamos que el enemigo se hallaba a corta distancia, en casas, trincheras y nidos ocultos en la oscuridad, en una cierta dirección imaginaria (…) Las posiciones consistían en una primera línea de trincheras, continua, o aspilleras a lo largo de la cerca de piedra, sin ninguna otra fortificación escalonada en profundidad. Era una defensa increíblemente débil, sostenida por una compañía de reserva en la retaguardia inmediata, al abrigo de una hondonada.”


A continuación, nos describe las características que tenía la primera línea de frente en ese sector, haciendo mención especial al frontón de Aravaca como una de las posiciones enemigas más importantes de la zona:


“Con la claridad diurna y la observación constante, fuimos conociendo la situación. Delante teníamos el frontón de Aravaca y unas colonias veraniegas que bordeaban la cerca de El Pardo; más allá se veía el alargado cerro que corona la cuesta de las Perdices y sustenta al pueblo de Aravaca. El frontón y la falda del lomerío estaban fortificados y ocupados por tropas enemigas (5º tabor de regulares, 6ª y 9ª banderas del tercio y fuerzas moras), que observaban y batían con su fuego una extensa zona hasta las mismas tapias del parque. Ante nuestro flanco derecho, en Los Manchones, un kilómetro al sur del Palacio, las posiciones fascistas alcanzaban la cerca y dominaban con la observación y el fuego nuestra retaguardia, salpicada de añosas encinas. La mayor parte de la línea corría a lo largo de la cerca de piedra, con algunas avanzadillas adelantadas en los grupos de casas al oeste. El flanco izquierdo del batallón estaba a cubierto del fuego y la observación de los franquistas por un brusco descenso del terreno hacia el valle del Manzanares; por el mismo extremo corría profundo cruzando la cerca el arroyo de Valdemarín; y en el centro del dispositivo existía una vaguada con un pozo, donde se instaló el puesto de mando (…) En general, los accesos a nuestra primera línea eran cubiertos, más el campo de observación y de tiro dejaba mucho que desear en el flanco derecho, siendo aceptable, únicamente en el resto de las posiciones.”


En su relato, Mateo Merino  recoge el ataque que protagonizó su unidad contra el frontón de Aravaca, una acción complementaria o de apoyo a la ofensiva desencadenada por el Ejército Popular de la República en abril de 1937 contra las posiciones franquistas de la Casa de Campo y el Cerro del Águila, conocida como “Operación Garabitas”


(…) Así entramos en abril y comenzó la famosa “operación de Garabitas”. La víspera, el 8 de abril, el comandante de la brigada ordenó verbalmente atacar con una compañía el frontón de Aravaca, a fin de cooperar en la ofensiva a los cerros de Garabitas y el Águila en la Casa de Campo (…) El frontón constituía un edificio cercado por inmensos paredones, de gran consistencia, y una altura máxima de 15-20 metros en la fachada de cara a nosotros. Se hallaba casi a mitad de pendiente en la loma, como bastión de un sistema ramificado de trincheras y zanjas de comunicación. A ras del suelo, todo alrededor habían hecho troneras, que se guarnecían desde la trinchera que bordeaba el recinto. En los flancos y detrás, los facciosos tenían varias armas automáticas. Defendía la posición una compañía. Era una verdadera fortaleza, que solo podría tomarse en ataque general con poderosos medios de reducción y destrucción. O tal vez, de noche, por sorpresa, luego de minuciosas exploraciones, con un ataque bien preparado y coordinado, en estrecha cooperación con los vecinos.


Ninguna de las dos cosas era posible. Estábamos a pocas horas del comienzo del ataque. No había que perder tiempo (…) Durante todo el día se intensificó la observación, confirmándose los datos que poseíamos. Una breve exploración nocturna confirmó que el enemigo tenía un solo acceso al frontón (…) Así se tomó la decisión; la compañía de Somosierra atacaría por sorpresa al amanecer para tomar la posición por la retaguardia. Ocuparía ocultamente la línea de asalto en la proximidad cercana de la fachada oeste, a fin de cortar la zanja de comunicación, aislar el edificio y penetrar en su interior. El éxito dependía de la buena organización, la rapidez y la audacia (…) Toda la preparación se hizo conforme al plan de ataque, y éste comenzó según se había previsto. Sin embargo, aquella fortaleza de una sola entrada por la retaguardia (aunque cercada), no logró tomarse, ya que los muros eran infranqueables y el único acceso se hallaba batido por fuegos cruzados de gran densidad. Efectuando el despliegue en la oscuridad, la compañía atacante penetró en la zanja de comunicación, semicercó e objetivo señalado y llegó a la misma entrada del recinto, cayendo bajo un intenso fuego que se hacía desde el interior. La apertura de otros boquetes con artillería o explosivos hubiera podido decidir la situación en favor de las tropas populares, más carecíamos de la una y de los otros. En pleno forcejeo, cuando aún no estaban claros los resultados del combate cercano en la retaguardia de la posición atacada, desde donde llegaba el estampido de las granadas de mano, comenzó a despuntar el día. Cuando amaneció, las dos secciones que atacaban de revés se hallaron entre dos fuegos: desde el frontón y desde, las trincheras al oeste del mismo, en un terreno llano y descubierto dominado por el enemigo. Bajo la cobertura de nuestros morteros y ametralladoras se replegaron a un lindero y algunos esconces de la barbechera, como a cien metros del frontón, dejando en el terreno once muertos y veintisiete heridos, que solo a la noche siguiente pudieron ser recogidos con la protección de una fuerte patrulla. Muchos de ellos presentaban heridas en la cabeza, causadas por el fuego enemigo desde posiciones dominantes. Nuestra cooperación mediante aquél ataque, mal concebido y peor organizado, debió constituir muy escasa ayuda a la ofensiva con tanques y artillería (a posiciones también dominantes y bien fortificadas del enemigo), que se prolongó durante casi una semana sin lograr sus objetivos, por razones bastante similares a las que motivaron el doloroso fracaso de nuestro ataque.


Habíamos perdido a buen número de nuestros mejores combatientes y mandos, disciplinados y aguerridos veteranos, formados en Somosierra, como resultado de un sacrificio inútil. La suspensión del ataque, ordenada al final de la jornada, no eximió a los jefes de la grave responsabilidad que implicaba aquél desatino táctico que tan preciosas vidas nos había costado.”


En aquella ofensiva de abril de 1937, las tropas republicanas, al igual que sucedió con  las principales posiciones franquistas que fueron atacadas (Garabitas, Cerro del Águila, Cuesta de las Perdices…), no lograron ocupar el frontón de Aravaca, que permanecería en poder de las tropas de Franco hasta el final de la guerra. No obstante, la denominada Casa Roja siguió siendo castigada de una manera constante, principalmente por la artillería republicana, lo que provocó que el edificio del frontón se fuera convirtiendo, poco a poco, en un montón de escombros. La prensa republicana del verano de 1937 recoge de la siguiente manera la destrucción por bombardeo de esta edificación:


“También dispararon nuestras piezas con Insistencia sobre la «Casa Roja», ya castigada en otras ocasiones. Se causaron en ella grandes desperfectos, y al terminar el cañoneo sólo quedaban en pie algunos paredones.” (La Vanguardia, 15-6-1937)

La Vanguardia (16-6-1937)


A pesar del duro castigo al que fue sometido el edificio, sus defensores siguieron enquistados entre las ruinas, de tal manera, que, a finales de 1938, encontramos a la Casa Roja como la Posición 74 del Centro de Resistencia G, defendida por una compañía del Batallón 254 de cazadores de Ceuta 7 (20 División del EN), con una guarnición formada por 105 hombres y un armamento compuesto de 90 fusiles Mauser 7 mm, 2 fusiles ametralladores Breda y 2 ametralladoras Hotchkiss 7 mm. Una guarnición tan numerosa demuestra la importancia que esta posición tenía en el dispositivo defensivo franquista. Poco después, tras la reorganización que experimentó el frente franquista a principios de 1939, la Posición Casa Roja pasó a formar parte del Centro de Resistencia VII, integrando a 7 Islotes de Resistencia en el extremo occidental de dicho CR. 


Terminada la guerra, la afición madrileña por la pelota vasca desapareció por completo. El nuevo régimen franquista apoyó e impulsó al futbol como deporte de masas, y de todos es sabido la utilización que durante los años de la dictadura se hizo de este deporte como medio de propaganda y control social. Los frontones de la capital se reconvirtieron en otra cosa o fueron derribados. En la reconstrucción de los pueblos que rodean Madrid, llevada a cabo por el organismo de Regiones Devastadas, no se contempló reconstruir ni mantener los antiguos frontones. La tradicional y popular afición por el juego de pelota se extinguió en la región. Actualmente, como recuerdo de todo aquello, solo persisten algunos frontones privados en casas particulares, la inmensa mayoría, construidos después de la guerra, y no para practicar el juego de pelota mano, sino el frontenis.


Por su parte, del que había sido frontón de Aravaca, Posición Casa Roja durante la guerra, solo quedarían ruinas y escombros que acabarían desapareciendo para dar paso a nuevas infraestructuras y urbanizaciones, de tal manera que, al día de hoy, más de setenta años después, de este frontón no queda casi ni el recuerdo.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ 


Fotografía de cabecera: El frontón de Aravaca bombardeado por la artillería republicana. Fotografía de Alberto Segovia, 20-6-1937 (AHN)
 Documentación militar procedente del AGMA