lunes, 22 de junio de 2009

35) Pozuelo de Alarcón






POZUELO DE ALARCÓN

En diferentes partes de éste blog hemos hecho referencia a Pozuelo de Alarcón (especialmente en los apartados “En las calles de Pozuelo” y en “Cementerio de Pozuelo”).  Hoy queremos traer el testimonio escrito de uno los protagonistas que vivieron aquellos sucesos.

Pedro Mateo Merino nació en 1912 en el pueblo de Humanes de Mohernando (Guadalajara). Perteneciente a una familia de modestos labradores, pronto comenzó una intensa actividad política en las filas comunistas, lo que le supondrá detenciones, torturas y encarcelamientos. La sublevación militar, el 18 de julio de 1936, le sorprende en Madrid, donde cursa estudios universitarios. Desde el primer momento empuña las armas en defensa de la República, actuando en Somosierra, Madrid, Brunete, Teruel, Lérida, Ebro, Cataluña y de nuevo en Madrid. Desde sus orígenes como miliciano, alcanza el grado de teniente coronel de infantería, mandando la 35 División en la batalla del Ebro. Obtiene las medallas republicanas del Valor y de la Libertad por méritos de guerra. Al producirse el golpe de Casado marcha al exilio (primero Francia y luego la URSS). Durante la Segunda Guerra Mundial participa en la defensa de Moscú. Tras la guerra desarrolla actividades militares docentes en diversos países (Yugoslavia, Polonia, Cuba) y se licencia en Ciencias Económicas por las Universidades de Moscú y de La Habana. Después de treinta y tres años de exilio regresó a España, donde continuó desarrollando su militancia política, y se dedicó a escribir sus memorias. Falleció en Madrid, el 19 de noviembre de 2000.

En 1986, la Editorial Disenso publicó su libro “Por vuestra libertad y la nuestra”, en el que Mateo Merino recoge parte de sus experiencias en la guerra civil española. En ellas, encontramos un capítulo entero dedicado a la lucha en Pozuelo de Alarcón en las duras jornadas de enero de 1937. Aunque pueden resultar un poco extensas, hemos decidido reproducir partes de las mismas en este blog, por considerar que constituyen un interesante complemento para tener una idea más completa de este episodio de la batalla de la Carretera de La Coruña.

“(…) Al otro lado de la calle, adivinado más que visto, empezaba el caserío de la colonia veraniega (“Colonia de la Paz”), que se hallaba en poder de los fascistas desde hacía muy pocos días.

Carecíamos de planos militares. Y hasta de mapas geográficos o turísticos más o menos aprovechables para el caso. Entre las barbecheras de Cerro Primero, al oeste de Pozuelo y el barranco de éste mismo nombre, extendiéndose casi a dos kilómetros, tomó posiciones con frente suroeste la primera compañía del antiguo 5º batallón (5º Regimiento). Con otras dos compañías del Sindicato de Artes y Espectáculos que guarnecían Húmera constituíamos una especie de subsector. A la derecha, bordeando la carretera de Majadahonda, y en el bosque de Remisa, había tropas nuestras: el batallón francobelga de la XI brigada, internacionales del general Cléber, milicias y otras unidades, todas ellas subordinadas al teniente coronel Barceló. El subsector del que formábamos parte lo mandaba el teniente coronel Perea, cuya jefatura se hallaba casi en el centro del triangulo Pozuelo de Alarcón-Húmera-Estación de Pozuelo (…)

Cuando amaneció nos encontramos con el enemigo a muy pocos metros. Y pronto establecimos en salidas nocturnas que teníamos delante al 4º tabor de regulares. Guarnecíamos dos posiciones clave, antes defendidas por un batallón muy quebrantado: la quinta de “Villa Rosa” (Huerta Grande), su extensa huerta y jardines, y un promontorio sobre el barranco de las afueras este que salía a nuestra retaguardia entre Pozuelo y la estación. Delante del mismo, en tierra de nadie, a pocas decenas de metros, se alzaba una confortable casilla bien protegida del frío.

Por doquier se veían las huellas de los recientes combates. Huecos y destrucciones causadas por la artillería; el zurcido de las ametralladoras y fusiles en las paredes, puertas, ventanas, tejados y postes; la maraña de los cables cercenados; cadáveres abandonados en las posiciones más inverosímiles, generalmente tendidos boca abajo, como si hubieran caído mientras corrían hacia las afueras; sacos terreros y maletas tirados, con los efectos más indispensables del evacuado, o la oprobiosa carga del saqueo de legionarios y marroquíes, “avanzadas de África” en el suelo español.

A nuestra derecha se perdía la continuidad del frente. Desde atrás, a casi un kilómetro, nos llegaban algunas balas sueltas. Tal vez fuera el enemigo. Podían ser tropas nuestras. Dos o tres kilómetros al suroeste, por los encinares de Boadilla del Monte se movían grupos de gente. La situación era confusa. Tampoco estaba muy clara a nuestra izquierda. La línea era al parecer discontinua en todo el sector. En realidad formábamos un saliente, una especie de islote.

“Villa Rosa” quedó guarnecida por una sección, con lanzabombas, dos fusiles ametralladoras y una ametralladora. Esta fuerza comenzó a atrincherarse tras la cerca sur, con algunos boquetes que servían de aspilleras. Los accesos estaban batidos por francotiradores enemigos; se llegaba por una zanja de comunicación a medio hacer, recta, que bordeaba por dentro la cerca este. En el piso alto de la quinta, tras un balcón guarnecido con sacos terreros, se hallaba emplazada la ametralladora, apuntando al sur; los balcones y ventanas de las otras fachadas no tenían defensas. Era una Maxim´s 7,62. El ametrallador, un joven minero asturiano (“Asturias” le llamábamos), había quedado adscrito con su arma a la posición al salir la unidad relevada. Afable y voluntarioso, ejemplar y entrañable, lúcido y valiente, no tardó en ganarse la amistad y el cariño de todos. Su emplazamiento dominaba la colonia veraniega y era una pesadilla para los regulares que la ocupaban.

Otra sección, con dos fusiles ametralladoras, cubrió el flanco izquierdo. Su campo de observación y de tiro eran muy malos. De hecho la línea enemiga dominaba en todo nuestro frente, salvo el edificio de la quinta, demasiado visible para el enemigo, que la distinguía con su fuego.

Como al centro de una sinuosa calle empedrada, a media cuesta, no lejos de las afueras al sudeste del lugar, quedó instalado el puesto de mando. A poca distancia se hallaba el grupo sanitario. La primera línea corría por el principio de la contrapendiente y las condiciones de observación y de tiro eran pésimas en todos los sitios, excepción hecha del flanco derecho. Para conocer lo que pasaba había que ir a “Villa Rosa”, donde se hallaba emplazada la ametralladora, lugar de accesos muy batidos, prácticamente intransitables de día.

Nos entregamos de lleno a crear un sistema de nidos, trincheras, zanjas y observatorios que permitieran organizar nuestro fuego y posibilitara la maniobra. Descansábamos de día. Las noches transcurrían además en un continuo tiroteo que se extendía por todo el frente, creando una sensación extraña de gran batalla sin avances ni retrocesos.

Más de una noche acudió a ofrecer su ayuda fraternal Saturio Torón, capitán de milicias, con su compañía de zapadores, trasladada como nosotros del frente de Somosierra. Realizaba trabajos de fortificación al noroeste de Pozuelo de Alarcón, entre esta localidad y El Plantío. Siempre que los tiroteos alarmaban por su extraordinaria intensidad venía a nuestro puesto de mando con su unidad, presta para entrar en combate. Siempre por iniciativa propia. Su espíritu de solidaridad impresionaba; el compañerismo era para él un verdadero apostolado. Pasaron algunos días sin verlo… Nos causo extrañeza. Pensamos en algún nuevo traslado de suma urgencia. Sólo a finales de años, y ocasionalmente, vinimos a conocer la razón, harto dolorosa. Por unos zapadores… Así fue el relato:

-Efectuábamos el trazado de nuevas trincheras, en una noche cerrada. El capitán marchaba delante, a no mucha distancia. Nos detuvimos a clavar una estaca, y él siguió.
-De pronto una llamarada envolvió su silueta y una tremenda explosión nos derribó.
-Cuando se disipó el humo tratamos de averiguar lo ocurrido, en medio de la oscuridad. En el sitio del estallido había un gran hoyo. Por sus inmediaciones aparecían dispersos los miembros destrozados de nuestro intrépido capitán.
-Comprendimos que habíamos penetrado sin notarlo en un campo de minas, de configuración no muy delimitada al parecer o cuya existencia tal vez ignorase el jefe de nuestra compañía. Estudiamos la zona ya de día y al anochecer rescatamos sus últimos restos.

(…) Casi todo el mes de diciembre fue glacial y lluvioso. Con algunos días claros y soleados. En vísperas de Año Nuevo mejoró el tiempo. Se secaron los campos y alegró el sol. Hubo noches estrelladas de rara calma. Como si algo nuevo se estuviera gestando. La excesiva quietud nunca pareció ave de buen agüero.

A los pocos días de llegar quedó completa la trinchera de primera línea y las zanjas de comunicación con la retaguardia. Junto a la posición del barranco, en el flanco izquierdo, había un refugio excavado a suficiente profundidad para proteger a la escuadra vecina de toda clase de bombardeos (…) A menudo se hostigaba al enemigo con dos lanzabombas desde “Villa Rosa”, cuyas potentes granadas de metralla, al estallar en el laberinto de calles y hotelitos de la colonia veraniega, causaban mortíferos estragos entre los marroquíes que la guarnecían, no muy acostumbrados a este tipo de fuego. Sus atronadoras explosiones hacían callar generalmente el tiroteo de los mercenarios, situados al otro lado de la calle-carretera de Boadilla del Monte.

(…) En el orden táctico o informativo sólo recibíamos muy escasas orientaciones, esporádicas, cuando nos dirigíamos al jefe del sector en busca de instrucciones e informes. Diríase que todo estaba claro: ¡defender, resistir, batir al enemigo!... Pero hacer la guerra es labor harto compleja para contentarse con eso. Arte, ciencia y técnica confluyen en la empresa bélica, junto a razones morales, socio-políticas y económicas. La falta de un sistema de mando en el sector, con la información que él conlleva, no permitía coordinar adecuadamente los esfuerzos ni librarse de la sorpresa, temible adversario de nuestro naciente Ejército. Chocaba también que no hubiese un cierto programa de instrucción o capacitación bajo los auspicios de un mando superior. En lo esencial, estábamos abandonados a nosotros mismos. Y el trabajo político organizado era sencillamente nulo.

Nos hallábamos directamente subordinados al teniente coronel Perea, más no teníamos con él ningún tipo de comunicación que no fuese los enlaces a pié. No contábamos ni con una mala bicicleta, asno, mulo o caballo. Cualquier otro medio, técnico, de transmisiones, se encontraba fuera de nuestro alcance.

(…) A mediados de mes se intensificaron los combates a nuestro flanco derecho. Por Boadilla del Monte hubo fuerte cañoneo y extraños movimientos de tropas. Todo parecía indicar que se trataba de un ataque enemigo, y así fue; aunque no recibimos información de ningún género. Luego supimos “vox populi” que se había perdido Boadilla. Vimos acercarse los combates al bosque de Remisa y las inmediaciones de El Plantío. Estos cambios mejoraron mucho las posiciones del adversario y le dotaron de excelentes observatorios que dominaban gran parte de nuestra retaguardia en el noroeste de la capital. Había atacado, así mismo, en dirección a Valdemorillo.

En estos combates pereció heroicamente, batiéndose en las filas de la 1ª Brigada móvil de choque, el escritor y comunista cubano Pablo de la Torriente Brau, una de las figuras más prestigiosas del movimiento revolucionario latinoamericano. El 19 de diciembre de 1936, a la vista de Majadahonda, como a mitad de camino entre el vértice Romanillos y Boadilla del Monte, sobre una loma alargada con una casilla en lo alto, al rechazar un ataque de tropas moras con tanques. Nació en Puerto Rico, se hizo revolucionario en Cuba y murió en España por la libertad. Vino en funciones de corresponsal de guerra, y se entregó de lleno, por entero y en conciencia (hasta la misma muerte), a la tarea dura y abnegada de combatiente antifascista.

Los últimos días del año fueron de relativa calma. Fríos y lluviosos. Con golpes de mano sueltos y el tiroteo de siempre. Tuvimos una baja en extremo dolorosa: cayó el tirador de la ametralladora emplazada en Villa Rosa, nuestro camarada del legendario batallón Asturias, el primero entre las unidades de milicias. Una bala enemiga entró por la aspillera y atravesó su corazón. Murió instantáneamente, en mis propios brazos, pues recorría la línea y subí a la posición.

(…) Apenas habían transcurrido unas jornadas, resulté herido en la misma posición de Villa Rosa, con el antebrazo izquierdo atravesado por una bala. La herida no era grave y pude curarme sin abandonar el frente. Diariamente acudía al puesto médico del sector, a varios kilómetros de terreno enfangado y resbaladizo por las frecuentes lluvias. Así anduve buena parte de diciembre con el brazo en cabestrillo.

(…) En Pozuelo de Alarcón vimos pasar las Navidades y llegar el Año Nuevo. No faltaron algunos manjares, vinos y golosinas de fiesta suministrados por la intendencia militar. Aunque nada podía llenar (claro está) la ausencia de los familiares y seres queridos, cuya suerte para muchos era desconocida.

(…) Y así entramos en el año de 1937. Con días claros y soleados que favorecían el desarrollo de operaciones y el empleo de todas las armas. Ya en la jornada del dos creció la actividad de la aviación ítalo-germana y franquista. Sobretodo en misiones de exploración y bombardeo profundo. El tres de enero desencadenaron la ofensiva. Más al oeste, a escasos kilómetros de nosotros y alejándose en esa dirección, no cesó el cañoneo ni el movimiento de tropas durante las dos primeras jornadas. De sol a sol y durante buena parte de la noche la aviación facciosa se mantenía en el aire, bombardeando sañudamente la carretera de La Coruña y zonas adyacentes: Aravaca, El Plantío, Majadahonda, Las Rozas y más al norte.

La situación a nuestra derecha se hacía sumamente confusa. Teníamos informes limitados, aunque seguros, fruto de nuestra observación directa. Desde la quinta Villa Rosa o desde el lavadero lugareño en las afueras, seguíamos de continuo la marcha de los acontecimientos. En la noche del cuatro y durante el cinco llegaron grupos sueltos de fuerzas republicanas que se retiraban hacia la estación, asegurando que los facciosos habían roto el frente y se encontraban ya en Las Rozas y El Plantío. Según ellos, se combatía en las inmediaciones de Aravaca. Las noticias eran realmente alarmantes, pero había que comprobarlas.

En nuestro frente el enemigo no había intentado nada serio. Carecíamos de información o nuevas instrucciones de la superioridad. Pasó la noche, cerrada y con niebla. Al amanecer del seis enviamos una patrulla buscando enlace por la derecha, hacia El Plantío. Durante un recorrido de casi tres kilómetros sólo halló pequeños grupos en retirada, confirmando las versiones del día anterior. Por la carretera, entre El Plantío y Aravaca, había combates y movimientos de tropas hacia este último punto. Desde nuestra izquierda, de las unidades que guarnecían Húmera, nos comunicaron que el enemigo estaba entrando en Aravaca. Las alturas de Húmera dominaban el terreno circundante y tenían mejores condiciones de observación, pero nos extrañó la noticia. Seguimos comprobando desde nuestros observatorios durante toda la jornada. El combate se alejaba hacia nuestra profundidad. Al anochecer, la sección de nuestro flanco izquierdo informó de que nuestras tropas se retiraban de Húmera hacia la Casa de Campo.

Todo se complicaba, creando una situación en extremo comprometida. Al hacerse de día podíamos encontrarnos cercados en la retaguardia enemiga. Había que completar los informes, verificarlos, y precisar nuestra misión sin la menor demora. Acompañado de un enlace, me dirigí al puesto de mando de la columna, ahora ya 38.ª brigada mixta. En todo el recorrido no hallamos un alma. Dentro del mayor silencio y oscuridad, sólo alterados por algún disparo suelto en aquella noche cerrada, llegamos a la jefatura del teniente coronel Perea. Allí no había nadie. Ni siquiera centinela. Caminamos unos cientos de pasos cuesta abajo, hacia la estación. Oíanse ahora los estampidos del tiroteo y un eco desordenado de voces. Al subir un repecho vimos el resplandor de los incendios en dos o tres sitios del caserío. Ardían varios edificios del arrabal contiguo a la estación de Pozuelo, en nuestra retaguardia cercana.

De vuelta para las posiciones, en el mismo camino, tomé la decisión. Había que retirarse sin demora, asumiendo la responsabilidad de hacerlo, y restablecer el contacto con nuestras tropas. No incumplíamos órdenes, pues habíamos sido abandonados, o quizás olvidados en las prisas incontroladas de última hora. Lo efectuaríamos siguiendo el arroyo situado entre las carreteras de la estación a Húmera y Carabanchel. Rodeando la estación de Pozuelo por el este, para salir a la carretera de La Coruña entre Aravaca y el puente de San Fernando antes de llegar el día. Triste y doloroso trance: dejar Pozuelo de Alarcón sin orden de hacerlo, renunciando al combate, después de tanta sangre y tantos esfuerzos. (…) Clavados en el terreno, esperamos sin embargo una jornada más de intenso combate, sin suministro, hasta que llegó la noche del siete al ocho.

Así fue como pasamos por el amargo trance de aquella retirada. Primero un pelotón de cada sección, luego dos escuadras de cada pelotón restante, y finalmente, uno tras otro, con intervalos, los combatientes de las últimas escuadras, se fueron concentrando en la quebrada al noreste del lugar, entre Pozuelo de Alarcón y húmera. En ellos entrarían avanzada la mañana las tropas de Buruaga y Escámez. Y salimos por la vaguada, cruzando la carretera de la estación a Húmera, bien distantes de ambos puntos, ya de madrugada. A la izquierda, en la primera, se alzaban las llamas de nuevos siniestros, originados verosímilmente por los bombardeos.

Además de la brújula, nos íbamos orientando por el tiroteo, cada vez más cercano y siempre a nuestra izquierda. Sorteando por el este la zona de los disparos y las explosiones. A lo lejos, en esa dirección, quedaba Madrid, oculto tras el enmascaramiento nocturno, sin una luz en el horizonte que permitiese localizarlo. Bordeando con mil recelos los hotelitos de veraneo, sin escatimar precauciones, tras cruzar el arroyo de Pozuelo, salimos a la carretera de La Coruña entre Aravaca y el puente unas horas antes de amanecer. A corta distancia, en un grupo de casas, montamos la guardia y nos echamos a descansar mientras se exploraba la zona. Cesó el tiroteo, se hizo la calma. Cuando empezaba a clarear, entre las brumas del crepúsculo reanudamos la marcha. En las cunetas y tierras adyacentes había grupos acampados. Durante la noche, luego de repetidos ataques y contraataques, Aravaca había caído en poder del enemigo. Nuestras líneas se halaban casi en las mismas afueras. Recibimos orden de concentrarnos cerca del Puente de San Fernando, al otro lado de la carretera. Allí nos situamos en espera de instrucciones.

Con el nuevo día renació el estruendo del combate, sostenido con escasas intermitencias, y un tono creciente de cercanía. Nuevos grupos de otras unidades en retirada iban llenando la contrapendiente. Por Aravaca se batía la gente de la 1.ª Brigada móvil de choque y algunas otras unidades, cerrando el paso a las fuerzas de Barrón. Establecimos contacto con el teniente coronel Perea. Las bajas eran considerables, entre los heridos se hallaba el capitán Zulueta. Creo que hasta se sorprendió de que todavía existiéramos. Sin reproches ni explicaciones, al anochecer recibimos la nueva misión: trasladarnos al cuartel de la Marina en Ciudad Lineal, pues la 38.ª Brigada, en vías de organizarse, quedaba en reserva.”


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1) "Villa Rosa" (Huerta Grande), en la actualidad.
Fotografía 2) Cartel de azulejos en una de las puertas existentes en la valla de Huerta Grande.
Fotografías 3 y 4) Algunas de las pocas casas de época que quedan en la actual "Colonia de la Paz".
Fotografía 5) Detalle de la fachada de una casa en la "Colonia de la Paz"

2 comentarios:

  1. El compañero Guilpomad, al hilo de lo relatado por Pedro Mateo Merino, realizó una visita a Pozuelo de Alarcón, aportando nuevos e interesantes elementos en el Foro de GEFREMA. El enlace es:

    http://www.gefrema.org/foro/viewtopic.php?f=29&t=2712

    Muchas gracias.

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  2. Parece ser que la casa existente en Huerta Grande, nunca se llamó “Villa Rosa”, tal y como la denomina Mateo Merino en su relato. Lo más probable sea que éste nombre, el de “Villa Rosa”, fuese la denominación que le dieron los republicanos en aquellos días para diferenciarla de otras construcciones de la zona, haciendo alusión al color de su fachada.

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