sábado, 28 de agosto de 2010

91) ARROYO DE LA RETORNA







De todos los municipios del noroeste madrileño, Las Rozas es el que, sin ninguna duda, conserva más restos y vestigios de arquitectura militar. A pesar del tiempo transcurrido y de las múltiples agresiones que este patrimonio recibe cada año, son todavía muchos los ejemplos que pueden encontrarse.

A principios de enero de 1937, Las Rozas fue escenario de duros combates. Terminada la batalla de la carretera de La Coruña, el pueblo quedó en poder de las tropas de Franco, convirtiéndose en primerísima línea de un frente que poco a poco se iría llenando de trincheras, casas fortificadas, nidos de ametralladoras, refugios y todos los elementos característicos de una guerra de posiciones.

Aunque aun se conservan interesantes vestigios, la mayor parte de las fortificaciones franquistas han desaparecido bajo la imparable expansión urbanística que vive el noroeste de Madrid desde hace ya varias décadas. Sin embargo, los restos de posiciones republicanas que aun pueden ser visitados en el término municipal de Las Rozas son numerosos y muy interesantes.

Uno de los conjuntos más importantes lo constituyen los restos de lo que fue la Línea de Detención republicana en el sector. Ya hemos hablado en diferentes momentos de esta Segunda Línea, y remitimos a los lectores y lectoras de este blog a la entrada dedicada a la Dehesa de Navalcarbón, donde nos extendíamos un poco en su análisis e interpretación. En aquella entrada, nos centrábamos principalmente en los vestigios que se conservan en ese, cada vez más agredido, entorno natural. Señalábamos también, que esas fortificaciones, debían de ponerse en relación con las todavía existentes (o ya desaparecidas) en otros puntos, tales como Las Ceudas, Fuente del Cura, Nava los Santos, El Cantizal…

En esta entrada, nos detendremos un poco en los restos que aun pueden contemplarse en Fuente del Cura y en el Arroyo de la Retorna. Las fortificaciones que aquí existen, son similares a las existentes en la Dehesa de Navalcarbón: nidos para arma automática construidos en mampostería, con cubierta abovedada (en su mayoría destruidas), planta cuadrada y frontal semicircular en el que se abren entre una y tres troneras. El tamaño de estas construcciones varía en función de que fueran empleadas para ametralladora o fusil ametrallador.

También aquí encontramos ejemplos de los nidos de ametralladoras de forma circular y construidos en hormigón, cuya planta, al contar con un tacón trasero por el que se accede al interior de la fortificación, recuerda al ojo de una cerradura. Estas construcciones, en total cuatro (dos en la Dehesa de Navalcarbón, una en Nava los Santos y otra más en Fuente del Cura, aunque éste último muy destruido), son auténticas joyas de arquitectura militar. Como sucede con todos los restos de la guerra civil existentes en Las Rozas, estos nidos se encuentran totalmente desamparados, y solo la solidez con que fueron levantados permite que aun se conserven. Desde “Proyecto Frente de Batalla” se intenta mantenerlos lo más decentes posible, recogiendo periódicamente las basuras y desperdicios que van acumulándose en su interior y alrededores.

Como ya he señalado otras veces, el Alto Mando Republicano dispuso que, en la medida de lo posible, y siempre que el terreno lo permitiera, debía de construirse una segunda línea de resistencia (Línea de Detención) a unos dos kilómetros de la Primera Línea de Fuego. Esta Segunda Línea, cuya ubicación debía ser cuidadosamente estudiada por cada jefe de sector, tenía que ser fuertemente fortificada con todos los elementos necesarios para su defensa, ya que, en caso de producirse una ruptura en la Primera Línea (algo bastante probable si el enemigo desarrollaba una ofensiva de envergadura), la Línea de Detención debía de suponer una barrera infranqueable para los atacantes.

No era necesario que esta línea permaneciera permanentemente ocupada por la tropa. Exceptuando ciertos puntos de la misma, en los que se situaban pequeñas unidades, el resto solía permanecer vacía, eso sí, con todos sus elementos (trincheras, refugios, puestos para armas automáticas, polvorines, observatorios, etc.) en perfecto estado de conservación, para hacer uso de ellos en caso de necesidad y poder ser ocupados en un tiempo máximo de quince minutos.

Lo relativamente alejada que esta línea se encontraba de las posiciones enemigas, facilitaba los trabajos de fortificación, lo que permitía desarrollar un sistema defensivo más fuerte y completo. Como es lógico, uno de los elementos que se tenían muy en cuenta a la hora de establecer esta Segunda Línea, era el terreno. Siempre que era posible, se intentaban aprovechar los accidentes naturales (ríos, arroyos, barrancos…) que, en caso de ataque enemigo, suponían un obstáculo para la Infantería, pero sobretodo, imposibilitaban el avance de los carros y de otros vehículos blindados.

El Arroyo de La Retorna cumplía a la perfección esta función. Buena parte de sus casi cinco kilómetros de recorrido (que discurren desde su nacimiento, en los Altos de la Carrascosa, hasta su desembocadura, en el Río Guadarrama), corrían en paralelo a la carretera de El Escorial, convirtiéndose así, en una especie de foso natural que complementaba eficazmente las defensas republicanas de la zona. Con los barrancos y pronunciados desniveles existentes en Fuente del Cura, ocurría algo similar. Incluso, aunque a priori no lo parezca, la propia carretera de El Escorial podía convertirse en un serio problema para las tropas atacantes, ya que, lograr atravesar una explanada despejada, sin lugares en los que protegerse y perfectamente enfilada desde lejos por un plan de fuegos bien establecido, se volvía algo realmente complicado y temerario.

Los republicanos sabrían sacar provecho de las características de este terreno, complementándolo con numerosos trabajos de fortificación que permitieron crear un sólido sistema defensivo. En realidad, esta Segunda Línea republicana quedaría sin terminar, como demuestran los últimos informes de fortificación del II Cuerpo de Ejército, en los que puede comprobarse que, apenas unos días antes del final de la guerra, las compañías de zapadores seguían trabajando intensamente en este sector. Con todo, fueron muchos los kilómetros de fortificación que se construyeron, cuyos restos, en parte, aun pueden apreciarse en diferentes puntos de Las Rozas.

Hasta la fecha, en la zona del Arroyo de la Retorna (Fuente del Cura, Nava los Santos...), he podido catalogar los restos de once fortificaciones, que van de un estado de conservación relativamente bueno, a la ruina más absoluta.

Si sumamos estos restos a los existentes en la Dehesa de Navalcarbón y a los que hay en algún otro punto de Las Rozas, nos encontramos con un impresionante conjunto arqueológico y un buen fragmento, relativamente completo y bien conservado, de lo que fue la Línea de Detención, o Segunda Línea, que el II Cuerpo del Ejército Republicano construyó en el sector. Completando estas construcciones, se conservan también numerosos atrincheramientos y otras huellas bélicas, quizás menos llamativas y sugerentes que los fortines, pero igual de interesantes e importantes para conocer y poder interpretar los sistemas defensivos de Las Rozas.

Una permanente amenaza planea sobre muchos de estos restos que, año a año, van sufriendo diversas “dentelladas” urbanísticas. Sería una pena que un patrimonio que, a pesar de las décadas transcurridas desde su construcción, se ha mantenido tan completo, termine perdiéndose bajo nuevas carreteras, urbanizaciones o centros comerciales.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1: Nido de ametralladora construido en hormigón en Nava los Santos (JMCM)
Fotografías 2, 3 y 4: Algunas de las fortificaciones que aun existen en Fuente del Cura (JMCM)

martes, 3 de agosto de 2010

90) SANGRE INTERNACIONAL




Una de las primeras milicias internacionales incorporadas al bando republicano, primero en la XII Brigada Internacional y poco después en la XI B. I, fue la que llevaba el nombre del comunista alemán Ernst Thäelmann, detenido por la policía política de Hitler en 1933, y que años después, en 1944, sería fusilado por los nazis.

En las últimas fases de la Batalla de la carretera de La Coruña (enero de 1937), el Batallón Thaelman contaba ya con una demostrada experiencia de combate, pues, desde las primeras jornadas de la Batalla de Madrid (noviembre de 1936), esta unidad, formada mayoritariamente por voluntarios alemanes, había participado en algunos de los episodios más duros y violentos (ver entrada “¡GEFALLEN!” )

Diezmado y reorganizado en diferentes momentos, era considerada una de las mejores unidades con las que contaba el Alto Mando republicano en el frente de Madrid. Por ello, cuando el 6 de enero de 1937, las columnas de Orgaz, haciendo uso de todas sus fuerzas, intensificaron la presión convergiendo hacia la capital desde el sector de Las Rozas, los batallones de la XI Brigada Internacional fueron enviados a cerrar la brecha abierta en el noroeste de Madrid.

El 7 de enero, el Batallón Thaelman tomó posiciones en la carretera de La Coruña, en algún punto indeterminado próximo al bosque de Remisa con la misión de frenar la ofensiva enemiga. Las órdenes eran explícitas: “No retirarse ni un centímetro en ningún caso”. Los internacionales quedaron aislados e incomunicados con su retaguardia, pero decidirán cumplir a rajatabla la orden recibida, combatiendo suicidamente durante horas contra una poderosa columna enemiga integrada por fuerzas de choque y carros blindados. Este episodio ya fue tratado hace tiempo en este blog, y los interesados pueden consultar la entrada “EL THAELMAN A LAS ROZAS”.

En aquellos mismos días en los que el Batallón Thaelman, literalmente, se desangraba en el frente de Madrid, una periodista danesa, llamada Lisa Lindbaek, cubría la guerra de España para el periódico “Dagbladet”. Lisa Lindbaek, considerada la primera corresponsal de guerra de su país, había nacido en la ciudad de Copenhague en enero de 1905. Desde 1924 ejerció, de forma independiente, la labor de periodista para diarios de diferentes países, y cuando en 1936 llega a España, en su curriculum profesional figuraba el haber cubierto importantes episodios internacionales, tales como el ascenso de Mussolinni al poder, o el incendio del Reichstag en Berlín. Durante la guerra civil española, Lisa Lindbaek colaboró con otros periodistas y escritores, como E. Hemingway, Nordahl Grieg, Nini GleditschGerda Grepp.

Terminada la guerra, Lisa llegó a Francia, donde siguió apoyando la causa republicana. Con la ocupación nazi, Lisa se vio obligada a huir al norte de África, escapando por los pelos de la persecución de la Gestapo. Desde allí pasó a EEUU, regresando a su país natal, Noruega, al finalizar la contienda mundial. Durante algún tiempo, trabajó como periodista para la ONU, y fue reportera en Alemania (la Occidental y la Oriental) durante los primeros años de la Guerra Fría. En 1961, Lisa, que desde hacía años arrastraba serios problemas con el alcohol, decidió suicidarse, arrojándose al mar en la ciudad alemana de Kiel.

Además de su labor periodística, Lisa Lindbaek escribió varios libros a lo largo de su vida. Entre ellos, “Internationella Brigaden”, publicado en 1939 en Estocolmo, por la editorial Solidaritet, y del que, lamentablemente, no existe traducción al castellano.

Para escribir este libro, Lisa se basó en sus vivencias y experiencias en la guerra civil española, así como en las numerosas notas, entrevistas y artículos que había realizado durante la misma. En sus páginas, se recoge el episodio bélico vivido por el Batallón Tahelman en la carretera de La Coruña el 7 de enero de 1937. Una de las cosas más interesantes de este libro, es que en él, Lisa recoge el testimonio de algunos de los pocos combatientes del Thaleman que sobrevivieron a esa sangrienta jornada. En sus páginas puede leerse:

“El batallón recibió órdenes de prepararse para el combate. Las Rozas había caído y el alto mando quería recuperar el terreno perdido. Estamos junto a otros bajo la lluvia. Recibimos órdenes de avanzar y nos prometen apoyo de los tanques. Podemos ver a los fascistas a unos cincuenta metros delante de nosotros. Nos han prohibido disparar. Los tanques se aproximan. Nadie sabe si son de los nuestros. Avanzan hasta unos trescientos metros de nosotros. Entonces podemos reconocerlos: son tanques fascistas. Preparamos las granadas. Pasan diez minutos. Los tanques se acercan en tres escalones. Tras de ellos vemos a la infantería. Treinta y cinco aviones nos atacan. La artillería corta la carretera en nuestra retaguardia. La compañía de ametralladoras nos envía un mensaje: “¡Retirada!”. Las compañías de infantería se niegan.

Han recibido órdenes estrictas de no retirarse ni una pulgada. Los tanques avanzan hasta llegar a unos pocos metros de nuestra trinchera. Decenas de nuestros mejores soldados mueren. Otros avanzan sin protección y lanzan sus granadas. Las carreteras quedan bloqueadas con muertos y heridos. Es una encarnizada lucha hasta derramar la última gota de sangre “¡No Pasarán!”, nos decimos unos a otros. “La ofensiva tiene que ser contenida”. En suelo español combaten los obreros contra los fascistas. La sangre de los obreros alemanes salpicó los muros de Madrid. Pero los tanques de Krupp no pueden pasar.

Las órdenes no podían llegar desde el cuartel general hasta el batallón. Cuando llegó finalmente la orden de retirada, era demasiado tarde. La infantería enemiga tomó por asalto las trincheras del Thäelman y remató a los heridos a bayonetazos.

Al día siguiente llegó la orden de reanudar la ofensiva. Por primera vez respondimos: “Imposible. El batallón Thäelman ha sido destruido.”

Fue más o menos en esta época cuando uno de los voluntarios alemanes compuso la canción Hans Beimler, que se cantaba con la música de “Ich hatt´einen Kameraden.”

Los interesados en escuchar esta canción compuesta en memoria de Hans Beimler, uno de los organizadores del Batallón Thaelman, muerto en el frente de Madrid en diciembre de 1936, pueden hacerlo pinchando sobre el siguiente título: “Hans Beimler Kamerad”.

Un testimonio más, casi olvidado, de aquellas terribles jornadas. A menudo me pregunto cuantos libros, artículos y documentos escritos por los diferentes extranjeros que, en uno u otro bando, participaron en nuestra guerra, permanecerán todavía desconocidos o sin traducción al castellano. ¿Cuántas memorias, experiencias, vivencias y opiniones, de españoles y extranjeros, habrán sido barridas para siempre por el paso del tiempo, el miedo o la indiferencia?


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

sábado, 24 de julio de 2010

89) A MORTERAZO LIMPIO





Una de las armas más características de la guerra de posiciones es el mortero. La idea original de esta pieza artillera, esto es, del arma capaz de batir por elevación el interior de posiciones asediadas, es bastante antigua. Los españoles lo utilizaron ya, en diseño rudimentario, durante el siglo XVII. Aquellos primitivos morteros lanzaban piedras y proyectiles incendiarios. Los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, los fabricaron de gran tamaño y potencia, pero debido a la escasa movilidad de tales modelos, no tardaron en desecharlos.

Sin embargo, la consolidación de frentes estables dio origen a morteros de pequeño tamaño que sirvieran de apoyo a la infantería. Pronto se pudo comprobar que esta arma resultaba especialmente útil en la guerra de trincheras. La curvatura de su tiro permitía batir eficazmente zonas desenfiladas a las armas de tiro tenso, así como disparar por encima de obstáculos, y, todo ello, permaneciendo a cubierto de la vista del enemigo y de los fuegos rasantes.

El mortero, esencialmente, se compone de seis partes: cañón de ánima lisa (es decir, de tubo sin estrías interiores), bloque de culata, placa base, dispositivo de puntería por elevación y amortiguadores. Es un arma de avancarga (se carga por la boca de fuego) y sus granadas, de gran poder explosivo, son fáciles de manejar. Durante la guerra civil española se utilizaron morteros de diferentes calibres: mortero pesado (120 mm.), mortero medio (81 mm.) y mortero ligero (60, 50 y 45 mm.).Los morteros pesados recibían también el nombre de lanzaminas.

Los proyectiles del mortero, además de batir objetivos desenfilados (trincheras, parapetos, muros, etc.), resultaban muy eficaces contra personal al descubierto, siendo los trozos de su metralla muy peligrosos en un radio de acción de unos 50 m. (con mortero de 60 mm.), 100 m. (con el de 81 mm.) y 150 m. (con el de 120 mm). La diversidad de calibres permitía escalonar los objetivos desde los 100 m (distancia mínima de empleo del mortero de 60 mm) a unos 5.700 m (alcance máximo del de 120 mm).

Además, los morteros solían resultar especialmente desmoralizantes para la tropa que sufría su fuego. El hecho de no oír normalmente ni la salida del proyectil de la boca de fuego, ni su trayectoria hasta que no estaba encima del objetivo, suponía una tensión e incertidumbre que podía minar la moral de las tropas más aguerridas, las cuales, sólo podían sentirse seguras en los refugios o abrigos bien preparados, pero no en las trincheras que podían ser batidas con cierta facilidad, pues los ángulos de caída de las granadas de mortero eran grandes (entre 950 y 1.500 milésimas según suplementos y alcances). Un porcentaje altísimo de las bajas causadas en las trincheras del noroeste de Madrid fueron consecuencia del fuego de los morteros.

La extremada cercanía a la que muchas veces se encontraban las posiciones de los unos y los otros imposibilitaba la actuación de la artillería, pues el riesgo de disparar sobre las propias tropas era muy elevado. Por ello, el mortero se convirtió en la pieza artillera más útil y eficaz (también de las más temidas) para la infantería de las primeras líneas de fuego: fácil de transportar, de manejo rápido, sencillo de ocultar y de una increíble eficacia.

El propio Francisco Franco, en sus comentarios al “Reglamento de Grandes Unidades” (doctrina y táctica de la Infantería española en 1936) escribiría con relación a los morteros:

“(…) el mortero de 81, poderosa arma de la Infantería, de tiro curvo, de alta trayectoria, con su rama descendente vertical, tiene un alcance (eficaz) de dos mil metros y un proyectil de cuatro kilos de peso (…) constituye un arma poderosa contra los atrincheramientos y sobre el enemigo abrigado en barrancadas y contrapendientes; puede ejercer su acción a su vez desde el fondo de un barranco, desde una contrapendiente o detrás de un obstáculo, a cubierto (…) el mortero de 50, arma de compañía, tiene análogas condiciones que el mortero de 81, pero reducido a una cuarta parte de su alcance o potencia; sustituye con ventaja a las granadas de fusil (…) los morteros ofrecen el más poderoso elemento para detener el ataque, ya que los avances se realizan generalmente por las zonas ocultas, barrancadas y contrapendientes desenfiladas; hacia ellas debe de orientarse su empleo y poder batir la base de partida del enemigo (…) en la ofensiva, tirando por encima de tropas, las acompaña y protege (…) es el cañón del Infante, el que no le falla nunca.” (Reproducido en “Las armas de la Guerra Civil Española” de J. M. Manrique y L. Molina, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, p. 81).

Con lo expuesto hasta aquí, no es extraño que el mortero fuera una de las armas más temidas y perseguidas en las posiciones del frente madrileño durante la guerra civil. Localizar los morteros del enemigo e intentar destruirlos o neutralizarlos se convirtió en una prioridad para las tropas de primera línea. En las trincheras del noroeste de Madrid los dos ejércitos se esforzaron en esta labor, desarrollando diferentes acciones encaminadas a localizar y destruir los peligrosos morteros enemigos.

Como ejemplo de todo ello nos fijamos en una Orden de Operaciones emitida en agosto de 1938 en el sector de Las Rozas por el Jefe de la 111ª Brigada Mixta al Jefe de la Agrupación de Morteros de la unidad.

Como ya es sabido por los lectores y lectoras de este blog, durante la guerra civil, Las Rozas se convirtió en primera línea de fuego. Desde en enero de 1937, el caserío y la estación de ferrocarriles permanecían ocupados por las tropas franquistas, y, a muy corta distancia, se extendían las líneas republicanas, lo que originó una dura guerra de trincheras en la que los hostigamientos y ataques fueron frecuentes y numerosos.

Según podemos comprobar en el documento del que hablamos, los observatorios y puestos avanzados republicanos han localizado los emplazamientos que los morteros franquistas tienen en la parte vieja del pueblo de Las Rozas, por lo que no se tarda en ordenar el hostigamiento contrabatiendo los morteros enemigos para su neutralización y destrucción. Para ello se planifica la siguiente “Idea de Maniobra”:

“Emplazar tres morteros calibre 81 en las inmediaciones de Casa Curia, dos piezas del 60 en la Cuesta de Mataborricos y dos piezas del 60 en el Arroyo de la Puentecilla. El primer emplazamiento (inmediaciones Casa Curia) batirá Las Rozas (parte vieja), con objeto de destruir el emplazamiento de morteros enemigos. El segundo emplazamiento (Cuesta de Mataborricos), idéntica misión al anterior. El tercer emplazamiento fuego de hostigamiento a las posiciones del Guadarrama Oriental.”

“Tan pronto reciba esta orden procederá a emplazar los morteros en los lugares indicados que, para mayor aclaración, se indican en superponible que se acompaña, debiéndose tomar todos los datos necesarios para estar dispuestos a actuar antes del anochecer, haciendo fuego a mis órdenes y a la hora H.

A intervalos de quince a treinta minutos hará un disparo desde cada uno de los emplazamientos sobre blanco testigo para tiro de corrección.”

Un simple ejemplo de las muchas acciones que tuvieron lugar en este sector durante los años que duró la guerra. Continuos ataques y hostigamientos que formaban parte de la rutina de la guerra de trincheras que se desarrolló en el noroeste de Madrid.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1: Mortero republicano en el frente de Madrid.
Fotografía 2: Restos de granadas de mortero encontrados al pasear por el sector de Las Rozas (JMCM)

Documentación procedente del AGMA

lunes, 12 de julio de 2010

88) MISIÓN SUICIDA





El proceso revolucionario que se desencadenó en la zona republicana a raíz de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 facilitó la actuación directa de muchas mujeres en las primeras jornadas de lucha callejera. Esta participación femenina siguió dándose durante los primeros meses de guerra en muchos frentes, en los que no era del todo raro encontrar a hombres y mujeres combatiendo codo con codo en las milicias de las diferentes organizaciones políticas y sindicales. Una realidad muy extraña para la época que quedó reflejada en carteles, fotografías, documentales, etc.

Pero a medida que la guerra avanzaba y las milicias obreras iban siendo absorbidas por el imparable proceso de militarización que terminaría con la creación del Ejército Popular de la República, las mujeres, poco a poco, fueron siendo retiradas de las unidades de combate, obligándoselas a desarrollar labores auxiliares y de retaguardia.

Sin embargo, se darían algunas excepciones. Quizás, el caso más llamativo, por lo que tuvo de insólito y raro para la época, sea el de Mika Etchebéhère, que, tras ganarse el respeto y la consideración de sus compañeros en el frente de Guadalajara durante los primeros meses de guerra, obtendría el grado de capitán (o capitana) dentro de la 14ª División que dirigía el anarcosindicalista Cipriano Mera, siendo la única mujer con mando de tropa durante toda la guerra civil española.

Mika, cuyo verdadero nombre era Michèle Feldman, había nacido el 14 de marzo de 1902 en la provincia argentina de Santa Fe. Sus padres eran judíos de origen ruso que habían huido de la represión zarista, por lo que, desde su infancia, tuvo relación y contacto directo con otros muchos exiliados políticos. Desde muy joven, se identificó con las ideas anarquistas, hasta que en 1920, en la Universidad de Buenos Aires, conoció al que sería su compañero, Hipólito Etchebehere, y juntos, deciden afiliarse al Partido Comunista, del que serían expulsados años después por sus ideas heterodoxas. En 1930 se trasladan a Europa, primero a Francia y después a Berlín, donde, desde posicionamientos trotskistas, intentarían oponerse al ascenso del nazismo en Alemania.

En 1936, Mika y su compañero Hipólito se encuentran en España realizando un estudio sobre la revolución de Asturias de 1934. Ante la sublevación militar del 18 de julio, deciden comprometerse activamente en la lucha revolucionaria contra el fascismo. Integrados en una columna del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), parten al frente de Guadalajara. Hipólito muere en los combates desarrollados en Atienza, pero Mika continuará en el frente, siendo elegida por sus compañeros como responsable de la columna. Uno de los episodios bélicos más espectaculares protagonizados por Mika Etchebéhère se dio, cuando junto a un pequeño grupo de milicianos, logró burlar el cerco de las tropas nacionales y evadirse de la catedral de Sigüenza.

Llega a Madrid días antes de que las tropas de Franco inicien el asalto a la capital. Trás unos días en París, regresa en plena batalla de Madrid. En esas duras jornadas, Mika, con su columna, actuará en La Moncloa, en la Casa de Campo, en Húmera, en la carretera de La Coruña…

Cuando en mayo de 1937 se desencadené la represión contra el POUM, dirigida por los estalinistas, Mika será detenida en el frente de Guadalajara, siendo Cipriano Mera en persona quien presione para obtener su liberación.

En marzo de 1939, con la caída de Madrid, Mika fue detenida, pero consiguió refugiarse en el Liceo francés gracias a poseer un pasaporte de esa nacionalidad. Logra llegar a Francia y de allí, a Argentina, regresando a Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El resto de su vida, Mika continuó con su militancia revolucionaria. En mayo de 1968, con 66 años, se la podrá ver levantando barricadas durante las revueltas estudiantiles y años después, todavía participará en las manifestaciones contra la dictadura militar en Argentina. Mika Etchebéhère fallecío en París el 7 de julio de 1992, sus amigos y compañeros arrojaron sus cenizas en el Sena.

En 1976, Mika redactó unas memorias sobre sus experiencias en la guerra de España: “Ma guerre d´Espagne à moi” ("Mi guerra de España"), publicadas en castellano en 1987 por Plaza y Janés, y que afortunadamente, han sido reeditadas en 2003 por Alikornio Ediciones, cuya lectura es más que recomendable.

Precisamente de este libro, hemos querido extraer parte de un episodio bélico ocurrido en febrero de 1937 en el frente de Madrid. Se trata de una acción de combate desarrollada por los republicanos en el sector de la carretera de La Coruña. Málaga acaba de caer en poder de las tropas de Franco, y en el sector de la carretera de La Coruña, los republicanos intentan una acción encaminada a expulsar a los nacionales del Cerro del Águila. Mika recuerda las trincheras del frente de Madrid en aquellos primeros días de 1937, cuando los grandes combates en torno a la carretera de La Coruña han cesado y el frente madrileño comienza a estabilizarse:

“Aquí no tenemos al enemigo a distancia de voz humana, como en el Pinar de Húmera. El Cerro del Águila, su posición más próxima, se halla a unos trescientos metros a la derecha de nuestras avanzadillas. Digo trescientos, quizás esté más lejos. En el Pinar de Húmera nos gritaban, nos insultaban, nos mandábamos prensa con el perro estafeta, contestábamos sus insultos. Afilábamos el odio grande con diarias querellas de vecinos, sabiendo que un día u otro las habríamos de dirimir a tiros. La probabilidad del encuentro justificaba el hielo, la lluvia, el barro que se nos metía en el cuerpo.

Aquí, el enemigo nos parece tan lejano, que la lluvia y el fango se nos antojan un castigo inútil, agravado peligrosamente por el tedio y los piojos. El comandante sonríe viendo mi encarnizamiento en luchar contra los piojos a fuerza de polvos insecticidas que sólo sirven para hacer toser a los milicianos, porque los bichos parecen más bien prosperar y multiplicarse.

- Los piojos -dice- son la plaga inevitable de las trincheras que llevan tiempo sirviendo de cobijo a hombres que no pueden lavarse ni cambiarse de ropa. Para acabar con los piojos hay que arrasar las trincheras infestadas, prenderlas fuego.

Tengo que resignarme, renunciar al combate antipiojos. Queda el tedio de los días interminables. Comunico al comandante mi proyecto de traer libros y revistas ilustradas que puedan interesar a los milicianos. Si él está de acuerdo y me presta un coche, iré a Madrid en busca del material de lectura. Conseguiré libros fáciles, novelas de aventuras y de amor, relatos históricos, en fin, literatura poco complicada al alcance de todos.

-Nada cuesta probar, -contesta el comandante, no muy convencido-. Lo malo es que muchos de nuestros milicianos no saben leer…

-Ya lo he pensado. Para ellos tengo otro proyecto. Les enseñaremos a leer y escribir aquí mismo, si usted está de acuerdo. He averiguado que tenemos cuatro maestros de escuela en las trincheras. No dará mucho trabajo construir dos chabolas detrás de las primeras líneas para que sirvan de escuela.

Esta vez el comandante muestra más entusiasmo. Decidimos que mañana a primera hora iré a Madrid en busca de lo necesario."

Más adelante, Mika Etchebéhère rememora el golpe de mano efectuado contra el Cerro del Águila en febrero de 1937. En el frente madrileño, las tropas republicanas son todavía una especie de hibrido entre milicia popular y ejército regular, con multitud de carencias organizativas, divisiones internas, dudas y desconfianzas. Hemos seleccionado algunos fragmentos de las memorias de Mika, que comienza su relato en el momento en que es informada de la decisión de atacar el Cerro del Águila:

-Le veo preocupado, comandante. ¿Pasa algo? ¿Le han hecho reproches en Puerta de Hierro?

-Ningún reproche, al contrario. La prueba es que nos han designado para una operación más que arriesgada. Nada menos que tomar el Cerro del Águila, claro que no solos. Saldrá en vanguardia un batallón de la CNT, el que está a nuestra derecha. Treparan al cerro antes del amanecer, cortarán las alambradas, tirarán lluvias de granadas para neutralizar las ametralladoras y los morteros…

-¿En Puerta de Hierro están seguros del batallón que abrirá el combate? Esos milicianos tendrán que operar como en un golpe de mano, por sorpresa, porque si los descubren antes de que se hayan echado sobre la posición, los bajarán a tiros seguros, a ellos y a los nuestros que irán detrás.

-Según me dijeron, se trata de gente aguerrida, que, después de la caída de Málaga, plantea problemas a sus mandos porque los mantienen en un frente inmovilizado.

-Y usted, comandante, como militar de carrera, ¿tiene confianza en esa operación, le parece viable?

-Si se lleva a cabo de forma como la definen en Puerta de Hierro; si los hombres del batallón de vanguardia cumplen y los nuestros siguen, no digo que será un paseo, habrá bajas, pero puede salir bien. Haga el favor de decir a nuestros capitanes de compañía que vengan aquí inmediatamente, a fin de ponerlos al corriente.

(…)

La orden de acudir al puesto de mando sorprende a todos. Tratan de hacerme decir para qué los convocan. La mayoría cree que les anunciarán el relevo. Como no confirmo la suposición piden que al menos les diga si pasa algo grave.

En pocos instantes los milicianos se enterarán de que sus capitanes han sido convocados por el comandante. “Para nada bueno ha de ser”, murmuran algunos, pero a nadie se le ocurre la verdadera razón.

De pronto ha cambiado el clima de la trinchera. Casi no se oye hablar. Nadie se mueve de su puesto por temor a perder la primicia de las novedades que traerá su capitán. En mi vuelta por los refugios recojo miradas ansiosas, hasta coléricas, porque todos saben que yo sé. Cada compañía ha puesto un centinela encargado de anunciar el regreso de su capitán. La medida no tiene mayor sentido. Denota solamente, en los milicianos, la necesidad de participar en algo que sienten importante.

Cuando comienzan a resonar los gritos de: “Ya vienen, allá vienen” me encamino hasta el puesto de mando para no estar presente en el encuentro de los oficiales con sus hombres.

(…)

-Todo está en orden -me informa el comandante-. Un solo detalle nuevo: la cuarta compañía saldrá en cabeza, por ser la más veterana. Toda nuestra gente es buena, pero la cuarta compañía es la que tiene en su haber más combates. Es un honor para sus milicianos encabezar el de mañana.

“Un honor o un castigo”, pienso para mis adentros. Si estuviéramos en un batallón comunista, diría que es un castigo, porque no consigo dominar la desconfianza que me inspira la operación de mañana a causa de ese batallón desconocido que lo decidirá todo. Pero aquí el mando que ordena la operación no es comunista, sino confederal, favorable al POUM, luego hay que tomarlo como un honor.

(…)

En las trincheras hay gran animación. Tengo que abrirme paso entre los milicianos ocupados en desmontar fusiles, remendar correajes, contar cartuchos canturreando por lo bajo coplas alusivas al próximo combate. Pero el tono general es de seriedad, sin explosiones bravuconas ni alardes arrogantes.

El ambiente que reina en la cuarta compañía es todavía más concentrado, más denso, como si los hombres tuviesen una noción más clara del riesgo que habrán de correr mañana. Cuando me encuentro en medio de la trinchera, digo a modo de preámbulo:

-Al fin habrá combate.

-Sí, al fin, ya era tiempo- contestan varias voces.

Con Fuentemilla a mi lado, digo dirigiéndome a todos:

-Traigo un mensaje que nos han comunicado desde Puerta de Hierro. El comandante me ha encargado de dárselo en su nombre. La cuarta compañía saldrá en vanguardia, honor que le cabe por ser la más aguerrida…

-Un honor con sus más y sus menso -gruñe Chuni-, porque el avance a campo raso no será cosa de coser y cantar. No importa, vale más ser los primeros en avanzar y no andar a la zaga de los demás, que a lo mejor se vuelven a mitad de camino. Falta saber solamente si los encargados de abrirnos el paso no se quedarán dormidos.

-Déjate de hacer pronósticos -le riñe Fuentemilla-. Nadie nos da derecho a pensar que esa gente puede echarse atrás. A mí, lo único que me preocupa es lo que tardan las municiones. Fijaros en la hora que es. Menuda tarea si los cartuchos no vienen apartados y hay que ponerse a buscar calibres.

-Ya está todo aquí. Ahora mismo puedes mandar dos hombres al puesto de mando para traer lo que haga falta. Olvidaba decirte que el comandante quiere hablar contigo. Yo me voy disparada a ocuparme del suministro. A propósito, según vuestro parecer, ¿es más práctico que cada uno lleve en el macuto su ración, o es preferible subirles el suministro a la posición para evitar peso?

-Yo diría que es mejor no cargarse -dice Fuentemilla-, porque no será un paseo, sino una carrera. Vale más llevar cuatro o cinco granadas de repuesto, que un paquete de comida. Es mi modo de ver…

-¡Y el nuestro, y el nuestro! -gritan muchas voces-. Cuanto más ligeros vayamos, menos nos pesarán los pies. Ya sabemos que no nos dejarás pasar hambre ni sed. Como dice el capitán, es mejor llevar más bombas que comida.

(…)

La chabola del teléfono está a dos pasos. Al vernos llegar, el comandante pide a Rogelio que traiga café caliente para él y el miliciano de comunicaciones. Pregunto si no ha llegado el mensaje de Puerta de Hierro anunciando la hora de comenzar la operación.

-Sí -contesta el comandante-. Hace media hora, diciendo que el batallón se había puesto en camino. De ser verdad, ya se deberían escuchar las primeras descargas. Esta tardanza me da mala espina, aunque, de haberse suspendido el ataque, nos habrían avisado para no tenernos en ascuas. Vaya usted a los parapetos de la cuarta compañía. Tranquilice a los milicianos. Quédese con ellos hasta el momento del arranque. Ponga también varios centinelas a lo largo de las trincheras de modo que pasen el mensaje con mayor velocidad.

Transcurre una hora. En medio de la compañía formada para salir, me estrujo el cerebro en busca de explicaciones que justifiquen la tardanza, como también la ausencia de noticias.

De pronto se oyen tiros de fusilería y explosiones de bombas. Algo así como una onda eléctrica sacude a las escuadras agrupadas según las armas que llevan. Los dinamiteros en punta sin más carga que el morral repleto de cartuchos y las granadas al cinto, muy ufanos de haber conseguido, por fin, las codiciadas piñas.

Pero los tiros y las explosiones se van apagando minuto tras minuto. Es difícil admitir que la posición haya caído en tan poco tiempo. Los enlaces corren de un lado a otro llevando preguntas y trayendo respuestas.

La orden de salir no llega. Todos los ojos están fijos en el cielo que la aurora va tiñendo a grandes pasos de rosa y oro. Los últimos rastros de la noche retroceden hacia el Oeste en paquetes de sombras deshiladas.

Cuando la cuarta compañía recibe la orden de asaltar los parapetos, son las seis de la mañana de un día peligrosamente claro. Tan claro, que se distinguen nítidamente los triángulos que forman los hombres avanzando desplegados en guerrillas por el llano total, chato como una tabla, sin el menor montículo que sirva de amparo.

Doblada sobre el parapeto, con los ojos doloridos de tanto forzarlos para ver, el pecho sofocado de angustia, las uñas hundidas en las palmas de las manos, oigo estallar los primeros obuses de mortero. Les siguen los tableteos de las ametralladoras. Ante la barrera de fuego, los nuestros se dispersan, se tiran al suelo un instante, se levantan, intentan avanzar, muchos caen, heridos o muertos. Los demás retroceden arrastrándose, corriendo en zigzag.

El primero que llega a la trinchera es Juan Luís. No consigo hablarle, porque el temblor de las mandíbulas degüella las palabras.

-Esto ha sido un asesinato -grita Juan Luís-. Nos han tirado a blanco seguro. Íbamos dando el pecho. Yo marchaba junto al capitán. Cayó a mi lado, muerto de un balazo en la cabeza, que la llevaba muy alto, como un jabato. Muerto también el teniente Rubio y muchos otros. En camillas se podrá sacar solamente a los que han quedado cerca. A los demás habrá que traerles a rastras, si se puede.

Detrás de Juan Luís, pegados al suelo van decenas de milicianos de nuestro batallón. Las ametralladoras del Cerro del Águila siguen barriendo el terreno. En la trinchera de evacuación, esperando camillas, se alienan los heridos que van llegando por sus propias fuerzas. El comandante está a mi lado, silencioso, crispado casi tanto como yo. Un enlace viene a decirle que lo llaman del puesto de mando. Yo me pongo a contar los hombres que llegan del desastre. No pasan de ochenta, ilesos o con heridas leves.

No he visto acercarse al comandante. Las palabras que pronuncia en voz alta restallan como un trallazo sobre los milicianos mudos de cólera:

-El puesto de mando ordena salir nuevamente. El batallón que inició el ataque se retira ante el fuego del enemigo, pero se está poniendo otra vez en marcha.

-La compañía ha perdido a sus oficiales -digo yo-. Entonces me toca a mi mandarla. Sale conmigo o no sale…

-Ni vienes tú ni vamos nosotros -rugen las voces de los hombres que se adelantan, amenazadores, frente al comandante-. Combatir, sí, hacerse matar aposta, no. Ya puede usted decírselo a los altos jefes. Decirles que hemos tenido más de cuarenta bajas. Que para carnicería, ya está bien.

-Yo iré al teléfono para explicarlo, si el comandante me lo permite -digo-. Estoy segura de que la orden será anulada…

-Aunque la mantengan. De aquí no nos movemos si no es para ir a buscar a los heridos. Ya pueden venir a fusilarnos, Antes nos llevaremos por delante a los que se acerquen, porque nosotros no hemos tirado los fusiles. Aquí están, calientes todavía, ya se lo puedes decir…

(…)

Cipriano Mera viene a mi encuentro con los brazos tendidos.

-Tranquilízate -dice-, se ha desistido de continuar la operación. Las cosas salieron mal desde el comienzo porque el enemigo estaba sobre aviso. Probablemente un chivatazo. Hay más de un fascista camuflado entre nosotros. Quisimos hacer algo por lo de Málaga. Recuperar el Cerro del Águila hubiese sido un golpe sonado. Nos duele el fracaso, y más nos duelen los muertos y los heridos…

La voz de Cipriano Mera me llega de muy lejos, porque yo no estoy aquí. Estoy en la trinchera mirando pasar las camillas, esperando la que trae a Clavelín. Las lágrimas me empapan las mejillas, me caen hasta el cuello. Dejándolas correr con la cabeza baja, sin enjugarlas, imagino que nadie las ve. Cipriano Mera las ve. Tomándome por los hombros dice con voz severa, como quien riñe a una chiquilla:

-Vamos, moza, deja de llorar. Llorando con lo valiente que eres. Claro, mujer al fin…

La frase me cruza como un latigazo. El dolor y la humillación me hacen apretar los puños y arder la cara. Levanto despacio la cabeza buscando una respuesta que lave la ofensa. Sólo acierto a decir:

-Es verdad, mujer al fin. Y tú, con todo tu anarquismo, hombre al fin, podrido de prejuicios como un varón cualquiera.

Y me voy, masticando la cólera que me distrae un rato de la pena. Los milicianos de la cuarta compañía me reciben en silencio, sin mostrar interés por el mensaje que les traigo. Ahí están como náufragos que han estado a punto de perecer, aturdidos, ausentes.”

Aquella acción contra el Cerro del Águila fracasó, pero los republicanos no tardarían demasiado tiempo en volver a intentarlo. Concretamente en abril de 1937, cuando los defensores de Madrid desencadenaron la conocida como “Operación Garabitas”, de la que pronto hablaremos en este blog.

Combates muchas veces suicidas y desesperados que tuvieron lugar en el frente madrileño a lo largo de toda la guerra y que hoy en día, permanecen casi olvidados o son del todo desconocidos.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Mika Etchebéhère.
Fotografía 2) Milicianos del POUM en el frente de Guadalajara. Al fondo, junto a la pintada del muro, puede verse a Mika Etchebéhère.

miércoles, 30 de junio de 2010

87) CUESTA DE LAS PERDICES






Resulta difícil imaginar el aspecto que debió de tener la Cuesta de las Perdices durante los años que duró la guerra. El mismo lugar por el que hoy circulan miles de vehículos, se convirtió entonces en un terrible campo de batalla a las puertas de Madrid. Aquí se consiguió frenar la ofensiva nacional en enero de 1937, y aquí también, se desarrollaría una penosa y larga guerra de trincheras que duraría hasta el final del conflicto, en abril de 1939.

La Cuesta de las Perdices fue uno de los lugares del frente madrileño donde la tierra de nadie era más estrecha. Tan estrecha, que apenas ocupaba el ancho de la carretera. Las pocas construcciones existentes en la zona fueron fortificadas, y por su control se desarrollaron cruentos combates que con frecuencia provocaban que éstas cambiasen de manos una y otra vez, hasta quedar reducidas a montones de escombros.

El pulso fue intenso y constante. Cada ejército se enquistó en sus posiciones y la sangre corrió copiosamente por el dominio de pequeños palmos de terreno. La destrucción y la ruina lo inundaron todo, transformando un paisaje que se llenó de trincheras, sacos terreros, galerías subterráneas, alambradas de espino, cráteres de explosiones y escombros.

Durante tres años, la guerra se adueñó del lugar, y la Cuesta de las Perdices se convirtió en uno de los puntos más brutales y terribles del frente madrileño.

No es la primera vez que en este blog se trata el tema (ver sobretodo los apartados dedicados a Casa Camorra). Hoy queremos aportar algunas referencias más sobre las posiciones existentes en este sector. Para ello, nos centramos en un informe realizado por las tropas de Franco a finales de julio de 1937. En aquel momento, la Cuesta de las Perdices estaba guarnecida por soldados de la 5ª Bandera de la Legión, que aguantaban una situación extremadamente delicada frente a un enemigo que se mostraba igual de obstinado que ellos en mantenerse en sus posiciones.

Unas decenas de metros separaba a cada ejército, y aunque la guerra duraba ya varios meses, las posiciones de unos y otros sufrían todavía numerosas carencias y estaban en pleno proceso de organización. Los golpes de mano, la acción de los francotiradores, las explosiones de minas y contraminas, el fuego de morteros y las pequeñas acciones de combate se sucedían un día sí y otro también. Las bajas se multiplicaban a diario, la muerte rondaba los parapetos y los combatientes permanecían en constante alerta, a la espera de los continuos ataques y contraataques.

Como señalaba más arriba, en julio de 1937, los legionarios de la 5ª Bandera dominaban el terreno comprendido entre las alturas de Camarines y la carretera de La Coruña. Aprovechando las diferentes construcciones existentes en la zona, estas tropas habían dividido su posición en tres sectores, denominados P. A. (Punto de Apoyo), pero encontraban numerosas dificultades para poder establecer un correcto plan defensivo. Además, los republicanos, bien parapetados en sus posiciones, ejercían una constante presión sobre los legionarios. En el informe del que estamos hablando, podemos leer:

“Durante el presente mes el enemigo no ha efectuado los relevos semanales que llevaba a cabo antes y hemos tenido permanentemente frente a nosotros los Batallones FERRER, PI Y MARGALL Y PASIONARIA (de izquierda a derecha).

(…) La Infantería atacó dos veces, uno de los ataques fue nocturno y el otro, que revistió más intensidad, fue a las cinco de la tarde y fue llevado a cabo por dos Compañías del Batallón PASIONARIA sobre nuestra avanzadilla, llegando a las inmediaciones de ésta, haciéndosele doce o catorce bajas vistas. Para distraer el resto de nuestra Unidad, llevaron a cabo un tiroteo sobre toda la línea que duró tres horas.”

Respecto a la acción de la artillería republicana, se informa de tiros de prohibición realizados contra el cruce de carreteras (de La Coruña, de Castilla y de Aravaca) y fuego de contrabatería sobre Pozuelo y Aravaca. La extremada cercanía del enemigo, hacía que la artillería no pudiera abrir fuego contra la posición, pues, inevitablemente, los daños y destrozos afectarían a sus propias fuerzas, a menos que éstas se retirasen de la primera línea.

También se informa sobre la actividad de la aviación republicana:

“La aviación, que en los primeros días hizo demostraciones que eran un verdadero alarde de fuerza, hasta el punto de bajar a ametrallar a nuestras trincheras, fue disminuyendo, y a los tres días, en que se colocaron antiaéreos en Pozuelo y Aravaca, ya volaba más alta y, sobretodo al regreso, se notaba descomposición.

Se vieron caer tres aparatos, uno en la Playa, otro al parecer en Húmera y el tercero, que explotó en el aire y cayeron restos y aviadores en la carretera de Aravaca a Carabanchel, y entre aquella y la Estación de Pozuelo.”

Se notifica que, para evitar riesgos, las cocinas de la tropa se han trasladado a la carretera de Castilla, ocultas a la vista del enemigo en abrigos construidos para tal fin y comunicados con las respectivas Unidades a través de caminos cubiertos. También se señalan las normativas dadas respecto al puesto de socorro de la posición, y de la higiene que debe mantener la tropa para evitar bajas por enfermedad y parásitos.

Pero sin duda, lo que más preocupa en este informe a las tropas de Franco es poder establecer un correcto plan defensivo y de fortificación:

“La situación del emplazamiento de la Bandera no ha podido sufrir variaciones a pesar de que la disposición de las Compañías debiera ser otra en realidad, o sea, formando un triangulo acutángulo; con el fin de que atacase el enemigo por donde atacara, siempre quedaría una Compañía en reserva; pero se conoce que al llevarse a cabo la ocupación de este sector, una de las Unidades naturalmente se arrimó a las tapias de la Casa de Campo y empezó a fortificarse tras de aquella, lo que trajo como consecuencia inmediata el que el P. A. 3 (ver croquis) quedase en la actual situación, debiendo haberlo estado más cerca de este Puesto de Mando, volando previamente la tapia, pero como no se hizo esto en un principio, en la actualidad no se puede llevar a cabo, ya que la trinchera que hoy existe en la tapia, sería un preciosos apoyo para la actuación del enemigo, lo que hace que nos tengamos que adaptar a aquella plantilla y trae como consecuencia estar sin reservas de Bandera.

Tampoco había línea de sostenes, que en la actualidad se están llevando a cabo con el fin de que los P. A. los tengan, lo que dará como resultado inmediato el poder sacar de la línea de resistencia la mayor parte de las maquinas, así como los lanzallamas pesados, con el fin de que aquellas puedan llevar a cabo misiones de tiro lejano en la secundaria, y éstos, no sólo batir las trincheras enemigas caso de asalto, sino efectuar fuego dentro de la posición, con lo que aumenta su efectividad.

Las obras no se han podido terminar por carecer de sacos terreros para construir los nidos de ametralladoras y cubrecabezas para la segunda línea de trincheras, pero se ofició solicitándolos para llevar a cabo dichas obras y cumplimentar de esta forma el escalonamiento en profundidad que preconiza nuestro reglamento táctico y nos ordenó el Generalísimo en Órdenes fecha 7 y 27 de julio.

En la avanzadilla se han llevado a cabo obras que han dado como resultado visualidad a aquella, ya que tal como estaba podía llegar el enemigo al asalto sin ser visto por la guarnición, y esto es lo que ocurrió el día 10 de julio por la tarde, y que costó 33 bajas al rechazarlo.

Las obras de referencia consisten en galerías que salen a la superficie en los puntos muertos de la avanzadilla y que de aquí en adelante evitarán la sorpresa. Claro está que mientras Ingenieros no apuntalen debidamente las galerías, éstas no ofrecerán la seguridad apetecida.

También se batió un molino, referencia preciosa para la Artillería, y en sus proximidades se instalará un puesto de ametralladoras que batirá la carretera de El Escorial en tiro lejano.

Estas son, groso modo, las obras llevadas a cabo en la fortificación y con ellas se trata de conseguir que sin variar la disposición de los P. A. tengan en breve líneas de sostenes todas las Unidades, es decir, cada Unidad está en disposición de triangulo con la base hacia adelante y, caso de ser roto el frente en cualquier lado, actúan como una red, ya que cerraría tras de ellos la línea y encontrarían siempre delante a una Unidad bien organizada.”

En aquel momento, la posición franquista de la Cuesta de las Perdices, entre otro armamento, contaba con 16 ametralladoras, 4 lanzallamas (dos pesados y dos ligeros), varios emplazamientos de mortero y diversos fusiles ametralladores. Esto proporciona una idea de la importancia que tenía este punto del frente. Si además, sumamos el apoyo de fuego que la Cuesta de las Perdices recibía desde las posiciones del Cerro del Águila y del Barranco del Arroyo Pozuelo, podemos suponer que, como señala este informe, “la barrera debe ser suficiente para evitar la sorpresa y desarticular un ataque enemigo.”

Las comunicaciones entre los diferentes P. A, y entre éstos y el Puesto de Mando, se mantenían aseguradas a través de caminos cubiertos y numerosas trincheras. También se disponía de una red telefónica de dos líneas de cable para comunicar con el Mando y la retaguardia, así como con los reglamentarios enlaces.

Pero todo esto, no era más que el principio. Durante toda la guerra, los trabajos de fortificación continuaron sin interrupción. Por la Cuesta de las Perdices fueron pasando diferentes unidades que debieron de aguantar las difíciles y peligrosas condiciones de vida de aquellas posiciones. Los combates se sucedieron de manera ininterrumpida, pero la situación general apenas varió. En las múltiples acciones desarrolladas, algunos puntos del sector cambiaban de manos, pero pronto eran recuperados o se arrebataba al enemigo otros nuevos, dando lugar a una desesperante guerra de desgaste.

Existen bastantes fotografías de la Cuesta de las Perdices durante la guerra civil (algunas de ellas han sido ya publicadas en este blog). Todas ellas muestran unos paisajes lúgubres, tristes, solitarios y fantasmagóricos. El blanco y negro de las imágenes acentúa estas sensaciones. Las huellas de la guerra son visibles por todas partes: ruinas, destrucciones, impactos de bala y metralla… Parece como si no hubiera nadie. Sin embargo, quienes realizaron esas fotografías se la estaban jugando, porque aunque no lo parezca, en esos mismos lugares, cientos de combatientes permanecían acechantes y en guardia, ocultos de los francotiradores y de las balas perdidas, protegidos entre las ruinas y los escombros, hormigueando entre trincheras y refugios subterráneos.

Tétricas imágenes que muestran unos tiempos de devastación y guerra.


JAVIER M.CALVO MARTÍNEZ


Fotografías 1 y 2: La Cuesta de las Perdices durante la guerra.
Fotografía 3: Croquis realizado por la 5ª Bandera de la Legión en julio de 1937 con el plan de fuegos de la posición de la Cuesta de las Perdices (AGMA)

Documentaciónprocedente del AGMA.

sábado, 19 de junio de 2010

86) DEHESA DE MAHADAHONDA





Como a un kilómetro y medio al suroeste del casco histórico de Majadahonda, se encuentra La Dehesa. Este bosquecillo es lo que queda de un antiguo encinar que ha podido llegar hasta nuestros días gracias a las diversas repoblaciones (principalmente de pino) efectuadas a lo largo de las últimas décadas.

La Dehesa de Majadahonda es una zona protegida incluida dentro del “Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entorno” (aunque no por ello, como suele ser habitual, deja de sufrir agresiones de diverso tipo). Ocupa una superficie aproximada de 80 hectáreas y, aunque su acceso puede resultar un tanto tortuoso, la visita merece la pena. En su interior, además de otras especies autóctonas, aun es posible contemplar algunas encinas centenarias. También son de destacar los lagartos ocelados, que en los meses de calor, pueden sorprender al caminante con su rápida y zigzagueante huída.

Respecto al tema que nos interesa en este blog, la guerra civil en el noroeste de Madrid, hay que señalar los diversos restos de atrincheramientos pertenecientes al Ejército Nacional que aun resisten el paso del tiempo en este lugar. Es de suponer que las tropas de Franco, desde que ocuparon la zona en enero de 1937, debieron de tener en cuenta las alturas de la Dehesa de Majadahonda en su dispositivo defensivo. Sin embargo, hasta la fecha, las primeras referencias documentales que he podido localizar de estas posiciones, datan de julio de 1937, momento en el que, concluida la Batalla de Brunete, cada ejército reorganizó sus respectivos sistemas defensivos en el sector.

Entre otras disposiciones, y “de manera primordial”, el Alto Mando del Ejército Nacional va a ordenar la construcción de diversos puntos de resistencia en la orilla izquierda del arroyo Plantío, cuyo curso discurre, desde su nacimiento en Las Rozas, hasta su desembocadura en el río Guadarrama, a la altura de Villafranca del Castillo. La misión principal de estas posiciones era la de “asegurar por completo la prohibición de filtraciones de elementos enemigos por dicho arroyo.”

De esta manera, todas las alturas de importancia entre el arroyo Plantío y Majadahonda, van a ir siendo fortificadas, constituyendo una segunda línea del frente que contará con algunos de los mejores observatorios del sector.

Los restos de algunas de estas posiciones, en cuyo estudio e interpretación aun tengo que profundizar, son visibles en diferentes puntos de la Dehesa de Majadahonda, aunque eso sí, cada vez están más deteriorados por el paso del tiempo. Por si la acción propia de la erosión no fuera suficiente, en los últimos meses, estos atrincheramientos han sufrido una irreparable agresión. Las últimas repoblaciones forestales efectuadas en la zona se han llevado por delante importantes tramos de trincheras, que, en algunos sitios, han sido aprovechadas para plantar los arbolitos. Nunca estaremos en contra de que se repueble la zona con especies autóctonas, pero es lamentable que, por unos motivos u otros, los vestigios de la guerra civil sean siempre objeto de agresiones y destrucciones.

Además de sus trincheras, la Dehesa cuenta con otro pequeño y desconocido recordatorio de la guerra civil. Se trata de una solitaria cruz de granito ubicada en su extremo occidental, en cuya base puede leerse la siguiente inscripción:

ANTONIO
MARTÍNEZ
SANTA-OLALLA
12-VIII-1909
BURGOS
8-IX-1936
TORREJÓN DE ARDÓZ

Durante mucho tiempo, este monumento fue una incógnita para mí. Estaba claro que hacía alusión a una persona fallecida durante la guerra civil (la fecha coincidía con las primeras jornadas de la Batalla de Madrid), pero no contaba con ninguna otra referencia que me sirviera para confirmar su relación directa con el conflicto.

Sin embargo, esos apellidos no me eran del todo extraños. No sabía dónde, pero ese nombre, lo había escuchado o leído en algún sitio. Mis primeras consultas no dieron ningún resultado, y la cuestión, poco a poco, fue quedando casi olvidada. Sólo cuando volvía a la Dehesa de Majadahonda, y me topaba otra vez con la cruz de granito, la curiosidad afloraba de nuevo. Pero de nuevo también, mis pesquisas terminaban sin encontrar ninguna respuesta satisfactoria.

Durante varios años, el nombre de Antonio Martínez Santa-Olalla, y las referencias cronológicas que aparecen en el pedestal de la cruz, permanecieron apuntados en una de mis libretas de notas, a la espera de que algún día apareciera la pista aclaratoria del misterio. Y al final, un día, la pista apareció.

Pero esa primera pista, al contrario de lo que había pensado, no la encontré en los libros o publicaciones sobre la guerra civil, sino en el campo de la arqueología. Un día, revisando algunos de los apuntes que años antes había cogido en alguna clase de la Facultad, me topé con el apellido Martínez Santa-Olalla. De primeras, me pasó lo mismo que me había sucedido la primera vez que vi la cruz de la Dehesa de Majadahonda, el nombre me sonaba, aunque no sabía bien de qué. Pero pensando un poco, me acordé. Rebusqué entonces entre mis carpetas y papeles hasta dar con la referencia que años antes había anotado, y efectivamente, era el mismo apellido, aunque, como pude comprobar también, el nombre no coincidía.

El que aparecía en mis antiguos apuntes de clase era Julio Martínez Santa-Olalla, mientras que el que estaba grabado en la cruz de Majadahonda era Antonio. El misterio no estaba aclarado, pero parecía haber dado por fin con una buena pista que seguir y, algunas cosas, empezaron a salir a la luz.

El nombre que aparecía en mis apuntes de clase, Julio Martínez Santa-Olalla, correspondía al de un personaje poco conocido hoy en día, pero que en su momento, contó con cierto prestigio, y que, durante el franquismo, llegaría a ocupar cargos de importancia en el campo de la arqueología y la antropología nacional. Julio había nacido en Burgos en 1905, y era hijo del general de Aviación José Martínez Herrera y de Consuelo Santa-Olalla Cadiñanos. Su padre, que era amigo personal de Franco, había ocupado temporalmente la alcaldía de Barcelona, en sustitución de Pi y Sunyer, tras el intento revolucionario de octubre de 1934, en el que Companys, llegó a proclamar (aunque solo por un día) el Estado Catalán de la República Federal Española.

Doctorado en la Universidad de Madrid, Julio Martínez Santa-Olalla fue profesor de la Universidad de Bonn entre los años 1927 y 1931. Al igual que tantos otros intelectuales españoles de su época, desarrolló un fuerte sentimiento germanófilo, que en su caso, le llevaría a simpatizar e identificarse con muchos de los principios del nacional-socialismo, cuyo auge y ascenso pudo vivir en primera persona durante su estancia en Alemania. A su regreso a España, ocuparía la cátedra de Historia del Arte, Arqueología y Numismática de la Universidad de Santiago de Compostela.

Parece ser que para 1936, Julio Martínez Santa-Olalla es ya militante de Falange Española. La sublevación militar de julio le sorprenderá en Madrid, donde es detenido y trasladado a una de las peores checas existentes en la zona republicana, la checa de Fomento, situada en los sótanos del Círculo de Bellas Artes, en la calle Alcalá nº 40.

Rápidamente, sus amigos y colegas de profesión se movilizan para intentar ayudarle. Parece ser que fue el propio Julián Besteiros (catedrático de Psicología, Lógica y Ética, y que, como es sabido, fue un destacado político socialista durante la Segunda República), el que conseguiría finalmente su liberación. Buena parte de la guerra, Julio Martínez Santa-Olalla, la pasaría refugiado en la Embajada francesa de Madrid, hasta que en 1938, logró pasarse a la zona nacional.

Tras la contienda, Martínez Santa-Olalla, fue nombrado Comisario General de Excavaciones Arqueológicas, cargo que ocuparía hasta 1956. Fuertemente influenciado y atraído por las ideas nazis sobre la expansión de los pueblos germanos en Europa, entabló una intensa relación con algunos de los miembros más destacados de la Ahnenerbe ("Herencia Ancestral Alemana"), institución alemana creada por los nazis, entre los que destacaban personajes tan siniestros como Wolfram Sievers, o el mismísimo comandante en jefe de la SS, Heinrich Himmler, con quien Martínez Santa-Olalla se carteaba personalmente y al que acompañó durante la fugaz visita que el jerarca nazi realizó a España en 1940, según cuentan, interesado en la búsqueda del Santo Grial.

En aquellos años, Julio Martínez Santa-Olalla, basándose en el supuesto pasado celta de la península, desarrolló su teoría sobre la "arianización” de España. También dio gran importancia a la etapa visigoda, un tema, el de la expansión de los pueblos germanos tras la desintegración del Imperio Romano, muy del agrado de los nazis.

Hoy en día, las teorías e interpretaciones sobre la Prehistoria de la Península Ibérica realizadas por Julio Martínez Santa-Olalla (fallecido en Madrid en 1972), están totalmente superadas y, en buena medida, desprestigiadas. Quien desee profundizar más en la biografía y obra de este arqueólogo español, recomiendo el trabajo de Alfredo Mederos Martín, "Julio Martínez Santa-Olalla y la interpretación aria de la Prehistoria de España (1939-1945)", que puede ser consultado en el siguiente enlace:


Respecto a Antonio Martínez Santa-Olalla, en cuya memoria se levanta la cruz de granito existente en la Dehesa de Majadahonda, la información que he podido recopilar es la siguiente. Antonio era el hermano menor de Julio Martínez Santa-Olalla, y como señala la inscripción de la cruz, nació en Burgos en 1909. Desde antes de la guerra, militaba activamente en Falange Española, perteneciente posiblemente a la 5ª Bandera de Madrid. Como señalado camisa vieja, tras el fracaso de la sublevación en la capital, fue detenido e ingresó en la Cárcel Modelo de Moncloa, donde permaneció hasta noviembre de 1936, momento en el que se produjeron las conocidas sacas de Torrejón de Ardoz y Paracuellos del Jarama. Según las investigaciones realizadas por Gibson, entre la noche del 6 al 7, la tarde del 7, y la noche del 7 al 8 de noviembre, en estos pueblos fueron fusilados 968 presos políticos de la Cárcel Modelo. En las listas correspondientes a las sacas del 8 de noviembre, aparece el nombre de Antonio Martínez Santa-Olalla que, como señala la cruz de Majadahonda, fue fusilado aquel día en Torrejón de Ardoz.

Lo que de momento no he sido capaz de saber, es cual era tipo de relación que Antonio Martínez Santa-Olalla mantenía con Majadahonda como para que, terminada la guerra, se levantará una cruz en su memoria, y el por qué de que se eligiera precisamente la Dehesa de este pueblo para ubicar dicho monumento.

Quizás, con el tiempo, encuentre nuevas pistas que aporten más luz a este asunto. O quizás, alguno de los lectores o lectoras de este blog, conozcan algún otro dato interesante y quieran compartirlo con todos nosotros.

La Historia está repleta de dudas y preguntas sin respuesta. De momento, la cruz de granito y las trincheras de la Dehesa de Majadahonda permanecen en sus respectivos lugares, como recordatorios de un trágico y triste Pasado.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Panorámica de la Dehesa de Majadahonda (JMCM)
Fotografía 2) Algunos restos bélicos encontrados al pasear entre las trincheras de la Dehesa de Majadahonda: metralla, vainas, peines, cartuchos y bala Mauser (JMCM)
Fotografía 3) La cruz de granito levantada en memoria de Antonio Martínez Santa-Olalla (JMCM)