martes, 20 de febrero de 2018

160) Guerra química


GUERRA QUÍMICA


Los agresivos químicos fueron utilizados por primera vez durante la Gran Guerra (1914-1918). En abril de 1915, el ejército alemán empleó cloro gasificado contra sus enemigos en el frente de Ypres, al noroeste de Bélgica. Una nube de gas amarillo-verdosa alcanzó las trincheras aliadas. Cientos de soldados murieron asfixiados, y el resto huyeron aterrorizados, sofocados, cegados y sin parar de vomitar.

Desde aquel momento, los agresivos químicos, en sus diversas variantes (asfixiantes, tóxicos, lacrimógenos, vomitivos o vesicantes), mostraron sus terroríficos efectos como arma de guerra, lo que llevaría a que en 1925 se firmase el Protocolo de Ginebra, que prohibía el uso de armas químicas y bacteriológicas. Un acuerdo con ciertas lagunas que daba pie a diferentes interpretaciones, y que sería incumplido de manera reiterada por varios de los países firmantes.

España comenzó a producir agresivos químicos durante la década de los años 20 en las fábricas de La Marañosa (actual término municipal de San Martín de la Vega) y de Melilla. Este armamento fue empleado por el ejército español durante la guerra de Marruecos. La campaña de bombardeos con gases tóxicos en la lucha contra las tribus rifeñas se planificó a partir del Desastre de Anual (agosto de 1921), y se prolongó hasta 1927, siendo el periodo de mayor intensidad el comprendido entre los años 1924 y 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera.

Durante la Guerra Civil se producen algunos episodios puntuales en los que parece estar probada la utilización de agresivos químicos, pero siempre de manera esporádica, muy limitada y podría decirse que anecdótica. No obstante, el temor a que se emplease este tipo de armamento de manera generalizada fue constante a lo largo de toda la contienda, lo que provocó que ambos ejércitos compraran y fabricaran importantes cantidades de agentes agresivos y creasen sus respectivos servicios especializados en defensa contra gases tóxicos.

También se importaron y fabricaron decenas de miles de máscaras antigás, que se distribuyeron de manera masiva entre las fuerzas de choque y las unidades que cubrían la línea de frente. Un ejemplo de todo ello lo constituye el dato recogido por L. M. Franco y J. M. Manrique en su libro “Armas y Uniformes de la GCE” (Susaeta Ediciones, p. 205) respecto a que, en diciembre de 1937, el Ejército del Centro republicano contaba ya con 116.073 máscaras antigás, y seguía reclamando más unidades para poder dotar de las mismas a todas sus brigadas.

Filtro de máscara antigás recuperado en la Dehesa de Navalcarbón.

Por todo ello, no es extraño que en una de las estructuras excavadas arqueológicamente en la Dehesa de Navalcarbón, y que tenemos documentada como Puesto de Mando, apareciese parte del filtro de una máscara antigás. Debido al estado de conservación en el que se encuentra la pieza recuperada, y a la gran variedad de máscaras que se emplearon en España durante la contienda, algunas de ellas de aspecto muy similar, no resulta sencillo identificar a qué modelo concreto corresponde. Sabemos que en la etapa final de la guerra el Ejército Popular de la República adoptó como reglamentaria la máscara FATRA, de fabricación checa, pero aunque bien podría corresponder a una de este tipo, lo cierto es que no podemos asegurarlo.

Filtro de máscara antigás recuperado en Navalcarbón (anverso)

Filtro de máscara antigás recuperado en Navalcarbón (reverso)

Lo que sí es seguro, y este hallazgo lo confirma, es que el fantasma de la guerra química recorrió las trincheras y parapetos de la Guerra Civil Española, y las posiciones de Las Rozas no fueron una excepción.

Fotografía del encabezado: Soldados republicanos aprendiendo a colocarse la máscara antigás. Frente de Madrid. (PARES. Archivo Rojo).


(Excavación de fortines en la Dehesa de Navalcarbón, Las Rozas de Madrid, noviembre de 2017. Plan Regional de Fortificaciones de la Guerra Civil de la Comunidad de Madrid).


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