lunes, 26 de febrero de 2018

161) Frente de Las Rozas


FRENTE DE LAS ROZAS


Cosas que pueden aparecer cuando se revisan los movimientos de tierras de las excavadoras que  realizan obras en antiguas zonas de combate:

  • Restos de un casco checo modelo  1930.
  • Cartuchos, balas y vainas de Mauser 7,92 mm, Mauser 7 mm y Mosin-Nagant 7,62 mm
Las Rozas de Madrid (febrero, 2018)

martes, 20 de febrero de 2018

160) Guerra química


GUERRA QUÍMICA


Los agresivos químicos fueron utilizados por primera vez durante la Gran Guerra (1914-1918). En abril de 1915, el ejército alemán empleó cloro gasificado contra sus enemigos en el frente de Ypres, al noroeste de Bélgica. Una nube de gas amarillo-verdosa alcanzó las trincheras aliadas. Cientos de soldados murieron asfixiados, y el resto huyeron aterrorizados, sofocados, cegados y sin parar de vomitar.

Desde aquel momento, los agresivos químicos, en sus diversas variantes (asfixiantes, tóxicos, lacrimógenos, vomitivos o vesicantes), mostraron sus terroríficos efectos como arma de guerra, lo que llevaría a que en 1925 se firmase el Protocolo de Ginebra, que prohibía el uso de armas químicas y bacteriológicas. Un acuerdo con ciertas lagunas que daba pie a diferentes interpretaciones, y que sería incumplido de manera reiterada por varios de los países firmantes.

España comenzó a producir agresivos químicos durante la década de los años 20 en las fábricas de La Marañosa (actual término municipal de San Martín de la Vega) y de Melilla. Este armamento fue empleado por el ejército español durante la guerra de Marruecos. La campaña de bombardeos con gases tóxicos en la lucha contra las tribus rifeñas se planificó a partir del Desastre de Anual (agosto de 1921), y se prolongó hasta 1927, siendo el periodo de mayor intensidad el comprendido entre los años 1924 y 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera.

Durante la Guerra Civil se producen algunos episodios puntuales en los que parece estar probada la utilización de agresivos químicos, pero siempre de manera esporádica, muy limitada y podría decirse que anecdótica. No obstante, el temor a que se emplease este tipo de armamento de manera generalizada fue constante a lo largo de toda la contienda, lo que provocó que ambos ejércitos compraran y fabricaran importantes cantidades de agentes agresivos y creasen sus respectivos servicios especializados en defensa contra gases tóxicos.

También se importaron y fabricaron decenas de miles de máscaras antigás, que se distribuyeron de manera masiva entre las fuerzas de choque y las unidades que cubrían la línea de frente. Un ejemplo de todo ello lo constituye el dato recogido por L. M. Franco y J. M. Manrique en su libro “Armas y Uniformes de la GCE” (Susaeta Ediciones, p. 205) respecto a que, en diciembre de 1937, el Ejército del Centro republicano contaba ya con 116.073 máscaras antigás, y seguía reclamando más unidades para poder dotar de las mismas a todas sus brigadas.

Filtro de máscara antigás recuperado en la Dehesa de Navalcarbón.

Por todo ello, no es extraño que en una de las estructuras excavadas arqueológicamente en la Dehesa de Navalcarbón, y que tenemos documentada como Puesto de Mando, apareciese parte del filtro de una máscara antigás. Debido al estado de conservación en el que se encuentra la pieza recuperada, y a la gran variedad de máscaras que se emplearon en España durante la contienda, algunas de ellas de aspecto muy similar, no resulta sencillo identificar a qué modelo concreto corresponde. Sabemos que en la etapa final de la guerra el Ejército Popular de la República adoptó como reglamentaria la máscara FATRA, de fabricación checa, pero aunque bien podría corresponder a una de este tipo, lo cierto es que no podemos asegurarlo.

Filtro de máscara antigás recuperado en Navalcarbón (anverso)

Filtro de máscara antigás recuperado en Navalcarbón (reverso)

Lo que sí es seguro, y este hallazgo lo confirma, es que el fantasma de la guerra química recorrió las trincheras y parapetos de la Guerra Civil Española, y las posiciones de Las Rozas no fueron una excepción.

Fotografía del encabezado: Soldados republicanos aprendiendo a colocarse la máscara antigás. Frente de Madrid. (PARES. Archivo Rojo).


(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón, Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid).


miércoles, 31 de enero de 2018

159) Prensa de trinchera


PRENSA DE TRINCHERA

Cuando uno prospecta o realiza excavaciones arqueológicas en campos de batalla o posiciones de la Guerra Civil, entre los objetos que espera poder localizar, y que normalmente aparecen, se encuentran restos de material bélico (especialmente metralla y cartuchería) y objetos relacionados con la vida cotidiana de los soldados (latas, hebillas, tinteros, etc.). Objetos de metal, vidrio o cristal que pueden soportar relativamente bien el paso del tiempo. Lo que resulta más extraño, por simples cuestiones de conservación, es que, junto a este tipo de objetos, aparezcan materiales altamente perecederos, como es el caso del papel.

En las excavaciones arqueológicas realizadas en la Dehesa de Navalcarbón hemos tenido un hallazgo especialmente llamativo. Se trata de los restos de un periódico que apareció enterrado, envolviendo una gran cantidad  de munición (cartuchos, vainas y peines) de diferentes modelos y calibres. Lógicamente, este papel se encuentra muy afectado por la erosión, y solo han podido recuperarse pequeños pedazos del mismo (algunos sueltos y otros adheridos a vainas y cartuchos), pero conserva texto impreso, aunque tan fragmentado que resulta imposible interpretarlo en su conjunto.

Restos de munición envuelta en papel de periódico hallada en la Dehesa de Navalcarbón.

Todo apunta a que el periódico al que pertenecieron los pedazos recuperados  fue empleado como envoltorio improvisado para recoger restos de munición de las trincheras y fortines de Navalcarbón. Esto podría haberse debido a la obligación que, durante la guerra, tenían las unidades desplegadas en el frente de recuperar el mayor número posible de vainas vacías, las cuales, se enviaban a las fábricas de armamento de la retaguardia para ser recargadas. También podría ser consecuencia de la intensa actividad chatarrera desarrollada en la inmediata posguerra, en la que cientos de personas (hombres, mujeres, niños y ancianos) intentaban complementar las precarias economías familiares vendiendo como chatarra el material bélico que recolectaban en las abandonadas posiciones del frente.
Papel de periódico adherido a restos de munición.

Nosotros nos decantamos más por esta última opción, ya que el periódico envolvía tanto munición consumida como cartuchos completos, lo que descartaría la hipótesis del reciclaje de vainas por parte de los soldados. Más bien, parece que alguien, recién terminada la guerra, estuvo recorriendo las trincheras y fortines de Navalcarbón recogiendo restos de cartuchería, ayudándose para ello de un periódico que, seguramente, encontró entre los muchos objetos y materiales que dejaron abandonados los soldados republicanos tras la rendición. Por algún motivo, esta persona decidió ocultar este cargamento enterrándolo junto a una de las estructuras que hemos excavado, seguramente, con la intención de volver en algún momento a recogerlo, pero que, bien por olvido o bien por imposibilidad, no lo hizo.

Todo esto no es más que una hipótesis, pues nunca sabremos cual es la explicación exacta para interpretar correctamente este curioso hallazgo. Lo único que sí está claro es que este periódico se empleó para envolver una gran cantidad de munición (más de 200 restos entre vainas, peines y cartuchos). Parece claro también que dicho periódico data de la etapa bélica, pues, aunque los fragmentos que se conservan son escasos y se encuentran muy dañados por el paso del tiempo, la tipografía es la propia de la época, y, entre las palabras que pueden entenderse o interpretarse aparecen vocablos como:

[Juven]tudes Libert[arias]; trostkis[mo]; (…) bajo el fuego de (…); de la guerr[a]; armame[nto]; [p]iloto; [e]xtranjer[o]; (…) por los soldado[s]; [ju]ventud españ[ola]; Espa[ña]; sindicato.

Detalle de algunos de los pedazos de periódico hallados en la Dehesa de Navalcarbón.

Algunos de los restos de munición en los que han quedado adheridos papel de periódico.

Tampoco parece fácil que lleguemos a saber  de qué publicación concreta se trata, pero por el contexto en el que ha aparecido y las palabras que somos capaces de entender e interpretar, bien podría tratarse de uno de los muchos periódicos editados por las diferentes unidades militares durante la contienda. Este tipo de periódicos, denominados prensa del frente o prensa de trincheras, fue un fenómeno increíblemente extendido y generalizado en el Ejército Popular de la República. Por ejemplo, en junio de 1937, se editaban ya más de 130 publicaciones militares entre las diferentes brigadas y divisiones, y, para noviembre de ese mismo año, en cada brigada mixta circulaban mensualmente casi 12.000 ejemplares de periódicos.

La prensa militar editada por el Ejército Popular de la República durante la guerra puede dividirse en tres tipos: el periódico o revista de la unidad, el boletín con noticias recogidas de la prensa internacional y la hoja de propaganda política. Especialmente llamativo resulta el esfuerzo editorial volcado en los periódicos y revistas de las diferentes unidades, pues, como mínimo, se editaba una publicación diferente por cada Cuerpo de Ejército (unos 20.000 hombres), División (en torno a 10.000 hombres) y Brigada Mixta (entre 3.000 y 4.000 hombres), llegándose al caso de encontrar numeroso periódicos editados,  incluso, a nivel de batallón (entre 500 y 800 hombres).

Soldados republicanos leyendo la prensa. Frente de Madird (PARES. Archivo Rojo)

Llamativo es también la calidad y nivel profesional que tenían muchas de estas publicaciones, generalmente, bien maquetadas, con textos correctamente redactados, ilustraciones, e incluso, en algunos casos, fotografías. Lógicamente, la escasez de materiales básicos para la producción de periódicos (como es el caso de la tinta y, sobre todo, del papel), en la etapa final de la guerra, dificultó o imposibilitó mantener ese nivel de edición y producción, aunque siguieron apareciendo impresiones más modestas y con menos hojas.

En diferentes archivos hemos tenido ocasión de consultar algunas de las publicaciones editadas por las diferentes unidades republicanas que, a lo largo de la guerra, estuvieron desplegadas en el frente de Las Rozas. En ellas, se combinan  informaciones generales de tipo político (arengas y exhortaciones), con teoría militar (instrucción, armamento, fortificación, sanidad, táctica, combate…) y cultura (poesía, historia, arte, conocimientos básicos...). Abundan, sobre todo, los temas  específicos de las unidades que editaban los periódicos (muchas veces, con la participación directa de los propios reclutas), y no faltaban secciones más ligeras y amenas, como chistes, artículos de humor o consejos prácticos para el día a día de los soldados.

En lo que respecta a la Dehesa de Navalcarbón, las fortificaciones en las que hemos realizado la actuación arqueológica comenzaron a construirse a  finales de 1938, momento en el que el sector de Las Rozas estaba cubierto por la 111ª Brigada Mixta, la cual, editaba el periódico titulado “Labor”. Esta brigada formaba parte de la 8ª División, que editaba dos periódicos, “Ejército Regular” y “Más”. La 8ª División estaba integrada en el II Cuerpo de Ejército, cuyo órgano de expresión era el periódico “Victoria”.

Si a todas estas publicaciones de tipo militar, sumamos la prensa ordinaria y la que publicaban las diferentes organizaciones políticas (partidos y sindicatos), y que, en buena medida, también llegaban a los combatientes del frente a través de las bibliotecas y los denominados Hogares del Soldado y Rincones de la Cultura (habituales en los acantonamientos y lugares de descanso de las unidades), podemos hacernos una idea de la enorme importancia que en el Ejército Popular de la República se concedió a la prensa escrita, convirtiendo este fenómeno en una de sus características más peculiares.
Combatientes republicanos leyendo la prensa en un momento de descanso. Frente de Madrid  
(PARES. Archivo Rojo)

Los fines y objetivos principales que se perseguía con este afán editorial parecen claros: influir en la moral y la disposición de los soldados para mantener la movilización, el espíritu de lucha y el esfuerzo bélico. Todo ello, como no podría ser de otra manera,  tenía que estar íntimamente relacionado con una intensa labor de alfabetización y constantes campañas de fomento de la lectura, que fueron otras de las características más llamativas y significativas del Ejército Popular de la República.

Rotativas, ríos de tinta y toneladas de papel volcados en la propaganda política y la lucha por alcanzar la victoria.

(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón, Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid).

lunes, 22 de enero de 2018

158) Higiene personal


HIGIENE PERSONAL

Una de las características propia de la guerra de trincheras fue la escasez de higiene, cuando no la total ausencia de la misma, entre las tropas que guarnecían las posiciones que conformaban la línea de frente.

A pesar de los esfuerzos desarrollados por los mandos militares para reducir en lo posible este problema, lo cierto fue que resultaba muy complicado mantener unas adecuadas y periódicas prácticas higiénicas cuando cientos de combatientes  malvivían durante semanas en el fondo de las trincheras y pernoctaban hacinados en insalubres chabolas y abrigos subterráneos.

Cartel republicano para intentar concienciar a los soldados de la importancia de la higiene

Algunos de los hábitos básicos de aseo personal, como lavarse, peinarse o afeitarse, ante la limitación de agua, la escasez de jabón (que se convirtió, especialmente en la zona republicana, en un producto de lujo tanto en el frente como en la retaguardia) y la general ausencia de instalaciones adecuadas, se redujeron a su mínima expresión; otros, como mudarse de ropa o hacer la colada, simplemente resultaban imposibles mientras se permaneciese en la línea de fuego.

La cosa debía de ser algo mejor en las posiciones de segunda línea, como era el caso de la Dehesa de Navalcarbón, en donde la relativa lejanía del enemigo permitía un día a día más relajado y unas condiciones de vida más llevaderas a las que había que soportar en la primera línea. En cualquier caso, las oportunidades para disfrutar de un correcto lavado y de una muda limpia, prácticamente se reducían a los periodos en los que las unidades desplegadas en la línea de frente eran relevadas y trasladadas a sus acantonamientos de retaguardia.

Miliciano de la Columna Durruti peinándose frente a un espejo en el frente de Madrid (PARES. Archivo Rojo)

Mientras ese momento llegaba, los soldados de uno y otro ejército soportaban los peligros y tensiones propios del frente entre la suciedad y la falta de higiene generalizada, con las lógicas consecuencias que todo ello suponía: parásitos, enfermedades, molestias e incomodidades…

Entre los materiales recuperados en las excavaciones arqueológicas realizadas en la Dehesa de Navalcarbón hemos encontrado algunos directamente relacionados con la higiene y el aseo personal. Humildes objetos de la vida cotidiana con los que los soldados intentaban mantener unos mínimos de limpieza y apariencia en medio del infierno de la guerra.

Peines para cabello recuperados en la Dehesa de Navalcarbón.

Tubo de pasta dentífrica recuperado en la Dehesa de Navalcarbón.

Un peine de baquelita para cabello marca “Victory”, muy popular en la época y que creemos desaparecida en la actualidad.

Un fragmento de otro peine, también de baquelita, marca “Hércules-Kamm”, marca muy prestigiosa en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado.

Un tubo de pasta dentífrica producida por unos laboratorios con sede en Barcelona y que, como curiosidad, en una de sus caras aparece escrita la forma en la que debe ser utilizada, lo que reflejaría  el desconocimiento o poca costumbre que amplias capas de la sociedad tenían de la práctica de lavarse los dientes en aquella época.

Fotografía del encabezado: Soldados republicanos aseándose en una fuente. Frente de Madrid. (PARES. Archivo Rojo).


(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón. Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid)

sábado, 6 de enero de 2018

157) El calibre 9 mm Largo


EL CALIBRE 9 mm LARGO


Entre los restos de munición recuperados durante la excavación arqueológica realizada en la Dehesa de Navalcarbón han aparecido algunos restos del calibre 9x23 mm, también conocido como 9 mm largo, todos con el marcaje PS (Pirotecnia de Sevilla) y 35 (referente a 1935, año de fabricación).


Este calibre era disparado por diferentes armas cortas, como las pistolas Astra 400, Astra 904 F, pistola Star mod. 1920,21 y 22 o la pistola Bergmann Bayard mod. 1908. También por algunos subfusiles, como el Labora-Fontbernat o el Bergmann  MP 28.


Lo más probable es que los restos de munición 9x23  que hemos encontrado en Navalcarbón correspondan a munición empleada por la pistola Astra 400 modelo 1921, arma corta de origen y diseño español fabricada por la casa  Astra, Unceta y Cía S. A. de Guernica. 

Esta pistola era la reglamentaria del Ejército Español al estallar la guerra y, por tanto, masivamente empleada por ambos ejércitos. Según cálculos de los investigadores J. M. Manrique García y L. Molina Franco, “de 1921 a julio de 1936 se entregaron 38.900 al Ejército, 1.650 a la Marina, y 10.000 a Carabineros” (Las armas de la Guerra Civil Española, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, p. 66). 

Durante la contienda, la pistola Astra 400 siguió produciéndose en las dos zonas. Terminada la guerra, continuaría siendo la pistola reglamentaria del Ejército Español hasta el año 1946, y siguió fabricándose hasta 1950, alargándose su uso durante algunos años más.

Pistola Astra 400 "Puro" 
(Fotografía obtenida en el blog "Hª Bélica". https://historiayguerra.net/)


De gran potencia  y robustez, consistía en una pistola de cañón fijo, con seguros de aleta y cargador extraíble recto de 8 cartuchos. Su peso vacía era de algo más de 1 kg, y su longitud medía 225 mm, con un fuego efectivo a 50-100 metros.

 Esquema de la pistola Astra 400, alias "Puro" (J. M. Manrique García y L. Molina Franco, Las armas de la Guerra Civil Española, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, p. 67).


Conocida por el apodo de  “puro” debido al aspecto que ofrecía su cañón, esta arma tuvo un importante protagonismo en la historia de España, no sólo durante la Guerra Civil, también en los años previos a la contienda, caracterizados por intensos conflictos sociales y políticos que muchas veces se redimían a tiros en las calles.


(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón. Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid)

sábado, 2 de diciembre de 2017

156) Del tiempo en el que las bombas estallaban en la Dehesa de Navalcarbón


DEL TIEMPO EN EL QUE LAS BOMBAS ESTALLABAN EN LA DEHESA DE NAVALCARBÓN

Cuesta creer que en un lugar tan apacible y agradable como es hoy en día la Dehesa de Navalcarbón, hace unos 80 años estallasen las bombas de manera cotidiana.


Para encontrar evidencias de todo ello no es imprescindible excavar. Los fragmentos de metralla aparecen a simple vista, sobre el mismo suelo por el que a diario se pasea o se hace deporte. Para la inmensa mayoría de la gente no son más que viejos trozos de hierro oxidado sin ningún interés, asociándolos a desperdicios que en algún momento fueron arrojados en la dehesa.

Pero el observador atento se dará cuenta de que esos fragmentos metálicos de curiosas formas corresponden a metralla artillera.

En las excavaciones arqueológicas realizadas recientemente en Navalcarbón hemos localizado un importante número de trozos de metralla procedente de proyectiles artilleros de diferentes calibres. También hemos encontrado fragmentos de espoletas y de bandas de forzamiento.


Junto a estos restos de pequeño tamaño, hemos recuperado otros algo mayores, entre los que destacan el culo fragmentado de una granada rompedora de 105 mm y un cuerpo completo de una granada metrallera de 75 mm.

Culo de una granada rompedora de 105 mm recuperada en Navalcarbón

Las granadas rompedoras eran proyectiles huecos que llevaban una carga explosiva en su interior. Cuando el explosivo era detonado por acción de la espoleta, la carcasa del proyectil se rompía en múltiples fragmentos, convirtiéndose en metralla y causando destrucciones y terribles heridas, a lo que habría que sumar los efectos de la onda expansiva.

Cuerpo de granada metrallera ("shrapnel") y algunos de sus característicos balines de plomo endurecido recuperados en  Navalcarbón

La granada metrallera, también conocida como “shrapnel”, era un tipo de proyectil con una carga compuesta por cientos de balines de plomo endurecido. Tenía una espoleta de tiempos o de activación retardada, la cual permitía a los artilleros “programar” en que momento de su trayectoria debía de explosionar el proyectil. De esta manera, se lograba que la granada explosionara antes de tocar el suelo, varios metros por encima del objetivo. Al estallar el proyectil en altura, la carga de balines salía proyectada hacia delante en forma de cono, produciendo una potente granizada de balines de plomo sobre el objetivo.

Terribles ingenios, mortíferos artefactos de los que todavía es posible encontrar restos en la Dehesa de Navalcarbón. Unos restos que dan testimonio del trágico pasado bélico vivido en los mismos lugares en los que hoy practicamos deporte, celebramos fiestas o disfrutamos de agradables paseos.

Otros artículos publicados en este blog sobre estos temas:

"TORMENTAS DE METAL Y FUEGO" (Diciembre de 2009).

"GRANADA METRALLERA" (Abril de 2011). 


(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón. Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid)

155) Granadas de mortero Valero en Navalcarbón


GRANADAS DE MORTERO VALERO EN NAVALCARBÓN

Fragmentos de tres granas de mortero Valero de 50 mm recuperados en las excavaciones que se están realizando en la Dehesa de Navalcarbón:


Dos ojivas.
Dos cuerpos.
Tres culotes de cartuchos de proyección.
Fragmentos de ojiva, cuerpo, bandas de conducción y otros restos.

Ni rastro de las características colas estabilizadoras con seis aletas que llevaban estas granadas.

Todo apunta (es una hipótesis) a que estos proyectiles fueron inutilizados y abandonados en el mismo lugar en el que han aparecido. Posiblemente, por los servicios militares de recuperación y desactivación de material de guerra que trabajaron en la zona al finalizar la contienda.

El “Mortero Ligero de Infantería y Caballería Valero de 50 mm” se declaró reglamentario en el Ejército Español en 1932. La granada tenía una carga explosiva de 125 gramos de trilita y su alcance máximo rondaba los 1.000 m, con un radio de acción de unos 50 m.


Durante la Guerra Civil, con diversas modificaciones en los proyectiles, fue utilizado masivamente por ambos ejércitos.

Más información sobre morteros y su empleo en el frente de Las Rozas en el artículo "A morterazo limpio", publicado en este blog en julio de 2010. Pinchar aquí para leer artículo.


(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón. Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid)