sábado, 1 de diciembre de 2012

122) ¡Brunete! (5ª parte)







¡BRUNETE! (QUINTA PARTE)

Con esta quinta entrega (a la que seguirá un pequeño epílogo) se pone fin a la recopilación de testimonios con los que se ha querido rememorar en este blog el 75º aniversario de la batalla de Brunete. Va aquí una última selección de testimonios orales pertenecientes a algunos de los combatientes que tuvieron que sufrir el infierno de Brunete. Una miscelánea de recuerdos, imágenes, emociones y sentimientos con los que acercarse a aquella trágica batalla.

 Muchos de estos testimonios están cuajados de descripciones apocalípticas y dantescas. Un ejemplo lo encontramos en los recuerdos de un alférez provisional del 191 Batallón, cuya compañía fue unida a la Agrupación Álvarez Entrena. Este soldado del ejército franquista describe el impresionante espectáculo de los incendios que, por todas partes, azotaban las construcciones, los secanos y los pequeños bosques de encinas, pinos y retamas durante la batalla:

“El espectáculo de los valles del Guadarrama y del Aulencia era dantesco, sin hipérbole. Desde mi punto de vista se podía apreciar en toda su magnitud un incendio de cosecha como, de seguro, no recordaban otro lo más viejos de la comarca. Los trigos, maduros ya para la recolección, ardían como yescas en la noche caliente. Ardía el monte por todas partes, y de alguno de los pueblos se elevaban llamas altas que consumían los humildes enseres, las viejas vigas de madera y las pobres techumbres. La artillería acompañaba el desastre con sus medias descargas de Grupo, y, por si fuera poco, a intervalos irregulares, unos misteriosos aviones sembraban pasillos de bombas incendiarias que levantaban brillantes fogonazos y obscuras nubes de humo cuyo pardo vientre se iluminaba de rojo con aquella siniestra traca.” (Alférez provisional del 191 Batallón de Infantería).

El testimonio de uno de los soldados que formaban parte de la guarnición franquista de Quijorna va en la misma línea:

“Con los nervios en tensión terminábamos un día de continuo luchar, de aguantar la lluvia de metralla que nos habían enviado y teníamos a nuestros pies a muchos de nuestros mejores camaradas muertos; otros habían sido heridos y retirados sin saber nada de sus suerte.
 Además, la noche era dantesca: había incendios por todos los sitios; fuego en los Llanos, en Villanueva de la Cañada y en Quijorna; para colmo, quizá por efecto de las botellas de gasolina y bombas de mano, el fuego estaba destruyendo la cosecha de cereales; había empezado muy cerca del cementerio, en unas hierbas secas, y se estaba extendiendo hacia Brunete; el resplandor de los mismos iluminaba muchos lugares que parecían en pleno día. Y lo peor era que no había forma de combatirlo.” (Soldado franquista perteneciente a la guarnición de Quijorna).

Entre los días 11 y 12 de julio, la ofensiva republicana está agotada. Las unidades van adoptando una actitud defensiva, iniciándose una especie de compás de espera. No cesa el forcejeo, y la lucha seguirá siendo intensa y dura en diferentes puntos, pero los combates bajan de intensidad. Una pequeña calma que precede a la tempestad que pronto va a desatarse nuevamente. Esta vez, serán las tropas franquistas quienes tomen la iniciativa y, aprovechando la enorme concentración de fuerzas  y el evidente castigo que ha sufrido su oponente, se decida a una potente contraofensiva que supondrá un nuevo choque de terrible desgaste. Un violento pulso en el que se logrará recuperar alguna de las posiciones perdidas, pero que terminará siendo frenada por la capacidad de resistencia mostrada por los republicanos. En la anterior entrega de esta serie, se recogían testimonios de los frustrados intentos franquistas por recuperar la Loma Fortificada, incluimos aquí los recuerdos de un suboficial de la IV Brigada de Navarra que participó en el fallido intento de reconquistar el vértice Llanos:

“Amanecía. La mole que teníamos enfrente aparecía más imponente a la luz del día. Por allí había casi que trepar. Seguro que estaba erizado de armas. De armas de un tiro mortal. Había que aprovechar las zonas cubiertas, las desenfiladas (…) Los chicos no se movían. Los rojos tampoco daban señales de vida. Pasaba el tiempo, lento pero implacable. Me dolían los codos, que tenía apoyados en el suelo. Al cambiar de postura, mi cantimplora tocó una piedra. Fue un sonido casi imperceptible, pero todos los muchachos volvieron sus caras hacia mí. Había un serio reproche en la mayor parte de los ojos. Uno se llevó a los labios el dedo índice.
A las siete empezó el baile. ¡Y qué baile, Dios mío! Sobre nuestras cabezas volaban innumerables proyectiles que se iban a estrellar  contra la mole de enfrente. Caían las descargas de los grupos, cerradas, brutales, machacando los árboles, haciendo volar rocas, removiendo las entrañas de la tierra. El estruendo era absolutamente pavoroso. La aguja de mi reloj se movía a saltos, con nervios. Tragué saliva. Íbamos a empezar. El cerro parecía que se cuarteaba. Bramaba el suelo. La aguja de los segundo saltaba implacable. Era una preparación violenta y corta. Violentísima. ¿Quedaría alguien allí? Seguía el cañoneo. Eran nueve baterías para poco más de un kilómetro de frente; tocaban a cien metros por batería, a unos veinticinco o treinta metros por cada cañón. No estaba mal.
De pronto, la aviación. Las bombas levantaban verdaderos surtidores de piedra y tierra que silbaban como proyectiles en todas las direcciones. El reloj seguía su marcha implacable. Empecé a rezar (…) Mucho ruido… tenía la boca seca, pero no me atrevía a moverme.
(…) La primera línea de trincheras hubo que tomarla a bombazo de mano. Es dura esta guerra de cerca. Cogimos unos prisioneros y los enviamos al teniente coronel. Cerca de mí presencié el asalto de otra compañía de mi Batallón. Una verdadera carnicería, que permaneció indecisa hasta que el comandante reforzó a los atacantes. Se llegó al uso del arma blanca. Se pinchaban como salvajes. Seguimos el avance entre los restos del bosque (…) En un subelemento de resistencia había media docena de cadáveres o, mejor dicho, de restos humanos. Un impacto directo de artillería. El pequeño cráter de la explosión estaba en el centro de la obra y los había destrozado a todos.
Más adelante vi las huellas del paso de los aviones. Los profundos embudos que rompían la línea de trincheras, la desolación de la muerte. Poco había quedado; la destrucción era completa. Seguimos. El capitán tiraba de nosotros sin descanso, estábamos lejos todavía del reborde que teníamos que ocupar.” (Suboficial de la IV Brigada de Navarra).

La conocida como Loma Quemada, y otras alturas al sureste del pueblo de Brunete, también serán atacadas por las tropas franquistas. Rodimtsev (alias “Pablito”, consejero de Enrique Lister), que se encontraba en aquél momento en el puesto de mando de la 9ª BM, encargada de defender ese sector, nos proporciona detalles de aquél episodio bélico:

“A las tres de la madrugada nos despertó un intenso tiroteo. El jefe de la brigada se orientó al instante:
-Atacan la cota 670.
Quiso llamar al cuarto batallón que defendía la cota, pero no había comunicación. Inmediatamente se dio la alarma y se puso en pie a los otros batallones en cuyos sectores aun había tranquilidad. Todos se dispusieron para el combate. Media hora después, tambaleándose, llegó al puesto de mando un oficial del cuarto batallón. Apenas se tenía en pie, llevaba una herida en la cabeza y por el lado izquierdo le manaba sangre. Antes de perder el conocimiento informó de que durante la noche había penetrado en la altura más de un batallón de infantería. Armados de cuchillos y granadas de mano, habían liquidado en silencio a las avanzadillas y penetrado en las trincheras. El jefe del batallón había resultado muerto junto con casi toda su plana mayor.” (Alexander Ilich Rodimtsev).

Los combates por recuperar Loma Quemada, son recordados también por un soldado franquista del 73 Batallón de Toledo que participó en el asalto a la posición. En este testimonio, se hace mención al cabo de infantería Tristán Pérez Romero, que fue el primero en lanzarse a la conquista de la posición arrastrando tras él al resto de sus compañeros, y que perdería la vida en dicha acción, recibiendo la laureada a título póstumo:

“Empezaba a amanecer. Corría un relente fresco, entre el olor a muerto, venían ramalazos de olor a paja quemada y, también a veces, como a hierba humedecida por el rocío de la mañana. Pero seguía el olor de siempre. El viento es libre y traía el olor de tierra más allá del frente. Una descarga de artillería. Era el 105. Las cuatro explosiones rasgaron, poco después, las sombras en algún lugar allá de nuestro horizonte. Otra descarga, más a la derecha, y luego muchas, de muchos cañones. Sobretodo del 75, que lo conocíamos bien. Olía a azufre. La loma enemiga que teníamos enfrente se destacaba sobre un fondo cárdeno como una puesta de sol. La loma se quedaba en la sombra y parecía enorme. ¿Cómo íbamos a subir allí? Si el enemigo tiraba nos pararía en seco. No habría manera (…) Nos subimos al parapeto. La loma de enfrente era ahora como un volcán. Echaba fuego, pero era de los cañones nuestros (…) Corrí. A mi lado iban los otros. Detrás de mi oía gritos también. Yo grité (gritar quita el miedo). Pero no había miedo. Ya había solo prisa. El Tristán estaba ya subiendo la loma. Vi que la gente se retrancaba. Caían algunos que otros. Llegué donde Tristán. Estábamos en un repliegue pequeño que nos cubría de los tiros de fusil por la derecha y por la izquierda. Y, en esto, nada, que empieza a dar voces y que se levanta y tira pa´arriba. Los rojos hacían cara. A bombazo de mano se defendían, pero nadie volvía las costillas. Reculaban dando la cara. Saltó más gente nuestra el parapeto. Un bombazo oportuno nos abrió paso. La posición era nuestra. Los rojos corrían, fuego en su alma. Cayeron algunos; otros seguían. Allí acurrucados, con las manos en la nuca, había unos prisioneros.” (Soldado del 73 Batallón de Toledo que participó en el ataque a Loma Quemada).

A lo largo de las diferentes entregas que se han dedicado en este blog a la batalla de Brunete, se han recogido fundamentalmente testimonios de la lucha terrestre protagonizada por la infantería. Pero un arma que resultó fundamental durante aquellos combates fue la aviación. Al inicio de la ofensiva, la supremacía aérea era claramente favorable a los republicanos (las cifras de aparatos gubernamentales disponibles para el combate oscilan entre los 150 y los 300, dependiendo de las fuentes consultadas), pero, desde el primer momento, Franco ordenó el envío urgente de todas los aviones disponibles (Aviación Nacional, Aviación Legionaria y Legión Cóndor), lo que sumaría unos 250 aparatos que, poco a poco, se fueron haciendo con el dominio de los cielos de Brunete.

Un oficial de la aviación franquista participante en la batalla, nos da su opinión sobre el papel jugado por las unidades aéreas:

“Nosotros los aviadores decidimos la batalla de Brunete. Y en esto no hay afán de polémica ni espíritu de armas. Brunete, para los hombres del combate en superficie, fue una de las más duras batallas de la guerra, sin duda alguna. Se combatió con heroica determinación y se ganó por técnica, por conocimiento, por concentración de medios a tiempo y por superioridad lograda con esfuerzo y mantenida sin fallos. Todo esto es cierto y nadie puede discutirlo. Es más: nosotros, que vimos desde el aire evolucionar la batalla, estamos en mejores condiciones que los mismos protagonistas para juzgar y aplaudir su tremendo y bien dirigido esfuerzo.
No obstante, nosotros los aviadores jugamos en Brunete un papel decisivo. Por primera vez en la historia de nuestra guerra se enfrentaban dos masas aéreas de importancia y se obtiene la superioridad, que no se pierde ya sino en contadas ocasiones de una manera fugaz. Por primera vez se procede a un cambio del despliegue de los medios aéreos en un tiempo cortísimo y con una eficacia notable. Por primera vez se establece, completa, una infraestructura de fuego antiaéreo y de alarma en tierra que aun hoy día constituye un ejemplo de obra bien hecha." (Oficial de la Aviación Nacional).

Sobre el cielo de Brunete se desarrollaron algunos de los más espectaculares episodios aéreos de la Guerra Civil Española: duelos entre decenas de cazas, acciones nocturnas, los terribles ataques “en cadena”, la efectividad de las barreras antiaéreas, coordinación entre la aviación, la artillería y la infantería, la destructiva contundencia de los bombardeos “en tapiz”, etc.

El piloto de caza republicana Yakushin (alias “Yazikov”) recuerda la actuación de la aviación gubernamental en Brunete:

“Eran los largos y calurosos días de julio. El humo de los incendios y el polvo levantado por las explosiones de los proyectiles y bombas se encontraba en la atmosfera caldeada e inmóvil, ocultando la tierra y la bóveda celeste. De la mañana a la noche no cesaba en el aire el rugido de los motores de aviación y el tableteo de las ráfagas de ametralladoras. Los cazas republicanos sostenían reñidos e incesantes combates contra la aviación fascista, protegiendo las operaciones del Ejército Republicano en los accesos a Madrid. A los motores no les daba tiempo a enfriarse de uno a otro vuelo. Hubo días que tuvimos que hacer de seis a ocho salidas con no menos de tres o cuatro combates, como regla, contra fuerzas superiores del enemigo. A pesar de la inusitada tensión de fuerzas, lo pilotos republicanos demostraron un estoicismo y resistencia poco comunes, gestando golpes al adversario.” (Jefe de escuadrilla de caza republicana, Mijáil Nesterovich Yakushin).

Uno de los episodios más sangrientos y espectaculares de la batalla de Brunete, en el que la aviación demostró su potencial destructivo y su enorme influencia en el desarrollo de los combates terrestres, se dio el día 25 de julio, durante los esfuerzos franquistas por reconquistar el pueblo de Brunete. En aquella jornada, uno de los puntos más disputados fue el cementerio del pueblo, que cambió de manos en diferentes momentos. Muy próximo a éste, existía un pequeño bosque, la Dehesa de Brunete, cuyo pequeño follaje fue aprovechado por los republicanos para enmascarar a los hombres y materiales con los que pretendían iniciar un nuevo asalto a las posiciones del cementerio. Detectada esta concentración de fuerzas, sobre ella va a caer toda la furia destructiva de la aviación franquista. Hoy en día, de la antigua Dehesa de Brunete, solo queda el nombre en algunos mapas. Las bombas de la aviación consumieron el bosque entero y a los hombres y materiales que en él se ocultaban. Un oficial de la aviación franquista que participó en aquella acción recuerda el episodio y nos explica la capacidad destructiva desencadenada desde el aire contra los republicanos:

"El combate en tierra fue excepcionalmente duro. Los rojos, a pesar de nuestra total superioridad, trataron de apoyar desde el aire sus contrataques, pero todo fue en vano, porque no les dejamos, materialmente, ni moverse. Sus fuerzas, sin la cooperación aérea y sometida a nuestro fuego, chocaron sin eficacia contra nuestras unidades. Brunete fue desbordado primero por el Este, y después, ocupado, a última hora de la tarde.
El día 25 continuó el ataque nacional y con él la intensa acción por el fuego de nuestros aviones. Se descubrió una gran concentración al norte de Brunete, y contra ella se desencadenó, de golpe, todo nuestro potencial aéreo. Mientras las “cadenas” atacaban los atrincheramientos y obras de las primeras líneas, una masa de 70 bombarderos destroza la concentración enemiga. Los resultados, visibles desde los aviones, son impresionantes. Se registra una retirada en masa, un pánico colectivo abandonándolo todo. La acción de los bombarderos se repite hasta tres veces. El bosque de Brunete, donde se preparaba el contrataque rojo, es un caos humeante en el que debe de haber miles de cuerpos inanimados, destrozados, carbonizados. No hay reacción antiaérea. Los nacionales son dueños de las alturas del cementerio por las que se luchó durante todo el día. La batalla de Brunete ha terminado.
Pero no quiero desaprovechar esta ocasión sin explicar, aunque sea someramente, lo que fue nuestro bombardeo, ya que esto puede explicar sobradamente la aparatosa retirada roja.
En una formación en cuña, 8 bombarderos, cargados de bombas de 100 kilos, del tipo de las entonces usadas, crean un pasillo de destrucción total de una anchura de unos 500 a 600 metros. Dentro del pasillo, la separación de los impactos entre sí no es mayor de 80 a 90 m. Como el radio de efecto de una bomba es muy superior a la mitad de esta cantidad, esto significa que, en el pasillo, desaparece cualquier rastro de vida. No es de extrañar. Pues, que se fueran los rojos tras el tercer ataque… lo admirable es que no se fueran desde el primero.” (Oficial de la Aviación Nacional, participante en la batalla de Brunete).

Podríamos continuar con otros muchos testimonios de la batalla de Brunete, pero creo que los recogidos hasta aquí constituyen una buena muestra para intentar comprender lo que supuso aquella locura. Como indicaba en la primera entrega de esta serie, no se pretendía realizar un estudio profundo y técnico de esta importante operación militar (quien tenga interés en ello, cuenta con abundante y muy interesante bibliografía). Lo que se ha intentado es acercarse al aspecto más humano de esta batalla a través de los recuerdos, las vivencias, los sentimientos e impresiones de algunas de las personas que la vivieron y la sufrieron. Está claro que este acercamiento, 75 años después de lo acontecido y sin haber tenido que sufrir directamente las penalidades de aquel desastre, no deja de ser muy limitado y superficial, pero espero que al menos haya servido como recuerdo del infierno que se vivió aquel verano de 1937 en los mismos lugares por los que hoy nos movemos.

“Allí no se regaló nada. Todo hubo que arrebatarlo y disputarlo. Todo hubo que machacarlo y defenderlo a cara de perro, hasta la misma muerte de los unos y los otros, que iban quedando confundidos, unidos en el último dolor, sobre la tierra chamuscada y seca.”  (Soldado de la 13 División del Ejército Nacional).

 JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Soldados de la 46 D. republicana en acción ofensiva sobre la planicie de Brunete.
Fotografía 2: Puesto de ametralladoras republicano en la zona de El Mosquito.
Fotografía 3: Batería franquista en acción durante la batalla de Brunete.
Fotografía 4: Cementerio de Brunete tras los combates.
Fotografía 5: Alredeores de Brunete tras ser  reconquistado por las tropas de Franco.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

121) Jornadas 10º Aniversario GEFREMA



PARA AMPLIAR INFORMACIÓN SOBRE ESTAS JORNADAS VISITAR:

                            FORO DE GEFREMA
                            BLOG "SOL Y MOSCAS"

viernes, 2 de noviembre de 2012

120) Bon. de Zapadores nº 1 de Campamento





BATALLÓN DE ZAPADORES Nº 1 DE CAMPAMENTO 
En abril de 2012, se publicaba en este blog una entrada dedicada a los cuarteles y polvorines de Retamares en la que se hablaba de los cantones militares de Madrid, entre ellos, el de Campamento, cuyo espacio lleva ya varios años de profunda transformación debido a una gigantesca operación urbanística que ha supuesto la demolición de la mayor parte de los edificios militares que existían en este lugar.
Esta misma mañana he recibido un e-mail de la asociación Gefrema (Grupo de Estudios del Frente de Madrid) en el que informaban de la demolición del cuartel del Batallón de Zapadores de Campamento, situado en la carretera de Extremadura. Este emblemático edificio fue clave en la sublevación militar de julio de 1936 en Madrid, la cual, como es sabido, supuso el inicio a la Guerra Civil.
Una vez más, un trozo de Historia es  reducido a escombros por las palas excavadoras. Desconozco el valor arquitectónico, o de otra índole, que pudiera tener el edificio que está siendo demolido. Tampoco me apetece ahora entrar a reflexionar sobre la manera en la que, con demasiada frecuencia, es tratado el patrimonio histórico y cultural en nuestro país, cuestión que, creo, ha sido ampliamente abordada en diferentes contenidos de este blog, y a la que, tristemente, será necesario volver una y otra vez. Pero sí me ha parecido oportuno, en esta ocasión, plasmar algunas reseñas de los acontecimientos que se vivieron entre los muros de dicho edificio en aquel lejano, pero trascendental, verano de 1936:
El 19 de julio, de paisano y en secreto, el general Miguel García de la Herrán llega a Carabanchel, donde se encuentra ya el teniente coronel Alberto Álvarez de Rementería, para ponerse al frente de la sublevación. En este cantón, los sublevados contaban con unos 1.100 hombres y abundante artillería, aunque la adhesión de la tropa era dudosa.
García de la Herrán, una vez que toma el mando del cantón de Campamento, decide formar una columna con la que marchar sobre Madrid. Esta fuerza estaría constituida por tres baterías del Regimiento a Caballo, ametralladoras y el Batallón de Zapadores, pero los sublevados de Campamento se enfrentaban a un serio problema para poder desarrollar con éxito sus planes, los aeródromos de Cuatro Vientos, Getafe y Barajas permanecían fieles al Gobierno, con sus aparatos en disposición de actuar contra las guarniciones sublevadas en la urbe y sus cantones.
El general García de la Herrán intenta que León Trejo, jefe de la base de Cuatro Vientos, se sume a la sublevación, pero la negativa de Trejo es rotunda. García de la Herrán decide entonces bombardear con la artillería los aeródromos de Cuatro Vientos y Getafe. Al amanecer del día 20, una batería, un obús del 15,5 y otro del 10,5 comienzan un intenso, pero nada eficaz,  bombardeo contra Cuatro Vientos. La acción sirve de poco porque pronto vuelan sobre Campamento aparatos gubernamentales procedentes de Getafe que inutilizarán alguna de las piezas artilleras y hostigarán con sus pasadas los cuarteles sublevados.
Al ataque aéreo se sumó pronto el ataque terrestre de las milicias y Fuerzas del Orden que, al mando del coronel Mangada, ascendían desde la Casa de Campo por el Paseo de Extremadura. El primer ataque fue rechazado con contundencia por el fuego de la artillería y las ametralladoras de los sublevados, que causaron numerosas bajas entre los atacantes, pero, a medida que la mañana avanzaba, la situación se fue haciendo más complicada para los sublevados. Las fuerzas de Mangada recibieron apoyo artillero procedente de Getafe, y, según iban transcurriendo las horas, los cuarteles de Campamento se fueron viendo cada vez más cercados por una creciente masa de milicianos. A media mañana las bajas entre los sublevados eran muy elevadas y el hostigamiento de la aviación y la artillería gubernamental fue haciendo mella en la moral de la tropa. Comienzan así las rendiciones de los cuarteles de Campamento, primero de la Escuela de Equitación, y, poco después, van apareciendo sábanas blancas en el Cuartel de Artillería a Caballo, en el Grupo Antiaéreo y en la Escuela Central de Tiro.
En el Cuartel de Zapadores, donde se encontraban los principales mandos  de la sublevación, la situación se vuelve insostenible. Rodeados de enemigos, castigados por la artillería y la aviación, e intensamente hostigados desde la calle y los cuarteles próximos que acababan de ser ocupados por los milicianos, comenzaron las deserciones y sediciones entre la tropa. Poco después, algunos núcleos facilitaron la entrada de los gubernamentales en el edificio, lo que supondría el principio del fin para los rebeldes. García de la Herrán muere en circunstancias poco claras (parece que asesinado por sus propios soldados), por su parte, Álvarez de Rementería, haciendo uso de su pistola, resistiría algunos minutos más en la parte alta del edificio, hasta que es abatido por una descarga.
La sublevación del cantón de Campamento había sido derrotada y sus jefes muertos. Desde este lugar, partió hacia el centro de la ciudad una especie de desfile de la victoria en la que se mezclaron los elementos civiles y militares que habían permanecido fieles al gobierno republicano. En la urbe, este desfile se fue mezclando con quienes también celebraban la caída del Cuartel de la Montaña y del resto de cantones sublevados. Era la calurosa tarde del lunes 20 de julio de 1936, comenzaban así, tres largos años de guerra y revolución.
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ
Fotografías: Demolición del cuartel del Batallón de Zapadores, imágenes proporcionadas por GEFREMA (2012).
  

miércoles, 24 de octubre de 2012

119) ¡Brunete! (4ª parte)





¡BRUNETE! (CUARTA PARTE)

En la pasada entrada se recogían testimonios relacionados con los combates que, durante la batalla de Brunete, tuvieron lugar en los cerros que conformaban El Mosquito y en las alturas de Romanillos. Estas dos emblemáticas posiciones, defendidas por guarniciones franquistas, resistirían una y otra vez todos los ataques que sufrieron, lo que, a la postre, terminaría suponiendo un freno para la ofensiva republicana, que, poco a poco, se fue desinflando hasta quedar prácticamente anulada.

Otras dos posiciones muy importantes en el transcurso de aquellos combates fueron la Loma Artillera (Villanueva de la Cañada) y la Loma Fortificada (Villanueva del Pardillo). Estos dos cerros fueron escenario de terribles combates, llegando a cambiar de manos en diferentes momentos.

La llamada Loma Artillera, defendida inicialmente por una centuria de la 5º Bandera de Castilla y por una compañía del 5º Tabor de Regulares, recibió su primer asalto el día 9 de julio, pero sería al día siguiente cuando los combates se hicieron más intensos. Desde las primeras horas del día 10, la posición resistió los reiterados y decididos asaltos realizados por los carabineros de la 3ª B. M., pero, al atardecer de esa misma jornada, con la guarnición prácticamente aniquilada, castigada por la sed y sin apenas municiones, la situación se hizo insostenible. El oficial al mando, el capitán de infantería Antonio Dema Giraldo, decidido a resistir hasta el final, encontraría la muerte al ser alcanzado por una bomba de mano cuando intentaba un contrataque contra las avanzadillas enemigas. Poco después, los republicanos,  tras un último asalto en el que se llegó al cuerpo a cuerpo, consiguieron ocupar la ansiada posición.

Un voluntario falangista de la 5ª Bandera de Castilla, perteneciente a la guarnición de Loma Artillera, nos describe algunos de los ataques que sufrió la posición durante aquella sangrienta jornada, y nos da algún ejemplo de la desesperación que llegó a causar la sed entre los combatientes:

“El amanecer del día 10 fue trágico. En toda la noche, la artillería no nos había dado tregua. Con las primeras luces, el chaparrón de metralla se hizo general. Saltaban los abrigos, se aterraban las trincheras, los muertos se iban quedando sobre el suelo con los ojos abiertos, los heridos que no podían ser evacuados gritaban o aullaban de dolor o maldecían. Había por allí pedazos de cuerpos, brazos, pies. Aquello era el caos, un caos ardiente lleno de gritos, de ruidos ensordecedores, de órdenes y contraórdenes que se escuchaban a medias y se cumplían mecánicamente, con un automatismo de bestia impotente.

Y de pronto, como siempre, como otras veces, un silencio terrible, espantoso, como un vacío siniestro. Y ya, en seguida, los gritos, los disparos, los estallidos de las bombas de mano, las órdenes secas, el ¡Viva la República! de los que venían y la realidad de una muerte peor aún que la de los grandes proyectiles artilleros.

(…) El sol estaba enfrente y arriba. Tiraba sobre la gente que venía. Sobre muchos. Los de alrededor eran desconocidos. Había algún moro y unos cuantos de Falange, como yo. Todos ennegrecidos, con los ojos brillantes, con los uniformes rotos, inexplicablemente rotos. Tiraba sobre lo que veía, como una fiera ya. Con ganas de matar, de tumbarlos a todos, de ponerlos en esas extrañas actitudes de los muertos. Pero ellos se acercaban. Como si no hubiera miedo de quedarse helado sobre la tierra roja, caliente, dura. Como si fuera aquello un juego en un campo de instrucción, como si fueran el mismo demonio.

(…) Empezó de nuevo a tirar la artillería enemiga. Un fuego irregular, terco, imprevisible. Querían rompernos los nervios sin desperdiciar munición. Delante de la posición estaban los muertos del ataque de la mañana (…) Sentí la boca, las fauces, secas. Los labios, con grietas, me dolían.

(…) A las 16:30 h., la artillería volvió a tirar seguido. Las descargas caían, pulverizaban la tierra y nos cubrían de una nube de muerte. Estábamos en el fondo de la trinchera. Empecé a rezar en silencio; maquinalmente al principio; luego, con un fervor lleno de inseguridades, con una imperiosa necesidad de apoyarme en algo ante aquel mundillo de la posición, sacudido, mutilado, destrozado por las descargas de la artillería. A las cinco, más o menos, acabó la preparación y empezó el ataque de los carabineros. Lo de siempre. Tiros y más tiros. El barbero, a mi lado, hizo un extraño movimiento hacia atrás, como un salto. Se quedó apoyado un momento en la pared de la trinchera y fue cayendo lentamente sobre el suelo. Tenía un tiro en la cabeza. Estaba muerto.

Francisco Alonso tiraba sin descanso. No se volvió para ver al barbero. Los rojos se acercaban implacables, aprovechando el terreno. El combate se prolongaba. Las bombas de mano de defensiva, de esas de piña con rascador, hacían estragos entre ellos, que estaban descubiertos. Sus Laffitte no nos llegaban.

En vista de que de frente no había nada que hacer, se iban corriendo hacia las alas. Aparecieron unos tanques. Atacaban una posición nuestra que debía de estar más abajo. Un mozo trajo botellas de gasolina. No había otra cosa. Las botellas habían sido de cerveza. De cerveza fresca. Fresca.

Francisco Alonso dejó de disparar. Cogió una botella, la rompió el cuello contra el cerrojo del fusil y empezó a beber a grandes tragos.

-¿Qué haces, idiota? Deja eso. Te vas a morir.

Le quité la botella. Francisco Alonso me miró. Me dio miedo el brillo de sus ojos. Después se agarró el vientre y cayó doblado hacia adelante. Traté de incorporarle. Francisco Alonso se retorcía.

-¡Un sanitario, un sanitario!- grité.

Francisco Alonso dejaba de existir. (Voluntario falangista de la 5ª Bandera de Castilla perteneciente a la guarnición de Loma Artillera).

Con la Loma Artillera conquistada por los republicanos, la situación del pequeño caserío de Villafranca del Castillo se hizo crítica. Sin embargo, la guarnición de dicha posición consiguió resistir durante toda la noche hasta la llegada de refuerzos. El día 11, con la intervención del 2º Tabor de Tetuán, los franquistas comienzan a restablecer la situación. A lo largo de aquella tarde, logran reconquistar la Loma Artillera, en donde los republicanos llevaban aguantando desde la jornada anterior un constante bombardeo por parte de la artillería y la aviación franquista. Dicha posición, a pesar de los numerosos intentos republicanos por recuperarla nuevamente, sería mantenida ya por parte de las tropas de Franco hasta el final de la batalla.

Mientras todo esto sucedía, un poco más al noroeste, los defensores de Villanueva del Pardillo y la Loma Fortificada resistían desde las primeras horas del día 9 de julio los ataques de la 2ª y de la 111ª B. M. En la noche del 10 al 11, la guarnición franquista del batallón San Quintín, cercada en sus posiciones, con un terrible desgaste y con sus mandos muertos en combate, ofrece su rendición.

A partir de ese momento, la Loma Fortificada se convierte en posición republicana. Los mandos franquistas considerarán fundamental recuperar este cerro, empleando para ello a sus mejores unidades. En las sucesivas jornadas se lanzarán poderosos ataques contra la posición, ataques que serán rechazados una y otra vez por los defensores republicanos y que causarán un alto número de bajas y un importantísimo desgaste a algunas de las mejores unidades franquistas desplegadas en el sector.

Un oficial del Cuartel General de la 11ª División del Ejército Nacional nos narra algunos de los intentos de arrebatar la Loma Fortificada a los republicanos:

“La solidez de nuestras líneas en los sectores de Romanillos y El Mosquito, junto con la ocupación de Loma Artillera, hizo posible pensar en nuevas acciones ofensivas contra la Cota 660, en Villanueva del Pardillo. A ello se dedica, desde el día 12, las mejores unidades y los jefes más prestigiosos. Pero sobre la Cota 660 parece que pesa una maldición, parecida a la que los rojos debían de creer que pesaba sobre El Mosquito o sobre Romanillos.

Por nuestra parte se intenta formalmente ocupar el objetivo nada menos que cuatro veces. Con otros tantos fracasos y abundantes bajas.

La primera vez es el comandante López Maraber quien, al mando de su 2º Tabor de regulares de Tetuán, inicia el ataque desde el arroyo Palacios. Eran las 11:00 h. del día 12. El tabor progresa entre el fuego enemigo. El comandante da ejemplo a sus hombres avanzando el primero. Pero la Loma Fortificada resiste con coraje. Los moros ven cortado su avance por las agudas guadañas invisibles de las ametralladoras. Las cuestas que llevan a lo alto de aquél cerrete se llenan de cuerpos inanimados. El comandante tira de la gente y los alienta. Sus hombres le conocen y él los conoce a ellos. Ponen pie en las líneas rojas, pero es imposible seguir. El sol abrasa a los regulares, pegados al suelo. El comandante cae. Está inconsciente. Lo evacuan. Las ametralladoras rojas siguen sembrando la muerte y el avance se detiene. Son las 5 de la tarde (…) El jefe del tabor moría poco después en Boadilla.

(…) El segundo ataque se produce en las primeras horas del día 13. Se pensó que el fracaso del 2º Tabor de Tetuán se había debido a una insuficiente preparación por el fuego. En consecuencia, se solicita y se logra la cooperación de la aviación y de toda la artillería disponible en el subsector. Los bombardeos acuden puntualmente a la cita, y, sobre la loma, se centran los fuegos de tres Grupos de artillería. La Loma Fortificada parece que va a ser removida por los terribles impactos directos, y las trincheras enemigas sienten el azote implacable de los aviones de la cadena. El despegue de la base de partida que hace el 2º de Alhucemas, mandado por el comandante Muslera, es espectacular. Entre los cadáveres de los tetuaníes, los de Alucemas avanzan. Pero los defensores (creo que unidades de la 111ª Brigada), resisten con gran heroísmo. Vuelve a restallar la tremenda cantinela de las ametralladoras, y los de Alhucemas han de detener su avance para retroceder, ordenadamente y por decisión superior, a la Loma Artillera. El ataque ha sido aun más costoso que el del día anterior. El enemigo cobra con ello conciencia de su fuerza y decide  a su vez un ataque fortísimo, que pone en peligro nuestras posiciones de Loma Artillera y Villafranca en los días siguientes.

(…) El tercer ataque nuestro a la Cota 660 de Villanueva del Pardillo se produce el día 16. Para ello se ha creado un grupo de columnas de maniobra que se pone bajo el mando del teniente coronel Miguel Rodrigo (…) Para la ejecución está prevista una acción profunda y violenta por el fuego de la artillería y la aviación (…) La operación fracasa porque la columna de la derecha se extravía y da un rodeo que la lleva cerca de Majadahonda. Con ello, la convergencia de los esfuerzos queda desvirtuada. El 9º Tabor de Melilla se estrella contra una pared insalvable de proyectiles lanzados desde una posición que se ha ido endureciendo tras los sucesivos ataques de que se la ha hecho objeto.

(…) El último ataque tiene lugar en la tarde del día 17. Ya no importa el secreto ni la elaboración de una maniobra complicada y más o menos aleatoria; lo que importa es desencadenar un ataque violentísimo por el fuego sobre la cota y sus alrededores y aplastar a sus defensores bajo una masa de bombas de aviación y de proyectiles de artillería, para, a continuación, lanzar al asalto simultáneo tres unidades escogidas: el 1º y 9º Tabores de Melilla y el 2º de Alhucemas.

De acuerdo con lo proyectado, a las 19:45 h. se inicia la preparación por el fuego y, a las 20:00 h., se produce el avance. Los tres tabores van acolados. Se espera que su avance, convergente sobre la cima del cerrete, produzca un efecto decisivo sobre los defensores. Pero la realidad es muy otra. Sólo el 9º de Melilla logra un progreso de unos 500 metros; los otros dos no pueden avanzar un paso.

La cota 660 se ha perdido definitivamente para el Ejército Nacional hasta que finalice la guerra y, lo que es peor, con ella se pierde la posibilidad de lanzar un ataque de flanco sobre el enemigo, ataque que había sido planeado con sumo cuidado pero que no pudo lanzarse.” (Oficial perteneciente al Cuartel General de la 11ª División del Ejército Nacional).

Setenta y cinco años después, la Loma Artillera y la Loma Fortificada, dos cotas cuyo control supuso un alto tributo de sangre y sufrimiento, parecen pasar desapercibidas para la mayoría de la gente. En la primera se han ubicado unas instalaciones hípicas y buena parte de sus laderas permanecen cercadas por las vallas de fincas y parcelas particulares. El caso de la segunda es especialmente doliente, ya que, no hace demasiados años, una de sus caras fue objeto de un brutal deslome que la ha dejado desfigurada de manera irreversible. Este emblemático cerro, que durante la Guerra Civil soportó el impacto directo de cientos de toneladas de proyectiles de todo tipo, no ha podido resistir el implacable delirio urbanístico de los últimos tiempos. Una falta de sensibilidad histórica y medioambiental que se hace aun más criticable y rechazable si tenemos en cuenta que, hasta el día de hoy,  tan colosal excavación no ha servido absolutamente para nada más que para crear una enorme explanada vacía y desolada.

FIN DE ¡BRUNETE! (CUARTE PARTE).
CONTINUARÁ...
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1) Loma Artillera (JMCM, 2012).
Fotografía 2) Loma Fortificada (JMCM, 2012).

lunes, 24 de septiembre de 2012

118) ¡Brunete! (3ª parte)





¡BRUNETE! (TERCERA PARTE)

Ya hemos visto como, desde el primer momento en  el que comenzaron a llegar a los Cuarteles Generales y los Puestos de Mando del ejército franquista las noticias de una fuerte ofensiva en el sector de Brunete, el principal objetivo de éstos, fue el intentar impedir a toda costa que los republicanos siguiesen avanzando y lograsen ensanchar la brecha abierta en el la línea del frente. Para ello, echaron mano de todas las reservas de las que disponían, e improvisaron unidades con los soldados de la retaguardia más inmediata a la zona de combates. Estas rápidas iniciativas, y la lentitud e indecisión que mostraron los mandos de las unidades republicanas en los primeros momentos de la batalla, permitieron que los franquistas se hicieran fuertes en posiciones estratégicas contra  las que luego se estrellarían reiteradamente las unidades republicanas.

Dos de estas “resistencias decisivas” se dieron en la cadena de cerros conocida como El Mosquito y en las lomas que conforman Romanillos, ambas, importantes posiciones de la orilla izquierda del Guadarrama en las que los franquistas se hicieron fuertes y que, posteriormente, servirían de base de partida para su contraofensiva. El Mosquito y Romanillos son dos topónimos que han pasado a la historia por los durísimos y sangrientos combates que en ellos tuvieron lugar durante la batalla de Brunete. El día 9 de julio, el general Miaja ordena que estas posiciones sean conquistadas. Los combates se extenderán a lo largo de varias jornadas, suponiendo numerosas bajas para ambos ejércitos, pero El Mosquito y Romanillos resistirán todas las embestidas.

Un soldado oficinista del Cuartel General de la 11ª División, recuerda como fue enviado, en los primeros momentos de la batalla, a El Mosquito en una unidad improvisada al mando del capitán de infantería Estanislao Gómez-Landero y Koch, oficial que sería herido de muerte en la defensa de la posición, obteniendo a título póstumo la Laureada y el ascenso a comandante:

“El día 7 hicieron una limpia de gente, escribientes, conductores, ordenanzas y demás, y nos enviaron a primera línea. A mí me tocó en suerte El Mosquito, que es un cerro que está, yendo desde Boadilla a Brunete, a mano izquierda y como a unos dos kilómetros de la carretera.
Nos llevaron en un camión para que llegásemos antes. Hacía un calor de horno. Yo había tirado con fusil solo un par de veces, en instrucción, pero por mi suerte, y por ser oficinista desde antes de que me llamaran, me destinaron a oficinas. Total: que estaba hecho un soldado de primera. ¡Ni idea!
El Mosquito es un cerro estrecho y alargado. Desde la carretera, al desviarse a la izquierda, como antes decía, se toma un camino que va por lo alto del cerro, todo a lo largo del cerro, que tiene lo menos cuatro o cinco kilómetros (…) Lo primero que nos tocó fue cavar trincheras. Yo, la verdad, es un ejercicio que podrá ser bueno, pero que nunca me ha gustado. En eso también nos diferenciábamos bastante de los soldados de verdad. Para ellos, el pico era, como el fusil, un instrumento que manejaban con soltura. Para nosotros, para la purrela de los Cuarteles Generales, aquello era un tormento. A mí se me llenaron las manos de ampollas al poco rato, y lo malo era que encima se reían de mí. Me decían señorito, que es un mote que siempre sienta muy mal y la verdad es que no sé por qué.
Pero todo no fue cavar. Lo peor fue que allí, más o menos, estábamos medio rodeados, y tan pronto venían tiros de la parte de Brunete, como de la parte de Boadilla. Así que el ejercicio del pico lo alternábamos con empleo de nuestro armamento sobre individuos que aparecían en cualquier sitio.
(…) El día 9 la cosa cambió. Hubo un ataque en toda regla, pero no por nuestro lado. Atacaban mucho con carros y todo. Por allí corrió la voz de que habían sido los legionarios de la 8ª Bandera los que se habían encargado de aliviarles, por lo visto, con pérdidas gordas. Desde luego, el ataque al cerro tenía tomate… Había que subir una buena cuesta y todo a pecho descubierto. El cerro debía de ser lo que se llama una posición estratégica, o sea, de primera. Por delante hay una vaguada grande que va a parar al río Guadarrama. Por detrás, baja otra vaguada que viene desde más allá de Boadilla. De esta forma, el cerro, o sea, la serie de cerros donde está El Mosquito, eran como una pared que se hubiera colocado a posta para defender el pueblo de un ataque desde la parte de Brunete. En la práctica se veía claro. Los rojos, para atacarnos, tenían que avanzar lo menos dos kilómetros al descubierto y tenían que subir una fuerte cuesta. Nosotros, en cambio, estábamos divinamente. Teníamos detrás una zona grande a cubierto de todas las vistas del enemigo. Allí podíamos movernos con seguridad; por allí podían venir refuerzos y víveres y municiones y de todo. Había un inconveniente (que todo hay que decirlo), y era que el terreno, lo mismo delante que detrás de la línea de cerros, estaba cubierto a trozos de monte, o sea, de árboles y matas grandes, entre los que era fácil ocultarse.
(…) Bueno, pues al grano… El día 10 por la mañana fueron a por nosotros y no de broma (…) Empezaron por una buena preparación artillera. Nos calentaron bien las orejas. Como media hora o así duró el fuego. Mientras tiraban los artilleros, vimos en la loma de enfrente, como a unos dos kilómetros, aparecer una gran cantidad de tanques rusos, unos 15 ó 20, que tiraban con cañón desde las encinas y que se movían rápidamente de una encina a otra. La infantería se había colado mucho más. Empezaron a tirar con armas automáticas desde bastante cerca. Eran muchos y, prácticamente, ocupaban casi todo el barranco que hay delante de la línea de cerros donde está El Mosquito. Habían aprovechado la noche para infiltrarse sin peligro, y hasta que los carros no empezaron su avance no salieron de sus madrigueras. Ahora ya se les veía aprovechar el terreno y tirar bien (…) La gente estaba muy decidida a no dejarles pasar (…) Con lo que no podíamos contar es que aquellos sujetos pudieran atacarnos por la espalda… Y así fue. Alguna unidad debió de chaquetear, porque de pronto nos encontramos entre dos fuegos (…) La posición nuestra, con El Mosquito, con el mismísimo Mosquito, era como una isla rodeada de enemigos. El capitán ordenó una reagrupación de los efectivos. El fuego enemigo empezó a abrir claros. Había que moverse porque los parapetos se vaciaban con tanto fuego.
(…) La compañía que estaba a nuestra izquierda fue destrozada, entró el pánico, y empezaron a chaquetear hacia Boadilla (…) En campo libre, como eran muchos más, llevaban las de ganar. Vi varios que caían y algunos que eran hechos prisioneros.
Entonces arreció el ataque. Debían de creer que la resistencia estaba vencida y empezaron a avanzar descaradamente, como si fueran a una verbena. Sin embargo, desde la izquierda seguía el fuego desde unas posiciones que habían sido nuestras. La situación, yo la vi negra. Empecé a pensar en escapar, palabra de honor, porque allí parecía que no había nada que hacer. Miraba, sin poderlo remediar, a una zona que parecía que no tenía enemigo. Pero el capitán nos libró de una muerte segura o de caer prisionero, que era casi peor.
Mientras el que más y el que menos pensaba en escapar, él siguió danzando de un lado para otro, dando ánimos, exponiéndose visiblemente, entre una verdadera granizada de balas. Yo lo veía y no lo creía. ¿Cómo era posible que aquel  hombre permaneciera vivo a pesar de tanta exposición? Pero allí estaba como un demonio o un ángel, invulnerable entre los proyectiles.
De pronto, ¡zas!, el capitán que cae. Bueno; aquello fue grave. Sin él, la posición estaba perdida. Allí, la voluntad de aguantar hasta vencer era la suya; allí, el ánimo era el suyo, y suyo el valor y el espíritu indomable frente a lo que viniera. Cayó en el fondo de una trinchera, estaba herido.
Lo levantó un moro. La cabeza del capitán caía hacia atrás. Le echaron en una camilla para llevárselo, si se podía. Pero, no se cómo, el hombre se levantó. Al intentar andar se tambaleaba. Un sanitario pretendió ayudarle, ¡Fuera, fuera! Ha sido un desvanecimiento… Ya estoy bien. Siguió andando, vacilante, dando ánimos. Vi que la guerrera estaba rota en la unión con la manga derecha. Salía sangre que empapaba su costado.
(…) El capitán murió. En los últimos momentos del ataque, cuando los bastardos comenzaron a chaquetear cuesta abajo, cuando ya todo estaba ganado, el capitán recibió una nueva herida, esta vez en el vientre, esta vez mortal sin remedio. Era la segunda vez que caía y ya para no levantarse. De la camilla rezumaban gotas de sangre que se embebían en la tierra áspera de El Mosquito." (Soldado franquista defensor de El Mosquito).

La XV Brigada Internacional fue la encargada de llevar el esfuerzo principal en el ataque a El Mosquito. En los reiterados intentos por cumplir dicho objetivo, sus batallones serían diezmados sin conseguir expulsar a las guarniciones franquistas que defendían la posición. Un combatiente internacional anónimo de origen estadounidense, se refería de la siguiente manera a la experiencia que le supuso el ataque a El Mosquito:

“Fue algo terrible. Yo noté todos los síntomas del miedo: palpitaciones del corazón, ojos desorbitados y pantalones mojados por la orina.”

Harry Fisher nos proporciona  la descripción de uno de aquellos terrible asaltos al cerro, un asalto en el que sería herido de muerte el comandante del batallón Lincoln, Oliver Law, cuyo cuerpo fue enterrado, junto al de otros compañeros de armas, en la misma zona de combates, en algún lugar indeterminado:

“Miré a los soldados que estaban a mi alrededor, todos esperando la orden de lanzarse contra la cumbre. Casi nadie hablaba; todo el mundo miraba atentamente hacia delante. De repente Oliver Law empezó a correr hacia la cima. Paul Burns agitaba su pistola y gritaba: ¡Vamos allá! Yo estaba helado, no me podía mover. Quizás pasaron unos diez segundos hasta que de repente me sentí lleno de vergüenza. Extrañamente olvidé mi miedo, mi sed, mi fuerte instinto de conservación y me dirigí a la cumbre. Pasaba por encima de cuerpos caídos y seguí corriendo unos cien metros o quizás más; escuchaba el silbido de las balas a mi alrededor y veía el polvo que levantaban al clavarse en el suelo. Entonces vi a John Power; yacía en el suelo con un dolor terrible. Me tiré al suelo y por primera vez vendé una herida. Ya no sentía tanto temor como antes; era capaz de pensar con claridad y de actuar. Me di cuenta de que había vencido el miedo al ser útil y tomar a alguien bajo mi cuidado. A unos diez metros delante de mí, el comandante Law seguía de pie gritando: ¡Vamos a echarles de la colina! ¡Adelante! Pero carecía de protección y estaba completamente expuesto al fuego. Las balas parecían tenerle como único objetivo. John le gritó: ¡Al suelo, al suelo! Demasiado tarde. Fue alcanzado en el estómago y se desplomó. Su enlace, Jerry Weinberg, le ayudó a retirarse: Law se arrastraba mientras Jerry tiraba de él. Cuando pasó a nuestro lado dijo: “No es grave. En pocos días estaré de vuelta”. En menos de una hora había muerto. Lo enterraron a corta distancia, detrás de nuestras líneas; en la inscripción, hecha con una sencilla tabla de madera, se podía leer: Aquí yace Oliver Law, el primer americano negro que mandó en combate a americanos blancos. Justo entonces oímos que teníamos que retirarnos a nuestra posición de partida.” (Harry Fisher, soldado del batallón Lincoln).

Mientras la XV Brigada Internacional se desangraba y perdía a muchos de sus mejores hombres frente a El Mosquito, la XIII Brigada Internacional sufría un castigo similar en su intento de ocupar las alturas de Romanillos. En sus memorias, Artur London recuerda:

“A la izquierda sonó el ¡hurra! de los franceses del 2º batallón que atacó con empuje irresistible. Los republicanos olvidaron las torturas de la sed y solo experimentaron un sentimiento: el orgullo del avance y el triunfo conseguido. A unos 1.200 m de distancia se elevaba el conjunto fortificado de Romanillos que debía tomar la XIII brigada. Las unidades avanzadas lograban aproximarse hasta unos 800 ó 700 m de él. En un lugar accidentado, la 3ª compañía de ametralladoras del Chapaiev cayó en una emboscada preparada por los moros. Los que se salvaron, apoyándose en la 1ª compañía, avanzaron de nuevo y se encontraron ante un cuadro horrible: los soldados republicanos habían sido terriblemente mutilados por los moros; tenían arrancados los ojos, el corazón y los órganos genitales. Los fascistas recibieron grandes refuerzos en hombres y armas y se hizo evidente que la lucha por Romanillos iba a ser muy dura.” (Artur London, combateiente de las Brigadas Internacionales).

Hans Scheidmühl, fue un voluntario alemán de la XIII B. I que participó en el ataque a Romanillos y en otros duros combates de la batalla de Brunete. Sus impresiones sobre aquellas jornadas fueron recogidas por un amigo suyo, teniente del Ejército Popular de la República. En ellas, su protagonista plasma claramente el malestar que fue extendiéndose en algunas unidades de la XIII B. I. a lo largo de la batalla:

“Llegamos el día 4, procedentes de Pozoblanco. La brigada había sido reorganizada. Los efectivos estaban casi al completo. Teníamos 4 batallones: Capaiev, Henri Vuillemin, Maurice Thorez y Otumba. El último era todo, o casi todo, de españoles; en los otros había también bastantes (…) Murieron allí cientos, y cientos se escaparon, y cientos quedaron sin cuidados tirados en el monte. Fue lo peor que he visto…
(…) Más tarde atacamos sin descanso el vértice Romanillos y la zona que se extiende al sur del mismo. Allí estuvimos hasta el día 11, manteniendo intactas las posiciones que habíamos ocupado, y soportando fortísimos ataques de los fascistas. Tres de nuestros batallones formaron durante 4 días una muralla formidable contra la que se estrellaban los intentos enemigos por extenderse hacia el sur; otro batallón, en segunda línea, acudía a donde se le necesitaba.
Pero, el mismo día 11, empezó nuestra desgracia. Vimos como llegaban refuerzos al otro lado. La aviación alemana, que hasta entonces podía menos que la rusa, empezó a hacerse dueña del aire. Todavía avanzamos por el ala derecha en un intento de desbordar el caserío de Romanillos (…) Avanzamos, sí, unos centenares de metros, pero nos resultó demasiado costoso. La brigada quedó fuertemente golpeada. Seguimos defendiendo los centros de resistencia de primera línea, aunque aquello era una costra ligera que el menor empujón habría echado por tierra. Necesitábamos urgentes refuerzos y se nos negaron; necesitábamos víveres y atención sanitaria, y se nos abandonó en el monte de Romanillos como si fuéramos apestados. Los hombres empezaron a murmurar. Nos habían engañado. Éramos carne de cañón, carroña seca al sol como nuestros camaradas  aún sin enterrar entre las encinas. Nos había olvidado la División, nos había olvidado el Ejército. Estábamos solos en un mundo de enemigos implacables a punto de saltar sobre nosotros.
Y, luego, la aviación. ¡Qué maldición continua sobre nosotros! Venían y se iban sin que nadie les molestara. Nos bombardeaban, nos ametrallaban en vuelo rasante. Nos hacían la vida imposible desde que amanecía hasta la noche.” (Hans Scheidmühl, voluntario alemán de la XIII B. I).

La XIII B. I., que se destacó por su valor y coraje en las primeras jornadas de la ofensiva, terminaría protagonizanndo un grave episodio de rebeldía y amotinamiento durante la batalla de Brunete, lo que provocaría que sus mandos fueran juzgados, sus efectivos integrados en otras unidades y la brigada disuelta.
FIN DE "¡BRUNETE!" (TERCERA PARTE)
CONTINUARÁ...
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ
Fotografía 1) Una de las pocas lomas que se conservan en El Mosquito, una zona fuertemente alterada por la expansión urbanística (JMCM, 2012).
Fotografía 2) Vista de Romanillos desde el río Guadarrama (JMCM, 2012).

lunes, 27 de agosto de 2012

117) ¡Brunete! (2ª parte)





¡BRUNETE! (SEGUNDA PARTE)
En la anterior entrada  veíamos, a través de los testimonios de algunos de sus protagonistas, como fue el inicio de la ofensiva que el Ejército Popular de la República desencadenó en el oeste de Madrid en el verano de 1937. La sorpresa inicial permitió a los republicanos infiltrarse en territorio enemigo, ocupando el pueblo de Brunete con relativa facilidad. Pero la decidida resistencia que mostraron las guarniciones franquistas en lugares como Los Llanos, Villanueva de la Cañada y Quijorna, supondría un importante contratiempo para los mandos republicanos, los cuales, mostraron una gran indecisión y falta de iniciativa para afrontar los contratiempos e imprevistos que fueron surgiendo a lo largo de la ofensiva. Algo que contrastaría con la actitud que en los primero y más críticos momentos mostraron los diferentes oficiales del Ejército Nacional que se encontraban al mando de las guarniciones de la primera línea y de la retaguardia más inmediata a la zona de combates.
Veamos como recordaba un oficial del Cuartel General que la 11 División del Ejército Nacional tenía instalado en Boadilla del Monte, los confusos y tensos momentos en los que empezaron a llegar las primeras noticias del ataque republicano:
“Los primeros momentos fueron espectaculares. Todo parecía que se había roto, que se había trastocado. Nuestro frente había sido perforado y el enemigo había penetrado profundamente sin disparar un tiro. No funcionaban nuestras transmisiones y vivíamos del rumor, o, mejor dicho, no vivíamos, porque si bien parecía que nuestras posiciones no habían caído, sin embargo, por allí andaban los rojos, por nuestra retaguardia (…) La preocupación nuestra, en vista de todo esto, era impedir que la brecha se agrandara (…) ¿Qué podíamos hacer? Pues dos cosas imprescindibles. Primero, la más urgente: cerrar el paso hacia Boadilla en previsión de que los de Brunete o los de las dos Villanuevas se nos echaran encima. Segundo, la más importante: impedir que los quince o veinte mil hombres que no emplearon en la brecha de Brunete se dedicaran a abrir más la bolsa. Es decir, que la bolsa fuera solo de Brunete y no de Boadilla y Villaviciosa además.
Y, así, el mismo día 6, mandamos a la línea de alturas que hay al oeste de Boadilla, y que domina el río, todo lo que pudimos reunir. No era mucho, pero el peligro de ataque tampoco era inminente. Se trataba de poner allí algo, de establecer una cortina de fuego, por ligera que pudiera ser. Luego, ya veríamos de reforzarla, completarla y darle profundidad.  (Oficial de la 11 División del Ejército Nacional destinado en Bodilla del Monte).
Un sargento del Ejército Nacional destinado en Villaviciosa de Odón recuerda también aquellos primeros momentos:
“El 6 de julio cayó martes. Nos despertó un fuerte ruido de explosiones que provenían del oeste. Subí a la torre del castillo y, al poco rato, llegó el capitán y un alférez provisional que mandaba un par de secciones de Pontoneros. El horizonte, desde Navalcarnero, al sudoeste, hasta Villanueva de a Cañada, al noroeste, estaba como en llamas. Se elevaban grandes columnas de humo (…) En el pueblo, la gente se arremolinaba con inquietud creciente. Algunos paisanos andaban cargando sus carros con los enseres que podían caberles (…) Cuando volvieron los oficiales, ordenaron que el castillo se pusiera en estado de defensa. Yo salí a reunir la gente y nos pusimos a rellenar sacos terreros para cubrir las ventanas del piso bajo. Los de Pontoneros se habían venido al castillo también, después de hacer una descubierta hasta el arroyo de la Vega, por la mañana, a las órdenes de su alférez.
El día 7 siguieron llegando refuerzos. Por la mañana llegaron una columna de municiones y una serie de unidades de Sanidad, con sus mulos, sus camilleros y sus señoritas enfermeras. Por la tarde llegó un batallón de gallegos que se fue al frente sin casi poner los pies en el suelo.
La defensa del pueblo quedó en manos de unos doscientos hombres, de los cuales, casi la mitad carecían de armamento y desconocían lo más elemental de la instrucción para el combate. Pero nuestro trabajo no puede decirse que fuera estéril. Con más o menos dificultades, el pueblo se puso en estado de defensa y, lo que es más importante, se montaron todos esos órganos de servicios que hacen posible que las tropas de primera línea combatan y venzan al enemigo.” (Sargento del Ejército Nacional destinado en Villaviciosa de Odón).
Como vemos, las guarniciones franquistas, a pesar de la sorpresa inicial, reaccionaron rápida y adecuadamente, improvisando unidades con las que intentar, en espera de la llegada de más refuerzos, cerrar el paso a las fuerzas republicanas. El mismo sargento que anteriormente nos describía como se vivieron los primeros momentos en Villaviciosa de Odón, nos cuenta ahora como fue enviado al frente enrolado en una de esas improvisadas unidades:
“El caso es que, en el amanecer del día 8, fui llamado por el alférez de Pontoneros y recibí orden de reunir los hombres que pudiera. Junté hasta veinte y me presenté con ellos en el castillo. Les dieron un fusil, 150 cartuchos a cada uno y nos pusimos en movimiento. Nos mandaba el alférez.
Salimos por el camino de Boadilla, pero, al llegar al arroyo de la Vega, en vez de continuar por el camino que tomaba a la derecha, seguimos de frente por una vereda. La vereda se encaramaba suavemente a los cerros que dominan el río Guadarrama por el este. Nuestro destino era una loma suave que tenía al frente un resalte de menor altura, y, a retaguardia, una colina alargada. Nuestra misión, por lo que nos explicó nuestro nuevo jefe, era impedir el paso del enemigo hacia Villaviciosa, de la que distábamos unos tres kilómetros (…)
De la parte de Brunete llegaba el incesante estruendo del combate. Más al norte, se luchaba en la parte de Villafranca. Entre ambos puntos se veía el humo del ataque a Quijorna. La sensación que me daba todo aquello era de aislamiento y de peligro. A nuestra derecha, el terreno subía hasta el vértice Mosquito. A la izquierda bajaba suavemente hasta caer al arroyo de la Vega, como a unos dos kilómetros (…) Cavamos como pudimos unos menguados pozos de tirador. Era poco, pero era algo.” (Sargento del Ejército Nacional destinado en Villaviciosa de Odón).  
Otro soldado del 75 Batallón del Regimiento de la Victoria, nos deja testimonio de como, bajo las órdenes del teniente coronel Álvarez Entrena, su unidad avanzó desde Villaviciosa de Odón hasta la Loma Quemada, frente al pueblo de Brunete, para intentar fijar allí al enemigo:
“Cayó la noche del día 6 de julio. ¡Cacho, qué día! ¡Y toda la noche y todo el otro día! Si no la casqué entonces es que ya no la casco nunca.
No te puedes hacer una idea de lo que es ir avanzando hacia un sitio donde sabes que va a haber leña. Y nada, sin saber cuando te la vas a encontrar ni dónde. Cada recodo del camino, cada hondonada, cada grupo de árboles, una sospecha de emboscada. Y seguir por la carretera que cada vez parecía más peligrosa, más a propósito para que nos atacaran (…) Y,  a todo esto, un tiroteo de miedo por todas partes y la aviación bombardeando a base de bien por la parte de abajo, tanto, que se veían las nubes desde la carretera. Y mucho ruido, mucho, que venía de más allá del río, del sitio a donde nos dirigíamos (…)
Por fin pareció que habíamos llegado. Hicimos alto los que íbamos en cola, y vi que las compañías de cabeza se iban desplegando a un lado y otro de la carretera subidos a unos altos. ¡Malo! (pensé); eso es que los jefes han visto algo y va a empezar en seguida la marimorena.
Y en efecto (que uno ya llevaba un año de guerra) empezaron los tiros. Al principio, pocos, espaciados. Por encima de nuestras cabezas silbaron algunas balas. Luego, se fueron haciendo más seguidos. Nos desplegaron hacia la derecha. Había que subir una cuesta, hasta una calva pelada. Allí entramos en posición.
Me quedé tieso. Enfrente se veía Brunete. Una birria de pueblo. Pero aquello era un hormiguero humano. Había gente para parar un tren. Y también tanques y caballos. Aquello debía de ser una División. ¡Anda, que como vinieran! (…) Y (ya se sabe en estos caso), lo primero, cavar aunque sea con las uñas y aunque no sea más que para diez minutos.” (Soldado franquista del 75 Batallón del Regimiento de la Victoria).
Salvo Brunete, que cae en los primeros momentos de la ofensiva republicana, el resto de posiciones que son atacadas resisten con eficacia y obstinación. Mientras, van llegando unidades más o menos improvisadas desde la retaguardia franquista con las que se refuerzan al resto de guarniciones del sector y se ocupan nuevos puntos desde los que intentar frenar la progresión republicana. Las escaramuzas y las pequeñas acciones de combate, algunas de las cuales adquirirían una violenta intensidad, se suceden por toda la línea de contacto que, poco a poco, se va definiendo en las primeras horas de ofensiva. Un buen ejemplo de estos primeros combates se producirá en la casilla de peones camineros ubicada a tres kilómetros al sur de Brunete. Francisco Moral, soldado franquista del 73 Batallón de Toledo, participó en aquella lucha:
“El día 6 de julio salimos de Seseña a Sevilla la Nueva empezando la llamada Batalla de Brunete. Aquello fue una carnicería. Había una caseta en un cerro que la tomábamos veinte veces nosotros y otras tantas los rojos, todos los días. Para que nuestra aviación no nos bombardeara colocábamos unas sábanas para que las vieran desde los aviones. Primero mi puesto fue de camillero y a partir de julio del 37 ocupé ser enlace a las órdenes del Comandante Jefe del batallón, Don Teodoro Arredonda. Este puesto o destino lo ejercí doce días pues el 18 de julio de ese mismo mes fui herido por arma de fuego enemiga. Desde ese momento no paro de buscar al que me hirió para darle un abrazo porque me libró de que me mataran. Me hicieron la primera cura debajo del puente de la carretera que conduce a Brunete.” (F. Moral, soldado del 73 Batallón de Toledo).
La rápida reacción de los mandos franquistas, que, sin conocer suficientemente la situación, decidieron salir con lo que pudieron reunir al encuentro del enemigo, sumado a la indecisión mostrada por los mandos republicanos en los primeros momentos, tendría una enorme importancia en el posterior desarrollo de la batalla. Las guarniciones franquistas se enquistaron en sus posiciones con la decisión de resistir a toda costa. Un ejemplo de estas “Resistencias Decisivas”, fue la protagonizada por el teniente coronel Álvarez Entrena y sus hombres en la Loma Quemada, frente al pueblo de Brunete. Un soldado franquista, observador directo de aquellos combates, recordaba años después:
“Delante de nosotros ya había empezado la función (…) Desde donde estaba con el capitán, pude ver la operación muy bien. Los de la Compañía subían al cerrete, donde iban entrando en posición.  Delante de nosotros y, a la izquierda, sobre otra altura se veían dos hombres. El capitán dijo que eran el jefe de la columna, un teniente coronel que se llamaba Álvarez Entrena, y un teniente de nuestro Batallón (…) El combate empezó en seguida (…) Los primeros en acercarse iban derechos al cerro más alto donde estaba la 1ª Compañía. Pero se detuvieron como a mitad de camino. Entonces empezaron a tirar cañonazos contra los del cerro. Eran los tanques que yo había visto a la salida del pueblo (…) Pero los rojos se veía que no estaban de broma. Los cañonazos de los tanques fueron haciéndose  más seguidos, y con ellos un fuego intenso de fusil y ametralladora que empezó a producir algunas bajas (…) El tiroteo se fue formalizando, pero los rojos no se decidían a un ataque fuerte: debían de tener miedo de que fuéramos muchos más.
(…) Contra la tierra se estrellaban miles de proyectiles que levantaban nubes pequeñitas de polvo (…) Los rojos empezaban a subir la cuesta para llegar al asalto. Las ametralladoras tiraban al bulto (…) Los rojos seguían subiendo, aprovechando las partes a cubierto, que eran pocas, pero que las había. Yo me metí en faena con mi fusil, un mejicano, más malo que la madre que lo parió, que me daba la lata con la uña extractora, que no agarraba bien el culote del cartucho. Pero ya he dicho que era buen cazador y sabía tirar, así que me busqué un buen puesto de tiro y, como cuando andaba a la espera de los conejos, tío que aparecía por mi lado, tío que doblaba la servilleta.
(…) ¡La que se armó! De pronto vimos una masa que avanzaba en nuestra dirección. Pero una masa grande y cerrada como la langosta. Empezaban a subir por las laderas. Llenaban las pequeñas vaguadas y ennegrecían los lomos de las tierras de labor. Allí se le encogía el ombligo al tío más templado. Si seguían avanzando así, nos copaban. Eran muchos, lo menos dos batallones, que venían de frente. Cerca de mí, una Saint-Etienne tiraba segando filas. Los proveedores no daban abasto. Un poco más allí, un fusil ametrallador de marca belga hacía fuego de frente. Todos los hombres estaban ocupados en rechazar el ataque. Sin embargo, la presión era fuerte. El enemigo, por la parte izquierda, que era por donde menos cuesta había, logró acercarse a nuestras líneas a la distancia del alcance de las bombas de mano. Algunos muchachos debieron de sentirse cogidos y empezaron a perder terreno hacia atrás. Fue un momento de mucho peligro que estuvo a punto de cargarse la línea, y, con ella, seguro, la posición. (Soldado franquista del 75 Batallón del Regimiento de la Victoria).
En algunos de estos primeros combates, el coraje con el que atacaban los unos, y la obstinada decisión de resistir a toda costa que mostraban los otros, provocarían terribles luchas cuerpo a cuerpo, de cuyos efectos nos deja testimonio un alférez provisional de un batallón franquista:
“En la noche, alumbrada siempre por el fuego de las armas, se produjo una vez más el lúgubre espectáculo de la recogida de bajas. Mis gallegos ayudaron en la operación. El número de muertos era elevado. Había ramales de trincheras en los que los cadáveres, a veces de los dos bandos, se amontonaban en una trágica mezcla. El atacante había lanzado uno de sus golpes más duros y había tratado de llevarlo hasta sus últimas consecuencias. En algunas partes de la línea se había producido el acto final del ataque, el asalto, esa terrible operación que consiste en desalojar al enemigo de su posición en un combate sin cuartel, de hombre a hombre, combate en el que todo vale, en el que la muerte de los que se oponen es la única salida honorable. En casos como este, los muertos superan a los heridos. Generalmente no hay prisioneros porque la rabia ciega a los hombres y sólo la aniquilación del que está en frente es garantía de supervivencia.” (Alférez provisional del Batallón 191, agregado a la 13 División del Ejército Nacional al sur de Brunete).
Eran los primeros momentos de la Batalla de Brunete y, combates como los aquí narrados, no eran más que el trágico preámbulo de unas terribles y largas jornadas de muerte y destrucción.
FIN DE ¡BRUNETE! (SEGUNDA PARTE).
CONTINUARÁ…
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ.
Fotografía 1) Palacio de Boadilla del Monte, Cuartel General de la 11 D. del E. N. (JMCM,2011).
Fotografía 2) Loma Quemada, posición defendida bajo las órdenes de Álvarez de Entrena (JMCM, 2012).
Fotografía 3) Campo de batalla (JMCM, 2012).