miércoles, 3 de julio de 2013

129) LAS BRIGADAS INTERNACIONALES EN LA BATALLA DE LA CARRETERA DE LA CORUÑA




No son pocas las referencias, e incluso los post completos, que se han dedicado en este blog al papel jugado por las BBII durante la batalla de la Ctra. de La Coruña. Pero parece oportuno dedicar un espacio en el que, de una manera resumida, se recoja una visión global y ordenada de los combates en los que participaron los voluntarios internacionales durante aquellas jornadas. Para ello, repasaremos algunos de los artículos publicados aquí con anterioridad, ampliando y complementando la información con nuevos datos, detalles y referencias obtenidos de diferentes fuentes primarias y secundarias.

Empecemos, a modo de introducción, por la llegada de las primeras BBII al frente de Madrid. Estamos a principios de noviembre de 1936. Las tropas de Varela se aproximan a los arrabales de la capital. La ciudad se prepara para la defensa. La batalla de Madrid está a punto de comenzar:

El 4 de noviembre (esta fecha causa cierta controversia entre los investigadores) habían salido precipitadamente de Albacete, hacia el frente madrileño, los tres primeros batallones internacionales: el Edgar André, el Comuna de París y el Dombrowski, matriz de la que sería XI Brigada Internacional. En un primer momento, estas fuerzas fueron desplegadas al sudoeste de la capital, lugar por el que el Estado Mayor republicano esperaba recibir el ataque más fuerte. Sin embargo, ante la posterior certeza de que el enemigo desencadenaría su esfuerzo principal sobre la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria, las unidades internacionales fueron trasladadas al noroeste de Madrid. Es así como el día 8 de noviembre encontramos a los internacionales defendiendo la línea del río Manzanares entre el puente de San Fernando y el kilómetro 4,5 de la carretera de La Coruña. En total son unos 1.600 hombres.

El jefe de estas fuerzas, con su puesto de mando en la Facultad de Filosofía y Letras, es un antiguo oficial del ejército austrohúngaro hecho prisionero durante la Primera Guerra Mundial por el ejército ruso y que, en 1917, al desencadenarse la revolución soviética, había combatido en las filas bolcheviques, ingresando posteriormente en la Academia Militar moscovita Frunze. Se trata de un hombre al servicio de la URSS y de la Komintern llamado Manfred Zalmanovich Stern, pero que en España será conocido por el nombre de Emilio Kleber o general Kleber.

Ya en estos primero momentos del ataque directo a Madrid aparecen algunas confusas informaciones sobre la actuación de unidades internacionales en la zona que poco después sería escenario de la batalla de la carretera de La Coruña. Es así como diversa prensa de aquellos días (especialmente del día 9 de noviembre) recoge la actuación de unidades internacionales presionando desde el sector de Pozuelo, Humera y Aravaca sobre el flanco izquierdo de las fuerzas franquistas que intentan progresar por la Casa de Campo. Y en la orden dada por Miaja y Rojo, con fecha 13 de noviembre, se ordena a las fuerzas de Kleber atacar en dirección sur, envolviendo la Casa de Campo por el oeste y progresando en dirección Campamento, acción que obtendría pocos resultados. Las tropas asaltantes presionan muy fuerte sobre ese sector, intentando romper el frente por diferentes puntos. El día 15, el general Miaja ordena a los internacionales cerrar el paso al enemigo en la línea comprendida entre Ciudad Universitaria y Puerta de Hierro.

Para reforzar el dispositivo republicano, el 17 de noviembre llega al sector de la Universitaria la XII BI. Es la segunda brigada internacional que se crea en la base de Albacete. Está formada por los batallones Garibaldi, Thaelmann y André Marty, bajo el mando de Maté Zalka, más conocido en España como general Lukacs. La vida de este singular personaje, que morirá en el frente de Huesca en junio de 1937, tiene ciertas similitudes con la de Kleber: combatió en la Primera Guerra Mundial como oficial del ejército austrohúngaro, fue hecho prisionero por los rusos y deportado a Siberia, al estallar la revolución soviética se alistó como voluntario en el Ejército Rojo, siendo condecorado por sus hazañas bélicas. En 1936 encontramos a Maté Zalka como uno de los principales organizadores de las Brigadas Internacionales.

La XII BI, que apenas un par de días antes ha sufrido un durísimo castigo en el otro extremo del despliegue general de la defensa al intentar ocupar el Cerro de los Ángeles (Cerro Rojo para los republicanos), es inmediatamente situada en primera línea en torno a la carretera de La Coruña, donde sufren un nuevo castigo, teniendo que replegarse y perdiendo importantes posiciones como el Palacete de la Moncloa.

Para finales de noviembre las bajas de las dos brigadas internacionales son muy numerosas. Tras semanas de cruentos combates, estas fuerzas han perdido aproximadamente el 30% de sus efectivos. Se hace necesaria una reorganización general. Kleber, meteóricamente ascendido y laureado por el aparato propagandístico de los comunistas, pasa a asumir el mando general de las dos brigadas internacionales; Hans Khale se encarga ahora de la XI BI, en la que se reúnen los batallones Thaelmann y Edgar André, predominantemente alemanes, mientras que el Dombrowski pasa a la XII BI.

La batalla de Madrid ha finalizado. Las tropas asaltantes han conseguido cruzar el Manzanares introduciendo una peligrosa cuña en la Ciudad Universitaria con su vértice en el Hospital Clínico, pero son incapaces de seguir progresando. La situación de estas vanguardias es muy delicada. El mando franquista no quiere perder la iniciativa y rápidamente prepara nuevas operaciones para desarrollar en el flanco izquierdo de su dispositivo. Las BBII no tendrán mucho tiempo para reponerse del duro castigo recibido. La batalla de la carretera de La Coruña está a punto de comenzar.

El 27 de noviembre, paralizado ya el ataque directo a Madrid, el general Miaja reorganiza su frente y prepara las tropas con las que cuenta para la nueva acometida que van a recibir. Las fuerzas de defensa de la capital son divididas en Sectores. El Primer Sector, que abarca desde la Ciudad Universitaria hasta más allá del río Guadarrama, va a ser el más importante y comprometido, pues será la zona en la que se desarrollen las operaciones de la batalla de la carretera de La Coruña. Al mando de este Primer Sector se sitúa a Kleber, una prueba más de su rápido y sorprendente ascenso, un ascenso que no es bien visto por destacados mandos españoles, empezando por el propio Vicente Rojo, que considera a Kleber, entre otros apelativos nada honrosos, una persona sin dotes de mando, insubordinada y mentirosa.

La batalla de la carretera de La Coruña se inicia el 29 de noviembre, cuando las columnas de Varela rompen el frente en el sector Aravaca-Humera-Pozuelo. No es ahora el momento de profundizar en el desarrollo de estos combates, ampliamente tratados ya en este blog (los interesados en el desarrollo general de la batalla pueden consultar el artículo: “INTENTO DE RESUMEN DE UNA BATALLA”). Como indicaba al inicio de este artículo, nos detendremos solo en los principales episodios protagonizados por las BBII.

En esta primera acometida de las tropas franquistas (ver “CEMENTERIO DE POZUELO”), encontramos a la XII BI actuando en el sector de Pozuelo, defendiendo el terreno e intentando desencadenar algunos contraataques. El día 1 de diciembre, los batallones Dombrowski y Garibaldi se internan en la Casa de Campo, escaramuceando contra moros y legionarios sin lograr resultados destacados. En los días sucesivos, hasta el 4 de diciembre, los internacionales se baten junto a tropas españolas en los alrededores de Pozuelo, destacándose el batallón Garibaldi, cuya actuación recibirá la felicitación del Alto Mando, siendo su jefe, Randolfo Pacciardi, ascendido a teniente-coronel. Con la ocupación del Cementerio de Pozuelo y de la Colonia de la Paz la ofensiva franquista queda neutralizada. La primera fase de la batalla de la carretera de La Coruña ha concluido. 

Los días 7 y 9 de diciembre, inmersas en un apresurado proceso de reorganización, las dos brigadas internacionales XI y XII llegan a El Pardo. Allí reciben el refuerzo de otros 900 combatientes recién venidos de Albacete. No podrán descansar demasiado tiempo, pues el día 14 de diciembre el enemigo vuelve a romper el frente, esta vez, en el sector de Boadilla del Monte (ver artículos “OBJETIVO BOADILLA”, “TRINCHERAS VACÍAS”). Las dos brigadas internacionales son enviadas apresuradamente para intentar cerrar la brecha. Llegan en camiones hasta una distancia prudencial del frente, desde donde se desplazan, casi a la carrera, hacia la primera línea de fuego. No hay tiempo que perder. En el camino se cruzan con el desorganizado repliegue republicano: unidades diezmadas, soldados agotados y desorientados, heridos que no reciben atención médica… La llegada de los internacionales supone una pequeña dosis de moral para las castigadas tropas republicanas. Algunos de los combatientes que se retiraban deciden unirse a los batallones internacionales y vuelven a combatir al frente.

Al amanecer del 16 de diciembre, camuflados por una densa niebla, la XI BI atraviesa los densos encinares y se sitúa frente a Boadilla del Monte, ocupada el día anterior  por las tropas de Franco. Los internacionales, parapetados en improvisadas trincheras, deben de evitar que el enemigo siga avanzando, y contraatacar si es posible. Sobre la actuación del batallón Thaelmann en aquellas jornadas se publicó un pequeño artículo en este blog titulado “¡GEFALLEN!”, basado en las memorias de uno de sus protagonistas, Esmond Romilly. Jacques Delperrie, en su mítico libro “Les Brigades Internationales” (París, 1968), basándose en el testimonio de alguno de sus protagonistas, nos relata la actuación del batallón Comuna de París:

“El 16 de diciembre por la mañana, el batallón Comuna de París está ante Boadilla. Los voluntarios han ocupado posiciones por la noche, han cavado agujeros, en la ladera de una pequeña cresta. A las 6, la bruma se disipa, vienen cocineros con bidones de café, agujereados por la metralla y sin café… De pronto, se oyen ruidos de cadenas y motores: una docena de tanques avanza por la llanura, trepan entre árboles, rugen, insectos pesados y lentos de caparazón de acero lanzando fuego por todas sus piezas.

El jefe de sección, Pierre Rösli, grita a sus hombres: -¡Dejad pasar a los carros y tirad sobre la infantería!- Una bala de ametralladora golpea su casco, lo atraviesa, le abre la sien. Cuando vuelve a abrir los ojos está en tierra y, alrededor de él, bajo los obuses, las ramas vuelan y llueven. Da el mando de la sección a André Sudre, de Burdeos, jefe de grupo. Dos camilleros se precipitan a recogerle. Veinte metros más lejos uno de ellos está muerto.

Los carros avanzan. De sus ametralladoras, de sus cañones salen incesantes disparos. El Comuna de París es expulsado de sus posiciones. Ahora los franceses están en la parte baja de la pendiente, cuerpo a tierra, con ametralladoras que no funcionan, que no se pueden transportar.

Hacia mediodía se levantan y se lanzan hacia la cima cantando La Internacional. La compañía de Jacquot va en cabeza. Dos carros son inmovilizados con granadas.” (“Les Brigades Internationales”, París, 1968, Jacques Delperrie de Bayac).

Ese día, el Comuna de París sufre un durísimo castigo, al final del día termina retirándose en desorden. La noche la pasará enterrando a sus muertos en los mismos encinares en los que han caído. Algo similar cabe decir del batallón Thaelmann, será capaz de realizar pequeños golpes de mano a lo largo de las siguientes jornadas. Algunas de estas acciones desarrolladas en los encinares de Boadilla tendrán éxito, desalojando al enemigo de sus posiciones, capturando hombres y material. Pero otros supondrán una escabechina, como ocurre con el grupo de 30 voluntarios que parte al mando de un alemán de 24 años llamado Oswald. Tras una emboscada en la que se entabla una dura lucha cuerpo a cuerpo, solo regresan 2 internacionales, la mayoría de sus compañeros han sido liquidados a bayonetazos. En las escaramuzas que se entablan en los encinares de Boadilla desaparecen secciones enteras de los internacionales, de las que no volverá a saberse nada. El cadáver de Arnold Jeans, jefe de uno de estos grupos, será encontrado degollado y castrado, una práctica habitual entre los norteafricanos que combaten en las filas de Franco.

Tras días de duros y sucios combates, entre la espesa niebla y un frío helador, la ofensiva franquista se detiene.

El 28 de diciembre, finalizada la segunda fase de la batalla de la carretera de La Coruña, la XII BI (Luckacz) es trasladada desde el frente madrileño al de Guadalajara, donde permanecerá hasta el día 5 de enero, en que nuevamente será enviada con urgencia al noroeste madrileño, esta vez al sector Majadahonda-Las Rozas. Aprovechando el impase de su oponente, el Alto Mando republicano proyecta una operación ofensiva encaminada a reconquistar Villanueva de la Cañada y Brunete. Con este objetivo, el 29 de diciembre,  la XI BI (Hans Kahle) intenta un golpe de mano sobre estos objetivos, que acabará en fracaso (ver artículo “ATAQUE SOBRE LA CAÑADA”). 

El 3 de enero, las reorganizadas y bien reforzadas columnas franquistas, precedidas de una fuerte preparación artillera, rompen nuevamente el frente con una gran cantidad de fuerzas terrestres, carros de combate, aviación y artillería. Haciendo retroceder a la 35 BM (mandada por el italiano Nino Nanetti), toman Romanillos, Villafranca del Castillo, Villanueva del Pardillo, y presionan peligrosamente sobre Las Rozas y Majadahonda. La pésima actuación del jefe del Sector, el general Kleber, es considerada inaceptable por el Estado Mayor republicano, siendo sustituido del mando en plena batalla por el comandante Cuevas (para ampliar información ver el artículo: “CASTILLO DE VILLAFRANCA”). 

La XI BI, tras su fracaso del día 29 frente a Villanueva de la Cañada, se encuentra desplegada entre Villanueva del Pardillo y Majadahonda, donde  intentará cerrar la brecha abierta por el enemigo. Posiblemente, esta brigada sea una de las unidades republicanas que mejor se comportaron durante aquella jornada, pero finalmente retrocede ante el fuerte avance de las unidades blindadas. La presión crece sobre Majadahonda, que es atacada por tres lados diferentes. El batallón Edgar André es prácticamente copado por el enemigo, logrando escapar del cerco, in extremis, gracias al sacrificio de un grupo de ametralladoras formado por 12 alemanes y 3 ingleses, que fallecerán al resistir hasta el final mientras cubren la retirada de sus compañeros. 

Por su parte, el Thaelmann ocupa posiciones al sur de Majadahonda, enlazando por la derecha con lo que queda de la 35 BM. A lo largo de aquel día se rompe el contacto entre las diferentes unidades republicanas. El Thaelmann (401 hombres entre alemanes, austriacos, franceses y españoles) es rodeado, pero aguanta todo el día hasta que consigue replegarse en dirección Galapagar. Cruzan el río Guadarrama en orden y sin perder material, logrando alcanzar la retaguardia republicana. Tras 24 horas de descanso, se reincorporarán nuevamente al combate, sufriendo un terrible y definitivo castigo del que hablaremos un poco más abajo. Finalmente, el día 3 de enero Majadahonda cae en poder de las tropas de Franco.

La acción de la aviación franquista alcanzará al propio puesto de mando de la XI BI, ubicado en el Palacio de la Zarzuela, que será bombardeado, resultando herido el comandante Dumont, al que sustituye Marcel Sagnier.

Tras la caída de Majadahonda, la presión se cierne sobre Las Rozas (ver artículos: “UN CRUCE PELIGROSO”, “POZO MISTERIOSO”), que terminará cayendo el día 4. Ante la crítica situación, el batallón Thaelman, que se encuentra recuperándose en Galapagar, es enviado urgentemente al sector de Las Rozas. Sobre el papel jugado por este batallón en aquellas jornadas se publicaron en este blog dos artículos, “EL THAELMANN A LAS ROZAS” y “SANGRE INTERNACIONAL”, en donde se narraba la trágica experiencia que tuvo que sufrir esta unidad al intentar cortar el paso a las tropas franquistas en la carretera de La Coruña. En esta ocasión, reproducimos la versión que sobre aquellos sucesos nos proporciona Jacques Delperrie de Bayac en su libro anteriormente citado:

“El 7 de enero para el Thaelmann es un día trágico. En el sector de Las Rozas es desbordado una vez más por sus alas mientras intentaba avanzar. Son las once y cuarenta horas cuando los voluntarios de la 1ª Compañía ven ante ellos dos carros, a 300 o 400 metros. Los voluntarios se preguntan si serán amigos o enemigos, cuando surgen otros quince más seguidos por la infantería. La 1ª Compañía tiene el tiempo justo de lanzarse a una trinchera estrecha, cerca de la vía del tren. Los hombres se clavan allí. Casi todos ellos son alemanes y los carros de combate que se dirigen contra ellos son alemanes también. Lanzan granadas pero es demasiado tarde: los carros llegan sobre ellos y enfilan la trinchera, haciendo una masacre. Después ataca la aviación nacional. Dos docenas de aviones pasan y vuelven a pasar sobre el Thaelmann, bombardeando y ametrallando. El batallón es hecho migas. Más de 100 muertos, más de 200 heridos. Los supervivientes franquean el terraplén del ferrocarril. Se reagrupan en un bosque. Todos los heridos y muchas armas han sido abandonados. La moral está rota. Hay hombres que no quieren volver a luchar. Horas más tarde reciben órdenes de contratacar. Responden: Imposible. El batallón Thaelmann ya no puede más.” (“Les Brigades Internationales”, París, 1968, Jacques Delperrie de Bayac).

Los días 7 y el 8 los batallones Edgar André y Comuna de París retroceden con cierto orden mientras siguen combatiendo en dirección a El Pardo, buscando el refugio de sus espesuras. También ellos son atacados por carros de combate y aviones, sufriendo muchas pérdidas. Las bajas de la XI BI se cuentan por cientos.

La lucha en el sector de Remisa-El Plantío fue recogida en este blog en artículos tales como “RESISTIR. La XI BI, la 35 BM, las fuerzas de El Campesino, las de Mera, etc., no son suficientes para cerrar la brecha. Las columnas franquistas avanzan por la carretera de La Coruña en dirección a Madrid, el cerco se cierra ahora sobre el sector de Pozuelo, en donde se combatirá calle a calle, casa a casa (ver artículos: “EN LAS CALLES DE POZUELO” y “POZUELO DE ALARCÓN”). En su libro “Hª militar de la Guerra de España” (Madrid, 1969), Aznar indicará sobre aquella lucha: “en las trincheras y en las calles, trozos de cadáveres son el signo de la violencia de los combates”.

El 9 y 10 de enero se producen duros combates en el Puente de San Fernando. Los sublevados son rechazados. Unidades republicanas, entre las que se encuentran fuerzas de  la XI BI, contraatacan recuperando algunas trincheras que encuentran repletas de muertos. La ofensiva franquista, con la ocupación de parte de la Cuesta de las Perdices y del Cerro del Águila, llega a su fin (ver artículos: “EL FINAL DE UNA OFENSIVA”). Ambos ejércitos están agotados, pero los republicanos necesitan contraatacar para intentar contrarrestar el golpe recibido antes de que su contrincante se recupere del duro desgaste. Para ello se trasladan a Madrid unidades de otros frentes, entre ellas la XII BI, que como indicábamos anteriormente se encontraba combatiendo en Guadalajara desde finales de diciembre, y la XIV BI, que llegará desde el sector de Lopera para estrenarse en el frente madrileño después de un largo y agotador viaje en tren, camiones y duras marchas a pie. J. Delperrie describe de la siguiente manera dicho viaje:

“La XIV BI, muy experimentada tras los combates de en el sector de Lopera, ha embarcado en Andújar con dirección a Madrid. Más allá de Tembleque la vía férrea está cortada por los nacionalistas. Los hombres se apean del tren y son transportados en camiones.

Tienen que rodear Madrid por el este y por el norte. El viaje es muy largo. De noche, los camiones ruedan con los faros apagados. El convoy se estira a lo largo de varios kilómetros. Unos camiones se averían, otros se pierden: volverán a encontrarse después de la batalla. Los voluntarios del 10º batallón se reparten algunas latas de conserva, los del 13º mastican las migas de pan y de tabaco que encuentran en sus bolsillos. Si los alimentos faltan, las granadas, de pronto, abundan. Antes de embarcar han recibido todo un cargamento (…) Por fin, el 9 por la tarde llegan a Galapagar. 

El general Walter reúne a los jefes de sus batallones: Putz, que manda el 13º; Boris Guimpel, que manda el 10º; el inglés George Nathan (el “hombre de la pipa”), que ha reemplazado al desgraciado Delassalle en el mando del 12º. Lo que Walter les anuncia no es como para alegrarse: el ataque está previsto para el día siguiente, no importa que los hombres estén cansados. Misión de la XIV: atacar el flanco de los nacionales, por el norte de Majadahonda. Otra brigada internacional (Walter no precisa cuál) debe encerrar a los franquistas en una tenaza, por el sur. Una tercera brigada, española, la de Galán, traída de Andalucía al mismo tiempo que la XIV Internacional, debe venir por el norte y desembocar en Las Rozas.” (“Les Brigades Internationales”, París, 1968, Jacques Delperrie de Bayac).

No me detendré en el desarrollo de la contraofensiva desencadenada por los republicanos en el sector de Las Rozas el 11 de enero de 1937, con un importante protagonismo de los internacionales, porque ya ha sido ampliamente tratada en diferentes artículos de este blog: “JORNADAS DE CONTRAOFENSIVA”, “CONTRAATAQUE EN LA NIEBLA”, “COMBATES EN EL SECTOR DE LAS ROZAS” o “ENTRE LA NIEBLA”. En este último artículo recogíamos fragmentos del libro del brigadista internacional Gustav Regler, titulado “The Great Crusade“, en el que, pocos años después de la guerra, plasmaba parte de sus recuerdos e impresiones sobre aquellos combates en los que el mismo había participado. Pero quiero ampliar la información contenida en aquellos artículos con algunas referencias más del libro de J. Delperrie, ya que contienen interesantes detalles y nombres propios que no encontramos en otras obras de referencia:

“A primera hora del 11 de enero empieza la operación. Es casi todavía de noche (…) El 12º Batallón (XIV BI) se pone marcha poco después de medianoche. Sigue la carretera de El escorial, franquea el puente sobre el Guadarrama, después deja la carretera y sigue campo a través, en dirección sudeste. En cabeza está la 1º Compañía, británica, ahora mandada por el comunista inglés Jack Cunningham, condenado a dos años de cárcel en 1920 por haber encabezado un motín en el Regimiento de los “Argyll and Sutherland Highlanders”, en Jamaica.

Los 10º y 13º Batallones, que parten un poco después, siguen igualmente la carretera hasta el puente. Boris Guimpel marcha en cabeza del 10º, lleva un mapa y una brújula. En esa niebla y con la oscuridad que tarda en despejarse, se guía por los campanarios de las iglesias que emergen en la llanura.

En el puente, Guimpel tiene la sorpresa de encontrarse con el doctor Henri Chrétien, un amigo suyo de París que ignoraba estuviese en España. El doctor Chrétien, médico del batallón italiano Garibaldi, tiene un coche (un Citröen coupé), un camión que sirve para transportar el material sanitario y tres ambulancias, dos de ellas recuperadas en Mirabueno. Por él se entera Guimpel de que la brigada que debe tomar Majadahonda por el sur es la XII, traída del sector de Guadalajara.

Son las nueve y la niebla sigue siempre tan densa. Intermitentemente se distinguen los carros que flanquean a las columnas. Dos o tres de ellos están en la carretera, los otros dispersos como apoyo de la infantería.

Hacía las diez, el 13º Batallón, en cabeza de la XIV BI que marcha por la carretera, se encuentra con un blocao. Cinco voluntarios franceses de la 1ª Compañía lo destruyen con granadas. El Batallón Guimpel ha dejado la carretera. Está en alguna parte de la niebla entre Las Rozas y Majadahonda. La artillería nacionalista comienza a tirar. De pronto, reflectores del 10º señalan que ante ellos hay un batallón. ¿Amigo o enemigo? Se entra en contacto: es el Dombrowski, lo que plantea un problema pues, piensa Guimpel, no debería de estar allí, sino, como estaba previsto, al sur de Majadahonda, para cerrar la famosa tenaza (…)

Los enlaces entre el 12º y el 13º y entre éstos y el 10º se han perdido momentáneamente. Los garibaldinos se encuentran en algún punto al oeste de Majadahonda (…) Allá abajo todo parece tranquilo, pero a la derecha, unas ametralladoras suenan: es el 13º que acaba de llegar al nordeste de Majadahonda (…)

Unos minutos más tarde, los cinco carros de combate aparecen entre las crestas, disparando, seguidos de dos compañías del 10º Batallón. Los nacionales responden disparando ametralladoras, pero esta vez son ellos quienes llevan la peor parte: los obuses aplastan los blocaos, los hacen añicos. Las dos compañías internacionales llegan a la línea defensiva, la superan, entran en Las Rozas. Ocupan las primeras casas, intentan avanzar. La niela se ha disipado un poco. Los carros se han marchado. Tras dos horas de lucha, el 10º Batallón tiene 8 muertos y unos 20 heridos. Por la noche, el comandante Guimpel reúne a su batallón en la línea defensiva conquistada. Los heridos son evacuados hacia Galapagar.

El batallón Dombrowski ha atacado a su vez Majadahonda, pero no por el sur, sino por el oeste-noroeste. Los polacos han armado las bayonetas. Se lanzan al ataque y son rechazados con grandes pérdidas. El 13º Batallón de la XIV está a 200 metros de allí. También él ha atacado y fue rechazado. Es Gabriel Hubert, sargento del 13º en Lopera, el que manda la compañía de ametralladoras. Está cuerpo a tierra tras una Colt, ocupado en desencasquillara; cerca de él, el cargador, Emile Lamouroux. Hubert que ha visto muchos carros al borde de la carretera, al comienzo de la operación, se pregunta qué se ha hecho de ellos: no se ve a ninguno.

Está sumido en estas reflexiones cuando Lamouroux le da un codazo. De la esquina del muro del cementerio de Majadahonda, a unos cien metros delante de ellos, acaban de surgir cuatro tanques: y no precisamente amigos. Avanzan hacia ellos, se detienen a menos de un par de metros. Hubert y Lamouroux no disparan, no dicen nada, no piensan nada sino, confusamente, que para ellos todo ha terminado. En cuanto los carros se pongan en marcha, sus cadenas los reducirán a papilla. Pero los carros no les han visto y, de pronto, dan media vuelta. Entonces toda la compañía se despierta, abre fuego con todas sus ametralladoras. Alcanzando por detrás por las balas perforantes, uno de los tanques se inmoviliza. Los otros intentan arrastrarle empujándolo. Las ametralladoras siguen disparando.

El franco-belga André Marty y los garibaldinos también están ante Majadahonda. De este ataque, unos y otros, conservarán el recuerdo con mucha confusión. Compañías, secciones caminan perdidos entre la niebla. El jefe del grupo Fernand Belino ha recogido un obús enemigo que no ha explotado. La propaganda republicana y los periódicos de las brigadas hacen mucho caso a los asuntos de este tipo. Se desmonta la cabeza y se encuentra un papel: “Valor camaradas. Este obús no explotará. Firmado: los obreros de tal fábrica en Italia o Alemania” (…) Se produjeron algunos sabotajes de este tipo en aquella época tanto en Italia como en Alemania. Son reprimidos con gran dureza, pero no todos los obuses explotan, aunque no hayan sido saboteados.

Al terminar, la tarde del 11 vuelve la niebla. El 12º Batallón, mandado por G. Nathan, ha perdido su compañía de ametralladoras. Su jefe, el kabila Oussidoum encuentra a los garibaldinos, que también han perdido la suya. Se une a ellos ante Majadahonda (…)

El 10º Batallón de la XIV ha pasado la noche entre los restos de los blocaos. Hay muchos heridos y algunos muertos. Los voluntarios le ofrecen agua. La mayoría rehúsa: temen que quieran envenenarlos. Los internacionales hacen entonces lo que suele hacerse en estos casos: beben antes, después los heridos enemigos (…)

Aprovechando que está despejado, ese 12 de enero, los jefes de las diferentes unidades se esfuerzan en reagrupar a sus tropas. La Compañía Oussidoum se reúne con el 13º Batallón. Los garibaldinos recuperan su compañía de ametralladoras. Guimpel reestablece contacto con el 12º y el 13º. El franco-belga André Marty ha recibido orden de situarse en reserva, cerca de la carretera de El Escorial. Sin embargo, los enlaces son insuficientes y la falta de coordinación se hace sentir cruelmente (…) Mejora el flanco derecho de los republicanos: la brigada de Nino Nanetti llega a Villanueva del Pardillo y la ocupa.

(…) El 14 de enero, la batalla prosigue, manteniendo de parte de los republicanos el mismo carácter deslavazado y esporádico que tiene desde el principio. El 15 y el 16, los nacionales lanzan pequeños contraataques. Nieva. El frente se estabiliza. Las Brigadas Internacionales son relevadas por unidades españolas (…)

La XI BI, casi destruida por completo, ha sido retirada del frente el 7 por la tarde. El 8 de enero, en el entierro de Antoni Kochanek y de los voluntarios alemanes en el cementerio de Fuencarral, los germánicos del Edgar André y del Thaelmann cantan Ich hate einen Kameraden. Vuelven a cantarlo el 12 de enero, en La Moraleja, como homenaje a todos los caídos, llegados de los cinco continentes, y que descansan para siempre en tierra española. Hablan Mario Nicoletti, comisario de la XI, después Richard Staimer, después Hans Kahle. La moral es baja. Unos días más tarde, la brigada parte para Murcia para ser rehecha.” (“Les Brigades Internationales”, París, 1968, Jacques Delperrie de Bayac).

Hasta aquí la actuación de las BBII en el frente madrileño desde noviembre de 1936 a enero de 1937. Tras los combates de la batalla de la carretera de La Coruña, los internacionales no tendrán mucho tiempo para recuperarse. La XI y XII BBII acudirán desde los primeros momentos a lo más duro de la batalla del Jarama (febrero de 1937). Poco después se unirían también la XIV y la XV. Luego llegaría Guadalajara, Huesca, ¡Brunete!... Más combates, más objetivos, más posiciones que defender o conquistar… más penurias, más sacrificios, más heridos y muertos. Así a lo largo de toda la guerra. Al menos hasta finales de 1938, en que las BBII son disueltas y sus integrantes extranjeros “invitados” a abandonar España. No todos lo harán: muchos no pueden volver a sus respectivos países (alemanes, italianos, portugueses, austriacos, rumanos… incluso gobiernos como el polaco o el búlgaro se niegan a aceptar a sus compatriotas, considerándolos apátridas); otros no quieren dejar España. 

Para entonces, estos internacionales son un incómodo problema para el gobierno republicano: militarmente no suponen ya un gran peso en las filas del Ejército Popular, su potencia combativa es muy escasa, hace mucho tiempo que en las BBII el número de combatientes de nacionalidad española es muy superior al de extranjeros (ya no acuden voluntarios a la guerra de España); diplomáticamente suponen un obstáculo en las aparatosas negociaciones, reuniones y comisiones que se vienen realizando entre gobiernos, con la Sociedad de Naciones y el Comité de No Intervención de por medio. Por último, está la posición de la URSS, impulsora en el verano de 1936 de las BBII a través de la Komintern, para la que la guerra de España ha perdido ya todo interés a finales de 1938.

La despedida oficial de los brigadistas tuvo lugar en Barcelona a finales de octubre de 1938: discursos, desfiles, ofrendas florales, recital de poemas, himnos y marchas militares. El 12 de noviembre sale para Francia el primer convoy de brigadistas. La retirada será lenta, larga e incompleta, tanto, que todavía se podrán encontrar internacionales entre los republicanos que a finales de marzo de 1939, con la caída definitiva de los frentes de guerra, van llegando al puerto de Alicante en busca de barcos. Después, la detención, el confinamiento, la deportación, la persecución… y, pocos meses después, la Segunda Guerra Mundial.

Hoy en día, en los lugares en los que estas unidades combatieron durante la batalla de la carretera de La Coruña (Las Rozas, Majadahonda, Pozuelo de Alarcón, Boadilla del Monte, Aravaca, Villanueva del Pardillo…) no existe la más mínima referencia a ellas. Solo en la Ciudad Universitaria se ha levantado recientemente un monumento en su recuerdo, no exento de críticas y polémicas. Mucha gente del noroeste madrileño ignora completamente que hace algo más de siete décadas, por las mismas calles por las que hoy pasean y en las mismas carreteras por las que hoy circulan, combatieron decenas de nacionalidades diferentes  bajo la bandera de la República española. Muchos de ellos quedaron para siempre aquí, enterrados en improvisadas tumbas en los mismos lugares en los que cayeron. Otros recibieron sepultura en el cementerio de Fuencarral, pero tras la guerra esas tumbas fueron destruidas y los restos que contenían arrojados a fosas comunes.

La historia de las BBII está rodeada de tragedia y epopeya, de añoranzas y nostalgias, de idealismos y miserias, de amarguras y alegrías… Una historia con una fuerte carga emocional que aún despierta sentimientos de todo tipo. Una historia que, cuando menos, hay que conocer.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ 

Fotografía de las BBII realizada por Capa

miércoles, 5 de junio de 2013

128) RUTAS DE LA ASOCIACIÓN HISTÓRICO-CULTURAL CIERZO




Desde inicios del mes de mayo, la Asociación Histórico-Cultural Cierzo, entre otras actividades, viene realizando una serie de rutas guiadas por los restos de la GCE existentes en el noroeste madrileño. Hasta la fecha, esta asociación tiene proyectadas rutas por la Dehesa de Navalcarbón, Arroyo de la Retorna, La Marazuela, Vértice Cumbre y Posición Rubio. Además, está preparando otras rutas similares por el Arroyo de la Puentecilla, Las Ceudas y Los Peñascales.


Esta primera tanda de rutas están concentradas en el término municipal de Las Rozas de Madrid, un lugar privilegiado para el estudio de la arquitectura militar y los frentes estables durante la GCE, pero muy pronto abarcará también otros términos municipales, como Majadahonda, Villanueva del Pardillo, Brunete, Valdemorillo, etc.


Puede ser una buena ocasión para que las las personas interesadas se acerquen a esta parte de nuestra historia reciente de una manera sencilla y amena, conociendo los numerosos vestigios del pasado que aún se conservan, así como los diferentes entornos y paisajes en los que estos restos se encuentran integrados, todo ello, de la mano de especialistas en la materia.

Por medio de su oferta de rutas e itinerarios guiados, la Asociación Cierzo quiere dar a conocer el rico patrimonio histórico-cultural que nos rodea, fomentando su cuidado y puesta en valor, a la vez que se posibilita una adecuada interpretación del mismo, todo ello, desde un planteamiento científico, objetivo y neutral. Por ello, además de rutas por las zonas en las que existen restos de la GCE, Cierzo realiza otras muchas actividades centradas en otros periodos y episodios históricos.

Las personas interesados en conocer más sobre esta asociación y las actividades que realiza, pueden consultar su web en:

Fotografías correspondientes a la ruta que el sábado 25 de mayo de 2013 realizo la Asociación Histórico-Cultural Cierzo por la Dehesa de Navalcarbón, en Las Rozas de Madrid (Fotografías cedidas por Cierzo).

jueves, 25 de abril de 2013

127) INVENTARIO DE RESTOS DEL FRENTE DE LAS ROZAS




En el mes de julio de 2012 fue finalizado el inventario de restos de la Guerra Civil Española 1936-1939 existentes en el municipio de Las Rozas de Madrid. Este inventario ha sido realizado por el investigador e historiador Javier M. Calvo Martínez y respaldado por la asociación GEFREMA (Grupo de Estudios del Frente de Madrid). En él, se han catalogado todos los restos y vestigios relacionados con la GCE que aún se conservan en este municipio de la Comunidad Autónoma de Madrid (fortines, trincheras, refugios, observatorios, pistas militares, etc.).

Para la realización de este trabajo, se ha llevado a cabo un exhaustivo trabajo de campo, dividiendo el municipio de Las Rozas de Madrid en tres zonas de estudio, respondiendo éstas, tanto a cuestiones geográficas como historiográficas. Cada una de esas zonas ha sido reconocida a pie en múltiples ocasiones para la toma de todos los datos que se han considerado de interés, inventariando los diferentes restos existentes en cada lugar, incluyendo cartografía, determinación de coordenadas por GPS, fotografías, medición y características de los mismos, estado de conservación, riesgos que sufren las construcciones, etc. Todos los datos obtenidos por medio del trabajo de campo han sido cotejados y puestos en relación con la información procedente del estudio de diferentes fuentes primarias y secundarias, lo que ha posibilitado la correcta interpretación de los mismos: tipo y función de los restos localizados, fecha de construcción, unidades que los defendieron, etc. 

Los contenidos de este catálogo se estructuran de la siguiente manera:

Una primera parte dedicada al contexto histórico en el que se construyeron las fortificaciones existentes en Las Rozas de Madrid, prestando atención a como era el pueblo en el momento de estallar la guerra, como afectaron las diferentes operaciones militares al municipio (batallas de la Carretera de La Coruña, de Brunete…) y que características tuvo el frente estabilizado que se desarrolló en el término municipal tras esas grandes operaciones militares.

En la segunda parte, se recoge la catalogación de los restos existentes en cada una de las tres zonas en las que se ha dividido el municipio para la realización de este trabajo. Cada una de estas zonas cuenta con textos explicativos, mapas de ubicación, apartado de fichas y una sección de fotografías. Los diferentes restos catalogados cuentan con una ficha individualizada en la que, entre otras cuestiones, se incluye la siguiente información: fotografía, descripción, nombre del lugar y coordenadas en las que se ubica el resto, medidas y materiales empleados en su construcción, estado de conservación…

En conjunto, el catálogo consta de 218 páginas, 159 fotografías, 13 mapas, 12 transparencias, 69 fichas, glosario de términos, siglas y abreviaturas empleadas, archivos consultados y amplia bibliografía.

Este catálogo ha tenido una primera presentación oficial el 22 de noviembre de 2012, dentro de un ciclo de conferencias que la asociación GEFREMA celebró en la Escuela Superior de Hostelería y Turismo de Madrid, para conmemorar su 10º aniversario, y deseamos que, muy pronto, pueda tener su correspondiente presentación en el municipio de Las Rozas de Madrid. También se han abierto los trámites para hacer entrega del mismo en la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad Autónoma de Madrid. 

Esperamos que con este trabajo, lejos de apasionamientos políticos o ideológicos, podamos contribuir al conocimiento sosegado y científico de esta parte de nuestra historia reciente, así como al estudio, preservación y puesta en valor del interesante patrimonio arqueológico relacionado con la GCE que aún existe en nuestra comunidad autónoma.

jueves, 4 de abril de 2013

126) UNA TENUE PRESENCIA






Una guerra, entre otras cosas, supone una enorme máquina de destrucción. Destrucción de vidas, de proyectos, de relaciones, de ideas… Destrucción de edificios, infraestructuras, entornos, paisajes…

Durante cerca de tres años, España fue asolada por una terrible  guerra civil, una guerra que supuso una enorme fractura social, política, económica, humana…

Entre julio de 1936 y marzo de 1939, los pueblos del noroeste y oeste madrileño, al igual que tantos otros pueblos del resto del país, se vieron atrozmente asolados por el conflicto armado. La vida cotidiana quedó interrumpida y, mientras sus vecinos eran evacuados a otros lugares alejados del frente, las calles y edificios de estos pueblos se convertían en escenario de duros combates. Las grandes operaciones militares fueron seguidas de una estabilización del frente que dio lugar a una guerra de posiciones en la que no faltarían los bombardeos de la aviación y la artillería, los golpes de mano, las pequeñas acciones de combate y el destructivo efecto de la guerra de minas.

Cuando el 1 de abril de 1939 finalizó oficialmente la contienda, los pueblos del noroeste y el oeste madrileño ofrecían un aspecto desolador. Los edificios que no habían sido totalmente destruidos, presentaban graves daños en sus estructuras. Los primeros vecinos en regresar (muchos nunca regresarían) se encontraron con sus viviendas convertidas en montones de escombros inhabitables. Los pisos de casas y patios habían sido levantados para excavar trincheras y refugios subterráneos; los tabiques de las habitaciones se habían tirado abajo para posibilitar el tránsito de una casa a otra sin necesidad de salir al exterior; los tejados se habían venido abajo y todos los elementos de madera, como vigas, puertas, marcos de ventanas, etc., habían desaparecido, al haber sido utilizados por la tropa para encender fuegos con los que cocinar y calentarse en los duros inviernos de guerra; las calles  estaban llenas de embudos causados por las bombas, de escombros y cascotes, de tapias y muros de adobe desechos; los campos asolados y surcados de trincheras, las iglesias en ruinas, con sus torres desquebrajadas y amenazando venirse abajo…

Los trabajos de desescombro y reconstrucción llevarían años, unas obras desarrolladas en su mayor parte por la Dirección General de Regiones Devastadas, organismo creado por el Ministerio de la Gobernación del nuevo Estado franquista para la reconstrucción de los pueblos que habían sido destruidos durante la guerra.

Se tardarían muchas décadas en borrar las huellas que la guerra había dejado. La posguerra fue larga y difícil. Luego, poco a poco, llegaría la modernidad, el abandono del mundo rural que durante siglos había caracterizado la vida de estos pueblos, el asfaltado de las calles, las infraestructuras, la expansión demográfica, la especulación, la recalificación de terrenos, las urbanizaciones, los centros comerciales y de ocio…

Hoy en día, el aspecto que presentan los pueblos del noroeste y el oeste madrileño, poco tiene que ver con el que ofrecían en los años previos a la Guerra Civil Española y, mucho menos, con el que mostraban recién terminado el conflicto. Hay que realizar un gran ejercicio de imaginación e interpretación para, al pasear por las calles de estos municipios, hacerse una idea de la fantasmagórica imagen que llegaron a tener. Son muy pocos los edificios que aún se conservan de aquellos días y, todos ellos, han experimentado profundas modificaciones, reformas y cambios. Sin embargo, en ocasiones, alguien que observe y mire con atención, alguien que conozca el pasado bélico del que estos edificios fueron testigos, alguien que haya aprendido a descubrir y descodificar las huellas y señales con las que la pátina de la Historia ha impregnado los diferentes lugares, podrá descubrir cosas curiosas, evocadoras, delatoras de aquel Pasado.

Las fotografías que encabezan esta entrada corresponden a detalles de viejos muros y tapiales del noroeste y el oeste madrileño que fueron levantados antes de la Guerra Civil Española. Como puede apreciarse en las imágenes, aún hoy en día es posible encontrar balas disparadas por fusiles o ametralladoras incrustadas en estas construcciones. En las dos primeras fotografías pueden apreciarse dos proyectiles de Máuser 7 mm, la tercera imagen corresponde a un proyectil de Mosin Nagant 7,62 mm.

Más de siete décadas después, a través de  pequeños vestigios y de huellas como estas, la Guerra Civil Española sigue teniendo una tenue presencia en los municipios del noroeste y oeste madrileño.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ
Fotografías: Viejos muros del noroeste y oeste madrileño (J. M. Clavo, 2013)

miércoles, 13 de marzo de 2013

125) UNA CUESTIÓN MUY PREOCUPANTE







Las fotografías que encabezan esta entrada están realizadas en una de las posiciones más emblemáticas del frente de Las Rozas, el vértice Cumbre, posición de la que hemos hablado en diferentes apartados de este blog.
En estas fotografías puede apreciarse perfectamente el panorama que ha dejado tras de sí la visita de alguien con un detector de metales. El destrozo realizado es mucho mayor que el que se muestra en las imágenes, habiendo quedado el entorno repleto de hoyos y agujeros de diferentes tamaños y profundidades.
El vértice Cumbre es una de las poquísimas posiciones de la GCE que se encuentran incluidas en la Carta Arqueológica de la Dirección General de Patrimonio de la CAM, es decir, que cuenta con un alto grado de protección, pero esta circunstancia no parece haber importado lo más mínimo al protagonista de esta incursión, cuyos agujeros, en algunos casos, han supuesto una agresión a las propias estructuras de las fortificaciones, contribuyendo así, a su deterioro y degradación.
Lo ocurrido en el vértice Cumbre no es una excepción, sino un ejemplo más de las múltiples agresiones que, cada vez con más frecuencia, sufren los yacimientos de la GCE, no solo en la Comunidad Autónoma de Madrid, sino en el conjunto del territorio nacional.
En ocasiones, en los diferentes paseos o visitas que uno realiza a lugares relacionados con la GCE, debido al efecto de las lluvias, los trabajos agrícolas, las obras, etc., uno se puede topar, puntualmente, con ciertos objetos que aparecen en superficie. Entiendo que recoger estos objetos, limpiarlos y catalogarlos, no es perjudicial para el patrimonio histórico y arqueológico, porque sin alterar ningún entorno, se recuperan cosas que, de otra manera, posiblemente se perderían para siempre. Pero otra cosa muy diferente es acudir a un yacimiento provisto de detector de metales y herramientas para excavar y, sin ningún escrúpulo, alterar el contexto del yacimiento, destruyendo su registro arqueológico, con el único objetivo de arrancarle los objetos que pueda ocultar bajo tierra, eliminado así, la información que el estudio científico de ese yacimiento pudiera proporcionar.
El uso y abuso de detectores de metales está llegando a unos niveles muy preocupantes en nuestro país. En los últimos tiempos, está practica ha experimentado un auge impresionante. Respecto a los entornos y yacimientos de la GCE, la situación resulta más que preocupante, siendo estos lugares visitados, de manera reiterada y sin el más mínimo control ni sentido de la medida, por cientos de detectoristas de una manera cotidiana y en imparable aumento.
En un país como España, que ni por parte de las instituciones, ni por parte de la generalidad de la sociedad, se ha caracterizado nunca por mostrar una especial sensibilidad hacia la protección y puesta en valor de su patrimonio histórico y arqueológico, este fenómeno del uso descontrolado de detectores de metales quizás no llame la atención, o no se le dé demasiada importancia, pero a mí, personalmente, es un tema que siempre me ha preocupado y cada vez me preocupa más.
En los últimos años, y en diferentes ocasiones, he intentado plantear el debate, bien en foros, conferencias, rutas, escritos, blogs, páginas webs, o conversaciones personales y, una de las cosas que más me llama la atención, es lo poco que, en general, esta cuestión parece preocupar a la gente. Incluso, en espacios y ambientes que supuestamente deberían de tener una especial sensibilidad sobre el tema, me he encontrado con  que muchas veces se justifica el uso de detectores, o se tienden a minimizar las consecuencias negativas que su uso descontrolado pueda tener.
Yo no me creo en posesión de la verdad absoluta, y comprendo que, en ciertos aspectos, el debate pueda resultar más complejo de lo que a priori pudiera parecer. Tampoco pretendo demonizar, ni estigmatizar al conjunto de detectoristas, pero, una vez más, me parece necesario reflexionar sobre esta cuestión, y quiero aprovechar el espacio de este blog para, recopilando las opiniones propias que sobre el uso de detectores de metales he realizado en diferentes espacios, volver a plantear la cuestión, presentando una serie de opiniones y reflexiones con las que contribuir a un debate que considero de gran importancia.
En general, la mayor parte de los restos relacionados con la GCE carecen de una protección específica, y esto se debe, entre otras cosas, a varios factores íntimamente relacionados entre sí:
Por una parte, el escaso tiempo transcurrido desde el final de la contienda (al menos, desde una perspectiva historiográfica y arqueológica), tiene como primera consecuencia que la mayor parte de los restos relacionados con ésta, apenas hayan sido valorados como parte del patrimonio histórico, lo que ha provocado que durante décadas, las agresiones, destrucciones y demás acciones negativas, se hayan desarrollado sin el menor escrúpulo ni preocupación, habiendo primado casi siempre otros intereses particulares y económicos (chatarreo, trabajos agrícolas, urbanismo, infraestructuras, coleccionismo…). Es decir, no se ha generado y consolidado una adecuada sensibilidad por parte del conjunto de la sociedad, y de las diferentes administraciones competentes, hacia unos restos que se han visto como meras ruinas y chatarras sin apenas importancia.
A la vez, el escaso tiempo transcurrido desde el final del conflicto, está detrás del poco interés que en general han mostrado los arqueólogos y profesionales por los vestigios de la GCE. Esto se debe, fundamentalmente, a que la arqueología, como ciencia de investigación aplicada a la etapa contemporánea, necesita de un mínimo proceso cronológico  hasta que se define y consolida como disciplina especializada. O lo que es lo mismo, necesita coger un mínimo de perspectiva temporal sobre el sujeto de estudio.
Todo lo expuesto, ha provocado que hasta la fecha, y salvo excepciones muy contadas, exista una especie de vacío legal en lo que se refiere a la protección de los restos de la GCE.
Es decir, por una parte, estos restos no siempre resultan fáciles de poder ser incluidos en el mismo tipo de protección con el que cuentan los restos de periodos más antiguos, pues carecen de una categoría similar; por otra parte, el hecho de que todos los restos de la GCE no cuenten en conjunto o en bloque, con su propia protección específica, provoca que las diferentes leyes de protección vigentes que podrían ser aplicadas a estos restos, queden en el aire, dependiendo de la interpretación que se quiera hacer de las mismas. A todo esto, hay que sumar los muchos prejuicios, tabúes y miedos que todavía parecen existir para afrontar los temas vinculados con la GCE, lo que complica y enrarece aún más las cosas.
En resumen, que tanto desde el punto de vista de la historiografía, como de la arqueología, como de la sensibilización de la sociedad, como de la labor de las administraciones, como de la elaboración de leyes de protección… está casi todo por hacer.
La cotidiana destrucción o alteración que sufren los diferentes vestigios de la GCE (destrucción de fortines por trabajos de urbanizaciones o infraestructuras, rehabilitaciones en edificios que no respetan huellas de impactos, desaparición de atrincheramientos por labores agrícolas, mercado más o menos legal de restos materiales, etc.), o mismamente, el tipo de debate que se genera en torno al uso de detectores de metales en los yacimientos de la GCE, constituye un buen ejemplo de la poca consideración que todavía tienen estos restos, un debate que estoy seguro que estaría totalmente claro si estuviéramos hablando de restos pertenecientes a otros periodos históricos (Edad Media, Antigua, Prehistoria…).
Muchas de las personas que hacen uso de detectores de metales en los yacimientos de la GCE, aseguran que dependiendo de dónde, cómo y para qué se utilicen estos aparatos, no puede considerarse una práctica ilegal, ya que no estarían quebrantando ninguna ley de protección del patrimonio. Suponiendo que tengan razón, algo que no tengo del todo claro, me parece que, en cualquier caso, esta es una argumentación delicada.
Para empezar, no creo que a muchas de las personas que utilizan detectores de metales les importe demasiado esta cuestión, al menos, mientras las administraciones competentes, quizás por falta de medios, por desconocimiento o por absoluta indiferencia, sigan mostrando una amplia permisividad hacia este tema. Un ejemplo muy ilustrativo es lo acontecido en el vértice Cumbre (con el que iniciábamos esta entrada), un yacimiento de la GCE con la máxima protección legal que ha sido expoliado sin el menor escrúpulo. Pero, sobre todo, porque pienso que el debate debería de ir más allá de los aspectos estrictamente legales.
Creo que ha quedado bastante claro que la legislación, en lo que a protección del patrimonio relacionado con la GCE se refiere, está en pañales, quedando casi todo por hacer. Ya hemos visto también, como la mayor parte de los restos de la GCE carecen de una protección específica y, por tanto, para poder preservarlos de alguna manera, hay que intentar incluirlos en fórmulas legales en las que no siempre encajan bien, ya que, por el poco tiempo transcurrido desde el final de la guerra, así como por la escasa sensibilización social e institucional, no son todavía considerados con la misma categoría que los restos pertenecientes a otros periodos históricos.
Este vacío legal, que permite una amplia interpretación de las leyes vigentes, es lo que sigue permitiendo la destrucción de numerosos restos de la GCE. De esta manera, sin quebrantar ninguna ley, se siguen destruyendo fortines, trincheras, huellas de impactos, etc. Pero yo creo que el hecho de que algo no sea estrictamente ilegal, no lo justifica automáticamente. Más allá de que las leyes puedan dotar un día a estos restos de algún tipo de protección específica, algo que supone un proceso largo y laborioso, debería de existir ya una mayor sensibilidad al respecto, y no escudarse en supuestas legalidades o ilegalidades para justificar cierto tipo de actuaciones que, cuando menos, resultan más que cuestionables.
Este tipo de justificaciones sobre el uso de detectores de metales no me sorprenden cuando vienen de personas cuyo máximo y, muchas veces, único interés es mercadear con los restos materiales del pasado, o acrecentar sus colecciones particulares, pero me descolocan mucho cuando vienen de personas que dicen tener (y muchas veces me consta que es así) un especial interés por la protección y puesta en valor de ese mismo patrimonio histórico y arqueológico. Me parece contradictorio reivindicar el estudio, cuidado y puesta en valor de restos de la GCE, tales como fortines, trincheras, refugios, etc. con el fin de que las administraciones les doten de una protección específica y, al mismo tiempo, hacer uso de detectores en los mismos lugares en los que éstos se encuentran. Si en algún momento se consigue que los restos de fortificaciones sean considerados como patrimonio histórico de pleno derecho, una de las primeras consecuencias va a ser que no se puedan usar detectores en el entorno que éstos ocupan. Es decir, que lo que en ocasiones reivindicamos, entra en contradicción con lo que hacemos.
Como señalaba más arriba, comprendo que no es un tema sencillo, y que se podrían sacar muchos matices y plantear muchas dudas al respecto, pero me chirría que se esgrima la supuesta legalidad o ilegalidad de la cuestión. Me parece un tanto esquizofrénico reivindicar que se cambie la legislación para dotar a los restos de fortificaciones de algún tipo de protección, y, al mismo tiempo, aprovecharse de la legislación actual para justificar ciertas prácticas. No lo entiendo.
Yo no digo que haya que dejarlo todo en manos exclusivamente de profesionales. Respecto al estudio de la GCE y su patrimonio, es evidente que muchas de las mejores iniciativas, proyectos y estudios que han surgido al respecto en los últimos años, han partido de personas y asociaciones no profesionales, pero que han mostrado, y muestran, un compromiso, una seriedad y una forma de trabajar muy respetables. Siempre he creído que el conocimiento y acercamiento al Pasado y a la Historia, es un derecho de toda la sociedad, pero también creo que ciertas actuaciones, como es el caso de todas aquellas que supongan una alteración de los yacimientos arqueológicos, deberían de ser competencia exclusivamente de  técnicos y especialistas profesionales, absteniéndonos el resto de ponerlas en práctica. Otra cosa es que como personas interesadas en el tema y, en algunos casos, expertas en la materia, podamos colaborar, a título personal o como asociaciones en proyectos concretos. De hecho, creo que el modelo que mejores resultados podría dar es precisamente ese, el de la colaboración (detectores de metales incluidos) entre profesionales, técnicos, especialistas, investigadores, aficionados, etc.
Tampoco pierdo la perspectiva de que, al día de hoy, la mayor parte de las destrucciones de restos de la GCE, vienen dadas por actuaciones realizadas desde las diferentes administraciones (urbanismo, infraestructuras…). Por eso, es a ellas hacia las que hay que dirigir los mayores esfuerzos, por una parte, para que tengan en cuenta estos vestigios históricos a la hora de diseñar y llevar a la práctica sus diferentes proyectos, y por otra, para que doten a estos restos de la protección de la que la mayoría de ellos carecen todavía.
Para que las administraciones e instituciones competentes tomen cartas en el asunto, y para sensibilizar cada vez a mayor número de personas sobre el valor histórico, cultural y patrimonial que tienen los restos de la GCE, es muy importante la labor de investigación, catalogación, protección y puesta en valor de los mismos, que realizan desde hace años diferentes asociaciones y particulares. Lo triste es que la misma información obtenida a través de ese esfuerzo y trabajo de investigación, la mayor parte de las veces desarrollado de una manera altruista y desinteresada, sea aprovechada negativamente  por otras personas.
Con todo lo aquí expuesto, no quisiera caer en el fácil y estéril debate maniqueo de buenos o malos. Comprendo que es un tema complejo, conflictivo, con muchos flecos y contradicciones, y en el que hay todavía mucho camino que recorrer. Pero creo que va siendo necesario adoptar posturas más firmes al respecto, para así, ir contribuyendo poco a poco al necesario debate sobre este tema, el cual, lo considero más serio e importante de lo que a priori pueda parecer. Una postura personal que, por otra parte, está constantemente abierta al intercambio, la rectificación y el enriquecimiento con otros puntos de vista y enfoques.
Lo que no puede consentirse es que se sigan produciendo episodios como los acontecidos en el vértice Cumbre de Las Rozas, y en tantos otros lugares vinculados a la GCE.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografías: Efectos de la utilización del detector de metales en el vértice Cumbre (JMCM, 2012).