lunes, 12 de julio de 2010

88) MISIÓN SUICIDA





El proceso revolucionario que se desencadenó en la zona republicana a raíz de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 facilitó la actuación directa de muchas mujeres en las primeras jornadas de lucha callejera. Esta participación femenina siguió dándose durante los primeros meses de guerra en muchos frentes, en los que no era del todo raro encontrar a hombres y mujeres combatiendo codo con codo en las milicias de las diferentes organizaciones políticas y sindicales. Una realidad muy extraña para la época que quedó reflejada en carteles, fotografías, documentales, etc.

Pero a medida que la guerra avanzaba y las milicias obreras iban siendo absorbidas por el imparable proceso de militarización que terminaría con la creación del Ejército Popular de la República, las mujeres, poco a poco, fueron siendo retiradas de las unidades de combate, obligándoselas a desarrollar labores auxiliares y de retaguardia.

Sin embargo, se darían algunas excepciones. Quizás, el caso más llamativo, por lo que tuvo de insólito y raro para la época, sea el de Mika Etchebéhère, que, tras ganarse el respeto y la consideración de sus compañeros en el frente de Guadalajara durante los primeros meses de guerra, obtendría el grado de capitán (o capitana) dentro de la 14ª División que dirigía el anarcosindicalista Cipriano Mera, siendo la única mujer con mando de tropa durante toda la guerra civil española.

Mika, cuyo verdadero nombre era Michèle Feldman, había nacido el 14 de marzo de 1902 en la provincia argentina de Santa Fe. Sus padres eran judíos de origen ruso que habían huido de la represión zarista, por lo que, desde su infancia, tuvo relación y contacto directo con otros muchos exiliados políticos. Desde muy joven, se identificó con las ideas anarquistas, hasta que en 1920, en la Universidad de Buenos Aires, conoció al que sería su compañero, Hipólito Etchebehere, y juntos, deciden afiliarse al Partido Comunista, del que serían expulsados años después por sus ideas heterodoxas. En 1930 se trasladan a Europa, primero a Francia y después a Berlín, donde, desde posicionamientos trotskistas, intentarían oponerse al ascenso del nazismo en Alemania.

En 1936, Mika y su compañero Hipólito se encuentran en España realizando un estudio sobre la revolución de Asturias de 1934. Ante la sublevación militar del 18 de julio, deciden comprometerse activamente en la lucha revolucionaria contra el fascismo. Integrados en una columna del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), parten al frente de Guadalajara. Hipólito muere en los combates desarrollados en Atienza, pero Mika continuará en el frente, siendo elegida por sus compañeros como responsable de la columna. Uno de los episodios bélicos más espectaculares protagonizados por Mika Etchebéhère se dio, cuando junto a un pequeño grupo de milicianos, logró burlar el cerco de las tropas nacionales y evadirse de la catedral de Sigüenza.

Llega a Madrid días antes de que las tropas de Franco inicien el asalto a la capital. Trás unos días en París, regresa en plena batalla de Madrid. En esas duras jornadas, Mika, con su columna, actuará en La Moncloa, en la Casa de Campo, en Húmera, en la carretera de La Coruña…

Cuando en mayo de 1937 se desencadené la represión contra el POUM, dirigida por los estalinistas, Mika será detenida en el frente de Guadalajara, siendo Cipriano Mera en persona quien presione para obtener su liberación.

En marzo de 1939, con la caída de Madrid, Mika fue detenida, pero consiguió refugiarse en el Liceo francés gracias a poseer un pasaporte de esa nacionalidad. Logra llegar a Francia y de allí, a Argentina, regresando a Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El resto de su vida, Mika continuó con su militancia revolucionaria. En mayo de 1968, con 66 años, se la podrá ver levantando barricadas durante las revueltas estudiantiles y años después, todavía participará en las manifestaciones contra la dictadura militar en Argentina. Mika Etchebéhère fallecío en París el 7 de julio de 1992, sus amigos y compañeros arrojaron sus cenizas en el Sena.

En 1976, Mika redactó unas memorias sobre sus experiencias en la guerra de España: “Ma guerre d´Espagne à moi” ("Mi guerra de España"), publicadas en castellano en 1987 por Plaza y Janés, y que afortunadamente, han sido reeditadas en 2003 por Alikornio Ediciones, cuya lectura es más que recomendable.

Precisamente de este libro, hemos querido extraer parte de un episodio bélico ocurrido en febrero de 1937 en el frente de Madrid. Se trata de una acción de combate desarrollada por los republicanos en el sector de la carretera de La Coruña. Málaga acaba de caer en poder de las tropas de Franco, y en el sector de la carretera de La Coruña, los republicanos intentan una acción encaminada a expulsar a los nacionales del Cerro del Águila. Mika recuerda las trincheras del frente de Madrid en aquellos primeros días de 1937, cuando los grandes combates en torno a la carretera de La Coruña han cesado y el frente madrileño comienza a estabilizarse:

“Aquí no tenemos al enemigo a distancia de voz humana, como en el Pinar de Húmera. El Cerro del Águila, su posición más próxima, se halla a unos trescientos metros a la derecha de nuestras avanzadillas. Digo trescientos, quizás esté más lejos. En el Pinar de Húmera nos gritaban, nos insultaban, nos mandábamos prensa con el perro estafeta, contestábamos sus insultos. Afilábamos el odio grande con diarias querellas de vecinos, sabiendo que un día u otro las habríamos de dirimir a tiros. La probabilidad del encuentro justificaba el hielo, la lluvia, el barro que se nos metía en el cuerpo.

Aquí, el enemigo nos parece tan lejano, que la lluvia y el fango se nos antojan un castigo inútil, agravado peligrosamente por el tedio y los piojos. El comandante sonríe viendo mi encarnizamiento en luchar contra los piojos a fuerza de polvos insecticidas que sólo sirven para hacer toser a los milicianos, porque los bichos parecen más bien prosperar y multiplicarse.

- Los piojos -dice- son la plaga inevitable de las trincheras que llevan tiempo sirviendo de cobijo a hombres que no pueden lavarse ni cambiarse de ropa. Para acabar con los piojos hay que arrasar las trincheras infestadas, prenderlas fuego.

Tengo que resignarme, renunciar al combate antipiojos. Queda el tedio de los días interminables. Comunico al comandante mi proyecto de traer libros y revistas ilustradas que puedan interesar a los milicianos. Si él está de acuerdo y me presta un coche, iré a Madrid en busca del material de lectura. Conseguiré libros fáciles, novelas de aventuras y de amor, relatos históricos, en fin, literatura poco complicada al alcance de todos.

-Nada cuesta probar, -contesta el comandante, no muy convencido-. Lo malo es que muchos de nuestros milicianos no saben leer…

-Ya lo he pensado. Para ellos tengo otro proyecto. Les enseñaremos a leer y escribir aquí mismo, si usted está de acuerdo. He averiguado que tenemos cuatro maestros de escuela en las trincheras. No dará mucho trabajo construir dos chabolas detrás de las primeras líneas para que sirvan de escuela.

Esta vez el comandante muestra más entusiasmo. Decidimos que mañana a primera hora iré a Madrid en busca de lo necesario."

Más adelante, Mika Etchebéhère rememora el golpe de mano efectuado contra el Cerro del Águila en febrero de 1937. En el frente madrileño, las tropas republicanas son todavía una especie de hibrido entre milicia popular y ejército regular, con multitud de carencias organizativas, divisiones internas, dudas y desconfianzas. Hemos seleccionado algunos fragmentos de las memorias de Mika, que comienza su relato en el momento en que es informada de la decisión de atacar el Cerro del Águila:

-Le veo preocupado, comandante. ¿Pasa algo? ¿Le han hecho reproches en Puerta de Hierro?

-Ningún reproche, al contrario. La prueba es que nos han designado para una operación más que arriesgada. Nada menos que tomar el Cerro del Águila, claro que no solos. Saldrá en vanguardia un batallón de la CNT, el que está a nuestra derecha. Treparan al cerro antes del amanecer, cortarán las alambradas, tirarán lluvias de granadas para neutralizar las ametralladoras y los morteros…

-¿En Puerta de Hierro están seguros del batallón que abrirá el combate? Esos milicianos tendrán que operar como en un golpe de mano, por sorpresa, porque si los descubren antes de que se hayan echado sobre la posición, los bajarán a tiros seguros, a ellos y a los nuestros que irán detrás.

-Según me dijeron, se trata de gente aguerrida, que, después de la caída de Málaga, plantea problemas a sus mandos porque los mantienen en un frente inmovilizado.

-Y usted, comandante, como militar de carrera, ¿tiene confianza en esa operación, le parece viable?

-Si se lleva a cabo de forma como la definen en Puerta de Hierro; si los hombres del batallón de vanguardia cumplen y los nuestros siguen, no digo que será un paseo, habrá bajas, pero puede salir bien. Haga el favor de decir a nuestros capitanes de compañía que vengan aquí inmediatamente, a fin de ponerlos al corriente.

(…)

La orden de acudir al puesto de mando sorprende a todos. Tratan de hacerme decir para qué los convocan. La mayoría cree que les anunciarán el relevo. Como no confirmo la suposición piden que al menos les diga si pasa algo grave.

En pocos instantes los milicianos se enterarán de que sus capitanes han sido convocados por el comandante. “Para nada bueno ha de ser”, murmuran algunos, pero a nadie se le ocurre la verdadera razón.

De pronto ha cambiado el clima de la trinchera. Casi no se oye hablar. Nadie se mueve de su puesto por temor a perder la primicia de las novedades que traerá su capitán. En mi vuelta por los refugios recojo miradas ansiosas, hasta coléricas, porque todos saben que yo sé. Cada compañía ha puesto un centinela encargado de anunciar el regreso de su capitán. La medida no tiene mayor sentido. Denota solamente, en los milicianos, la necesidad de participar en algo que sienten importante.

Cuando comienzan a resonar los gritos de: “Ya vienen, allá vienen” me encamino hasta el puesto de mando para no estar presente en el encuentro de los oficiales con sus hombres.

(…)

-Todo está en orden -me informa el comandante-. Un solo detalle nuevo: la cuarta compañía saldrá en cabeza, por ser la más veterana. Toda nuestra gente es buena, pero la cuarta compañía es la que tiene en su haber más combates. Es un honor para sus milicianos encabezar el de mañana.

“Un honor o un castigo”, pienso para mis adentros. Si estuviéramos en un batallón comunista, diría que es un castigo, porque no consigo dominar la desconfianza que me inspira la operación de mañana a causa de ese batallón desconocido que lo decidirá todo. Pero aquí el mando que ordena la operación no es comunista, sino confederal, favorable al POUM, luego hay que tomarlo como un honor.

(…)

En las trincheras hay gran animación. Tengo que abrirme paso entre los milicianos ocupados en desmontar fusiles, remendar correajes, contar cartuchos canturreando por lo bajo coplas alusivas al próximo combate. Pero el tono general es de seriedad, sin explosiones bravuconas ni alardes arrogantes.

El ambiente que reina en la cuarta compañía es todavía más concentrado, más denso, como si los hombres tuviesen una noción más clara del riesgo que habrán de correr mañana. Cuando me encuentro en medio de la trinchera, digo a modo de preámbulo:

-Al fin habrá combate.

-Sí, al fin, ya era tiempo- contestan varias voces.

Con Fuentemilla a mi lado, digo dirigiéndome a todos:

-Traigo un mensaje que nos han comunicado desde Puerta de Hierro. El comandante me ha encargado de dárselo en su nombre. La cuarta compañía saldrá en vanguardia, honor que le cabe por ser la más aguerrida…

-Un honor con sus más y sus menso -gruñe Chuni-, porque el avance a campo raso no será cosa de coser y cantar. No importa, vale más ser los primeros en avanzar y no andar a la zaga de los demás, que a lo mejor se vuelven a mitad de camino. Falta saber solamente si los encargados de abrirnos el paso no se quedarán dormidos.

-Déjate de hacer pronósticos -le riñe Fuentemilla-. Nadie nos da derecho a pensar que esa gente puede echarse atrás. A mí, lo único que me preocupa es lo que tardan las municiones. Fijaros en la hora que es. Menuda tarea si los cartuchos no vienen apartados y hay que ponerse a buscar calibres.

-Ya está todo aquí. Ahora mismo puedes mandar dos hombres al puesto de mando para traer lo que haga falta. Olvidaba decirte que el comandante quiere hablar contigo. Yo me voy disparada a ocuparme del suministro. A propósito, según vuestro parecer, ¿es más práctico que cada uno lleve en el macuto su ración, o es preferible subirles el suministro a la posición para evitar peso?

-Yo diría que es mejor no cargarse -dice Fuentemilla-, porque no será un paseo, sino una carrera. Vale más llevar cuatro o cinco granadas de repuesto, que un paquete de comida. Es mi modo de ver…

-¡Y el nuestro, y el nuestro! -gritan muchas voces-. Cuanto más ligeros vayamos, menos nos pesarán los pies. Ya sabemos que no nos dejarás pasar hambre ni sed. Como dice el capitán, es mejor llevar más bombas que comida.

(…)

La chabola del teléfono está a dos pasos. Al vernos llegar, el comandante pide a Rogelio que traiga café caliente para él y el miliciano de comunicaciones. Pregunto si no ha llegado el mensaje de Puerta de Hierro anunciando la hora de comenzar la operación.

-Sí -contesta el comandante-. Hace media hora, diciendo que el batallón se había puesto en camino. De ser verdad, ya se deberían escuchar las primeras descargas. Esta tardanza me da mala espina, aunque, de haberse suspendido el ataque, nos habrían avisado para no tenernos en ascuas. Vaya usted a los parapetos de la cuarta compañía. Tranquilice a los milicianos. Quédese con ellos hasta el momento del arranque. Ponga también varios centinelas a lo largo de las trincheras de modo que pasen el mensaje con mayor velocidad.

Transcurre una hora. En medio de la compañía formada para salir, me estrujo el cerebro en busca de explicaciones que justifiquen la tardanza, como también la ausencia de noticias.

De pronto se oyen tiros de fusilería y explosiones de bombas. Algo así como una onda eléctrica sacude a las escuadras agrupadas según las armas que llevan. Los dinamiteros en punta sin más carga que el morral repleto de cartuchos y las granadas al cinto, muy ufanos de haber conseguido, por fin, las codiciadas piñas.

Pero los tiros y las explosiones se van apagando minuto tras minuto. Es difícil admitir que la posición haya caído en tan poco tiempo. Los enlaces corren de un lado a otro llevando preguntas y trayendo respuestas.

La orden de salir no llega. Todos los ojos están fijos en el cielo que la aurora va tiñendo a grandes pasos de rosa y oro. Los últimos rastros de la noche retroceden hacia el Oeste en paquetes de sombras deshiladas.

Cuando la cuarta compañía recibe la orden de asaltar los parapetos, son las seis de la mañana de un día peligrosamente claro. Tan claro, que se distinguen nítidamente los triángulos que forman los hombres avanzando desplegados en guerrillas por el llano total, chato como una tabla, sin el menor montículo que sirva de amparo.

Doblada sobre el parapeto, con los ojos doloridos de tanto forzarlos para ver, el pecho sofocado de angustia, las uñas hundidas en las palmas de las manos, oigo estallar los primeros obuses de mortero. Les siguen los tableteos de las ametralladoras. Ante la barrera de fuego, los nuestros se dispersan, se tiran al suelo un instante, se levantan, intentan avanzar, muchos caen, heridos o muertos. Los demás retroceden arrastrándose, corriendo en zigzag.

El primero que llega a la trinchera es Juan Luís. No consigo hablarle, porque el temblor de las mandíbulas degüella las palabras.

-Esto ha sido un asesinato -grita Juan Luís-. Nos han tirado a blanco seguro. Íbamos dando el pecho. Yo marchaba junto al capitán. Cayó a mi lado, muerto de un balazo en la cabeza, que la llevaba muy alto, como un jabato. Muerto también el teniente Rubio y muchos otros. En camillas se podrá sacar solamente a los que han quedado cerca. A los demás habrá que traerles a rastras, si se puede.

Detrás de Juan Luís, pegados al suelo van decenas de milicianos de nuestro batallón. Las ametralladoras del Cerro del Águila siguen barriendo el terreno. En la trinchera de evacuación, esperando camillas, se alienan los heridos que van llegando por sus propias fuerzas. El comandante está a mi lado, silencioso, crispado casi tanto como yo. Un enlace viene a decirle que lo llaman del puesto de mando. Yo me pongo a contar los hombres que llegan del desastre. No pasan de ochenta, ilesos o con heridas leves.

No he visto acercarse al comandante. Las palabras que pronuncia en voz alta restallan como un trallazo sobre los milicianos mudos de cólera:

-El puesto de mando ordena salir nuevamente. El batallón que inició el ataque se retira ante el fuego del enemigo, pero se está poniendo otra vez en marcha.

-La compañía ha perdido a sus oficiales -digo yo-. Entonces me toca a mi mandarla. Sale conmigo o no sale…

-Ni vienes tú ni vamos nosotros -rugen las voces de los hombres que se adelantan, amenazadores, frente al comandante-. Combatir, sí, hacerse matar aposta, no. Ya puede usted decírselo a los altos jefes. Decirles que hemos tenido más de cuarenta bajas. Que para carnicería, ya está bien.

-Yo iré al teléfono para explicarlo, si el comandante me lo permite -digo-. Estoy segura de que la orden será anulada…

-Aunque la mantengan. De aquí no nos movemos si no es para ir a buscar a los heridos. Ya pueden venir a fusilarnos, Antes nos llevaremos por delante a los que se acerquen, porque nosotros no hemos tirado los fusiles. Aquí están, calientes todavía, ya se lo puedes decir…

(…)

Cipriano Mera viene a mi encuentro con los brazos tendidos.

-Tranquilízate -dice-, se ha desistido de continuar la operación. Las cosas salieron mal desde el comienzo porque el enemigo estaba sobre aviso. Probablemente un chivatazo. Hay más de un fascista camuflado entre nosotros. Quisimos hacer algo por lo de Málaga. Recuperar el Cerro del Águila hubiese sido un golpe sonado. Nos duele el fracaso, y más nos duelen los muertos y los heridos…

La voz de Cipriano Mera me llega de muy lejos, porque yo no estoy aquí. Estoy en la trinchera mirando pasar las camillas, esperando la que trae a Clavelín. Las lágrimas me empapan las mejillas, me caen hasta el cuello. Dejándolas correr con la cabeza baja, sin enjugarlas, imagino que nadie las ve. Cipriano Mera las ve. Tomándome por los hombros dice con voz severa, como quien riñe a una chiquilla:

-Vamos, moza, deja de llorar. Llorando con lo valiente que eres. Claro, mujer al fin…

La frase me cruza como un latigazo. El dolor y la humillación me hacen apretar los puños y arder la cara. Levanto despacio la cabeza buscando una respuesta que lave la ofensa. Sólo acierto a decir:

-Es verdad, mujer al fin. Y tú, con todo tu anarquismo, hombre al fin, podrido de prejuicios como un varón cualquiera.

Y me voy, masticando la cólera que me distrae un rato de la pena. Los milicianos de la cuarta compañía me reciben en silencio, sin mostrar interés por el mensaje que les traigo. Ahí están como náufragos que han estado a punto de perecer, aturdidos, ausentes.”

Aquella acción contra el Cerro del Águila fracasó, pero los republicanos no tardarían demasiado tiempo en volver a intentarlo. Concretamente en abril de 1937, cuando los defensores de Madrid desencadenaron la conocida como “Operación Garabitas”, de la que pronto hablaremos en este blog.

Combates muchas veces suicidas y desesperados que tuvieron lugar en el frente madrileño a lo largo de toda la guerra y que hoy en día, permanecen casi olvidados o son del todo desconocidos.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Mika Etchebéhère.
Fotografía 2) Milicianos del POUM en el frente de Guadalajara. Al fondo, junto a la pintada del muro, puede verse a Mika Etchebéhère.

miércoles, 30 de junio de 2010

87) CUESTA DE LAS PERDICES






Resulta difícil imaginar el aspecto que debió de tener la Cuesta de las Perdices durante los años que duró la guerra. El mismo lugar por el que hoy circulan miles de vehículos, se convirtió entonces en un terrible campo de batalla a las puertas de Madrid. Aquí se consiguió frenar la ofensiva nacional en enero de 1937, y aquí también, se desarrollaría una penosa y larga guerra de trincheras que duraría hasta el final del conflicto, en abril de 1939.

La Cuesta de las Perdices fue uno de los lugares del frente madrileño donde la tierra de nadie era más estrecha. Tan estrecha, que apenas ocupaba el ancho de la carretera. Las pocas construcciones existentes en la zona fueron fortificadas, y por su control se desarrollaron cruentos combates que con frecuencia provocaban que éstas cambiasen de manos una y otra vez, hasta quedar reducidas a montones de escombros.

El pulso fue intenso y constante. Cada ejército se enquistó en sus posiciones y la sangre corrió copiosamente por el dominio de pequeños palmos de terreno. La destrucción y la ruina lo inundaron todo, transformando un paisaje que se llenó de trincheras, sacos terreros, galerías subterráneas, alambradas de espino, cráteres de explosiones y escombros.

Durante tres años, la guerra se adueñó del lugar, y la Cuesta de las Perdices se convirtió en uno de los puntos más brutales y terribles del frente madrileño.

No es la primera vez que en este blog se trata el tema (ver sobretodo los apartados dedicados a Casa Camorra). Hoy queremos aportar algunas referencias más sobre las posiciones existentes en este sector. Para ello, nos centramos en un informe realizado por las tropas de Franco a finales de julio de 1937. En aquel momento, la Cuesta de las Perdices estaba guarnecida por soldados de la 5ª Bandera de la Legión, que aguantaban una situación extremadamente delicada frente a un enemigo que se mostraba igual de obstinado que ellos en mantenerse en sus posiciones.

Unas decenas de metros separaba a cada ejército, y aunque la guerra duraba ya varios meses, las posiciones de unos y otros sufrían todavía numerosas carencias y estaban en pleno proceso de organización. Los golpes de mano, la acción de los francotiradores, las explosiones de minas y contraminas, el fuego de morteros y las pequeñas acciones de combate se sucedían un día sí y otro también. Las bajas se multiplicaban a diario, la muerte rondaba los parapetos y los combatientes permanecían en constante alerta, a la espera de los continuos ataques y contraataques.

Como señalaba más arriba, en julio de 1937, los legionarios de la 5ª Bandera dominaban el terreno comprendido entre las alturas de Camarines y la carretera de La Coruña. Aprovechando las diferentes construcciones existentes en la zona, estas tropas habían dividido su posición en tres sectores, denominados P. A. (Punto de Apoyo), pero encontraban numerosas dificultades para poder establecer un correcto plan defensivo. Además, los republicanos, bien parapetados en sus posiciones, ejercían una constante presión sobre los legionarios. En el informe del que estamos hablando, podemos leer:

“Durante el presente mes el enemigo no ha efectuado los relevos semanales que llevaba a cabo antes y hemos tenido permanentemente frente a nosotros los Batallones FERRER, PI Y MARGALL Y PASIONARIA (de izquierda a derecha).

(…) La Infantería atacó dos veces, uno de los ataques fue nocturno y el otro, que revistió más intensidad, fue a las cinco de la tarde y fue llevado a cabo por dos Compañías del Batallón PASIONARIA sobre nuestra avanzadilla, llegando a las inmediaciones de ésta, haciéndosele doce o catorce bajas vistas. Para distraer el resto de nuestra Unidad, llevaron a cabo un tiroteo sobre toda la línea que duró tres horas.”

Respecto a la acción de la artillería republicana, se informa de tiros de prohibición realizados contra el cruce de carreteras (de La Coruña, de Castilla y de Aravaca) y fuego de contrabatería sobre Pozuelo y Aravaca. La extremada cercanía del enemigo, hacía que la artillería no pudiera abrir fuego contra la posición, pues, inevitablemente, los daños y destrozos afectarían a sus propias fuerzas, a menos que éstas se retirasen de la primera línea.

También se informa sobre la actividad de la aviación republicana:

“La aviación, que en los primeros días hizo demostraciones que eran un verdadero alarde de fuerza, hasta el punto de bajar a ametrallar a nuestras trincheras, fue disminuyendo, y a los tres días, en que se colocaron antiaéreos en Pozuelo y Aravaca, ya volaba más alta y, sobretodo al regreso, se notaba descomposición.

Se vieron caer tres aparatos, uno en la Playa, otro al parecer en Húmera y el tercero, que explotó en el aire y cayeron restos y aviadores en la carretera de Aravaca a Carabanchel, y entre aquella y la Estación de Pozuelo.”

Se notifica que, para evitar riesgos, las cocinas de la tropa se han trasladado a la carretera de Castilla, ocultas a la vista del enemigo en abrigos construidos para tal fin y comunicados con las respectivas Unidades a través de caminos cubiertos. También se señalan las normativas dadas respecto al puesto de socorro de la posición, y de la higiene que debe mantener la tropa para evitar bajas por enfermedad y parásitos.

Pero sin duda, lo que más preocupa en este informe a las tropas de Franco es poder establecer un correcto plan defensivo y de fortificación:

“La situación del emplazamiento de la Bandera no ha podido sufrir variaciones a pesar de que la disposición de las Compañías debiera ser otra en realidad, o sea, formando un triangulo acutángulo; con el fin de que atacase el enemigo por donde atacara, siempre quedaría una Compañía en reserva; pero se conoce que al llevarse a cabo la ocupación de este sector, una de las Unidades naturalmente se arrimó a las tapias de la Casa de Campo y empezó a fortificarse tras de aquella, lo que trajo como consecuencia inmediata el que el P. A. 3 (ver croquis) quedase en la actual situación, debiendo haberlo estado más cerca de este Puesto de Mando, volando previamente la tapia, pero como no se hizo esto en un principio, en la actualidad no se puede llevar a cabo, ya que la trinchera que hoy existe en la tapia, sería un preciosos apoyo para la actuación del enemigo, lo que hace que nos tengamos que adaptar a aquella plantilla y trae como consecuencia estar sin reservas de Bandera.

Tampoco había línea de sostenes, que en la actualidad se están llevando a cabo con el fin de que los P. A. los tengan, lo que dará como resultado inmediato el poder sacar de la línea de resistencia la mayor parte de las maquinas, así como los lanzallamas pesados, con el fin de que aquellas puedan llevar a cabo misiones de tiro lejano en la secundaria, y éstos, no sólo batir las trincheras enemigas caso de asalto, sino efectuar fuego dentro de la posición, con lo que aumenta su efectividad.

Las obras no se han podido terminar por carecer de sacos terreros para construir los nidos de ametralladoras y cubrecabezas para la segunda línea de trincheras, pero se ofició solicitándolos para llevar a cabo dichas obras y cumplimentar de esta forma el escalonamiento en profundidad que preconiza nuestro reglamento táctico y nos ordenó el Generalísimo en Órdenes fecha 7 y 27 de julio.

En la avanzadilla se han llevado a cabo obras que han dado como resultado visualidad a aquella, ya que tal como estaba podía llegar el enemigo al asalto sin ser visto por la guarnición, y esto es lo que ocurrió el día 10 de julio por la tarde, y que costó 33 bajas al rechazarlo.

Las obras de referencia consisten en galerías que salen a la superficie en los puntos muertos de la avanzadilla y que de aquí en adelante evitarán la sorpresa. Claro está que mientras Ingenieros no apuntalen debidamente las galerías, éstas no ofrecerán la seguridad apetecida.

También se batió un molino, referencia preciosa para la Artillería, y en sus proximidades se instalará un puesto de ametralladoras que batirá la carretera de El Escorial en tiro lejano.

Estas son, groso modo, las obras llevadas a cabo en la fortificación y con ellas se trata de conseguir que sin variar la disposición de los P. A. tengan en breve líneas de sostenes todas las Unidades, es decir, cada Unidad está en disposición de triangulo con la base hacia adelante y, caso de ser roto el frente en cualquier lado, actúan como una red, ya que cerraría tras de ellos la línea y encontrarían siempre delante a una Unidad bien organizada.”

En aquel momento, la posición franquista de la Cuesta de las Perdices, entre otro armamento, contaba con 16 ametralladoras, 4 lanzallamas (dos pesados y dos ligeros), varios emplazamientos de mortero y diversos fusiles ametralladores. Esto proporciona una idea de la importancia que tenía este punto del frente. Si además, sumamos el apoyo de fuego que la Cuesta de las Perdices recibía desde las posiciones del Cerro del Águila y del Barranco del Arroyo Pozuelo, podemos suponer que, como señala este informe, “la barrera debe ser suficiente para evitar la sorpresa y desarticular un ataque enemigo.”

Las comunicaciones entre los diferentes P. A, y entre éstos y el Puesto de Mando, se mantenían aseguradas a través de caminos cubiertos y numerosas trincheras. También se disponía de una red telefónica de dos líneas de cable para comunicar con el Mando y la retaguardia, así como con los reglamentarios enlaces.

Pero todo esto, no era más que el principio. Durante toda la guerra, los trabajos de fortificación continuaron sin interrupción. Por la Cuesta de las Perdices fueron pasando diferentes unidades que debieron de aguantar las difíciles y peligrosas condiciones de vida de aquellas posiciones. Los combates se sucedieron de manera ininterrumpida, pero la situación general apenas varió. En las múltiples acciones desarrolladas, algunos puntos del sector cambiaban de manos, pero pronto eran recuperados o se arrebataba al enemigo otros nuevos, dando lugar a una desesperante guerra de desgaste.

Existen bastantes fotografías de la Cuesta de las Perdices durante la guerra civil (algunas de ellas han sido ya publicadas en este blog). Todas ellas muestran unos paisajes lúgubres, tristes, solitarios y fantasmagóricos. El blanco y negro de las imágenes acentúa estas sensaciones. Las huellas de la guerra son visibles por todas partes: ruinas, destrucciones, impactos de bala y metralla… Parece como si no hubiera nadie. Sin embargo, quienes realizaron esas fotografías se la estaban jugando, porque aunque no lo parezca, en esos mismos lugares, cientos de combatientes permanecían acechantes y en guardia, ocultos de los francotiradores y de las balas perdidas, protegidos entre las ruinas y los escombros, hormigueando entre trincheras y refugios subterráneos.

Tétricas imágenes que muestran unos tiempos de devastación y guerra.


JAVIER M.CALVO MARTÍNEZ


Fotografías 1 y 2: La Cuesta de las Perdices durante la guerra.
Fotografía 3: Croquis realizado por la 5ª Bandera de la Legión en julio de 1937 con el plan de fuegos de la posición de la Cuesta de las Perdices (AGMA)

Documentaciónprocedente del AGMA.

sábado, 19 de junio de 2010

86) DEHESA DE MAHADAHONDA





Como a un kilómetro y medio al suroeste del casco histórico de Majadahonda, se encuentra La Dehesa. Este bosquecillo es lo que queda de un antiguo encinar que ha podido llegar hasta nuestros días gracias a las diversas repoblaciones (principalmente de pino) efectuadas a lo largo de las últimas décadas.

La Dehesa de Majadahonda es una zona protegida incluida dentro del “Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entorno” (aunque no por ello, como suele ser habitual, deja de sufrir agresiones de diverso tipo). Ocupa una superficie aproximada de 80 hectáreas y, aunque su acceso puede resultar un tanto tortuoso, la visita merece la pena. En su interior, además de otras especies autóctonas, aun es posible contemplar algunas encinas centenarias. También son de destacar los lagartos ocelados, que en los meses de calor, pueden sorprender al caminante con su rápida y zigzagueante huída.

Respecto al tema que nos interesa en este blog, la guerra civil en el noroeste de Madrid, hay que señalar los diversos restos de atrincheramientos pertenecientes al Ejército Nacional que aun resisten el paso del tiempo en este lugar. Es de suponer que las tropas de Franco, desde que ocuparon la zona en enero de 1937, debieron de tener en cuenta las alturas de la Dehesa de Majadahonda en su dispositivo defensivo. Sin embargo, hasta la fecha, las primeras referencias documentales que he podido localizar de estas posiciones, datan de julio de 1937, momento en el que, concluida la Batalla de Brunete, cada ejército reorganizó sus respectivos sistemas defensivos en el sector.

Entre otras disposiciones, y “de manera primordial”, el Alto Mando del Ejército Nacional va a ordenar la construcción de diversos puntos de resistencia en la orilla izquierda del arroyo Plantío, cuyo curso discurre, desde su nacimiento en Las Rozas, hasta su desembocadura en el río Guadarrama, a la altura de Villafranca del Castillo. La misión principal de estas posiciones era la de “asegurar por completo la prohibición de filtraciones de elementos enemigos por dicho arroyo.”

De esta manera, todas las alturas de importancia entre el arroyo Plantío y Majadahonda, van a ir siendo fortificadas, constituyendo una segunda línea del frente que contará con algunos de los mejores observatorios del sector.

Los restos de algunas de estas posiciones, en cuyo estudio e interpretación aun tengo que profundizar, son visibles en diferentes puntos de la Dehesa de Majadahonda, aunque eso sí, cada vez están más deteriorados por el paso del tiempo. Por si la acción propia de la erosión no fuera suficiente, en los últimos meses, estos atrincheramientos han sufrido una irreparable agresión. Las últimas repoblaciones forestales efectuadas en la zona se han llevado por delante importantes tramos de trincheras, que, en algunos sitios, han sido aprovechadas para plantar los arbolitos. Nunca estaremos en contra de que se repueble la zona con especies autóctonas, pero es lamentable que, por unos motivos u otros, los vestigios de la guerra civil sean siempre objeto de agresiones y destrucciones.

Además de sus trincheras, la Dehesa cuenta con otro pequeño y desconocido recordatorio de la guerra civil. Se trata de una solitaria cruz de granito ubicada en su extremo occidental, en cuya base puede leerse la siguiente inscripción:

ANTONIO
MARTÍNEZ
SANTA-OLALLA
12-VIII-1909
BURGOS
8-IX-1936
TORREJÓN DE ARDÓZ

Durante mucho tiempo, este monumento fue una incógnita para mí. Estaba claro que hacía alusión a una persona fallecida durante la guerra civil (la fecha coincidía con las primeras jornadas de la Batalla de Madrid), pero no contaba con ninguna otra referencia que me sirviera para confirmar su relación directa con el conflicto.

Sin embargo, esos apellidos no me eran del todo extraños. No sabía dónde, pero ese nombre, lo había escuchado o leído en algún sitio. Mis primeras consultas no dieron ningún resultado, y la cuestión, poco a poco, fue quedando casi olvidada. Sólo cuando volvía a la Dehesa de Majadahonda, y me topaba otra vez con la cruz de granito, la curiosidad afloraba de nuevo. Pero de nuevo también, mis pesquisas terminaban sin encontrar ninguna respuesta satisfactoria.

Durante varios años, el nombre de Antonio Martínez Santa-Olalla, y las referencias cronológicas que aparecen en el pedestal de la cruz, permanecieron apuntados en una de mis libretas de notas, a la espera de que algún día apareciera la pista aclaratoria del misterio. Y al final, un día, la pista apareció.

Pero esa primera pista, al contrario de lo que había pensado, no la encontré en los libros o publicaciones sobre la guerra civil, sino en el campo de la arqueología. Un día, revisando algunos de los apuntes que años antes había cogido en alguna clase de la Facultad, me topé con el apellido Martínez Santa-Olalla. De primeras, me pasó lo mismo que me había sucedido la primera vez que vi la cruz de la Dehesa de Majadahonda, el nombre me sonaba, aunque no sabía bien de qué. Pero pensando un poco, me acordé. Rebusqué entonces entre mis carpetas y papeles hasta dar con la referencia que años antes había anotado, y efectivamente, era el mismo apellido, aunque, como pude comprobar también, el nombre no coincidía.

El que aparecía en mis antiguos apuntes de clase era Julio Martínez Santa-Olalla, mientras que el que estaba grabado en la cruz de Majadahonda era Antonio. El misterio no estaba aclarado, pero parecía haber dado por fin con una buena pista que seguir y, algunas cosas, empezaron a salir a la luz.

El nombre que aparecía en mis apuntes de clase, Julio Martínez Santa-Olalla, correspondía al de un personaje poco conocido hoy en día, pero que en su momento, contó con cierto prestigio, y que, durante el franquismo, llegaría a ocupar cargos de importancia en el campo de la arqueología y la antropología nacional. Julio había nacido en Burgos en 1905, y era hijo del general de Aviación José Martínez Herrera y de Consuelo Santa-Olalla Cadiñanos. Su padre, que era amigo personal de Franco, había ocupado temporalmente la alcaldía de Barcelona, en sustitución de Pi y Sunyer, tras el intento revolucionario de octubre de 1934, en el que Companys, llegó a proclamar (aunque solo por un día) el Estado Catalán de la República Federal Española.

Doctorado en la Universidad de Madrid, Julio Martínez Santa-Olalla fue profesor de la Universidad de Bonn entre los años 1927 y 1931. Al igual que tantos otros intelectuales españoles de su época, desarrolló un fuerte sentimiento germanófilo, que en su caso, le llevaría a simpatizar e identificarse con muchos de los principios del nacional-socialismo, cuyo auge y ascenso pudo vivir en primera persona durante su estancia en Alemania. A su regreso a España, ocuparía la cátedra de Historia del Arte, Arqueología y Numismática de la Universidad de Santiago de Compostela.

Parece ser que para 1936, Julio Martínez Santa-Olalla es ya militante de Falange Española. La sublevación militar de julio le sorprenderá en Madrid, donde es detenido y trasladado a una de las peores checas existentes en la zona republicana, la checa de Fomento, situada en los sótanos del Círculo de Bellas Artes, en la calle Alcalá nº 40.

Rápidamente, sus amigos y colegas de profesión se movilizan para intentar ayudarle. Parece ser que fue el propio Julián Besteiros (catedrático de Psicología, Lógica y Ética, y que, como es sabido, fue un destacado político socialista durante la Segunda República), el que conseguiría finalmente su liberación. Buena parte de la guerra, Julio Martínez Santa-Olalla, la pasaría refugiado en la Embajada francesa de Madrid, hasta que en 1938, logró pasarse a la zona nacional.

Tras la contienda, Martínez Santa-Olalla, fue nombrado Comisario General de Excavaciones Arqueológicas, cargo que ocuparía hasta 1956. Fuertemente influenciado y atraído por las ideas nazis sobre la expansión de los pueblos germanos en Europa, entabló una intensa relación con algunos de los miembros más destacados de la Ahnenerbe ("Herencia Ancestral Alemana"), institución alemana creada por los nazis, entre los que destacaban personajes tan siniestros como Wolfram Sievers, o el mismísimo comandante en jefe de la SS, Heinrich Himmler, con quien Martínez Santa-Olalla se carteaba personalmente y al que acompañó durante la fugaz visita que el jerarca nazi realizó a España en 1940, según cuentan, interesado en la búsqueda del Santo Grial.

En aquellos años, Julio Martínez Santa-Olalla, basándose en el supuesto pasado celta de la península, desarrolló su teoría sobre la "arianización” de España. También dio gran importancia a la etapa visigoda, un tema, el de la expansión de los pueblos germanos tras la desintegración del Imperio Romano, muy del agrado de los nazis.

Hoy en día, las teorías e interpretaciones sobre la Prehistoria de la Península Ibérica realizadas por Julio Martínez Santa-Olalla (fallecido en Madrid en 1972), están totalmente superadas y, en buena medida, desprestigiadas. Quien desee profundizar más en la biografía y obra de este arqueólogo español, recomiendo el trabajo de Alfredo Mederos Martín, "Julio Martínez Santa-Olalla y la interpretación aria de la Prehistoria de España (1939-1945)", que puede ser consultado en el siguiente enlace:


Respecto a Antonio Martínez Santa-Olalla, en cuya memoria se levanta la cruz de granito existente en la Dehesa de Majadahonda, la información que he podido recopilar es la siguiente. Antonio era el hermano menor de Julio Martínez Santa-Olalla, y como señala la inscripción de la cruz, nació en Burgos en 1909. Desde antes de la guerra, militaba activamente en Falange Española, perteneciente posiblemente a la 5ª Bandera de Madrid. Como señalado camisa vieja, tras el fracaso de la sublevación en la capital, fue detenido e ingresó en la Cárcel Modelo de Moncloa, donde permaneció hasta noviembre de 1936, momento en el que se produjeron las conocidas sacas de Torrejón de Ardoz y Paracuellos del Jarama. Según las investigaciones realizadas por Gibson, entre la noche del 6 al 7, la tarde del 7, y la noche del 7 al 8 de noviembre, en estos pueblos fueron fusilados 968 presos políticos de la Cárcel Modelo. En las listas correspondientes a las sacas del 8 de noviembre, aparece el nombre de Antonio Martínez Santa-Olalla que, como señala la cruz de Majadahonda, fue fusilado aquel día en Torrejón de Ardoz.

Lo que de momento no he sido capaz de saber, es cual era tipo de relación que Antonio Martínez Santa-Olalla mantenía con Majadahonda como para que, terminada la guerra, se levantará una cruz en su memoria, y el por qué de que se eligiera precisamente la Dehesa de este pueblo para ubicar dicho monumento.

Quizás, con el tiempo, encuentre nuevas pistas que aporten más luz a este asunto. O quizás, alguno de los lectores o lectoras de este blog, conozcan algún otro dato interesante y quieran compartirlo con todos nosotros.

La Historia está repleta de dudas y preguntas sin respuesta. De momento, la cruz de granito y las trincheras de la Dehesa de Majadahonda permanecen en sus respectivos lugares, como recordatorios de un trágico y triste Pasado.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Panorámica de la Dehesa de Majadahonda (JMCM)
Fotografía 2) Algunos restos bélicos encontrados al pasear entre las trincheras de la Dehesa de Majadahonda: metralla, vainas, peines, cartuchos y bala Mauser (JMCM)
Fotografía 3) La cruz de granito levantada en memoria de Antonio Martínez Santa-Olalla (JMCM)

miércoles, 9 de junio de 2010

85) LA CRUZ DE HIERRO ALEMANA EN VILLANUEVA DEL PARDILLO




Hasta bien entrados los años noventa del siglo pasado, existía en Villanueva del Pardillo una estela funeraria en memoria de un miembro de la Legión Cóndor muerto en combate el 14 de enero de 1937, es decir, durante la última fase de la batalla de la carretera de La Coruña.

En esta estela, encabezada con el grabado de una cruz de hierro (la "Eisemes Kreuz" alemana) podía leerse, si bien algo deteriorada, la siguiente inscripción:

“Hier……….in [Kampf] / fuer ein freies S[panien] / Rudi Eppert / + 14 enero 1937 F/88 / Muerto por Dios y por España”.

O lo que es lo mismo:

“Aquí cayó en combate / por una España libre / Rudi Eppert / + 14 enero 1937 F/88 / Muerto por Dios y por España”.

Desconozco cual ha sido el destino de esta placa que, en algún momento, alguien debió de considerar poco apropiada para que permaneciera en la avenida principal del pueblo. Puede que, como ha sucedido con otras similares, haya ido a parar a un museo, o quizás, permanezca olvidada en algún almacén municipal.

Durante mucho tiempo creí que dicha estela hacía alusión a un piloto de la Legión Cóndor cuyo caza había sido derribado en combate, e imaginaba espectaculares duelos aéreos en los cielos de Villanueva del Pardillo entre los Heinkel He-51 alemanes y los Polikarpov I-15 (“Chato”) soviéticos. Pero estaba equivocado.

Combates aéreos los hubo, pero la estela funeraria no correspondía a un piloto de caza, sino a un soldado de las defensas antiaéreas, pues, como posteriormente he podido comprobar, el Batallón Motorizado de Artillería Antiaérea de la Legión Cóndor recibía el nombre de Flak-Abteilung (mot.) F/88

Como es de sobra conocido, la Legión Cóndor fue el nombre con el que se bautizó al Cuerpo de Voluntarios de la Luftwaffe que intervino en la guerra civil española a favor de las tropas de Franco. Dentro del organigrama de las Fuerzas Aéreas Alemanas, a la Legión Cóndor se le asignó el número 88.

Ramón Hidalgo Salazar, que fue oficial del Ejército del Aire, en su libro “La ayuda alemana a España 1936-39”, escribe que esta unidad:

Se creó en virtud del propósito de Alemania de mantener en España un centenar aproximado de aviones, mientras durase la contienda, tras la petición de ayuda por parte de Franco. Constituyó una gran unidad con mando y personal propios, ya que se trataba de militares profesionales procedentes de la Wehrmacht. Aunque considerado como un Organismo exclusivamente aéreo, se encuadraron también en la Cóndor unidades de artillería antiaérea, cañones antitanques, tanques, transportes y elementos de tierra y de marina.”

La creación y organización de la Unidad 88, así como su actuación en España (especialmente en los primeros meses de la contienda), se intentó mantener en la mayor discreción posible. Hitler y sus generales, vieron en España el lugar idóneo donde ensayar el conflicto mundial que se avecinaba. Aproximadamente, se calcula que fueron unos 16.000 los hombres que formaron parte de esta unidad, aunque sólo entre 6.000 y 6.500 llegarían a luchar al mismo tiempo.

Desde el comienzo de la contienda, el gobierno alemán (al igual que el italiano) se mostró muy partidario de apoyar a los sublevados en todo lo que necesitasen (material de guerra, combustible, equipos…). Este apoyo se fundamentaba en aspectos ideológicos, militares, y económicos.

Además de una pretendida lucha contra la expansión del comunismo, Hitler vio en la guerra civil española una magnífica oportunidad para probar y experimentar armas, equipos y técnicas bélicas en condiciones reales de guerra.

Especialmente importante fue, al comienzo de la contienda, el puente aéreo (considerado el primero de la historia), establecido por aviones alemanes e italianos, para que el Ejército de África pudiera llegar a la península sorteando el bloqueo de la Marina republicana en el estrecho de Gibraltar.

Pero la ayuda prestada por los nazis a los sublevados no iba a ser gratis. Además de convertir a España en un campo de pruebas, Hitler no quiso desaprovechar la oportunidad de conseguir importantes beneficios económicos que favorecieran su carrera armamentística.

Según algunos estudios, los servicios prestados por el III Reich a Franco, costaron a España más de 500 millones de marcos, unos 1.650 millones de pesetas, de aquella época, (que cada uno haga sus cálculos en euros). Los cuales, tuvieron que ser satisfechos al gobierno alemán a todo lo largo de la guerra civil española y parte de la Segunda Guerra Mundial. La deuda fue cubierta en metálico y por contrapartidas en alimentos, manufacturas, productos industriales y minerales. Algo, esto último, de gran interés para el rearme de Alemania.

El 1 de noviembre de 1936, la Legión Cóndor embarca en el puerto de Hamburgo, y los días 6 y 7 del mismo mes, los primeros 6.500 hombres que componían la Unidad, más el material que la acompañaba, desembarcan en suelo español. A su mando, se encontraba el mayor general Hugo von Sperrle (que en España tomaría el seudónimo de "Sander"), con el coronel Wolfran Freiher von Richthofen, como jefe de su Estado Mayor.

Volviendo al libro de Ramón Hidalgo Salazar podemos leer:

“La Legión Cóndor, si bien con sus mandos alemanes, quedó adscrita a las órdenes de operaciones que dimanaban del jefe de la Aviación Nacional, general Kindelán, según lo acordado. Sólo en contadas ocasiones actuó en formaciones independientes.

La agrupación de tanques, sin embargo, intervino desde el primer momento afecta y en combinación con las unidades de tierra españolas, bajo las directrices de los estados mayores de las mismas, contando con dotaciones y mandos subalternos mixtos (germano-españoles), una vez instruido el personal español.”

En el frente de Madrid, las primeras escuadrillas de aviones de la Legión Cóndor hicieron su aparición el día 18 de noviembre de 1936, con una serie de bombardeos sobre la capital en los que intervinieron cerca de cincuenta Ju-52 (acciones que se repetirán sin interrupción hasta el día 22). Produciéndose también, en los cielos madrileños, los primeros duelos entre cazas, que serían seguidos con verdadero entusiasmo y curiosidad por los madrileños.

El 18 de noviembre, una escuadrilla de aviones alemanes efectuó un ataque masivo sobre el aeródromo de Alcalá de Henares, que sufrió serios daños. Sería también en esos días, cuando en el sector Húmera-Pozuelo, actuaron, con nefastos resultados para los alemanes, los tanques “Panzer I”, que se enfrentaron con los T-26 de fabricación soviética, en el que está considerado el primer combate entre blindados de la historia (ver el apartado de este blog, “DUELO DE BLINDADOS”).

Durante la batalla de la carretera de La Coruña, la Legión Cóndor jugó un muy papel destacado. Especialmente entre los días 3 y 16 de enero (última fase de la batalla) en los que el apoyo prestado por la aviación alemana a las tropas de tierra del ejército de Franco resultó fundamental. Los eficaces bombardeos y los certeros ametrallamientos realizados por los cazas en ataques rasantes tuvieron unos terribles efectos sobre las tropas republicanas, que en diferentes momentos, totalmente desmoralizados, cedieron descontroladamente sus posiciones.

Fue precisamente durante la batalla de la carretera de La Coruña, cuando los técnicos y asesores alemanes pusieron en práctica por primera vez alguna de las tácticas y estrategias propias de lo que años después, durante la Segunda Guerra Mundial, se conocería como Britzkrieg o “Guerra Relámpago”.

También en esas jornadas se produjeron duros combates aéreos. En los grises cielos madrileños de aquellos días, los cazas alemanes He-51, junto a los CR-32 (“Chirri”) de fabricación italiana, se enfrentaron en espectaculares vuelos con escuadrillas compuestas por cazas Polikarpov I-15 (“Chatos”) e I-16 (“Rata” o “Mosca”), de fabricación soviética.

La Legión Cóndor experimentaría diversas reorganizaciones a lo largo de la guerra civil y su apoyo a los sublevados resultó decisivo en muchas de las grandes batallas (El Jarama, Ofensiva del Norte, Brunete, Teruel, El Ebro, Campaña de Cataluña…).

El episodio más oscuro protagonizado por esta unidad fue el bombardeo de Guernica, realizado el 26 de abril de 1937, con el apoyo de la aviación italiana. Sobre esta villa vasca, carente de valor estratégico o militar, los JU 52/3M alemanes y los SM-79 italianos, descargaron casi 30.000 toneladas de bombas incendiarias y explosivas. Guernica quedó arrasada (el 74% de sus edificios fueron destruidos) y su población, que fue perseguida por los ametrallamientos de los aviones a baja altura, sufrió cerca de 300 muertos y numerosos heridos.

A lo largo de la guerra, esta unidad se apuntó en su haber 296 derribos de aviones enemigos (algunas fuentes aumentan esta cifra hasta los 386), de los cuales, cerca de 60 habrían sido abatidos por las baterías antiaéreas del F/88 (destacando en esta función los míticos y temidos cañones Krupp del calibre 88). El piloto más destacado fue el teniente Möldes, con 14 derribos, y fueron numerosos los oficiales pertenecientes a los grupos de bombardeo (K/88), de caza (J/88) y de las unidades de artillería antiaérea (F/88) los que recibieron la Medalla Militar Individual y otras condecoraciones de carácter civil o militar.

En cuanto a las pérdidas sufridas por esta unidad, también se barajan diversas cifras. En lo referente al material perdido en combates aéreos, derribos causados por la caza enemiga, en bombardeos en tierra o destruidos en accidente, se calcula que las bajas totales debieron estar cerca de los 110 aviones, a lo que habría que añadir las bajas de carros, piezas de artillería y de vehículos de transporte.

El número de heridos es difícil de precisar por falta de la suficiente documentación. Las cifras estimadas de fallecidos son las siguientes: muertos en acción de guerra 174; muertos en accidente 84; muertos por enfermedad 28.

Entre estas cifras se encuentra el soldado perteneciente al Grupo F/88 (Antiaéreos), Rudi Eppert, al cual estaba dedicada la estela funeraria colocada hasta no hace demasiados años en Villanueva del Pardillo. En la “Relación nominal del personal de la Legión Cóndor fallecido en la guerra española por acción de guerra, accidente o muerte natural”, en el apartado dedicado a las bajas del F/88, puede leerse:

“Cabo Rudolf Eppert, fallecido el 14 de enero de 1937 en Villafranca (Madrid), Causa de la Muerte: Tiro en el pecho.”

Un nombre más, rescatado de en una larguísima relación de nombres y apellidos germanos. Una pequeña mención en una amplia lista de bajas. Una lista en la que se especifican las causas por las que falleció cada combatiente: “Bombardeo de artillería”, “Tiro de fusil”, “Derribado por la Artillería Antiaérea.”, “Explosión de su avión en el aire”, “Metralla de granada”, “Derribado por la caza enemiga”, “Fusilado”, “Herida en la cabeza”… y un triste etcétera que constituye un amplio y completo surtido de los desastres de la guerra.

Estelas funerarias en recuerdo de soldados de la Legión Cóndor existen por toda la geografía nacional. Fueron colocadas al finalizar la guerra civil por iniciativa del gobierno alemán, y durante más de setenta años han permanecido bien visibles en los lugares en los que habían caído soldados alemanes. Algunas fueron destruidas y otras, poco a poco, han sido llevadas a museos o lugares parecidos. Imagino que con la Ley de la Memoria Histórica, las que queden, serán definitivamente retiradas.

Que yo sepa, en la zona existió, al menos, otra estela similar a la que había en Villanueva del Pardillo. Ésta sí, recordaba a un piloto de la Legión Cóndor, concretamente a Roland Reinhold, perteneciente a la Escuadrilla de Reconocimiento (Aufkklärungsstafell) A/88, cuyo avión fue derribado el 10 de julio de 1937 durante la Batalla de Brunete. En la actualidad, creo que la placa de Roland Reinhold se encuentra en el Museo de la Aviación de Getafe.

La Historia la escriben los vencedores, por ello, todos los monumentos relacionados con la guerra civil en el noroeste de Madrid recuerdan, única y exclusivamente, a los pertenecientes a uno de los bandos enfrentados: las estelas de la Legión Cóndor, el monumento a los voluntarios rumanos en Majadahonda, placas de “caídos por Dios y por España” en los cementerios de Pozuelo y Aravaca o en la iglesia de Las Rozas, los monumentos en recuerdo a los combatientes de la batalla de Brunete en este pueblo o en Quijorna, etc.

La Historia, con demasiada frecuencia, es así: selectiva, ideologizada y partidista.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía: Estela funeraria de la Legión Cóndor que existió en Villanueva del Pardillo hasta los años noventa.

sábado, 29 de mayo de 2010

84) RETALES



El Tiempo es una especie de enorme devorador. Un devorador de lugares, paisajes y entornos; un devorador de nombres, individuos y personajes; un devorador de hechos, sucesos y situaciones; un devorador de datos, fechas y referencias…

El Tiempo hace que todo, antes o después, termine agonizando en el abismo del Olvido, hasta que acaba desapareciendo por completo, como si nunca hubiera sucedido, como si nunca hubiera existido.

La Historia entabla una lucha desigual contra el Olvido. Una especie de constante pulso por rescatar y salvaguardar la mayor cantidad posible de información sobre el Pasado del que venimos.

El historiador o la historiadora rastrean el enorme magma de la Antigüedad (de la más lejana a la más cercana en el tiempo). Bucean en los profundos e inabarcables océanos de información a la búsqueda y captura de todo aquello que pueda resultar interesante para conocer y entender los tiempos que nos precedieron.

Para ello, existen diversas herramientas: la arqueología, la epigrafía, la numismática, la antropología, la geografía, la sociología, la archivística, la museología, la cartografía… Diferentes sistemas y métodos con los que poder enfrentarse a las que, técnicamente, se denominan fuentes historiográficas, verdadera materia prima de la Historia: fuentes documentales (documentos políticos, judiciales, económicos, militares…); iconográficas (pintura, escultura, arquitectura, fotografía…); audiovisuales (cine, TV); bibliográficas (libros, revistas, periódicos…) y un largo etcétera.

Esta labor no suele resultar sencilla. Más bien, todo lo contrario. Sobretodo requiere tiempo, no solo para localizar la información, también para procesarla, interpretarla y darla a conocer. Una información que suele aparecer fragmentada e incompleta, dejando numerosas lagunas y vacíos que imposibilitan el poder profundizar todo lo que quisiéramos en el Pasado.

Es como tratar de organizar un enorme rompecabezas, colocando piezas que van apareciendo sin orden ni concierto, lo que muchas veces obliga a deshacer todo lo anterior para volver a comenzar de nuevo.

A base de retales sueltos que, según van apareciendo, obligan a nuevas reflexiones, a nuevas interpretaciones e hipótesis. Una especie de espesa telaraña, un complicado laberinto sin principio ni fin que te lleva de un lado a otro, siguiendo pistas que se entremezclan con otras, dando paso a nuevas dudas e incógnitas que, a su vez, plantean otras preguntas y éstas, de nuevo, crean la necesidad de encontrar más respuestas.

La guerra civil española ha sido investigada desde múltiples perspectivas (políticas, sociales, militares, culturales, ideológicas…), lo que ha provocado una enorme cantidad de estudios, reflexiones y aportaciones de todo tipo. Contamos así con una amplia visión de sus antecedentes, desarrollo y posteriores consecuencias. Se ha ido formando lo que podríamos denominar una especie de “macro” Historia del conflicto que sacudió a España entre 1936 y 1939.

Dentro de esta “macro” Historia encontramos a los principales protagonistas, las grandes batallas,las fases y etapas de la guerra, las organizaciones políticas que participaron en ella, el contexto internacional en el que se desarrolló, etc.

Surge así una visión amplia y general. Imprescindible y necesaria para adentrarnos en el conocimiento de aquel trágico episodio de nuestra Historia reciente, pero que resulta poco satisfactorio a la hora de profundizar más en él. Por ejemplo, esa “macro” Historia nos habla de la Batalla de Madrid, las consiguientes “Batallas de Cerco” que la sucedieron y la posterior estabilización del frente madrileño desde los primeros meses de 1937, limitándose a señalar algunos de los episodios y personajes que se consideran más importantes y significativos.

Es una especie de HISTORIA con mayúsculas: la Historia de los grandes nombres, las fechas claves, y los lugares emblemáticos. Pero es una Historia que deja fuera una enorme cantidad de información, condenando a una importante parte de la misma al olvido y el desconocimiento.

Cuando recorro las viejas posiciones de guerra del noroeste madrileño, sus ruinas solitarias y silenciosas, reflexiono sobre estas cuestiones. Los grandes libros y estudios de la guerra civil no suelen detenerse en ellas, las ignoran, como si no existieran. Sin embargo, están ahí, integradas en el paisaje como recordatorio claro y evidente de aquella Historia.

Cuando comencé, hace ya un porrón de años, a interesarme por estos restos, comprobé, con cierta decepción, que prácticamente no existía nada de donde poder extraer información o datos sobre los mismos. A lo sumo, encontraba algunas referencias a las grandes operaciones militares que habían tenido lugar por la zona. Cuando intentaba profundizar un poco más en el material publicado sobre el desarrollo de la guerra civil en el noroeste de Madrid, más allá de batallas tales como la de la carretera de La Coruña o la de Brunete, chocaba siempre con un desesperante término: “frente estable”.

Siempre lo mismo. Todos los libros que iba encontrando hablaban de las grandes operaciones militares, pero a partir de éstas, todos ellos, al referirse al resto de la guerra civil en el noroeste madrileño, concluían con la genérica y abstracta definición de “frente estable”. Madrid se había convertido en un frente estable que, para la “macro” Historia, dejaba de tener interés. Sin embargo, para mí, el estudio y conocimiento de ese “frente estable” tenía un interés especial y primordial. Era ahí, donde se encontraban las claves para poder interpretar y entender la enorme cantidad de restos que yo iba descubriendo por la zona.

Lugares olvidados e ignorados durante muchas décadas, estaba claro que no habían sido construidos por capricho, sino respondiendo a una importante necesidad. También era evidente que en ellos habían vivido cientos de personas durante los largos y penosos meses de guerra. Unas personas, cuyas experiencias y vivencias, permanecían sumergidas en el pozo de la indiferencia.

En algún lugar tenían que quedar pistas, datos y referencias que permitiesen ir conociendo esa parte de la Historia. Una Historia, cuyos restos, tan cercanos y sugerentes me resultaban. Con el tiempo fui adentrándome en las confusas y farragosas espesuras de los documentos, a la caza de información y datos. Una cacería que, poco a poco, fue cobrándose sus piezas, localizando aquí y allá, retales de un Pasado prácticamente olvidado y desconocido.

Y así, poco a poco, comenzó a aparecer lo que realmente se ocultaba tras la genérica y pobre definición de “frente estable”: la cruda y dura realidad de una guerra de trincheras. Una guerra de posiciones en la que se habían visto inmersos miles de combatientes y que, lejos de resultar poco interesante o insulsa, aparecía atrayente y sugestiva, repleta de datos y referencias que hablaban de las duras condiciones de vida en las trincheras, de innumerables acciones de combate, de explosiones de minas y contraminas, de concienzudos y constantes trabajos de fortificación, de bajas y deserciones, de una tierra de nadie surcada por disparos y explosiones, con cadáveres abandonados durante días sin que nadie se decidiera a retirarlos… en fin, de todo lo que más de dos años de guerra pueden generar en los lugares donde dos ejércitos, muy cercanos entre sí, se pegan al terreno, hostigándose y vigilándose mutuamente.

Todas aquellas referencias no aparecían en la “macro” Historia de las grandes obras. Constituían una especie de “migajas de la Historia” que los investigadores habían ignorado. Sin embargo, a mi me parecían imprescindibles para poder contar con una visión más nítida y definida de la guerra civil en el noroeste de Madrid.

Ha sido así como, poco a poco, he podido interpretar los restos de trincheras y fortificaciones; definir las líneas de frente; descubrir los diferentes centros de resistencia; conocer las unidades que guarnecieron estos lugares; las vías de comunicación que utilizaban para abastecer sus posiciones; estudiar los puestos de mando, los observatorios, las baterías artilleras y antiaéreas; saber donde se encontraban los acantonamientos de tropa, los centros sanitarios, etc.

Pasito a pasito he podido ir adentrándome en la cruda y descarnada realidad que se vivía en las primeras líneas de fuego. Una guerra de trincheras repleta de acciones locales, de golpes de mano, de emboscadas, acciones de descubierta, fuego artillero, asaltos, minas y forcejeos. Una guerra de trincheras que se cobró cientos de bajas y dejo sus huellas materiales esparcidas por el paisaje, muchas de las cuales, aun pueden ser visitadas.

Existen multitud de vivencias, hechos, sucesos y experiencias, que nunca aparecerán en los grandes trabajos de Historia, pero que para quienes los sufrieron o protagonizaron, constituyeron algo único e imborrable. Adentrarse en todo aquello, me parece que es una forma de “humanizar” la Historia, pues, más allá del abstracto que suponen las grandes referencias genéricas, permite profundizar en multitud de elementos reales y concretos.

El estudio de esta “micro” Historia proporciona infinidad de datos sobre fechas, lugares y personas determinadas y específicas. De esta manera, en algunos casos, he podido conocer, con pelos y señales, episodios concretos. Por ejemplo: día y hora exacta de un golpe de mano; las unidades que en él participaron, el desarrollo del mismo; los nombres y apellidos de las bajas sufridas en uno y otro bando; los soldados que merecieron condecoración o mención especial por su actuación en el combate; el armamento utilizado, la munición consumida, etc.

Como es fácil imaginar, con toda esta información, visitar los escenarios bélicos se reviste de un significado especial. Por ello, parte de este intenso trabajo de investigación historiográfica, me gusta compartirlo con los lectores y lectoras de este blog, para que así, cuando visiten alguno de los numerosos restos que aun existen puedan valorarlos y entenderlos con mayor facilidad.

Y en ello continúo, a la búsqueda de los deshilachados jirones de la Historia para, a base de retales sueltos, ir confeccionando parte de un Pasado ignorado y desconocido durante mucho tiempo.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía de JMCM.