domingo, 28 de enero de 2024

170) Ruina y escombros

 


RUINA Y ESCOMBROS

La mayoría de las veces, la excavación de una fortificación de la Guerra Civil tiene más  de desescombro que de cualquier otra cosa. Tanto el interior de estas estructuras, como su perímetro más cercano, suelen verse afectados por los vertidos y la acumulación de todo tipo de residuos.

En la Comunidad de Madrid, hasta el año 2013 estos vestigios no han sido considerados como un patrimonio histórico digno de ser conservado, careciendo de cualquier tipo de protección legal, lo que muchas veces suponía su destrucción cada vez que uno de estos elementos se veía afectado por alguna intervención urbanística o de infraestructuras. Hoy en día estas fortificaciones están protegidas, pero ello no impide que muchas de ellas se encuentren en un estado deplorable.

Normalmente, lo que uno se encuentra al visitar muchas de estas construcciones defensivas son estructuras muy colmatadas, de las que apenas asoman algunos restos en el terreno, siendo muchas veces difícil su correcta interpretación. Esta gran colmatación es debida a múltiples factores, unos de carácter natural y otros causados por la acción humana. Los procesos de deterioro por los que han pasado desde el final de la contienda son muchos y variados, pero entre todos ellos creemos que destacarían los siguientes:

Terminada la guerra, las posiciones fueron abandonadas. La falta de mantenimiento provocó los primeros desperfectos, con arrastre de sedimentos como consecuencia de la erosión que causan los fenómenos meteorológicos, especialmente las lluvias y escorrentías que estas ocasionan, pero también el viento, el hielo, el sol o la presencia de animales y plantas, que poco a poco debilitaron y dañaron las estructuras. Se trata de un proceso natural lento pero continuado, que a lo largo de las décadas y en función de las características del terreno puede acabar derrumbando o enterrando prácticamente en su totalidad una de estas construcciones, especialmente si tenemos en cuenta que muchas de ellas eran semisubterráneas.


Fortificación prácticamente colmatada en las cercanías del vértice Madroñal, en Colmenarejo

Pero sin duda, las mayores destrucciones y alteraciones que afectan a las fortificaciones de la Guerra Civil han sido causadas de manera intencionada por diferentes actividades humanas. La primera comenzó nada más terminar la contienda, y consistió en un intensivo trabajo de recuperación de todos los materiales aprovechables que conformaban estas estructuras, muy especialmente los elementos metálicos (vigas, raíles, planchas, piquetas…). Esta labor chatarrera conllevó la destrucción de muchos muros y cubiertas, cuyos cascotes cayeron en gran medida al interior de las fortificaciones, provocando una potente colmatación a la que contribuyeron también los agentes naturales a los que ya nos hemos referido.

Asentamientos para arma automática cuyas cubiertas de hormigón fueron destruida tras la guerra para recuperar los raíles de ferrocarril empleados en su construcción. Arroyo de La Retorna, en Las Rozas de Madrid

La necesidad de recuperar para las actividades agropecuarias los terrenos que habían sido líneas de frente, en los que existían numerosas trincheras, zanjas, excavaciones y diversos elementos constructivos que entorpecían y causaban serios problemas (en ocasiones, incluso ciertos peligros), provocó su soterramiento, quedando muchas estructuras enterradas o semienterradas. Otras, al situarse en puntos que interrumpían el paso de los arados y tractores, cuyas cuchillas se deterioraban al chocar con la fábrica y cimientos de las fortificaciones, y suponer demasiado esfuerzo su total eliminación, fueron aprovechados por los agricultores para depositar los pedruscos que salían al roturar y arar sus campos, generándose pequeños túmulos formados por múltiples guijarros  de diversos tamaños, bajo los que, en ocasiones, asoman los restos de estos vestigios históricos.


Muchas de las fortificaciones situadas en campos de cultivo se han visto seriamente dañadas por las labores agrícolas y han sido aprovechadas para acumular las piedras que estorbaban al arado. Ejemplos en Majadahonda y Las Rozas de Madrid

Durante décadas, muchas posiciones de la Guerra Civil se convirtieron también en lugar predilecto para el vertido de escombros, siendo habitual encontrar las fortificaciones y su entorno más inmediato sepultados bajo grandes cantidades de residuos de obras y demoliciones, así como de los desechos más variopintos.


Posición de primera línea sepultada bajo los vertidos ilegales de escombros. Majadahonda

Por último, muchas fortificaciones se han convertido en tristes contenedores de basuras, auténticos vertederos en los que se acumulan latas, vidrios, plásticos, desperdicios orgánicos y porquerías de todo tipo.


Interior de un nido de ametralladoras convertido en un contenedor de basuras. Las Rozas de Madrid

Lo normal es que la mayoría de las fortificaciones que han llegado hasta nuestros días se hayan visto afectadas, en mayor o menor grado, por alguno o varios de estos procesos, y así, es frecuente encontrar una misma estructura dañada al mismo tiempo por los agentes erosivos de carácter natural, semidestruida por la actividad chatarrera de posguerra, soterrada como consecuencia de las labores de recuperación de espacios tras la guerra y convertida en un desagradable contenedor de escombros y basuras.

Cierto es que algunos lugares, especialmente los más aislados o alejados de los grandes núcleos urbanos, como pueden ser las zonas de montaña o los espacios naturales que cuentan con algún tipo de protección especial, se han librado en cierta medida de alguno de estos males, y en ellos las fortificaciones, a pesar de haber sufrido destrucciones y ser víctimas del abandono y la falta de mantenimiento, poco a poco se han ido integrando en el entorno, armonizando con este y contribuyendo a conformar un  interesante y evocador paisaje histórico y natural que, no obstante, no impide que su proceso de erosión y deterioro continúe.


Las ruinas de una fortificación integradas en el bonito paraje natural de La Hinojera, entre Zarzalejo y Robledo de Chavela 

Pero, en la mayoría de los casos, lo que prima es la destrucción y la suciedad: metros cúbicos de tierra, escombros y basuras. Esto es lo que suele ser habitual a la hora de prospectar, catalogar, documentar, estudiar, interpretar, excavar o, simplemente, visitar una fortificación de la Guerra Civil.

Una lamentable realidad que, al menos a quien escribe esto, le hace reflexionar sobre la fugacidad de las cosas y el enorme contraste que en ocasiones se genera entre el presente y el pasado vivido en ciertos lugares. Muchos de los espacios que hace algo más de ochenta años fueron campos de batalla y frentes de guerra, en los que cientos de combatientes pasaron calamidades de todo tipo, si no han desaparecido por la expansión urbanística o las transformaciones experimentadas en el territorio, se han convertido en sitios degradados, en los que los vestigios de trincheras y fortificaciones sucumben bajo los acopios incontrolados de escombros, desechos y basuras.


En primer término los restos de una fortificación de mampostería prácticamente sepultada por las escorrentías de la ladera en la que se ubica y, al fondo, una gran escombrera ilegal. Majadahonda

Lugares históricos, patrimoniales y de memoria convertidos en vertederos de  olvido y ruina.

Pero, a pesar de todo ello, en los últimos años han comenzado a cambiar algunas cosas que, aun siendo insuficientes, demuestran un considerable giro respecto al tratamiento que, hasta hace muy poco, recibía la arquitectura militar de la Guerra Civil.


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