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martes, 17 de diciembre de 2024

176) EXTRAÑA COSECHA EN MAJADAHONDA


Ayer, paseando por los campos que se extienden en torno a la carretera M-851, en el término municipal de Majadahonda, me topé con esta granada de mortero Valero de 50 mm sin explosionar, seguramente, desenterrada en algún momento por los tractores que preparan estas tierras para el cultivo de cereal.

Este tipo de hallazgos son siempre llamativos, pero no resultan del todo extraños si tenemos en cuenta que estamos hablando de una zona que, durante la guerra, era primera línea de fuego, y en la que las posiciones de unos y otros estaban separadas por unos pocos cientos de metros.

El hallazgo fue notificado a la Policía Local y Guardia Civil para que procediesen a su retirada y/o detonación controlada.

lunes, 31 de marzo de 2014

139) ARROYO DE LA PUENTECILLA



Antes de nada, quisiera empezar este artículo deteniéndome un poco en el topónimo "La Puentecilla", un nombre que hoy en día, al sonar raro, ha originado cierto confusionismo a la hora de denominar a este arroyo y la zona por la que discurre. Todas las referencias antiguas que he tenido ocasión de consultar (especialmente referencias cartográficas) recogen el topónimo "La Puentecilla", sin embargo, en las últimas décadas se ha ido extendiendo y generalizando el de "La Fuentecilla" para referirse a este lugar, y así es como aparece en muchos planos modernos, e incluso, en trabajos y escritos elaborados por los propios ayuntamientos de la zona. La documentación histórico-militar procedente de la Guerra Civil hace también un uso generalizado del nombre "La Fuentecilla" frente al de "La Puentecilla", lo que demostraría que la confusión, como mínimo, se viene dando desde las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, en los mapas elaborados por el Instituto Geográfico Nacional permanece el topónimo "La Puentecilla" en todas sus ediciones, desde las más antiguas a las más actuales (la última del 2006).

Todo ello me llevo hace ya bastante tiempo a investigar un poco sobre esta cuestión, y ver si era capaz de aclarar las cosas. La respuesta me la dio “El Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española”. Un servicio digitalizado de la Real Academia Española (RAE), en el que se pueden consultar todos los diccionarios de nuestro idioma desde 1737 hasta 1992. Es realmente fantástico comprender el significado antiguo de ciertas palabras y expresiones, así como descubrir otras muchas que ya no se utilizan. Para todos los que manejamos libros y documentos antiguos, el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la RAE es una herramienta imprescindible para entender correctamente lo que estamos leyendo, pues, muchas veces, el significado actual de una palabra, no tiene nada que ver con el que tuvo en el pasado (aunque pueda parecer mentira).



Mapas actuales, uno de ellos con el topónimo "La Fuentecilla" y el otro con el de" La Puentecilla".

Volviendo a la polémica sobre el topónimo “Puentecilla” o “Fuentecilla”, y una vez consultados los viejos diccionarios, puedo asegurar que, sin ninguna duda, la denominación correcta es “La Puentecilla”, tal y como aparece en todos los mapas antiguos. Poco a poco, muchas personas lo van transformando en “Fuentecilla”, porque actualmente les suena mejor, pero es un error. Vamos a argumentar esta afirmación:

Según el actual Diccionario de la Lengua Española, “Puentecilla” (en femenino) es: “Puente o cordal de la parte interior de los instrumentos de cuerda que sujeta las cuerdas”. Pero en los diccionarios del siglo XVIII, además de esta definición de “Puentecilla”, nos encontramos con que la palabra “Puente” se utilizaba en femenino. Y así, encontramos términos y expresiones que hoy nos suenan raras, pero que en la época eran habituales. Por ejemplo:

“La puente levadiza”, para hablar de la compuerta que salvaba el foso de los castillo. O expresiones y frases hechas como: “Hacer la puente de plata” (facilitar las cosas); “Por la puente que está seco” (evitar riesgos), etc. Estos ejemplos y otros más, los encontramos en el Diccionario de la Real Academia de 1783.

Es a finales del siglo XIX cuando en los diccionarios comienza a aparecer la palabra “puente” como masculino, perdiéndose el uso de su forma femenina, pero permaneciendo en algunos topónimos como el que nos ocupa.

Posiblemente, poco a poco, el nombre original de “La Puentecilla” (que evidentemente hace alusión a algún antiguo puentecillo que servía para cruzar el arroyo), será transformado por el de “La Fuentecilla”, desvirtuando el sentido del topónimo. Por ello, reivindico usar el correcto nombre de “La Puentecilla”, que aunque hoy nos pueda sonar raro, es el original y, como todos los topónimos, nos está dando información sobre el pasado del lugar.

Y, una vez aclarada esta cuestión, pasamos al tema principal de este artículo: el arroyo de La Puentecilla y los restos de la Guerra Civil que se conservan en esta zona.

El arroyo de La Puentecilla nace en la zona que antaño recibía el nombre de Altos de la Carrascosa, una meseta bien definida que en los últimos años ha experimentado profundas transformaciones por la actividad urbanística y la construcción de infraestructuras. Las aguas de este arroyo, que puede permanecer seco buena parte del año, recorren unos 4 kilómetros hasta desembocar en el río Guadarrama, actuando parte de su tramo final como linde entre los términos municipales de Las Rozas y Majadahonda.

Buena parte del arroyo de La Puentecilla se encuentra dentro del “Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entorno”, por lo que algunas de las zonas por las que discurre cuentan con algún tipo de protección medioambiental que, sin embargo, no impide que este peculiar entorno natural sea objeto de diferentes agresiones de manera habitual (practica de enduro y motocrós, vertidos de escombros, basuras y otros residuos, por no hablar de la contaminación que sufren las aguas del propio arroyo). 


 Panorámica del arroyo de La Puentecilla (J. M. Calvo, 2010)

A lo largo de su recorrido, el arroyo de La Puentecilla, en época de lluvias, va recibiendo las aguas de otros arroyos menores que, comenzando en torrenteras en las partes altas, terminan conformando llamativas barrancas, cárcavas, cerros y cortados. Esta especial orografía fue aprovechada durante la guerra por los republicanos para establecer su línea de frente en este sector, una línea que experimentaría diversas modificaciones hasta el final de la contienda. Uno de los principales problemas con los que tuvieron que enfrentarse los republicanos en esta zona fue la superioridad táctica con la que contaban los franquistas desde sus posiciones de La Cumbre (que discurrían en paralelo a la actual M-851). El control y dominio de esas alturas  suponía una clara ventaja, tanto en lo referido a la visibilidad, como en lo concerniente al campo de tiro, lo que proporcionó a las guarniciones franquistas un excelente plan de fuegos contra las posiciones republicanas del sector (ver artículos “VÉRTICE CUMBRE” y “POSICIÓN 38 ORIENTAL GUADARRAMA”)

La batalla de Brunete (julio de 1937) supuso importantes modificaciones en las posiciones que los republicanos tenían en torno al arroyo de La Puentecilla, ya que consiguieron avanzar sus líneas y ocupar algunas cotas y lomas estratégicas que les permitieron establecer en esta zona un sistema defensivo más sólido y eficaz, minimizando en parte la ventaja con la que contaban las posiciones franquistas de La Cumbre. Es a partir de ese momento cuando los republicanos comienzan a desarrollar en la zona de La Puentecilla una intensa actividad fortificadora que se alargará hasta el final de la contienda.

La primera medida que se toma es la de mejorar las fortificaciones antiguas, las cuales, como podemos comprobar en un informe fechado en agosto de 1937, se consideran insuficientes y muy defectuosas:

“La construcción de las trincheras es sumamente defectuosa, pues tienen muy poca profundidad y faltan aspilleras para tiradores y aquellas que están construidas, (lo están) de forma muy deficiente, imposibilitando que el tirador pueda efectuar un tiro seguro y continuado. Así mismo, la mayor parte de la zanja es sumamente estrecha, notándose que las de evacuación tienen un zig-zag tan pronunciado, que imposibilita la evacuación en camilla desde la primera línea.”

También se considera prioritario sustituir los antiguos fortines de rollizos, por otros de mampostería y cemento, construyendo nuevos emplazamientos y modificando todo el sistema de fuegos, ya que se considera que los existentes, además de insuficientes, están mal ubicados y no permiten establecer una línea defensiva en profundidad.



Ejemplos de  fortines existentes en La Puentecilla. (J.M. Calvo, 2010)


Desde ese momento, en las posiciones que discurren en torno al arroyo de La Puentecilla, las compañías de zapadores iban a trabajar intensamente, siendo capaces de resolver buena  parte de los problemas que la especial topografía y orografía del lugar presentaba, y, todo ello, bajo el constante hostigamiento que las cercanas guarniciones franquistas ofrecían, lo que no deja de tener su mérito.

En julio de 1938, está zona del frente, cubierta ya por la 111ª B. M., se encontraba integrada en el Centro de Resistencia nº 6. Un informe de esta Brigada daba cuenta de los trabajos realizados entre mayo y diciembre de 1938. Según dicho documento, a lo largo de esos meses se habían realizado la mayor parte de los atrincheramientos y se habían colocado más de 1.500 m de alambrada. También se habían construido varios emplazamientos de mampostería para arma automática, y se informaba del arreglo, reforzamiento y entibamiento de puentes y pasarelas en diferentes barrancas y vaguadas para facilitar el enlace y la comunicación entre las posiciones.

En un “Plan de fortificaciones del Subsector de esta Brigada”, fechado en julio de 1938, podemos leer que la Línea Principal de Resistencia establecida en La Puentecilla se encontraba ya “en condiciones aceptables con gran cantidad de refugios ligeros y algunos, muy pocos, construidos contra artillería mediana y gruesa, con puestos de tirador diversos (escuadra, individuales o dobles), puestos mixtos de tiradores y granaderos, puestos de granaderos, emplazamientos para lanzabombas, fusiles ametralladores y ametralladoras con capacidad de resistencia, por lo menos, contra morteros del 81 y alguno de ellos, contra artillería de mediano calibre” , además de contar con una línea de obstáculos compuesta de alambradas y minas.



Más restos de fortines existentes en La Puentecilla. (J.M. Calvo, 2010)


A pesar de todo ello, los mismos informes de ingenieros y zapadores siguen haciendo reiteradas menciones y alusiones a la complejidad de la orografía para establecer un completo y eficaz sistema defensivo, y al permanente riesgo que supone la ventajosa posición que ocupan las guarniciones enemigas en la zona, por lo que los trabajos de fortificación, comunicación y enlace, así como la organización y reorganización defensiva del frente a base de Centros de Resistencia, Línea Principal de Resistencia y Línea de Sostenes, serán constantes durante toda la contienda.

En febrero de 1939, poco antes de concluir la guerra, en la zona de La Puentecilla se situaban parte de los Centros de Resistencia nº 3 y nº 2 del III Subsector del frente, posiciones defendidas cada una de ellas por un batallón de la 111.ª Brigada Mixta, de la 8.ª División, perteneciente al II Cuerpo de Ejército.



 Restos de inscripciones existentes en algunos fortines de La Puentecilla. (J.M. Calvo, 2010)


En la actualidad, en torno al arroyo de La Puentecilla se conservan numerosas fortificaciones y atrincheramientos en diverso estado de conservación, muchas de ellas, poco o nada conocidas. El “Anuario de Actuaciones Arqueológicas y Paleontológicas de la Comunidad de Madrid”, del 2006, solo incluye 2 de las 21 fortificaciones que se recogen en el “CATÁLOGO FOTOGRÁFICO DE FORTIFICACIONES” de este blog, a las que habría que sumar 1 fortificación más, destruida en los últimos años, pero incluida en el "INVENTARIO DE RESTOS DEL FRENTE DE LAS ROZAS DE MADRID" (J. M. Calvo Martínez, GEFREMA, 2012).

Creo que tanto el entorno natural, como el rico patrimonio relacionado con la Guerra Civil que se conserva en el arroyo de La Puentecilla, convierte a esta zona en un lugar único y especial para poder disfrutar de la Historia y la Naturaleza. Confío en que, tanto las diferentes administraciones con competencias en estos temas, como todas las personas que por uno u otro motivo se acercan a este espacio tan peculiar, muestren una especial sensibilidad y cuidado por todo lo que en él se engloba.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía de cabezera: Trazado de trinchera y fortín en el arroyo de La Puentecilla (J.M Calvo, 2010).

lunes, 16 de enero de 2012

109) CERRO DE LA RADIO








El Cerro de la Radio se encuentra al sur del municipio de Majadahonda, en el inicio de la antigua carretera de Boadilla del Monte (actual M-516). Hoy en día, el Cerro de la Radio es un descampado cada vez más cercado por la expansión urbanística y diferentes tipos de infraestructuras. Un lugar poco cuidado y bastante degradado por los vertidos de escombros y otros tipos de residuos.

La loma que preside este lugar (746 m), fue elegida a finales de los años veinte del siglo pasado para instalar una de las estaciones receptoras de la empresa de comunicación radiotelegráfica, Radio Argentina S. A. (Radiar), motivo por el cual, el lugar fue conocido desde entonces con el nombre de Cerro de la Radio.

Pero la historia había comenzado unos años antes, en concreto el 27 de agosto de 1920, cuando un grupo de radioaficionados argentinos autodenominado “Sociedad Radio Argentina”, entre los que se encontraban Miguel Mújica, Enrique Susini, Luís Romero Carranza y Cesar Guerrico,  realizaron desde el  teatro Coliseo de Buenos Aires la que algunos consideran la primera emisión radial del mundo. Con un precario y artesanal equipo de válvulas Pathe instalado en la terraza del teatro, este grupo de radioaficionados fue capaz de emitir en directo la ópera “Percival” de R. Wagner, que aquella noche se estaba ofreciendo en el Coliseo bajo la dirección de Félix Weingartner y con el barítono Aldo Rossi Morelli y la soprano Sara César en la interpretación.

Dicha emisión, que duro unas tres horas, solo pudo ser escuchada por un reducido grupo de personas que en aquellos tiempos tenían aparatos receptores, las antiguas radios de galena, y por la tripulación de un barco anclado en el puerto brasileño de Santos, que recibió la emisión en su emisora de radio. A pesar de las pocas personas que pudieron escuchar la emisión, esta experincia causó una gran impresión, haciéndose eco de ella la prensa de la época, como sucedió con el diario “La Razón”, que en su edición del 28 de agosto de 1920 publicaba una crónica firmada por el crítico de música Miguel Mastrogiani, titulada “Una audición llovida del cielo. Parsifal a precios popularísimos", en la que podía leerse:

“… anoche una onda sonora onduló vermicular, de las 21 a las 24, por el espacio, como cubriendo con su sutil celaje de armonías -las más caprichosas, ricas, grávidas de nobles emociones-, la ciudad entera.”

Ante el éxito obtenido, Susini, Romero, Mújica y Guerrico, que empezaron a ser conocidos como “los locos de la terraza”, llegaron a un acuerdo con la dirección del teatro para seguir emitiendo el resto de la temporada del Coliseo, tras lo cual, el grupo comenzó a realizar producciones propias. Todas estas experiencias y proyectos dieron lugar a la creación de la primera emisora del país, que recibió el nombre de “Radio Argentina”, la cual acabaría convirtiéndose en “Radio Nacional”.

Con el tiempo, "Los locos de la terraza" decidieron ampliar sus actividades al mundo de las telecomunicaciones, y así, el 31 de agosto de 1927, crearon en Buenos Aires la sociedad anónima “Radio Argentina S. A. (Radiar)”, con la intención de explotar un circuito radiotelegráfico en Onda Corta entre la capital argentina y Madrid. Los derechos de dicha explotación habían sido concedidos por el Estado Español mediante Real Decreto-Ley número 604, con fecha de 30 de marzo de 1927. Dicha concesión se otorgaba por un plazo de veinticinco años, estableciéndose en su artículo único, condición 16, que a la terminación de la misma, todas las instalaciones en España de la dicha Sociedad concesionaria, pasarán a ser propiedad del Estado, sin indemnización alguna.”

La nueva sociedad pronto comenzó a desarrollar su actividad en España, instalando sus oficinas centrales, el despacho público de aceptación y reparto de telegramas y la sala de tráfico en el piso entresuelo del Edificio Adriática, en la Gran Vía madrileña, esquina a la plaza de Callao. La Estación Transmisora se ubicó en la carretera de Valencia, en el Alto del Arenal, entre el Puente de Vallecas y el pueblo de Vallecas, y la Estación Receptora, como indicábamos al inicio de esta entrada, en la localidad de Majadahonda, junto a la carretera de Bodilla del Monte.

Para instalar su Estación Receptora, la compañía argentina compró un total de tres fincas en la zona denominada La Mina, del municipio majariego. De esta manera se hizo con una parcela de 36.792 m2. Según documentación existente en el Registro de la Propiedad de Majadahonda, las fincas compradas a nombre de Radiar, S. A. fueron:

Finca nº 2.836, de 10.832 m2, al sitio denominado del Cristo. Adquirida mediante escritura de compraventa de 15 de mayo de 1929.

Finca nº 3.047, de 9.104 m2, al sitio Camino del Cristo o Corralero. Adquirida mediante escritura de compraventa de 6 de julio de 1928.

Finca nº 3.052, de 5.134 m2, al sitio de la Ermita del Cristo. Adquirida mediante escritura de compraventa de 14 de diciembre de 1928.

En dicho lugar se construyó el edificio de la Estación Receptora y se instaló la primera antena, fabricada con armazón de madera.

Desde su puesta en marcha, la nueva empresa de comunicación radiotelegráfica tuvo un enorme éxito y aceptación, puesto que abarató sensiblemente los costes y redujo la dependencia que imponían otras grandes empresas europeas de telecomunicaciones. Un éxito que se truncaría en julio de 1936, cuando toda España se vea convulsionada por la tragedia que va a suponer el estallido de la guerra civil.

No es la primera vez que en este blog hemos hecho referencia a esta zona de Majadahonda, ya que, el Cerro de la Radio es el lugar en el que se encuentra el monumento dedicado a los voluntarios rumanos Mota y Marin, que murieron combatiendo en las filas de Franco en enero de 1937, durante las últimas jornadas de la batalla de La Carretera de La Coruña. Los interesados, pueden consultar “VOLUNTARIOS RUMANOS”, publicado en este blog en julio de 2009.

Como es fácil de suponer, durante los combates del invierno 1936/39, las alturas del Cerro de la Radio se convirtieron en un punto de importancia estratégica. Primero, para las fuerzas republicanas, que utilizaron la ventaja que proporcionaba esta y otras alturas similares para intentar frenar el arrollador avance iniciado el 3 de enero por las columnas franquistas sobre el sector de Majadahonda. Y, una vez ocupada ésta, esas mismas posiciones fueron aprovechadas por estos últimos para resistir la contraofensiva que los republicanos iniciaron el 11 de enero de 1937. Estos combates han sido largamente tratados en diferentes apartados de este blog, por lo que no me detendré ahora en ellos.

Finalizada la batalla de la Carretera de La Coruña, el Cerro de la Radio quedó dentro de las líneas franquistas, convirtiéndose en posición de segunda línea y empleándose, entre otros usos, como observatorio. En la documentación militar de época, las posiciones del Cerro de la Radio constituían los Islotes de Resistencia del 107 al 113, integrados en el “Centro de Resistencia e” de la segunda línea de la 20 División del Ejército Nacional. Aunque estas posiciones no volvieron a verse directamente afectadas por operaciones militares o acciones de combate, si continuaron siendo hostigadas de manera cotidiana por la artillería republicana hasta el final de la contienda. 

Evidentemente, los efectos de la guerra afectaron a las instalaciones de Radio Argentina en Majadahonda, pero tras la contienda, éstas fueron reconstruidas y volvieron a ponerse en funcionamiento. Según recoge Vicente Miralles Roma en su trabajo “El servicio de telegrafía en España”, en los mismos emplazamientos utilizados por Radiar S. A.:

“… se instalaron en 1957 los más modernos equipos de Bandas Laterales Independientes de la época con objeto de proporcionar las comunicaciones de las Bases Americanas en España con su Cuartel General en Huston.

En 1970 todas esas instalaciones pasaron a Telefónica que las fusionó con las que ya poseía y los servicios de radiotelegrafía pasaron a Telégrafos, que recuperó todo el tráfico telegráfico internacional, incluido el de concesiones de antiguos cables submarinos cuya explotación había dejado de tener ya interés por disponer de líneas terrestres de gran capacidad.”

Poco a poco, las nuevas tecnologías fueron restando importancia a las instalaciones del Cerro de la Radio, hasta quedar éstas totalmente obsoletas. Comenzó así un progresivo proceso de abandono y deterioro, hasta llegar al lamentable y ruinoso aspecto que ofrecen hoy en día. Quien se acerque a este lugar se encontrará con lo que queda del edificio que en su día albergó la Estación Receptora de Radio Argentina S. A. (Radiar). Paseando por los alrededores de las ruinas podrá toparse también con los anclajes de la gran antena que antaño coronaba el cerro, una antena que primero fue de greca con armazón de madera, y que posteriormente se sustituyó por una de las primeras antenas rómbicas de metal. En su lugar,  hay instalada hoy una moderna antena de telecomunicaciones, lo que demostraría las buenas condiciones que el Cerro de la Radio tiene para este fin.

Como ya hemos señalado, junto a los vestigios de las instalaciones de Radio Argentina, se encuentra el monumento levantado en memoria de los  voluntarios rumanos. De los atrincheramientos que durante la guerra existieron en este lugar no queda absolutamente nada, pero todavía es posible apreciar la importancia que el cerro pudo tener como observatorio militar durante la guerra civil.

A veces, al andar por aquí y por allá, aparece algún oxidado fragmento de metralla. Lo demás: basuras, escombros, vidrios rotos y desperdicios de todo tipo.

El inexorable paso del tiempo que termina convirtiéndolo todo en vacío, silencio y ruina.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ



Fotografía 1) Vista general del Cerro de la Radio, con el monumento a los voluntarios rumanos al fondo (JMCM)
Fotografía 2) Edificio que albergó la Estación Receptora de Radio Argentina S. A. Radiar (JMCM)
Fotografía 3) Diario La Voz, 25-11-1929.
Fotografía 4) Interior de las instalaciones de Radio Argentina en Majadahonda en su época de funcionamiento.
Fotografía 5) Croquis de la 20 División Nacional con las posiciones del Cerro de la Radio, 1939 (AGMA).

sábado, 19 de junio de 2010

86) DEHESA DE MAHADAHONDA





Como a un kilómetro y medio al suroeste del casco histórico de Majadahonda, se encuentra La Dehesa. Este bosquecillo es lo que queda de un antiguo encinar que ha podido llegar hasta nuestros días gracias a las diversas repoblaciones (principalmente de pino) efectuadas a lo largo de las últimas décadas.

La Dehesa de Majadahonda es una zona protegida incluida dentro del “Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entorno” (aunque no por ello, como suele ser habitual, deja de sufrir agresiones de diverso tipo). Ocupa una superficie aproximada de 80 hectáreas y, aunque su acceso puede resultar un tanto tortuoso, la visita merece la pena. En su interior, además de otras especies autóctonas, aun es posible contemplar algunas encinas centenarias. También son de destacar los lagartos ocelados, que en los meses de calor, pueden sorprender al caminante con su rápida y zigzagueante huída.

Respecto al tema que nos interesa en este blog, la guerra civil en el noroeste de Madrid, hay que señalar los diversos restos de atrincheramientos pertenecientes al Ejército Nacional que aun resisten el paso del tiempo en este lugar. Es de suponer que las tropas de Franco, desde que ocuparon la zona en enero de 1937, debieron de tener en cuenta las alturas de la Dehesa de Majadahonda en su dispositivo defensivo. Sin embargo, hasta la fecha, las primeras referencias documentales que he podido localizar de estas posiciones, datan de julio de 1937, momento en el que, concluida la Batalla de Brunete, cada ejército reorganizó sus respectivos sistemas defensivos en el sector.

Entre otras disposiciones, y “de manera primordial”, el Alto Mando del Ejército Nacional va a ordenar la construcción de diversos puntos de resistencia en la orilla izquierda del arroyo Plantío, cuyo curso discurre, desde su nacimiento en Las Rozas, hasta su desembocadura en el río Guadarrama, a la altura de Villafranca del Castillo. La misión principal de estas posiciones era la de “asegurar por completo la prohibición de filtraciones de elementos enemigos por dicho arroyo.”

De esta manera, todas las alturas de importancia entre el arroyo Plantío y Majadahonda, van a ir siendo fortificadas, constituyendo una segunda línea del frente que contará con algunos de los mejores observatorios del sector.

Los restos de algunas de estas posiciones, en cuyo estudio e interpretación aun tengo que profundizar, son visibles en diferentes puntos de la Dehesa de Majadahonda, aunque eso sí, cada vez están más deteriorados por el paso del tiempo. Por si la acción propia de la erosión no fuera suficiente, en los últimos meses, estos atrincheramientos han sufrido una irreparable agresión. Las últimas repoblaciones forestales efectuadas en la zona se han llevado por delante importantes tramos de trincheras, que, en algunos sitios, han sido aprovechadas para plantar los arbolitos. Nunca estaremos en contra de que se repueble la zona con especies autóctonas, pero es lamentable que, por unos motivos u otros, los vestigios de la guerra civil sean siempre objeto de agresiones y destrucciones.

Además de sus trincheras, la Dehesa cuenta con otro pequeño y desconocido recordatorio de la guerra civil. Se trata de una solitaria cruz de granito ubicada en su extremo occidental, en cuya base puede leerse la siguiente inscripción:

ANTONIO
MARTÍNEZ
SANTA-OLALLA
12-VIII-1909
BURGOS
8-IX-1936
TORREJÓN DE ARDÓZ

Durante mucho tiempo, este monumento fue una incógnita para mí. Estaba claro que hacía alusión a una persona fallecida durante la guerra civil (la fecha coincidía con las primeras jornadas de la Batalla de Madrid), pero no contaba con ninguna otra referencia que me sirviera para confirmar su relación directa con el conflicto.

Sin embargo, esos apellidos no me eran del todo extraños. No sabía dónde, pero ese nombre, lo había escuchado o leído en algún sitio. Mis primeras consultas no dieron ningún resultado, y la cuestión, poco a poco, fue quedando casi olvidada. Sólo cuando volvía a la Dehesa de Majadahonda, y me topaba otra vez con la cruz de granito, la curiosidad afloraba de nuevo. Pero de nuevo también, mis pesquisas terminaban sin encontrar ninguna respuesta satisfactoria.

Durante varios años, el nombre de Antonio Martínez Santa-Olalla, y las referencias cronológicas que aparecen en el pedestal de la cruz, permanecieron apuntados en una de mis libretas de notas, a la espera de que algún día apareciera la pista aclaratoria del misterio. Y al final, un día, la pista apareció.

Pero esa primera pista, al contrario de lo que había pensado, no la encontré en los libros o publicaciones sobre la guerra civil, sino en el campo de la arqueología. Un día, revisando algunos de los apuntes que años antes había cogido en alguna clase de la Facultad, me topé con el apellido Martínez Santa-Olalla. De primeras, me pasó lo mismo que me había sucedido la primera vez que vi la cruz de la Dehesa de Majadahonda, el nombre me sonaba, aunque no sabía bien de qué. Pero pensando un poco, me acordé. Rebusqué entonces entre mis carpetas y papeles hasta dar con la referencia que años antes había anotado, y efectivamente, era el mismo apellido, aunque, como pude comprobar también, el nombre no coincidía.

El que aparecía en mis antiguos apuntes de clase era Julio Martínez Santa-Olalla, mientras que el que estaba grabado en la cruz de Majadahonda era Antonio. El misterio no estaba aclarado, pero parecía haber dado por fin con una buena pista que seguir y, algunas cosas, empezaron a salir a la luz.

El nombre que aparecía en mis apuntes de clase, Julio Martínez Santa-Olalla, correspondía al de un personaje poco conocido hoy en día, pero que en su momento, contó con cierto prestigio, y que, durante el franquismo, llegaría a ocupar cargos de importancia en el campo de la arqueología y la antropología nacional. Julio había nacido en Burgos en 1905, y era hijo del general de Aviación José Martínez Herrera y de Consuelo Santa-Olalla Cadiñanos. Su padre, que era amigo personal de Franco, había ocupado temporalmente la alcaldía de Barcelona, en sustitución de Pi y Sunyer, tras el intento revolucionario de octubre de 1934, en el que Companys, llegó a proclamar (aunque solo por un día) el Estado Catalán de la República Federal Española.

Doctorado en la Universidad de Madrid, Julio Martínez Santa-Olalla fue profesor de la Universidad de Bonn entre los años 1927 y 1931. Al igual que tantos otros intelectuales españoles de su época, desarrolló un fuerte sentimiento germanófilo, que en su caso, le llevaría a simpatizar e identificarse con muchos de los principios del nacional-socialismo, cuyo auge y ascenso pudo vivir en primera persona durante su estancia en Alemania. A su regreso a España, ocuparía la cátedra de Historia del Arte, Arqueología y Numismática de la Universidad de Santiago de Compostela.

Parece ser que para 1936, Julio Martínez Santa-Olalla es ya militante de Falange Española. La sublevación militar de julio le sorprenderá en Madrid, donde es detenido y trasladado a una de las peores checas existentes en la zona republicana, la checa de Fomento, situada en los sótanos del Círculo de Bellas Artes, en la calle Alcalá nº 40.

Rápidamente, sus amigos y colegas de profesión se movilizan para intentar ayudarle. Parece ser que fue el propio Julián Besteiros (catedrático de Psicología, Lógica y Ética, y que, como es sabido, fue un destacado político socialista durante la Segunda República), el que conseguiría finalmente su liberación. Buena parte de la guerra, Julio Martínez Santa-Olalla, la pasaría refugiado en la Embajada francesa de Madrid, hasta que en 1938, logró pasarse a la zona nacional.

Tras la contienda, Martínez Santa-Olalla, fue nombrado Comisario General de Excavaciones Arqueológicas, cargo que ocuparía hasta 1956. Fuertemente influenciado y atraído por las ideas nazis sobre la expansión de los pueblos germanos en Europa, entabló una intensa relación con algunos de los miembros más destacados de la Ahnenerbe ("Herencia Ancestral Alemana"), institución alemana creada por los nazis, entre los que destacaban personajes tan siniestros como Wolfram Sievers, o el mismísimo comandante en jefe de la SS, Heinrich Himmler, con quien Martínez Santa-Olalla se carteaba personalmente y al que acompañó durante la fugaz visita que el jerarca nazi realizó a España en 1940, según cuentan, interesado en la búsqueda del Santo Grial.

En aquellos años, Julio Martínez Santa-Olalla, basándose en el supuesto pasado celta de la península, desarrolló su teoría sobre la "arianización” de España. También dio gran importancia a la etapa visigoda, un tema, el de la expansión de los pueblos germanos tras la desintegración del Imperio Romano, muy del agrado de los nazis.

Hoy en día, las teorías e interpretaciones sobre la Prehistoria de la Península Ibérica realizadas por Julio Martínez Santa-Olalla (fallecido en Madrid en 1972), están totalmente superadas y, en buena medida, desprestigiadas. Quien desee profundizar más en la biografía y obra de este arqueólogo español, recomiendo el trabajo de Alfredo Mederos Martín, "Julio Martínez Santa-Olalla y la interpretación aria de la Prehistoria de España (1939-1945)", que puede ser consultado en el siguiente enlace:


Respecto a Antonio Martínez Santa-Olalla, en cuya memoria se levanta la cruz de granito existente en la Dehesa de Majadahonda, la información que he podido recopilar es la siguiente. Antonio era el hermano menor de Julio Martínez Santa-Olalla, y como señala la inscripción de la cruz, nació en Burgos en 1909. Desde antes de la guerra, militaba activamente en Falange Española, perteneciente posiblemente a la 5ª Bandera de Madrid. Como señalado camisa vieja, tras el fracaso de la sublevación en la capital, fue detenido e ingresó en la Cárcel Modelo de Moncloa, donde permaneció hasta noviembre de 1936, momento en el que se produjeron las conocidas sacas de Torrejón de Ardoz y Paracuellos del Jarama. Según las investigaciones realizadas por Gibson, entre la noche del 6 al 7, la tarde del 7, y la noche del 7 al 8 de noviembre, en estos pueblos fueron fusilados 968 presos políticos de la Cárcel Modelo. En las listas correspondientes a las sacas del 8 de noviembre, aparece el nombre de Antonio Martínez Santa-Olalla que, como señala la cruz de Majadahonda, fue fusilado aquel día en Torrejón de Ardoz.

Lo que de momento no he sido capaz de saber, es cual era tipo de relación que Antonio Martínez Santa-Olalla mantenía con Majadahonda como para que, terminada la guerra, se levantará una cruz en su memoria, y el por qué de que se eligiera precisamente la Dehesa de este pueblo para ubicar dicho monumento.

Quizás, con el tiempo, encuentre nuevas pistas que aporten más luz a este asunto. O quizás, alguno de los lectores o lectoras de este blog, conozcan algún otro dato interesante y quieran compartirlo con todos nosotros.

La Historia está repleta de dudas y preguntas sin respuesta. De momento, la cruz de granito y las trincheras de la Dehesa de Majadahonda permanecen en sus respectivos lugares, como recordatorios de un trágico y triste Pasado.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Panorámica de la Dehesa de Majadahonda (JMCM)
Fotografía 2) Algunos restos bélicos encontrados al pasear entre las trincheras de la Dehesa de Majadahonda: metralla, vainas, peines, cartuchos y bala Mauser (JMCM)
Fotografía 3) La cruz de granito levantada en memoria de Antonio Martínez Santa-Olalla (JMCM)

domingo, 16 de mayo de 2010

83) POSICIÓN 38 ORIENTAL GUADARRAMA





Haciendo un repaso general de los contenidos de este blog, he caído en la cuenta del poco espacio dedicado a Majadahonda. Esto no quiere decir que no de importancia a la relación que este municipio tuvo con la guerra civil. Muy al contrario, en mis trabajos de investigación, Majadahonda, como no podría ser de otra manera, siempre tiene un lugar preferente.

El estudio de la guerra civil en el noroeste de Madrid da para tantos temas que es difícil abarcarlos todos. Por otro lado, las características de este blog limitan mucho el poder profundizar todo lo que me gustaría en ciertas cuestiones, viéndome obligadoo a dejar una mayor extensión de sus contenidos para otros medios o cauces más apropiados. Con todo, la poca atención prestada hasta ahora a Majadahonda no tiene excusa, y creo llegado el momento de empezar a solventarlo.

Me ha parecido buena idea comenzar con una de las posiciones más importantes de Majadahonda, cuyos restos, aun pueden ser visitados. Se trata de la que se conoció como “Posición 38 Oriental Guadarrama”, un conjunto de fortificaciones del ejército franquista situadas en el kilómetro 2 de la M-851, justo en el inicio del Camino de la Puentecilla (antiguo Camino del Picotejo).

Como ya he señalado en diferentes apartados de este blog, la batalla de la carretera de La Coruña supuso el completo control y dominio, por parte de los nacionales, de todas las alturas importantes situadas en la orilla izquierda del río Guadarrama. En líneas generales, estas cotas y vértices eran muy modestas, unas simples ondulaciones en algunos casos, pero que, a falta de otras más notables, acabaron teniendo una gran importancia, tanto en el desarrollo de la batalla, como en la posterior guerra de trincheras que se desarrollaría hasta el final de la contienda. J. M. Martínez Bande, en su libro “La lucha en torno a Madrid” realiza el siguiente análisis sobre el terreno del que estamos hablando.

“Caracterizaba esta zona topográfica la ausencia de accidentes destacados. En esencia, apenas si aparecían definidos tres valles a veces suaves, otras ondulados y movidos: los del río Manzanares, Guadarrama (con su afluente el Aulencia) y Perales, a los cuales y siguiendo casi siempre direcciones perpendiculares, iban las aguas de algunos riachuelos y arroyos, generalmente de curso intermedio y cauces profundos, obra de la erosión. Las alturas eran escasas y nunca sobresalientes; citarlas quizá parezca superfluo (…) El terreno no ofrecía obstáculos de consideración más en cambio carecía de buenos observatorios, siendo la visibilidad casi siempre problemática” (Martínez Bande, “La lucha en torno a Madrid”, Edt. San Martín, Madrid, 1984, pp. 54-55).

Esas alturas de poca importancia, que Martínez Bande considera quizá superfluo el citarlas, son de sobra conocidas por los lectores de este blog: El Mosquito, Romanillos, los vértices Manilla, Cristo, Barrial, lomas como La Bellota, La Mocha (que recibiría el nombre de Loma Artillera”), la “Loma Fortificada”… entre otras muchas.

En la zona concreta que nos ocupa, la altura más importante la constituía el Vértice Cumbre, en Las Rozas, y, complementando a éste, todas las posiciones (un total de 11 Islotes de Resistencia) que fueron surgiendo en paralelo a la carretera de Las Rozas a Villanueva del Pardillo (actual M-851), terrenos que en los mapas reciben el nombre de La Cumbre y cuyo control suponía una clara ventaja, tanto en lo referido a la visibilidad, como en lo concerniente al campo de tiro, lo que proporcionó a las guarniciones franquistas un excelente plan de fuegos contra las posiciones republicanas.

Esta ventaja, en la que nos detendremos algo más cuando hablemos de las posiciones de La Puentecilla, constituyó un grave y constante riesgo para las posiciones republicanas del sector, que tuvieron que desarrollar grandes esfuerzos para intentar minimizarla, sin que nunca lo consiguieran del todo.

La “Posición 38 Oriental Guadarrama”, como señalábamos más arriba, fue uno de los puntos más fuertes del sector. Integrada en el “Centro de Resistencia D” (que en enero de 1939 pasaría a denominarse “C. R. IV”), estaba compuesta por los Islotes de Resistencia nº 78 y nº 79.

Fue éste, uno de los puntos del frente donde las líneas de unos y otros estuvieron más próximas (apenas unas decenas de metros según los informes nacionales y republicanos). También era éste, uno de los lugares donde la topografía hacía más probable un ataque republicano. Estas circunstancias provocaron que esta posición, junto a la situada en el Vértice Cumbre (1.500 m al noreste), fuera una de las más fortificadas de todo el sector.

Los trabajos de fortificación fueron constantes a lo largo de toda la guerra, pero será a partir de agosto de 1938, momento en que la 20 División Nacional se hace cargo de la defensa de este frente, cuando estos trabajos se intensifiquen. Desde esa fecha se procede a una profunda reorganización de las posiciones franquistas, la cual dará lugar a la mayor parte de las fortificaciones que, del Ejército Nacional, han llegado hasta nuestros días en el noroeste madrileño.

Como indica Ricardo Castellano en su libro “Los restos del asedio” (Edt. Almena, Madrid, 2004), desde octubre de 1938, serían las Compañías 21 y 22 del Batallón de Zapadores nº 8 (asignado a la 20 División) las encargadas de los trabajos de fortificación en este sector.

Por lo que respecta a la “Posición 38 Oriental Guadarrama”, la reorganización fue intermitente, viéndose paralizada en diferentes momentos por tener que atender otros lugares que requerían más urgencia. Con todo, se finalizaron diversas construcciones de hormigón (entre ellas, dos nidos para arma automática), refugios subterráneos, un completo sistema de galerías y trincheras (de combate, de comunicación, de evacuación…), Puesto de Mando y alambrada con dos filas de piquetes. De todo ello, en la actualidad solo quedan los restos de cuatro construcciones, alguna de ellas en muy buen estado de conservación, aunque, como es habitual, con escombros, basuras y otros residuos en su interior. También es destacable la existencia de una inscripción grabada en cemento, que hace alusión a una de las unidades que por aquí pasaron.

En febrero de 1939 (poco antes del final de la guerra), la “Posición 38 Oriental Guadarrama”, estaba guarnecida por tropas del regimiento de Infantería de Toledo nº 26. Un total de 53 soldados (oficiales: 1; suboficiales: 2; tropa: 50). Entre su armamento, contaban con una ametralladora Hotchkiss, un fusil-ametrallador Breda modelo 30, y 48 fusiles Mauser 7 mm.

Quien visite esta posición, además de poder contemplar los restos de interesantes construcciones bélicas, disfrutará de una estupenda vista de la sierra y del denominado pie de sierra, con unos atardeceres que merecen la pena.

El visitante que conozca algo sobre la guerra aquí vivida, disfrutará observando los lugares por los que discurrían las cercanas posiciones republicanas, y no le costará demasiado imaginar las lomas y quebradas que formaban la primera línea de fuego, surcadas por parapetos de sacos terreros, alambradas de espino y puestos de tirador. Podrá contemplar también, La Cervera y La Puentecilla, lugares en los que se situaban las líneas de sostén de la 111 Brigada Mixta y, en la otra orilla del río Guadarrama, alturas como el Cerro Martín, uno de los puntos más fuertes e importantes del sistema defensivo republicano en este sector.

Los mismos lugares hacia los que apuntan, desde hace más de setenta años, las troneras de las fortificaciones de la “Posición 38 Oriental Guadarrama”, como esperando a un enemigo ya inexistente.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografías 1 y 2: Algunas de las construcciones existentes en lo que fue la “Posición 38 Oriental Guadarrama” (JMCM)
Fotografía 3: Croquis de la “Posición 38 Oriental Guadarrama”, utilizado por la 20 División Nacional como superponible en los mapas topográficos (AGMA).

Documentación procedente del AGMA.

sábado, 19 de diciembre de 2009

63) PABLO DE LA TORRIENTE BRAU



Los combates de la batalla de la carretera de La Coruña supusieron numerosas bajas en ambos ejércitos. La mayor parte de los caídos fueron combatientes anónimos de los que no nos ha llegado ninguna referencia.

Sin embargo, en ocasiones contamos con algunos datos más concretos que, por diferentes motivos, nos permiten poner nombre y apellido, fecha y lugar a episodios y sucesos ocurridos en aquellas lejanas y confusas jornadas.

Hoy queremos recordar al escritor cubano (aunque nacido en San Juan de Puerto Rico) Pablo de la Torriente Brau, que cayó combatiendo en las filas republicanas un 19 de diciembre de 1936, durante la segunda fase de la batalla de la carretera de La Coruña.

Desde muy pronto, Pablo asumió un claro compromiso político, lo que acabaría costándole, primero prisión, y más tarde el exilio en Nueva York, por sus actividades contra la dictadura de Machado. El inicio de la guerra civil española le anima a venir a nuestro país como corresponsal de una publicación norteamericana y de otra mejicana. El contacto con la guerra le convence de que escribir crónicas sobre la misma no es suficiente y decide implicarse más a fondo. Primero como Comisario de la Cultura y poco después como combatiente.

En el frente de Somosierra (Buitrago, Peña del Alemán…) se hace famoso por las arengas dirigidas al enemigo desde las trincheras. Tras una entrevista realizada al Campesino, Pablo decide integrarse en su Brigada, con la que combatirá en el noroeste de Madrid. Como Comisario de la Cultura desarrolla una intensa actividad propagandística (mítines, escritos…) en colaboración con la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Establece una profunda amistad con los poetas Miguel Hernández y Antonio Aparicio. Junto a ellos, decide publicar un periódico para la Brigada del Campesino, aunque Pablo morirá antes de poder ver editado el primer número.

Carismático y dotado de una gran personalidad, Pablo de la Torriente se hace muy querido entre sus compañeros. En Alcalá de Henares conoce a un niño huérfano, Pepito, al que decide apadrinar, y que le acompañará a todas partes en donde no hay peligro, pero con el que acabaría compartiendo un trágico final.

Teóricamente, Pablo muere en combate un 19 de diciembre de 1936, cuando se encuentra con las tropas del Campesino en algún lugar indeterminado entre Majadahonda y Boadilla del Monte, intentando frenar la ofensiva franquista iniciada el día catorce. Sobre su muerte se ha escrito mucho, y también se ha generado mucha leyenda.

Reproducimos aquí dos visiones sobre Pablo de la Torriente y su presencia en España. Entre una y otra aparecen algunas contradicciones o datos diferentes, pero dan una visión general que puede servir como introducción para todo aquel que desee luego profundizar más en el tema. La primera es la que Carlos Fonseca nos presenta en su libro “Rosario Dinamitera. Una mujer en el frente”:

“El comisario político de la unidad era en ese momento el cubano Pablo de la Torriente, que había sustituido a Valeriano Marquina, trasladado a otra unidad. Tenía treinta y cuatro años de edad y era natural de San Juan de Puerto Rico, aunque se había criado en La Habana, donde su familia se instaló cuando tenía sólo cinco años. Su padre era natural de la localidad santanderina de Hermosa, y él había viajado a España por primera vez siendo un niño, en 1903, para asistir en Santander al entierro de su abuelo paterno, el ingeniero Francisco de la Torriente Hernández.

Pablo había llegado a Madrid a finales de 1936 procedente de Nueva York, donde vivía exiliado desde la primavera de 1935 por sus actividades contra el régimen cubano. Un mitin a favor del Frente Popular celebrado en Unión Square le decidió a trasladarse a nuestro país. Lo hizo como corresponsal de guerra del diario “El Machete”, órgano del Partido Comunista mexicano, y de “New Masses”, la revista de los comunistas norteamericanos. “He tenido una idea maravillosa: me voy a España, a la revolución española. A ver a un pueblo en lucha. A conocer héroes. La idea hizo explosión en mi cerebro, y desde entonces está incendiando el bosque de mi imaginación”, escribió a su familia días antes de partir.

En la capital presenció el primer desfile de mujeres por las calles principales. Mujeres jóvenes y viejas, cocineras, operarias y modistillas de los radios del PCE y de la JSU gritando consignas: “Hombres al frente, mujeres a ala retaguardia”, “primera, segunda y tercera, los hombre a las trincheras”, “una, dos, tres y siete, los hombres al frente”.

Pasadas unas jornadas, consiguió un salvoconducto para viajar a Somosierra. Allí entrevistó al Campesino, del que tanto había oído hablar, y se sumó a sus hombres. Escribir, dijo, le parecía poca aportación a la lucha por la libertad, y desde entonces peleó con la pluma y el fusil. Lo hizo en Pozuelo y Boadilla del Monte, y en la retaguardia de Alcalá. Mientras esperaba ser enviado a otro frente de batalla, organizaba actos políticos en la nave de una iglesia para levantar la moral de los milicianos.

Su condición de hombre de letras le había permitido conocer a algunos de los integrantes de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que tenía su sede en el palacio de los Heredia-Spinola, en la calle del Marqués de Duero, número 7, a los que invitaba para que hablaran a los soldados. A dos de ellos, los poetas Miguel Hernández y Antonio Aparicio, los había incorporado al Comisariado de la Cultura de la brigada y preparaba con ellos la edición de un periódico con el nombre de “¡Al Ataque!” Y otro mural.

Pablo no era el único cubano de la brigada, en la que también peleaba Policarpo Candón, de treinta y un años, natural de Cádiz, aunque su familia marchó a Cuba y allí se crio. Como su compañero, lucho contra la dictadura del presidente Gerardo Machado, y había viajado a España para defender la República. Rosario (la “Dinamitera”) hizo amistad con ambos. Le gustaba escucharles hablar con ese tono envolvente y meloso que le sonaba a música (…)

Madrid aguantaba, aunque la situación era crítica. Los rebeldes habían protagonizado varias ofensivas una vez fracasado el ataque frontal. Eran operaciones dirigidas a los nudos de comunicación de acceso a la capital para aislarla, como paso previo al ataque definitivo. Una de ellas se dirigió contra la carretera de La Coruña para incomunicar a las tropas que luchaban en la sierra. El ataque fue repelido a costa de numerosas vidas, entre ellas la de Pablo de la Torriente. Cayó herido el 19 de diciembre en Majadahonda y hasta tres días más tarde no encontraron su cadáver tendido sobre la nieve. Hacía una semana que había cumplido treinta y cinco años, y en tan sólo tres meses en la brigada se había ganado el respeto y el afecto de quienes le conocieron.

El Campesino le condecoró con la insignia de capitán y su cadáver fue enterrado en el cementerio de Chamartín de la Rosa, en Madrid del que se había enamorado nada más poner pié en él. Decía que la alegría de la gente y su capacidad para sobreponerse a las desgracias le recordaban la bullanga del malecón de La Habana. Allí había dejado a su mujer. Teté Casuso, que al conocer la noticia de su muerte reclamó su cadáver para darle tierra en la isla. Sus restos fueron exhumados y trasladados a Barcelona con intención de enviarlos a su país, pero el bloqueo marítimo impidió cumplir el deseo de su esposa y obligó a enterrarlo en la ladera de la colina de Montjüic.

Su muerte fue un golpe para todos. Miguel Hernández y Antonio Aparicio ultimaron los trabajos para imprimir el periódico “¡Al Ataque!”, en el que tanta fe había puesto. Nombraron un corresponsal en cada brigada para que recogiera las colaboraciones de los soldados y lograron que el primer número saliera de la imprenta el 9 de enero de 1937, con la portada íntegramente dedicada al que había sido su comisario y un texto del segundo ilustrado con un dibujo de Fernando Briones, un compañero de la División.” (Fonseca, C. “Rosario Dinamitera. Una Mujer en el frente. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 2006. Pp. 81, 82, 83, 100).

A continuación reproducimos lo que Jorge M. Reverte escribe sobre Pablo en el capítulo titulado “19 de diciembre”, de su libro “La Batalla de Madrid”:

“- Oye, viejo, hay que buscar a Pablo.

Justino Frutos Redondo es jefe de la 2 compañía del 1 batallón móvil de choque que manda el cubano Policarpo Candón. La unidad está desplegada en un frente corto, entre Retamares y Boadilla del Monte, tomada por los moros de Varela el día anterior. El batallón de Candón y Frutos está ya muy fogueado. Sus hombres se han curtido en el frente de Buitrago en donde han colaborado durante varias semanas en la contención de las tropas de Mola. Ese frente se considera ya estabilizado. Las aguas del Lozoya, que son las que bebe Madrid, están a salvo. Por eso, el batallón de choque ha sido trasladado a la zona de Pozuelo, donde la presión de los franquistas es muy fuerte. Intentan aislar a Madrid de la Sierra.

A Frutos le ha llamado su jefe Candón porque no hay noticias del hombre más querido del batallón, el también cubano Pablo de la Torriente Brau, el comisario político que se ha hecho famoso por sus pláticas nocturnas destinadas a los fascistas. Las arengas las lanza a través de unos enormes altavoces y suelen ser de una florida prosa que encandila a las fuerzas propias, aunque no se sabe de cierto si provoca en las filas enemigas a algún efecto semejante, sobre todo porque los moros que hay en frente no tienen demasiadas nociones de castellano. Pablo es un organizador y un trabajador incansable. Él ha convencido a gentes como el poeta Miguel Hernández de que desgranen sus poemas en el frente para subir la moral de las tropas republicanas. Una forma de guerra curiosa, en la que algunos poetas tienen un papel destacado, usando el fusil y la palabra en la misma jornada.

El propio Pablo es escritor, además de periodista, aunque su último oficio antes de venir a España consistía en fregar platos en Nueva York. Un trabajo embrutecedor que ha entretenido a tantos y tantos exiliados políticos cubanos en su obligada marcha a Estados Unidos.

Pablo es, además, un luchador de primera. Un tipo de gran presencia física, con sus 185 centímetros de estatura, y muy valiente. No ha regateado en ningún momento su presencia en la primera línea, su participación en los combates más arriesgados.

De Pablo no se sabe nada desde hace veinticuatro horas. Y Frutos sugiere encabezar una acción peligrosa: con una sección de los nuevos compañeros andaluces que se han incorporado a su compañía, hombres novatos pero muy valientes, se va a infiltrar en las líneas enemigas en su busca.

Lo que averiguan de la desaparición de Pablo es que se le vio a mediodía del día anterior, después de un combate que duraba ya siete u ocho horas, en el casería de Romanillos. Hubo un gran bombardeo de artillería, y luego se infiltraron los blindados enemigos, seguidos de la infantería mora. Las tropas del batallón móvil tuvieron que retirarse unos dos kilómetros, y lo hicieron de una forma ordenada, hasta pararles. Pero Pablo no apareció, aunque sí el cadáver de su “ayudante”, un niño de trece años, abandonado, al que Pablo había prohijado y que le acompañaba en posiciones teóricamente sin riesgo. El niño, que se llamaba Pepito, fue a buscarle sin pedir permiso a nadie y lo pagó con su vida. Su pequeño cuerpo exánime ha pasado en una camilla por delante de los combatientes.

Frutos pide voluntarios entre la sección de andaluces. Todos dicen que van. Hay que traerlo como sea, esté vivo o muerto. El primer objetivo de la descubierta es la casucha donde un testigo le vio por última vez.

A las tres de la madrugada, los hombres comienzan a moverse en fila india y en silencio hacia las líneas enemigas. Es un frente con muchas discontinuidades, por lo que la acción es realizable. Los voluntarios andaluces van con la bayoneta calada y las bombas de mano preparadas. En esas condiciones, si hay combate será cuerpo a cuerpo.

Por la ventana de la casucha asoma el cuerpo de un moro armado con un fusil. Uno de los hombres se adelanta y logra sorprenderle sin tener que disparar el fusil ni usar una granada. Lo atraviesa con la bayoneta y el centinela muere en silencio. Frutos y sus hombres comienzan a rastrear el terreno. Y Pablo aparece. El cuerpo está aún caliente, ha tardado en morir. Un balazo le atraviesa el pecho. Hay un montoncito de tierra a su lado, donde ha escondido su documentación antes de expiar.

Entre cuatro hombres lo llevan de vuelta a las líneas propias. Su compatriota, el comandante Policarpo Candón, se hace cargo del cuerpo y la documentación.

Pablo de la Torriente es uno de los primeros voluntarios comunistas cubanos en caer en España. Muchas decenas de ellos lo harán en los tres años de la guerra.

Dos días después, Pablo recibirá un homenaje póstumo en Alcalá de Henares. Dos semanas más tarde será enterrado solemnemente en el cementerio de Montjuïc de Barcelona. A la ceremonia asistirán la banda de música de la unidad del Campesino, dirigida por el también cubano Julio Cuevas Díaz, y su amigo Miguel Hernández, que lee ante la tumba la que llamará su “Elegía Segunda”. La primera se la ha dedicado a su amigo Ramón Sijé, muerto también hace poco:

Me quedaré en España, compañero,
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.
Pablo de la Torriente
has quedado en España
y en mi alma caído:
nunca se pondrá el sol sobre tu frente,
heredará tu altura la montaña
y tu valor el toro del bramido.
Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.
No temáis que se extinga su sangre sin objeto,
porque éste es de los muertos que crecen y se agrandan
Aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.

Cuando la guerra acabe, el cuerpo de Pablo de la Torriente será arrojado a una fosa común por los vencedores. Su tumba ya nunca podrá ser localizada.” (Reverte, J. M. “La Batalla de Madrid”, Crítica, Barcelona, 2004. Pp. 438-441).

Pablo de la Torriente Brau ha despertado un gran interés a lo largo de los años. En Cuba es muy recordado y homenajeado, donde es conocido como “El mártir de Majadahonda” (aunque yo siempre he considerado que Pablo, en realidad, falleció en el término municipal de Boadilla del Monte), y en España son varias las asociaciones que se encargan de reivindicar su figura.

Como el espacio de este blog es limitado, remitimos a quienes quieran conocer más sobre la figura de Pablo de la Torriente y su obra, al Foro de la asociación Gefrema (Grupo de Estudios del Frente de Madrid), en el que Guilpomad ha estado desarrollando un intenso trabajo de investigación sobre este escritor:


En la página Web del Centro Cultural Pablo de la Torriente encontramos un espacio dedicado al escritor:

Esta misma institución cultural da la posibilidad de descargarse, entre otras obras, los libros que han publicado de Pablo de la Torriente. El enlace es:



JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ