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miércoles, 14 de octubre de 2026

189) DESBROCES Y EXCAVACIÓN ARQUEOLÓGICA EN EL OLIVAR DEL VELISO, EN BRUNETE


El informe que en mayo de 2026 presentó el Grupo de Estudios del Frente de Madrid (GEFREMA) a la Dirección General de Patrimonio Cultural (DGPC) sobre la posible existencia de restos de la Guerra Civil en las obras que se estaban desarrollando en el Olivar del Veliso, en el término municipal de Brunete, iba acompañado de un  estudio con la superposición sobre plano actual de las trincheras que aparecían en la documentación de época.

Teniendo en cuenta esta información, la DGPC realizó un requerimiento para que en aquellas  zonas que se iban a ver afectadas por los movimientos de tierra, en las que según el estudio de GEFREMA podía existir algún tipo de vestigio en el subsuelo, se realizase una intervención arqueológica para comprobar si efectivamente se conservaba algo.

Esta primera intervención consistió en prospección y desbroces mecánicos, que en varios puntos dieron un resultado positivo, apareciendo trincheras y otras estructuras excavadas en el terreno.




Una vez comprobada la existencia de restos, la DGPC pidió la excavación arqueológica de los elementos que se iban a ver directamente afectados por movimientos de tierras, con el objetivo de documentarlos lo mejor posible.

De esta manera, a lo largo de los meses de junio, julio y agosto, se han venido realizando desbroces mecánicos y manuales en diferentes puntos del Olivar del Veliso y, en caso de aparecer algún vestigio, se ha procedido a su excavación arqueológica, lo que ha permitido obtener interesante información sobre algunas de las posiciones de primera y segunda línea que formaron parte del frente que surgió tras la batalla de Brunete.




Estos trabajos han sido realizados por Urquiaga Arqueología, y promocionados por la propiedad que, junto a la dirección de obra, han ofrecido su colaboración y apoyo en todo lo que se les ha solicitado.

sábado, 26 de septiembre de 2026

188) EL INFIERNO DE BRUNETE

 

La batalla de Brunete, acontecida en el abrasador mes de julio de 1937, ha pasado a la historia como la “Batalla de la Sed”.

A lo largo de los combates, tanto las guarniciones que defendían las posiciones, como las unidades de choque que trataban de conquistarlas, padecieron en muchas ocasiones la tortura que supone la escasez o falta total de agua.

En sus memorias, los combatientes que participaron en aquella batalla hablan de escasas raciones de agua, de bocas resecas, labios con grietas, gargantas cuarteadas, insolaciones, calor infernal…

Todo ello, unido a la crudeza de la lucha, a la intensidad de los bombardeos y al elevadísimo número de bajas, hizo que entre muchos de aquellos soldados y oficiales se popularizase la expresión “el infierno de Brunete” para referirse a esta batalla.

Muchos años después, en 1972, José Manuel Martínez Bande, en una serie de artículos que sobre las grandes batallas de la Guerra Civil escribió para la revista Historia y Vida, recuperó esa expresión para dar título al artículo que dedicó a la batalla de Brunete, donde se refería a esta como “una de las más duras y sangrientas de la Guerra Civil, librada bajo un sol abrasador”, señalando que, al fuego de las armas, se unió el fuego del sol de julio de la meseta, con una sed implacable y una tensión moral insufrible para los combatientes.

Ese mismo año, la Editorial San Martín publicaba el tomo nº 7 de las monografías de la Guerra de España del Servicio Histórico Militar, escritas también por Martínez Bande. Este tomo estaba dedicado a la ofensiva sobre Segovia y a la batalla de Brunete. En la parte final de este trabajo, el autor insistía en la dureza extraordinaria que había supuesto la lucha, con unas condiciones meteorológicas muy adversas:

“Brunete es la batalla de la sed. Al calor terrible de los días interminables se unían las dificultades para llevar agua a las posiciones. Los soldados padecieron bajo el fuego abrasador de un sol implacable, cuyos ardores apenas sí se podían combatir (…) A estos sufrimientos había que añadir las penalidades propias de la guerra: el cansancio y el fuego de las armas, con su inevitable tributo de sangre y de tensión moral y psicológica. Puede decirse que, en general, las fuerzas se batieron con indiferencia estoica ante el dolor (…) Ardían los rastrojos, el escaso arbolado; los pueblos caían destruidos. Pero se resistía, muchas veces hasta la muerte. La desolación se instaló en la bolsa de Brunete.”

Imposible no pensar en todo aquello al excavar arqueológicamente la reseca tierra de El Olivar, en Brunete, bajo la canícula de los meses de junio, julio y agosto de 2026.


Fotografía 1: el sol de julio sobre los campos de Brunete

Fotografía 2: Excavando arqueológicamente en El Olivar, en el municipio de Brunete (junio 2026)

sábado, 19 de septiembre de 2026

187) LOCALIZANDO TRINCHERAS

 


Desde hace ya muchos meses, los enormes desarrollos urbanísticos de Brunete y Villanueva de la Cañada avanzan a buen ritmo.

El seguimiento arqueológico en la mayoría de los sectores es escaso o inexistente, por lo que buena parte del campo de batalla va desapareciendo sin posibilidad de documentar su registro arqueológico.

A partir de un informe presentado en el mes de mayo por el Grupo de Estudios del Frente de Madrid (GEFREMA), la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid (DGPC) estimó conveniente que se realizasen una serie de intervenciones arqueológicas en el El Olivar del Veliso, situado en el municipio de Brunete.

Estos trabajos fueron encargados a Urquiaga Arqueología, comenzando desde finales de mayo una serie de actuaciones que comprenden:

Control de movimientos de tierra.

Desbroces para la localización de estructuras defensivas.

Excavación arqueológica en el caso de localizarse elementos.

Y, en la medida de lo posible, ya que debe realizarse al mismo tiempo que unas obras en curso y ya muy avanzadas, una prospección total del sector.

El seguimiento arqueológico se mantendrá, al menos, mientras continúen los movimientos de tierra, lo que permitirá documentar el mayor número posible de elementos relacionados con la batalla de Brunete y la posterior estabilización que experimentó el frente de guerra antes de que este sector quede completamente urbanizado.

Pensamos que algo similar debería estar realizándose en la totalidad de los sectores urbanísticos proyectados, en los que la intervención de diversos equipos de arqueólogos permitiría recopilar interesante información histórica y arqueológica, no solo de la batalla de Brunete, sino, en general, de cualquier otro aspecto relacionado con el pasado de estos municipios cuyas huellas y vestigios puedan permanecer soterrados u ocultos en el terreno. Lamentablemente, no está siendo así.

En el caso concreto de El Olivar, en Brunete, creemos importante resaltar varias cosas: por una parte, el papel que pueden jugar las asociaciones culturales, en este caso ha sido GEFREMA, en lo referente al seguimiento de los múltiples factores que pueden afectar negativamente al patrimonio, informando oportunamente a los organismos con competencias en  materia de protección para que  estos actúen; por otra parte, la rápida reacción de la DGPC que, una vez recibido el informe de GEFREMA, emitió un requerimiento para que se tomasen las medidas que se estimaron oportunas; y, por último, la comprensión mostrada por la propiedad y los responsables de obra que, a pesar de las múltiples molestias y retrasos que las intervenciones arqueológicas pueden suponer en el desarrollo de los trabajos proyectados, han ofrecido todas las facilidades y colaborado en todo lo que se les ha solicitado.

Por último, mostrar una vez más nuestro asombro por la aparente falta de interés que, en general, muestran los ayuntamientos respecto a la protección y estudio de su patrimonio. Deberían ser las propias administraciones locales las primeras en preocuparse de que los desarrollos urbanísticos proyectados en sus respectivos términos municipales contasen con el correspondiente seguimiento arqueológico, sin embargo, no está siendo así, perdiéndose para siempre una buena parte de las huellas que la historia y el pasado han dejado en estos municipios.

En las fotografías que encabezan esta entrada aparecen algunas de las referencias marcadas por los topógrafos, basadas en el estudio e interpretación de documentación y fotografías de época, respecto a la posible ubicación de trincheras de la Guerra Civil en el subsuelo de El Olivar, en Brunete, para la posterior realización de desbroces que confirmen, o descarten, la existencia de vestigios históricos en esos puntos (junio, 2026).

miércoles, 26 de agosto de 2026

186) ¿QUÉ HACEMOS CON LOS CAMPOS DE BATALLA?

 

Carros de combate T-26 avanzando en dirección a Villanueva de la Cañada durante la batalla de Brunete, en julio de 1937

 Aproximadamente, la misma zona en la actualidad. En ambas imágenes podemos ver, al fondo, el antiguo cementerio de Villanueva de la Cañada, ubicado junto a la M-600


La Ley 3/2013 de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid, y la posterior Ley 8/2023, consideraron por primera vez las fortificaciones de la Guerra Civil como Bienes de Interés Patrimonial, dotándolas de una protección específica como elementos patrimoniales y yacimientos arqueológicos

Desde su aprobación, ambas leyes han proporcionado el soporte legal necesario para la catalogación, protección y gestión de las estructuras defensivas del periodo bélico 1936-1939.

Sin embargo, esta misma legislación ha pasado por alto un aspecto que nosotros consideramos fundamental: la condición que, desde nuestro punto de vista, tienen los campos de batalla como paisajes histórico-culturales y espacios de memoria.

Independientemente de las fortificaciones y otros elementos constructivos que puedan existir en ellos, los campos de batalla deberían ser considerados yacimientos arqueológicos en sí mismos, a pesar de que hasta la fecha no exista una legislación específica en este sentido.

Esta situación provoca un constante deterioro, destrucción y desaparición de los lugares en los que se desarrollaron batallas.

Evidentemente, no se trata de que no se pueda hacer nada en estos espacios, que en ocasiones llegan a abarcar enormes extensiones, pero creemos que, como mínimo, deberían aplicarse medidas e intervenciones específicas a la hora de realizar en ellos cualquier tipo de actuación urbanística o de infraestructuras que pueda suponer alteraciones o destrucciones en su registro arqueológico.

Los enormes desarrollos urbanísticos que actualmente se están llevando a cabo en Brunete y Villanueva de la Cañada son buena muestra de la falta de consideración que tienen los campos de batalla. El seguimiento arqueológico que se está realizando en cada uno de los sectores proyectados es desigual (en muchos de ellos ni siquiera existe) y no responde a un plan general sino, más bien, a la existencia (o posible existencia) de fortificaciones en esos lugares, fortificaciones que, por otra parte, no corresponden al momento en el que tuvo lugar la batalla de Brunete, en julio de 1937, sino que son consecuencia de la posterior estabilización que experimentó el frente al concluir los combates.

Hasta donde sabemos, solo en dos de los sectores proyectados en Brunete se está llevando a cabo algún tipo de seguimiento arqueológico. Creemos imprescindible extender estas actuaciones a la totalidad de las obras programadas, tanto en Brunete como en Villanueva de la Cañada.

De esta manera, al menos, se podrá documentar y recupera antes de su total desaparición parte del registro arqueológico correspondiente a la batalla de Brunete, sin duda, el episodio histórico más relevante acontecido en estos municipios del oeste madrileño.


lunes, 27 de julio de 2026

185) ANTE LA DESTRUCCIÓN DE UN PAISAJE HISTÓRICO

Aspecto que hoy en día ofrece lo que fue campo de batalla en el municipio de Brunete

El 26 de julio de 1937, tras 20 días de encarnizados combates, la lucha en la bolsa de Brunete languidece, produciéndose los últimos avances y repliegues que acabarán definiendo una nueva línea de frente entre los ríos Perales y Guadarrama. A partir del día 27, hace ahora justo 89 años, los contendientes pasaban definitivamente a la defensiva, tratando de organizar y consolidar sus respectivas posiciones y recuperarse del enorme desgaste sufrido.

Terminaba así la mayor batalla acontecida en Madrid a lo largo de toda su historia. Se calcula que, entre los dos ejércitos, participaron en la lucha unos 100.000 soldados, en torno a 250 piezas de artillería, más de 200 carros de combate y cientos de aviones, con un coste humano que se estima podría alcanzar las 40.000 bajas, entre muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos.

Hoy en día, buena parte de ese campo de batalla está desapareciendo a marchas forzadas a base de enormes movimientos de tierra, deslomes de cerros, colmatación de vaguadas y extensos desbroces que marcan el inicio de un impresionante desarrollo urbanístico en los municipios de Brunete y Villanueva de la Cañada.


El campo de batalla en el término de Villanueva de la Cañada


Lamentablemente, en estos proyectos apenas se han tenido en cuenta los aspectos históricos. Solo en aquellos lugares en los que existen vestigios catalogados de fortificaciones, poquísimos en esta zona, se ha realizado (o se está realizando) algún tipo de intervención o seguimiento arqueológico acorde a los mínimos que, en este sentido, recoge la Ley de Patrimonio de 2023.

El resto del paisaje histórico, cultural y de memoria que supone este campo de batalla va siendo destruido, día a día, sin que a nadie parezca importarle lo más mínimo. Cuesta entender la aparente falta de interés y sensibilidad en estas cuestiones por parte de los ayuntamientos implicados, que se supone deberían velar por los bienes y valores patrimoniales, históricos y culturales de sus respectivos municipios.

Que sepamos, hasta la fecha, solo el Grupo de Estudios del Frente de Madrid (GEFREMA) ha tenido la iniciativa de presentar en la Dirección General de Patrimonio un informe que, de momento, ha dado lugar a que en uno de los Sectores del municipio de Brunete, el que se está desarrollando en el Olivar del Veliso, se realice un seguimiento que conllevará prospección, desbroces y, en su caso, excavación arqueológica, además de un control de los movimientos de tierra.

Una intervención que cuenta con la problemática y dificultad de realizarse sobre la marcha de unos trabajos ya iniciados, pero que, al menos, permitirá documentar algo esta pequeña parte de lo que fue campo de batalla y línea de frente antes de su total desaparición.


El campo de batalla en el término de Brunete

Creemos que, ante la ya inevitable destrucción de este paisaje histórico, las administraciones locales y regionales deberían, como mínimo, tratar de recuperar y salvaguardar la mayor cantidad posible de vestigios e información referente a la terrible batalla que, en el verano de 1937, se desarrolló en estos mismos parajes, así como documentar lo mejor posible las características que tuvo la organización defensiva de este frente a partir de su estabilización. Todo ello, a través de adecuadas intervenciones arqueológicas en cada uno de los sectores que conforman los grandes desarrollos urbanísticos proyectados.



Restos de munición aflorando en terrenos afectados por los desarrollos urbanísticos


Entendemos que, como sociedad, es un compromiso ineludible que tenemos con nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.


Carlos Deza


viernes, 24 de enero de 2025

178) EL HORROR DE UN CAMPO DE BATALLA

Maxilar inferior y dientes humanos recuperados en la intervención arqueológica de la posición del Km. 33 de la M-600, en el término municipal de Brunete (enero 2024)
 

Ninguna novela, película, crónica o recreación es capaz de reproducir la espantosa experiencia que para los soldados supone el campo de batalla.

La ansiedad previa al combate, la furia, el terror, el abatimiento emocional, e incluso, la ruptura psicológica que se puede llegar a sentir durante la lucha, o una vez que esta ha finalizado.

Las batallas son extremadamente violentas y confusas: los atronadores sonidos, los ruidos perturbadores, las visiones horrendas, el sufrimiento, los peligros, la pérdida de compañeros y amigos, el dolor de las heridas o la sensación de poder morir en cualquier momento, suponen una terrible prueba difícil de superar.

Aunque algunos autores, especialmente aquellos que pasaron por esas durísimas experiencias, nos han dejado magníficas memorias y relatos literarios, lo cierto es que se carece del lenguaje y las metáforas necesarias para poder describir con precisión el horror de un campo de batalla.

La historia militar, basada en los documentos de época, nos habla de fechas, estrategias, tácticas, unidades, movimientos, armamento, combates y bajas, pero una batalla es mucho más que eso, al menos, para quienes se ven inmersos en el fragor de la lucha. Para ellos, una batalla es todo lo que nos cuentan las crónicas y los libros de historia, pero a la vez, incluso mucho más, una batalla es una experiencia vital profunda y extrema en la que se entremezclan todo tipo de factores internos y externos al individuo: las características del terreno, los elementos meteorológicos, las condiciones físicas y mentales, las motivaciones ideológicas, la moral, las dudas, los temores, los miedos, el valor, la temeridad, el heroísmo, la cobardía, el sentido del deber y el instinto de supervivencia, el compañerismo y el egoísmo, los nervios, la ansiedad, el estrés, el peligro máximo, la violencia descarnada, la destrucción, la devastación, la confusión, el retumbar de explosiones, detonaciones, ráfagas, gritos y alaridos, los olores densos, el humo, los gases, el polvo, el sofoco intenso y el aire irrespirable, la resistencia, el sacrificio, el cansancio, el abatimiento, el vacío, la angustia, la euforia, la suciedad, el asco, el dolor, las heridas, la muerte, la victoria, la derrota…

Un sinfín de dinámicas, circunstancias, elementos, experiencias, pensamientos, sentimientos y emociones retroalimentándose mutuamente y sucediendo al mismo tiempo en múltiples puntos del combate, que pueden llegar a embargar a los soldados que lo afrontan llevándolos al límite de sus capacidades. Algo que solo pueden entender en su total magnitud aquellos que lo han vivido en primera persona y que el que fuera uno de los más insignes renovadores de la historia militar, el británico John Keegan, intento definir, allá por los años 70 del siglo pasado, con inevitable lirismo, como “the Face of Battle”: el Rostro de la Batalla del que es imposible hacer una descripción completa y realista, pero que queda grabado para siempre en lo más profundo de todos aquellos que lo han presenciado, conocido y vivido.

En el tórrido verano de 1937, entre el 6 y 26 de julio, tuvo lugar en el oeste de Madrid la batalla de Brunete, que por el volumen de tropas y medios empleados sería la más importante de las desarrolladas en el frente madrileño durante la Guerra Civil. A lo largo de 21 días, cerca de 100.000 combatientes de uno y otro ejército se enfrentaron en una terrible lucha de desgaste. El “Rostro de la Batalla”, al que se refería el historiador John Keegan, se manifestó en todo su esplendor y con toda su dureza: el calor abrasador, la aridez del terreno, los incendios, la sed insufrible, la potencia de fuego empleado (aviación, artillería, carros de combate, morteros, bombas de mano, armas automáticas, fusilería), los constantes ataques y contraataques, los combates cuerpo a cuerpo, los pueblos reducidos a montones de escombros, la imposibilidad de asistir a todos los heridos o de retirar a todos los muertos, fue la tónica general durante las largas jornadas de lucha, alcanzando tintes apocalípticos para quienes combatieron en primera línea en multitud de puntos del campo de batalla: Romanillos, El Mosquito, Quijorna, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo, Brunete, Villafranca del Castillo, El Cortijo, Loma Fortificada, Loma Artillera, Casa del Monje, La Bellota, Castillo del Aulencia, Las Barrancas, Palacio Rúspoli, Loma Quemada, La Vilanosa, El Olivar, Los Llanos, Vértice Cumbre…

Lugares todos ellos tranquilos y apacibles hoy en día, hasta el punto que cuesta creer que en estos mismos escenarios, hace ahora 88 años, se desencadenase un infierno de tal magnitud que supuso la devastación total de los pueblos afectados por los combates y que acabó causando cerca de 40.000 bajas entre los dos ejércitos, de las cuales, aproximadamente un tercio corresponderían a víctimas mortales. Datos terribles y difíciles de calibrar en su exacta magnitud a pesar de lo que nos cuentan los documentos, las memorias, los testimonios, los estudios e investigaciones.

Pero sucede que un día, removiendo la tierra en una excavación arqueológica, en la posición situada en el Km. 33 de laM-600, en el término municipal de Brunete, a no demasiada profundidad, aparece un maxilar inferior humano, y los antropólogos forenses que se hacen cargo del hallazgo, a falta de un estudio completo, te informan que la dentadura indicaría que perteneció a una persona joven que debía rondar los 20 años de edad y que parece que el hueso tiene un pequeño desgarro en la zona del mentón que bien lo podría haber ocasionado una esquirla de metralla, y entonces, de golpe, rememoras todo lo que has leído e investigado sobre los combates que acontecieron durante la batalla de Brunete y te acuerdas de ensayos como los del mencionado John Keegan e, irremediablemente, tomas conciencia de la magnitud de la catástrofe y te impresionas y conmueves por la tragedia que se vivió en estos lugares y por el horror que todavía guardan los viejos campos de batalla.


Javier M. Calvo Martínez


Nota: siguiendo los protocolos establecidos para este tipo de hallazgos, el maxilar y los dientes fueron entregados a profesionales especializados para su estudio forense, antropológico y genético.

lunes, 9 de diciembre de 2024

175) LUZ EN LAS SOMBRAS



Durante los trabajos arqueológicos realizados en el Elemento de Resistencia situado en el kilómetro 33 de la M-600, en el término municipal de Brunete, al excavar en el pozo anexo a uno de los tres nidos cruciformes que componen esta posición, localizamos, a unos 2,5 m de profundidad, el depósito superior de una lámpara de carburo.

No se trata de un hallazgo excepcional, desde luego, pero si muy interesante para conocer, al menos en parte, uno de los sistemas de iluminación empleados por los constructores y defensores de esta posición, cuya misión era proteger la carretera sobre la que se asienta para, en caso de ruptura del frente, evitar que el enemigo pudiera progresar por ella.

Téngase en cuenta que los tres nidos cruciformes que se ven en superficie no eran más que una parte del dispositivo de esta posición, en la que la mayor parte de sus elementos eran subterráneos (pozos de acceso, abrigos, depósitos, botiquín y galerías de comunicación), en algunos casos, con una profundidad de hasta 4 m.


El Elemento de Resistencia del km. 33 de la M-600 contaba con un sistema subterráneo de galerías que comunicaba los nidos entre sí y daba acceso a otros elementos, como refugio, polvorín, depósitos o botiquín (Fotografía aérea Francisco Pino)

En esta realidad cavernosa y oscura situada muy cerca de la primera línea de fuego, donde la iluminación eléctrica se hacía imposible o muy difícil, las lámparas de carburo se mostraban como un sistema sencillo, económico y eficaz, tal y como ya llevaba comprobándose en la minería desde principios del siglo XX.

Según podemos leer en la muy interesante web del Archivo Histórico Minero (cuya visita recomendamos), estas lámparas están formadas por dos depósitos enroscados: el superior (que es el que hemos encontrado) lleno de agua y el inferior de carburo. Ambos depósitos se comunican por una válvula reguladora del goteo o “llave de agua” que pone en contacto ambos elementos, formando así el gas acetileno. Por el llamado “conducto de acetileno” el gas llega a un mechero regulador de flujo que lo transporta al exterior, donde, una vez encendido, producirá una llama blanca y brillante que es la que ilumina. La lampara contaba además con un tapón para el cierre del orificio de llenado de agua, un asa para facilitar su transporte y un gancho para poder ser colgada.


Funcionamiento y elementos de una lámpara de carburo similar a la del depósito recuperado en la posición del km. 33 de la M-600, en Brunete (dibujo procedente de la web del Archivo Histórico Minero)

Interior de una lámpara de carburo de un modelo similar al del depósito encontrado en la posición del Km. 33 de la M-600, en Brunete (fotografía procedente de la web del Archivo Histórico Minero)

La lámpara de carburo, también llamada lámpara de acetileno o carburero, fue inventada en 1897 por el ingeniero francés afincado en Barcelona Enrique Alexandre y Gracián, y patentada en 1899. Parece que la primera utilización práctica de este sistema de iluminación fue en minas del País Vasco, donde pronto surgirían también algunas de las principales empresas fabricantes.   

El nuevo invento se extendió rápidamente por todas las minas excepto aquellas en las que las concentraciones de gases como el grisú podían generar atmósferas explosivas. Pero, más allá de la minería, o de otras actividades similares como la espeleología o la pocería, estas lámparas triunfaron también en el ámbito doméstico, algo lógico si pensamos que, en aquella época, la mayoría de las poblaciones no contaban con ningún tipo de alumbrado eléctrico, o su uso estaba todavía muy acotado, lo que motivo la aparición de múltiples modelos de lámpara, faroles y candiles adaptados a las múltiples necesidades cotidianas.

El depósito encontrado en las fortificaciones de Brunete corresponde a uno de los modelos más empleados en aquella época en la minería, lo cual no resulta extraño si pensamos en cómo era el sistema de galerías y abrigos en caverna que componían el sistema subterráneo de esta posición. Un sistema que, en caso de necesidad, permitía a los soldados de su guarnición desplazarse de un punto a otro sin necesidad de salir a la superficie, permaneciendo bajo la protección de los abrigos y refugios si se producía un bombardeo, todo ello alumbrados con las pequeñas pero intensas y brillantes luces blancas que producían las lámparas de carburo.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ 


Enlace recomendado: web del Archivo Histórico Minero

miércoles, 13 de noviembre de 2024

172) TRABAJOS EN EL ELEMENTO DE RESISTENCIA DEL KILÓMETRO 33 DE LA M-600, EN BRUNETE

 

En mayo de 2015 publicábamos en este blog un artículo centrado en los fortines cruciformes que existen en lo que fue el frente defendido por la 20 División del ejército franquista (pinchar aquí para ir a la entrada). En ese artículo indicábamos que estas fortificaciones se comenzaron a construir a finales de 1938, como elementos de resistencia para la defensa de aquellas vías de comunicación que, en caso de ruptura del frente, pudieran ser aprovechadas por el enemigo para realizar un rápido avance. Su función, por tanto, era conseguir que pequeñas guarniciones fueran capaces de frenar, o retrasar lo más posible, la progresión de fuerzas muy superiores. Para ello, se apostaba por un modelo de fortificación que permitiera a esas guarniciones resistir aun en el caso de haber quedado aisladas y rodeadas por el enemigo.

Surgió así este modelo de posición defensiva, formada cada una de ellas por dos o tres nidos cruciformes, que recibían la denominación de “fortines conjugados”, de los que nos han quedado magníficos ejemplos en Villanueva de Perales, Quijorna y Brunete.


Imagen cenital de la posición del Km. 33 de la M-600. Tanto esta fotografía como la que encabeza el artículo han sido realizadas por Francisco Pino. 

Precisamente en este último elemento, el ubicado en el km. 33 de la M-600, en el término municipal de Brunete, comenzamos en diciembre de 2023 una intervención arqueológica con el fin de documentar estas fortificaciones y todos los elementos asociados a las mismas (refugios, galerías, trincheras…).

Los principales trabajos, encargados a "Urquiaga. Trabajos por y para la arqueología", han consistido en desbroces mecánicos superficiales, excavación manual, limpieza interior, topografía, fotogrametría, estudio de materiales recuperados e investigación documental e historiográfica.


Desbroces mecánicos realizados con una miniexcavadora 


Excavación manual en la zona que ocupó el refugio de la posición


Trabajos de limpieza y excavación en el pozo de acceso de una de las fortificaciones


Excavación del interior de una de las estructuras anexas a los fortines

Esta intervención, supervisada por la Dirección General de Patrimonio Cultural, viene motivada por el proyecto de ampliación de la calzada de la M-600, lo que irremediablemente afectará a este yacimiento arqueológico, especialmente a los dos nidos que se encuentran más cercanos a la carretera.

De momento, estos trabajos nos han permitido documentar elementos poco o nada estudiados hasta la fecha, como los puestos de granadero, los pozos de acceso, el refugio o las losas de hormigón ceñidas a los fortines, así como el sistema de galerías que comunicaba subterráneamente los diferentes elementos de esta posición defensiva, y que en la actualidad se encuentra hundido o colmatado prácticamente en su totalidad (agradecemos a personas como Antonio Gallardo el haber compartido sus recuerdos sobre el aspecto que ofrecían estas galerías  cuando eran niños y como utilizaban los fortines como lugar de juegos).


Trabajando en el interior de una galería


Excavación en el pozo de una de las estructuras anexas a los fortines

El resultado de estos trabajos ha sido remitido a la Dirección General de Patrimonio, que valorará y dictaminará las actuaciones que podrán realizarse en la zona.

Trabajos de fotogrametría


Colocación de geotextil y posterior cubrición con tierra para proteger las placas de hormigón adosadas a los fortines.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ