sábado, 24 de julio de 2010

89) A morterazo limpio


A MORTERAZO LIMPIO

Una de las armas más características de la guerra de posiciones es el mortero. La idea original de esta pieza artillera, esto es, del arma capaz de batir por elevación el interior de posiciones asediadas, es bastante antigua. Los españoles lo utilizaron ya, en diseño rudimentario, durante el siglo XVII. Aquellos primitivos morteros lanzaban piedras y proyectiles incendiarios. Los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, los fabricaron de gran tamaño y potencia, pero debido a la escasa movilidad de tales modelos, no tardaron en desecharlos.

Sin embargo, la consolidación de frentes estables dio origen a morteros de pequeño tamaño que sirvieran de apoyo a la infantería. Pronto se pudo comprobar que esta arma resultaba especialmente útil en la guerra de trincheras. La curvatura de su tiro permitía batir eficazmente zonas desenfiladas a las armas de tiro tenso, así como disparar por encima de obstáculos, y, todo ello, permaneciendo a cubierto de la vista del enemigo y de los fuegos rasantes.

El mortero, esencialmente, se compone de seis partes: cañón de ánima lisa (es decir, de tubo sin estrías interiores), bloque de culata, placa base, dispositivo de puntería por elevación y amortiguadores. Es un arma de avancarga (se carga por la boca de fuego) y sus granadas, de gran poder explosivo, son fáciles de manejar. Durante la guerra civil española se utilizaron morteros de diferentes calibres: mortero pesado (120 mm.), mortero medio (81 mm.) y mortero ligero (60, 50 y 45 mm.).Los morteros pesados recibían también el nombre de lanzaminas.

Los proyectiles del mortero, además de batir objetivos desenfilados (trincheras, parapetos, muros, etc.), resultaban muy eficaces contra personal al descubierto, siendo los trozos de su metralla muy peligrosos en un radio de acción de unos 50 m. (con mortero de 60 mm.), 100 m. (con el de 81 mm.) y 150 m. (con el de 120 mm). La diversidad de calibres permitía escalonar los objetivos desde los 100 m (distancia mínima de empleo del mortero de 60 mm) a unos 5.700 m (alcance máximo del de 120 mm).

Además, los morteros solían resultar especialmente desmoralizantes para la tropa que sufría su fuego. El hecho de no oír normalmente ni la salida del proyectil de la boca de fuego, ni su trayectoria hasta que no estaba encima del objetivo, suponía una tensión e incertidumbre que podía minar la moral de las tropas más aguerridas, las cuales, sólo podían sentirse seguras en los refugios o abrigos bien preparados, pero no en las trincheras que podían ser batidas con cierta facilidad, pues los ángulos de caída de las granadas de mortero eran grandes (entre 950 y 1.500 milésimas según suplementos y alcances). Un porcentaje altísimo de las bajas causadas en las trincheras del noroeste de Madrid fueron consecuencia del fuego de los morteros.

La extremada cercanía a la que muchas veces se encontraban las posiciones de los unos y los otros imposibilitaba la actuación de la artillería, pues el riesgo de disparar sobre las propias tropas era muy elevado. Por ello, el mortero se convirtió en la pieza artillera más útil y eficaz (también de las más temidas) para la infantería de las primeras líneas de fuego: fácil de transportar, de manejo rápido, sencillo de ocultar y de una increíble eficacia.

El propio Francisco Franco, en sus comentarios al “Reglamento de Grandes Unidades” (doctrina y táctica de la Infantería española en 1936) escribiría con relación a los morteros:

“(…) el mortero de 81, poderosa arma de la Infantería, de tiro curvo, de alta trayectoria, con su rama descendente vertical, tiene un alcance (eficaz) de dos mil metros y un proyectil de cuatro kilos de peso (…) constituye un arma poderosa contra los atrincheramientos y sobre el enemigo abrigado en barrancadas y contrapendientes; puede ejercer su acción a su vez desde el fondo de un barranco, desde una contrapendiente o detrás de un obstáculo, a cubierto (…) el mortero de 50, arma de compañía, tiene análogas condiciones que el mortero de 81, pero reducido a una cuarta parte de su alcance o potencia; sustituye con ventaja a las granadas de fusil (…) los morteros ofrecen el más poderoso elemento para detener el ataque, ya que los avances se realizan generalmente por las zonas ocultas, barrancadas y contrapendientes desenfiladas; hacia ellas debe de orientarse su empleo y poder batir la base de partida del enemigo (…) en la ofensiva, tirando por encima de tropas, las acompaña y protege (…) es el cañón del Infante, el que no le falla nunca.” (Reproducido en “Las armas de la Guerra Civil Española” de J. M. Manrique y L. Molina, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, p. 81).

Con lo expuesto hasta aquí, no es extraño que el mortero fuera una de las armas más temidas y perseguidas en las posiciones del frente madrileño durante la guerra civil. Localizar los morteros del enemigo e intentar destruirlos o neutralizarlos se convirtió en una prioridad para las tropas de primera línea. En las trincheras del noroeste de Madrid los dos ejércitos se esforzaron en esta labor, desarrollando diferentes acciones encaminadas a localizar y destruir los peligrosos morteros enemigos.

Como ejemplo de todo ello nos fijamos en una Orden de Operaciones emitida en agosto de 1938 en el sector de Las Rozas por el Jefe de la 111ª Brigada Mixta al Jefe de la Agrupación de Morteros de la unidad.

Como ya es sabido por los lectores y lectoras de este blog, durante la guerra civil, Las Rozas se convirtió en primera línea de fuego. Desde en enero de 1937, el caserío y la estación de ferrocarriles permanecían ocupados por las tropas franquistas, y, a muy corta distancia, se extendían las líneas republicanas, lo que originó una dura guerra de trincheras en la que los hostigamientos y ataques fueron frecuentes y numerosos.

Según podemos comprobar en el documento del que hablamos, los observatorios y puestos avanzados republicanos han localizado los emplazamientos que los morteros franquistas tienen en la parte vieja del pueblo de Las Rozas, por lo que no se tarda en ordenar el hostigamiento contrabatiendo los morteros enemigos para su neutralización y destrucción. Para ello se planifica la siguiente “Idea de Maniobra”:

“Emplazar tres morteros calibre 81 en las inmediaciones de Casa Curia, dos piezas del 60 en la Cuesta de Mataborricos y dos piezas del 60 en el Arroyo de la Puentecilla. El primer emplazamiento (inmediaciones Casa Curia) batirá Las Rozas (parte vieja), con objeto de destruir el emplazamiento de morteros enemigos. El segundo emplazamiento (Cuesta de Mataborricos), idéntica misión al anterior. El tercer emplazamiento fuego de hostigamiento a las posiciones del Guadarrama Oriental.”

“Tan pronto reciba esta orden procederá a emplazar los morteros en los lugares indicados que, para mayor aclaración, se indican en superponible que se acompaña, debiéndose tomar todos los datos necesarios para estar dispuestos a actuar antes del anochecer, haciendo fuego a mis órdenes y a la hora H.

A intervalos de quince a treinta minutos hará un disparo desde cada uno de los emplazamientos sobre blanco testigo para tiro de corrección.”

Un simple ejemplo de las muchas acciones que tuvieron lugar en este sector durante los años que duró la guerra. Continuos ataques y hostigamientos que formaban parte de la rutina de la guerra de trincheras que se desarrolló en el noroeste de Madrid.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Mortero republicano en el frente de Madrid.
Fotografía 2: Restos de granadas de mortero encontrados al pasear por el sector de Las Rozas (JMCM)

Documentación procedente del AGMA

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