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viernes, 24 de enero de 2025

178) EL HORROR DE UN CAMPO DE BATALLA

Maxilar inferior y dientes humanos recuperados en la intervención arqueológica de la posición del Km. 33 de la M-600, en el término municipal de Brunete (enero 2024)
 

Ninguna novela, película, crónica o recreación es capaz de reproducir la espantosa experiencia que para los soldados supone el campo de batalla.

La ansiedad previa al combate, la furia, el terror, el abatimiento emocional, e incluso, la ruptura psicológica que se puede llegar a sentir durante la lucha, o una vez que esta ha finalizado.

Las batallas son extremadamente violentas y confusas: los atronadores sonidos, los ruidos perturbadores, las visiones horrendas, el sufrimiento, los peligros, la pérdida de compañeros y amigos, el dolor de las heridas o la sensación de poder morir en cualquier momento, suponen una terrible prueba difícil de superar.

Aunque algunos autores, especialmente aquellos que pasaron por esas durísimas experiencias, nos han dejado magníficas memorias y relatos literarios, lo cierto es que se carece del lenguaje y las metáforas necesarias para poder describir con precisión el horror de un campo de batalla.

La historia militar, basada en los documentos de época, nos habla de fechas, estrategias, tácticas, unidades, movimientos, armamento, combates y bajas, pero una batalla es mucho más que eso, al menos, para quienes se ven inmersos en el fragor de la lucha. Para ellos, una batalla es todo lo que nos cuentan las crónicas y los libros de historia, pero a la vez, incluso mucho más, una batalla es una experiencia vital profunda y extrema en la que se entremezclan todo tipo de factores internos y externos al individuo: las características del terreno, los elementos meteorológicos, las condiciones físicas y mentales, las motivaciones ideológicas, la moral, las dudas, los temores, los miedos, el valor, la temeridad, el heroísmo, la cobardía, el sentido del deber y el instinto de supervivencia, el compañerismo y el egoísmo, los nervios, la ansiedad, el estrés, el peligro máximo, la violencia descarnada, la destrucción, la devastación, la confusión, el retumbar de explosiones, detonaciones, ráfagas, gritos y alaridos, los olores densos, el humo, los gases, el polvo, el sofoco intenso y el aire irrespirable, la resistencia, el sacrificio, el cansancio, el abatimiento, el vacío, la angustia, la euforia, la suciedad, el asco, el dolor, las heridas, la muerte, la victoria, la derrota…

Un sinfín de dinámicas, circunstancias, elementos, experiencias, pensamientos, sentimientos y emociones retroalimentándose mutuamente y sucediendo al mismo tiempo en múltiples puntos del combate, que pueden llegar a embargar a los soldados que lo afrontan llevándolos al límite de sus capacidades. Algo que solo pueden entender en su total magnitud aquellos que lo han vivido en primera persona y que el que fuera uno de los más insignes renovadores de la historia militar, el británico John Keegan, intento definir, allá por los años 70 del siglo pasado, con inevitable lirismo, como “the Face of Battle”: el Rostro de la Batalla del que es imposible hacer una descripción completa y realista, pero que queda grabado para siempre en lo más profundo de todos aquellos que lo han presenciado, conocido y vivido.

En el tórrido verano de 1937, entre el 6 y 26 de julio, tuvo lugar en el oeste de Madrid la batalla de Brunete, que por el volumen de tropas y medios empleados sería la más importante de las desarrolladas en el frente madrileño durante la Guerra Civil. A lo largo de 21 días, cerca de 100.000 combatientes de uno y otro ejército se enfrentaron en una terrible lucha de desgaste. El “Rostro de la Batalla”, al que se refería el historiador John Keegan, se manifestó en todo su esplendor y con toda su dureza: el calor abrasador, la aridez del terreno, los incendios, la sed insufrible, la potencia de fuego empleado (aviación, artillería, carros de combate, morteros, bombas de mano, armas automáticas, fusilería), los constantes ataques y contraataques, los combates cuerpo a cuerpo, los pueblos reducidos a montones de escombros, la imposibilidad de asistir a todos los heridos o de retirar a todos los muertos, fue la tónica general durante las largas jornadas de lucha, alcanzando tintes apocalípticos para quienes combatieron en primera línea en multitud de puntos del campo de batalla: Romanillos, El Mosquito, Quijorna, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo, Brunete, Villafranca del Castillo, El Cortijo, Loma Fortificada, Loma Artillera, Casa del Monje, La Bellota, Castillo del Aulencia, Las Barrancas, Palacio Rúspoli, Loma Quemada, La Vilanosa, El Olivar, Los Llanos, Vértice Cumbre…

Lugares todos ellos tranquilos y apacibles hoy en día, hasta el punto que cuesta creer que en estos mismos escenarios, hace ahora 88 años, se desencadenase un infierno de tal magnitud que supuso la devastación total de los pueblos afectados por los combates y que acabó causando cerca de 40.000 bajas entre los dos ejércitos, de las cuales, aproximadamente un tercio corresponderían a víctimas mortales. Datos terribles y difíciles de calibrar en su exacta magnitud a pesar de lo que nos cuentan los documentos, las memorias, los testimonios, los estudios e investigaciones.

Pero sucede que un día, removiendo la tierra en una excavación arqueológica, en la posición situada en el Km. 33 de laM-600, en el término municipal de Brunete, a no demasiada profundidad, aparece un maxilar inferior humano, y los antropólogos forenses que se hacen cargo del hallazgo, a falta de un estudio completo, te informan que la dentadura indicaría que perteneció a una persona joven que debía rondar los 20 años de edad y que parece que el hueso tiene un pequeño desgarro en la zona del mentón que bien lo podría haber ocasionado una esquirla de metralla, y entonces, de golpe, rememoras todo lo que has leído e investigado sobre los combates que acontecieron durante la batalla de Brunete y te acuerdas de ensayos como los del mencionado John Keegan e, irremediablemente, tomas conciencia de la magnitud de la catástrofe y te impresionas y conmueves por la tragedia que se vivió en estos lugares y por el horror que todavía guardan los viejos campos de batalla.


Javier M. Calvo Martínez


Nota: siguiendo los protocolos establecidos para este tipo de hallazgos, el maxilar y los dientes fueron entregados a profesionales especializados para su estudio forense, antropológico y genético.

jueves, 14 de febrero de 2013

123) ¡BRUNETE !( EPÍLOGO)









El día 26 de julio de 1937, el general Franco daba la orden de suspender su contraofensiva en el oeste de Madrid. De esta manera, finalizaban los encarnizados combates de la bolsa de Brunete. Terminaba así  la que, por el volumen  de tropas y medios empleados, sería la más importante batalla que se desarrolló en el frente madrileño durante la Guerra Civil Española. Durante casi un mes (21 días para ser más exactos) cerca de 100.000 combatientes se enfrentaron en una terrible lucha de desgaste que tendría pocos resultados.

Por un lado, la primera gran ofensiva del incipiente Ejército Popular de la República no consiguió más que una pequeña ganancia territorial de unos 100 kilómetros cuadrados y paralizar durante algunas semanas la campaña franquista en el norte; por otro lado, el Ejército Nacional, en la contraofensiva que desencadenó a partir del día 18, y con la que Franco pretendía finiquitar de una vez por todas el correoso frente madrileño, no logró más que recuperar una pequeña parte del terreno perdido, aunque eso sí, había sido capaz de neutralizar la iniciativa de su enemigo.

Respecto a la valoración que los investigadores hacen de esta batalla, puede decirse que existen versiones para todos los gustos. Unos dan la victoria al Ejército Nacional, otros consideran vencedor al Ejército Popular de la República, algunos hablan de empate técnico o tablas. Todo depende del enfoque, la perspectiva y la interpretación que se haga de aquellos combates.

No voy a entrar ahora en esos análisis. Lo que en este epílogo me interesa tratar sobre aquella cruenta batalla es lo que hoy en día queda de la misma.

Setenta y cinco años después, el nombre de Brunete mantiene unas reminiscencias bélicas que el tiempo no ha logrado borrar. Puede decirse que la asociación que se hace de este topónimo con la GCE permanece, de alguna manera, en el subconsciente colectivo, al menos, en el subconsciente colectivo de ciertas generaciones. Pero esta relación se manifiesta de muy diferentes maneras. Para todos a los que nos interesa la Historia de la GCE, Brunete aparece como una de las grandes operaciones militares que tuvieron lugar durante la contienda, uno de los episodios decisivos cuyo resultado marcó el posterior desarrollo de la guerra, y nos interesamos por profundizar más en su desarrollo a través de la bibliografía disponible. Pero no cabe duda de que la inmensa mayoría de la gente ve esta batalla (y en general todo lo relacionado con la GCE) como una referencia lejana y ajena, o ignora casi por completo su existencia. Sea como sea, lo que resulta evidente es que la batalla de Brunete ya es Historia, pero una Historia sobre la que todavía cabría decir muchas cosas.

A lo largo de los últimos años, he subido a las lomas y cerros en los que se establecieron las principales posiciones, he visitado los lugares que albergaron los puestos de mando, he cruzado las resecas llanadas por las que las unidades se lanzaron al combate, he deambulado por las orillas de  los ríos y arroyos que moldean el paisaje en el que tan duramente se luchó, he paseado por las calles de los reconstruidos pueblos, me he movido por las trincheras, fortines y refugios que cada uno de los dos ejércitos construyó tras la batalla para defender sus respectivas líneas de frente… en fin,  he recorrido multitud de veces la mayor parte de los entornos en los que se desarrolló esta batalla, topándome, en no pocas ocasiones, con diferentes restos de aquellos días, unos restos que aparecen a simple vista, sobre el terreno (balas, vainas, metralla…). Puede decirse que, en todos estos paisajes, la guerra ha dejado una especie de patina. Una pátina, muchas veces, sutil y poco perceptible para quienes ignoran lo que se vivió en aquellos lugares, pero visible para los que nos acercamos a ellos con las pistas que nos permiten mirar con otros ojos, descodificar sus secretos, descubrir cosas.

Otras veces, esa patina es clara y manifiesta, como sucede con los monumentos conmemorativos de esta batalla que aún existen distribuidos por algunos pueblos. Para quienes sentimos la Historia y nos interesamos por profundizar en sus secretos, toparse una y otra vez con estos hitos que solo plasman la Historia de una manera sesgada y partidista, provoca una sensación extraña. Intentaré explicarme:

Es verdad que estos monumentos son también Historia, pero forman parte de la Historia que el bando vencedor construyó tras la GCE, y dan testimonio de la ideología en la que se sustentaba el régimen franquista, una ideología y una interpretación del pasado con la que trató de justificar la sublevación de julio de 1936, los años de guerra que ésta provocó, y la posterior dictadura que la siguió. Durante cuarenta años se impuso una única versión de los hechos, una versión que continúa "¡Presente¡" en todos los monumentos conmemorativos que aún existen de la batalla de Brunete, así como en el callejero de algunos de los pueblos en los que ésta se desarrolló.

Más de tres décadas después del final de la dictadura, todos los monumentos, placas, nombres de calles y simbología conmemorativa que hacen alusión a la batalla de Brunete, exaltan solo a los caídos de uno de los bandos, lanzan odas a la figura del "caudillo" o transmiten una interpretación ideologizada de aquellos combates. Es lógico que así sea, si tenemos en cuenta en que momento fueron levantados estos monumentos, pero resulta menos lógico que, al día de hoy, no exista todavía la más mínima reseña a los combatientes del otro bando que se enfrentó en aquella batalla.

Sin querer equiparar a los unos y a los otros, y caer en esa posición aséptica con la que se suele analizar en los últimos tiempos la GCE (el tan explotado "todos fueron iguales"), que, además de ser una interpretación falsa, no deja de ser también una nueva forma de desvirtuar el pasado, vaciándolo del necesario análisis crítico que requiere cualquier investigación historiográfica que pretenda ser medianamente seria y útil, me parece, cuando menos, inaceptable, que no exista todavía la menor medida, ni el más mínimo gesto, para intentar contrarrestar, complementar o, al menos, equilibrar la versión  completamente parcial que reflejan esos monumentos y el nombre de ciertas calles.

El presente se debe construir conociendo y comprendiendo, en su total magnitud, el pasado que nos ha precedido, con sus luces y sus sombras, con lo que nos agrada y con lo que nos disgusta de él. Solo así podremos sentirnos una sociedad plenamente madura y responsable. Ningunear, ignorar, desdeñar a quienes fueron protagonistas de toda una parte de nuestra Historia reciente, es una injusticia para con quienes vivieron y sufrieron aquellos sucesos, ya que se les niega su lugar en la Historia, pero también para quienes vivimos el momento actual, ya que nos impide tener una perspectiva más amplia y completa de los tiempos que nos precedieron, unos tiempos, cuyo conocimiento y comprensión, son imprescindibles para intentar entender mejor el presente que vivimos y poder sacar enseñanzas de aquellos episodios tan trágicos.

Yo no tengo claro que todos esos monumentos tengan que desaparecer, como decía más arriba, creo que también forman parte de la misma Historia, pero, al menos, debería de buscarse la manera de equilibrar las cosas, creando los elementos que permitan interpretarlos en su justa medida, rescatando del olvido al que fueron condenados hace ya muchos años, a los combatientes del otro ejército, reivindicando también su memoria y su lucha, máxime, si tenemos en cuenta que, muchos de ellos, reposan para siempre en tumbas anónimas y desconocidas, entre los encinares, los secanos, los pastizales y las llanadas que rodean Brunete y el resto de pueblos que fueron escenario de aquellos combates.

Quizás sea una utopía, pero me gustaría creer que, independientemente de valoraciones ideológicas o partidistas (que considero lógico que existan), la batalla de Brunete, y por extensión cualquiera de las batallas de la GCE, puede tener, al día de hoy, un tratamiento historiográfico, sosegado, desapasionado, sincero, justo y, sobretodo, respetuoso con quienes sufrieron sus terribles consecuencias, pudiendo, todo ello, tener también su plasmación visible en los espacios y lugares en los que esa batalla se desarrolló. Algo parecido a lo que sucede en otros países, con otras guerras. Aquí van dos ejemplos que considero especialmente significativos:


Por último, y como refuerzo de la idea que intento transmitir, quiero terminar esta serie dedicada a la batalla de Brunete, en su 75º aniversario, con las opiniones de dos de sus más eminentes y reconocidos estudiosos y analistas, los ya desaparecidos, José Manuel Martínez Bande y Rafael Casas de la Vega. Los dos, militares pertenecientes al ejército de Franco, pero que, ya hace muchos años, realizaron un esfuerzo de objetividad, tratando de mantener una postura desapasionada de aquellos hechos, a pesar de sus simpatías, su formación y sus antecedentes. En este sentido, creo que resultan bastante significativas las palabras que, en 1976, plasmó el propio Casas de la Vega en la presentación de la 2ª ediciones de su libro:

"Brunete" vuelve a salir tal cual era. Nada ha cambiado para él. El respeto que entonces, en 1967, mostraba para los dos bandos de nuestra guerra sigue siendo actual. El interés por la verdad sigue siendo el mismo. El mismo es el rigor y el amor a todos aquellos hombres que se batieron con fiereza y murieron o sufrieron sin remedio.

Las palabras de estos dos autores con las que quiero poner fin en este blog a la serie de cinco entregas y un epílogo sobre la batalla de Brunete, y que creo que sirven para justificar la necesaria visión equilibrada, sin mistificaciones, ni distorsiones, de la que hablaba antes, son las siguientes:

"Brunete es la batalla de la sed. Los soldados padecieron terriblemente bajo el fuego abrasador de un sol implacable, cuyos ardores apenas si se podían combatir. A estos sufrimientos había que añadir las penalidades propias de una lucha armada; el cansancio y el fuego de las armas, con su inevitable tributo de sangre y de tensión moral. Puede decirse que, en general, todas las fuerzas se batieron con estoica indiferencia ante el dolor, sabedores de que en aquel terreno martirizado se ventilaba la suerte posterior de la guerra." (José Manuel Martínez Bande)
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"En los campos de Brunete, 90.000 hombres llegaron a tener, en veinte días, un total de cerca de 40.000 bajas. Es decir, de cada dos hombres que tomaron parte en la batalla, uno resultó muerto, herido, enfermo o prisionero. Sobre la tierra caliente de Castilla ardieron las cosechas y los árboles, y se consumieron los hombres. Se combatió con salvaje entereza y se murió con heroísmo, con un decente heroísmo, sin alardes. Sobre la parda tierra de Brunete se momificaron los cuerpos sin vida y se gangrenaron las terribles heridas de los moribundos. La gente sufrió y temió. Era la primera gran batalla de la guerra." (Rafael Casas de la Vega)

Pienso que el miedo, la sed, la miseria, la angustia, el dolor… que los combatientes de uno y otro bando sufrieron durante la batalla de Brunete, son claro reflejo de la terrible realidad que supone una guerra. Creo que todo ello, más allá de planteamientos ideológicos o partidistas, constituye una lección que no debería de ser olvidada.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

NOTA:

Para los contenidos y testimonios recogidos en las cinco entregas dedicadas en este blog al 75º aniversario de la batalla de Brunete, se ha utilizado la siguiente bibliografía:

  • Casas de la Vega, R., “Brunete”, Caralt, Barcelona, 1976.
  • Martínez Bande, J. M., “La ofensiva sobre Segovia y la batalla de Brunete”, Edit. San Martín, Madrid, 1972.
  • Montero Barrado, S., "La batalla de Brunete", Raíces, Madrid, 2010.
  • Revilla Cebrecos, C., "…De esos tenemos tantos como el que más", G. del Toro Editor, Madrid, 1976.
  • Salas Larrazabal, R., "Hª del Ejército Popular de la República", La Esfera de los Libros, Madrid, 2006.
  • "Frente de Madrid", revista del Grupo de Estudios del Frente de Madrid (Gefrema).

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Fotografía 1: Monumento a los combatientes franquistas junto al cementerio de Brunete  (JMCM, 2012).
Fotografías 2 y 3: Dos de las placas conmemorativas que existen en los edificios de la Plaza Mayor de Brunete (JMCM, 2011)
Fotografía 4: Placa con el nombre de una calle de Quijorna (JMCM, 2011).
Fotografía 5: Placa con el nombre de una calle de Villanueva de la Cañada (JMCM, 2014).
Fotografía 6: Restos de cartuchería encontrados, a simple vista, en una de  las posiciones más disputadas durante la batalla de Brunete (JMCM, 2013).

sábado, 1 de diciembre de 2012

122) ¡BRUNETE! (5ª PARTE)







Con esta quinta entrega (a la que seguirá un pequeño epílogo) se pone fin a la recopilación de testimonios con los que se ha querido rememorar en este blog el 75º aniversario de la batalla de Brunete. Va aquí una última selección de testimonios orales pertenecientes a algunos de los combatientes que tuvieron que sufrir el infierno de Brunete. Una miscelánea de recuerdos, imágenes, emociones y sentimientos con los que acercarse a aquella trágica batalla.

 Muchos de estos testimonios están cuajados de descripciones apocalípticas y dantescas. Un ejemplo lo encontramos en los recuerdos de un alférez provisional del 191 Batallón, cuya compañía fue unida a la Agrupación Álvarez Entrena. Este soldado del ejército franquista describe el impresionante espectáculo de los incendios que, por todas partes, azotaban las construcciones, los secanos y los pequeños bosques de encinas, pinos y retamas durante la batalla:

“El espectáculo de los valles del Guadarrama y del Aulencia era dantesco, sin hipérbole. Desde mi punto de vista se podía apreciar en toda su magnitud un incendio de cosecha como, de seguro, no recordaban otro lo más viejos de la comarca. Los trigos, maduros ya para la recolección, ardían como yescas en la noche caliente. Ardía el monte por todas partes, y de alguno de los pueblos se elevaban llamas altas que consumían los humildes enseres, las viejas vigas de madera y las pobres techumbres. La artillería acompañaba el desastre con sus medias descargas de Grupo, y, por si fuera poco, a intervalos irregulares, unos misteriosos aviones sembraban pasillos de bombas incendiarias que levantaban brillantes fogonazos y obscuras nubes de humo cuyo pardo vientre se iluminaba de rojo con aquella siniestra traca.” (Alférez provisional del 191 Batallón de Infantería).

El testimonio de uno de los soldados que formaban parte de la guarnición franquista de Quijorna va en la misma línea:

“Con los nervios en tensión terminábamos un día de continuo luchar, de aguantar la lluvia de metralla que nos habían enviado y teníamos a nuestros pies a muchos de nuestros mejores camaradas muertos; otros habían sido heridos y retirados sin saber nada de sus suerte.
 Además, la noche era dantesca: había incendios por todos los sitios; fuego en los Llanos, en Villanueva de la Cañada y en Quijorna; para colmo, quizá por efecto de las botellas de gasolina y bombas de mano, el fuego estaba destruyendo la cosecha de cereales; había empezado muy cerca del cementerio, en unas hierbas secas, y se estaba extendiendo hacia Brunete; el resplandor de los mismos iluminaba muchos lugares que parecían en pleno día. Y lo peor era que no había forma de combatirlo.” (Soldado franquista perteneciente a la guarnición de Quijorna).

Entre los días 11 y 12 de julio, la ofensiva republicana está agotada. Las unidades van adoptando una actitud defensiva, iniciándose una especie de compás de espera. No cesa el forcejeo, y la lucha seguirá siendo intensa y dura en diferentes puntos, pero los combates bajan de intensidad. Una pequeña calma que precede a la tempestad que pronto va a desatarse nuevamente. Esta vez, serán las tropas franquistas quienes tomen la iniciativa y, aprovechando la enorme concentración de fuerzas  y el evidente castigo que ha sufrido su oponente, se decida a una potente contraofensiva que supondrá un nuevo choque de terrible desgaste. Un violento pulso en el que se logrará recuperar alguna de las posiciones perdidas, pero que terminará siendo frenada por la capacidad de resistencia mostrada por los republicanos. En la anterior entrega de esta serie, se recogían testimonios de los frustrados intentos franquistas por recuperar la Loma Fortificada, incluimos aquí los recuerdos de un suboficial de la IV Brigada de Navarra que participó en el fallido intento de reconquistar el vértice Llanos:

“Amanecía. La mole que teníamos enfrente aparecía más imponente a la luz del día. Por allí había casi que trepar. Seguro que estaba erizado de armas. De armas de un tiro mortal. Había que aprovechar las zonas cubiertas, las desenfiladas (…) Los chicos no se movían. Los rojos tampoco daban señales de vida. Pasaba el tiempo, lento pero implacable. Me dolían los codos, que tenía apoyados en el suelo. Al cambiar de postura, mi cantimplora tocó una piedra. Fue un sonido casi imperceptible, pero todos los muchachos volvieron sus caras hacia mí. Había un serio reproche en la mayor parte de los ojos. Uno se llevó a los labios el dedo índice.
A las siete empezó el baile. ¡Y qué baile, Dios mío! Sobre nuestras cabezas volaban innumerables proyectiles que se iban a estrellar  contra la mole de enfrente. Caían las descargas de los grupos, cerradas, brutales, machacando los árboles, haciendo volar rocas, removiendo las entrañas de la tierra. El estruendo era absolutamente pavoroso. La aguja de mi reloj se movía a saltos, con nervios. Tragué saliva. Íbamos a empezar. El cerro parecía que se cuarteaba. Bramaba el suelo. La aguja de los segundo saltaba implacable. Era una preparación violenta y corta. Violentísima. ¿Quedaría alguien allí? Seguía el cañoneo. Eran nueve baterías para poco más de un kilómetro de frente; tocaban a cien metros por batería, a unos veinticinco o treinta metros por cada cañón. No estaba mal.
De pronto, la aviación. Las bombas levantaban verdaderos surtidores de piedra y tierra que silbaban como proyectiles en todas las direcciones. El reloj seguía su marcha implacable. Empecé a rezar (…) Mucho ruido… tenía la boca seca, pero no me atrevía a moverme.
(…) La primera línea de trincheras hubo que tomarla a bombazo de mano. Es dura esta guerra de cerca. Cogimos unos prisioneros y los enviamos al teniente coronel. Cerca de mí presencié el asalto de otra compañía de mi Batallón. Una verdadera carnicería, que permaneció indecisa hasta que el comandante reforzó a los atacantes. Se llegó al uso del arma blanca. Se pinchaban como salvajes. Seguimos el avance entre los restos del bosque (…) En un subelemento de resistencia había media docena de cadáveres o, mejor dicho, de restos humanos. Un impacto directo de artillería. El pequeño cráter de la explosión estaba en el centro de la obra y los había destrozado a todos.
Más adelante vi las huellas del paso de los aviones. Los profundos embudos que rompían la línea de trincheras, la desolación de la muerte. Poco había quedado; la destrucción era completa. Seguimos. El capitán tiraba de nosotros sin descanso, estábamos lejos todavía del reborde que teníamos que ocupar.” (Suboficial de la IV Brigada de Navarra).

La conocida como Loma Quemada, y otras alturas al sureste del pueblo de Brunete, también serán atacadas por las tropas franquistas. Rodimtsev (alias “Pablito”, consejero de Enrique Lister), que se encontraba en aquél momento en el puesto de mando de la 9ª BM, encargada de defender ese sector, nos proporciona detalles de aquél episodio bélico:

“A las tres de la madrugada nos despertó un intenso tiroteo. El jefe de la brigada se orientó al instante:
-Atacan la cota 670.
Quiso llamar al cuarto batallón que defendía la cota, pero no había comunicación. Inmediatamente se dio la alarma y se puso en pie a los otros batallones en cuyos sectores aun había tranquilidad. Todos se dispusieron para el combate. Media hora después, tambaleándose, llegó al puesto de mando un oficial del cuarto batallón. Apenas se tenía en pie, llevaba una herida en la cabeza y por el lado izquierdo le manaba sangre. Antes de perder el conocimiento informó de que durante la noche había penetrado en la altura más de un batallón de infantería. Armados de cuchillos y granadas de mano, habían liquidado en silencio a las avanzadillas y penetrado en las trincheras. El jefe del batallón había resultado muerto junto con casi toda su plana mayor.” (Alexander Ilich Rodimtsev).

Los combates por recuperar Loma Quemada, son recordados también por un soldado franquista del 73 Batallón de Toledo que participó en el asalto a la posición. En este testimonio, se hace mención al cabo de infantería Tristán Pérez Romero, que fue el primero en lanzarse a la conquista de la posición arrastrando tras él al resto de sus compañeros, y que perdería la vida en dicha acción, recibiendo la laureada a título póstumo:

“Empezaba a amanecer. Corría un relente fresco, entre el olor a muerto, venían ramalazos de olor a paja quemada y, también a veces, como a hierba humedecida por el rocío de la mañana. Pero seguía el olor de siempre. El viento es libre y traía el olor de tierra más allá del frente. Una descarga de artillería. Era el 105. Las cuatro explosiones rasgaron, poco después, las sombras en algún lugar allá de nuestro horizonte. Otra descarga, más a la derecha, y luego muchas, de muchos cañones. Sobretodo del 75, que lo conocíamos bien. Olía a azufre. La loma enemiga que teníamos enfrente se destacaba sobre un fondo cárdeno como una puesta de sol. La loma se quedaba en la sombra y parecía enorme. ¿Cómo íbamos a subir allí? Si el enemigo tiraba nos pararía en seco. No habría manera (…) Nos subimos al parapeto. La loma de enfrente era ahora como un volcán. Echaba fuego, pero era de los cañones nuestros (…) Corrí. A mi lado iban los otros. Detrás de mi oía gritos también. Yo grité (gritar quita el miedo). Pero no había miedo. Ya había solo prisa. El Tristán estaba ya subiendo la loma. Vi que la gente se retrancaba. Caían algunos que otros. Llegué donde Tristán. Estábamos en un repliegue pequeño que nos cubría de los tiros de fusil por la derecha y por la izquierda. Y, en esto, nada, que empieza a dar voces y que se levanta y tira pa´arriba. Los rojos hacían cara. A bombazo de mano se defendían, pero nadie volvía las costillas. Reculaban dando la cara. Saltó más gente nuestra el parapeto. Un bombazo oportuno nos abrió paso. La posición era nuestra. Los rojos corrían, fuego en su alma. Cayeron algunos; otros seguían. Allí acurrucados, con las manos en la nuca, había unos prisioneros.” (Soldado del 73 Batallón de Toledo que participó en el ataque a Loma Quemada).

A lo largo de las diferentes entregas que se han dedicado en este blog a la batalla de Brunete, se han recogido fundamentalmente testimonios de la lucha terrestre protagonizada por la infantería. Pero un arma que resultó fundamental durante aquellos combates fue la aviación. Al inicio de la ofensiva, la supremacía aérea era claramente favorable a los republicanos (las cifras de aparatos gubernamentales disponibles para el combate oscilan entre los 150 y los 300, dependiendo de las fuentes consultadas), pero, desde el primer momento, Franco ordenó el envío urgente de todas los aviones disponibles (Aviación Nacional, Aviación Legionaria y Legión Cóndor), lo que sumaría unos 250 aparatos que, poco a poco, se fueron haciendo con el dominio de los cielos de Brunete.

Un oficial de la aviación franquista participante en la batalla, nos da su opinión sobre el papel jugado por las unidades aéreas:

“Nosotros los aviadores decidimos la batalla de Brunete. Y en esto no hay afán de polémica ni espíritu de armas. Brunete, para los hombres del combate en superficie, fue una de las más duras batallas de la guerra, sin duda alguna. Se combatió con heroica determinación y se ganó por técnica, por conocimiento, por concentración de medios a tiempo y por superioridad lograda con esfuerzo y mantenida sin fallos. Todo esto es cierto y nadie puede discutirlo. Es más: nosotros, que vimos desde el aire evolucionar la batalla, estamos en mejores condiciones que los mismos protagonistas para juzgar y aplaudir su tremendo y bien dirigido esfuerzo.
No obstante, nosotros los aviadores jugamos en Brunete un papel decisivo. Por primera vez en la historia de nuestra guerra se enfrentaban dos masas aéreas de importancia y se obtiene la superioridad, que no se pierde ya sino en contadas ocasiones de una manera fugaz. Por primera vez se procede a un cambio del despliegue de los medios aéreos en un tiempo cortísimo y con una eficacia notable. Por primera vez se establece, completa, una infraestructura de fuego antiaéreo y de alarma en tierra que aun hoy día constituye un ejemplo de obra bien hecha." (Oficial de la Aviación Nacional).

Sobre el cielo de Brunete se desarrollaron algunos de los más espectaculares episodios aéreos de la Guerra Civil Española: duelos entre decenas de cazas, acciones nocturnas, los terribles ataques “en cadena”, la efectividad de las barreras antiaéreas, coordinación entre la aviación, la artillería y la infantería, la destructiva contundencia de los bombardeos “en tapiz”, etc.

El piloto de caza republicana Yakushin (alias “Yazikov”) recuerda la actuación de la aviación gubernamental en Brunete:

“Eran los largos y calurosos días de julio. El humo de los incendios y el polvo levantado por las explosiones de los proyectiles y bombas se encontraba en la atmosfera caldeada e inmóvil, ocultando la tierra y la bóveda celeste. De la mañana a la noche no cesaba en el aire el rugido de los motores de aviación y el tableteo de las ráfagas de ametralladoras. Los cazas republicanos sostenían reñidos e incesantes combates contra la aviación fascista, protegiendo las operaciones del Ejército Republicano en los accesos a Madrid. A los motores no les daba tiempo a enfriarse de uno a otro vuelo. Hubo días que tuvimos que hacer de seis a ocho salidas con no menos de tres o cuatro combates, como regla, contra fuerzas superiores del enemigo. A pesar de la inusitada tensión de fuerzas, lo pilotos republicanos demostraron un estoicismo y resistencia poco comunes, gestando golpes al adversario.” (Jefe de escuadrilla de caza republicana, Mijáil Nesterovich Yakushin).

Uno de los episodios más sangrientos y espectaculares de la batalla de Brunete, en el que la aviación demostró su potencial destructivo y su enorme influencia en el desarrollo de los combates terrestres, se dio el día 25 de julio, durante los esfuerzos franquistas por reconquistar el pueblo de Brunete. En aquella jornada, uno de los puntos más disputados fue el cementerio del pueblo, que cambió de manos en diferentes momentos. Muy próximo a éste, existía un pequeño bosque, la Dehesa de Brunete, cuyo pequeño follaje fue aprovechado por los republicanos para enmascarar a los hombres y materiales con los que pretendían iniciar un nuevo asalto a las posiciones del cementerio. Detectada esta concentración de fuerzas, sobre ella va a caer toda la furia destructiva de la aviación franquista. Hoy en día, de la antigua Dehesa de Brunete, solo queda el nombre en algunos mapas. Las bombas de la aviación consumieron el bosque entero y a los hombres y materiales que en él se ocultaban. Un oficial de la aviación franquista que participó en aquella acción recuerda el episodio y nos explica la capacidad destructiva desencadenada desde el aire contra los republicanos:

"El combate en tierra fue excepcionalmente duro. Los rojos, a pesar de nuestra total superioridad, trataron de apoyar desde el aire sus contrataques, pero todo fue en vano, porque no les dejamos, materialmente, ni moverse. Sus fuerzas, sin la cooperación aérea y sometida a nuestro fuego, chocaron sin eficacia contra nuestras unidades. Brunete fue desbordado primero por el Este, y después, ocupado, a última hora de la tarde.
El día 25 continuó el ataque nacional y con él la intensa acción por el fuego de nuestros aviones. Se descubrió una gran concentración al norte de Brunete, y contra ella se desencadenó, de golpe, todo nuestro potencial aéreo. Mientras las “cadenas” atacaban los atrincheramientos y obras de las primeras líneas, una masa de 70 bombarderos destroza la concentración enemiga. Los resultados, visibles desde los aviones, son impresionantes. Se registra una retirada en masa, un pánico colectivo abandonándolo todo. La acción de los bombarderos se repite hasta tres veces. El bosque de Brunete, donde se preparaba el contrataque rojo, es un caos humeante en el que debe de haber miles de cuerpos inanimados, destrozados, carbonizados. No hay reacción antiaérea. Los nacionales son dueños de las alturas del cementerio por las que se luchó durante todo el día. La batalla de Brunete ha terminado.
Pero no quiero desaprovechar esta ocasión sin explicar, aunque sea someramente, lo que fue nuestro bombardeo, ya que esto puede explicar sobradamente la aparatosa retirada roja.
En una formación en cuña, 8 bombarderos, cargados de bombas de 100 kilos, del tipo de las entonces usadas, crean un pasillo de destrucción total de una anchura de unos 500 a 600 metros. Dentro del pasillo, la separación de los impactos entre sí no es mayor de 80 a 90 m. Como el radio de efecto de una bomba es muy superior a la mitad de esta cantidad, esto significa que, en el pasillo, desaparece cualquier rastro de vida. No es de extrañar. Pues, que se fueran los rojos tras el tercer ataque… lo admirable es que no se fueran desde el primero.” (Oficial de la Aviación Nacional, participante en la batalla de Brunete).

Podríamos continuar con otros muchos testimonios de la batalla de Brunete, pero creo que los recogidos hasta aquí constituyen una buena muestra para intentar comprender lo que supuso aquella locura. Como indicaba en la primera entrega de esta serie, no se pretendía realizar un estudio profundo y técnico de esta importante operación militar (quien tenga interés en ello, cuenta con abundante y muy interesante bibliografía). Lo que se ha intentado es acercarse al aspecto más humano de esta batalla a través de los recuerdos, las vivencias, los sentimientos e impresiones de algunas de las personas que la vivieron y la sufrieron. Está claro que este acercamiento, 75 años después de lo acontecido y sin haber tenido que sufrir directamente las penalidades de aquel desastre, no deja de ser muy limitado y superficial, pero espero que al menos haya servido como recuerdo del infierno que se vivió aquel verano de 1937 en los mismos lugares por los que hoy nos movemos.

“Allí no se regaló nada. Todo hubo que arrebatarlo y disputarlo. Todo hubo que machacarlo y defenderlo a cara de perro, hasta la misma muerte de los unos y los otros, que iban quedando confundidos, unidos en el último dolor, sobre la tierra chamuscada y seca.”  (Soldado de la 13 División del Ejército Nacional).

 JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1: Soldados de la 46 D. republicana en acción ofensiva sobre la planicie de Brunete.
Fotografía 2: Puesto de ametralladoras republicano en la zona de El Mosquito.
Fotografía 3: Batería franquista en acción durante la batalla de Brunete.
Fotografía 4: Cementerio de Brunete tras los combates.
Fotografía 5: Alredeores de Brunete tras ser  reconquistado por las tropas de Franco.


miércoles, 24 de octubre de 2012

119) ¡BRUNETE! (4ª PARTE)




En la pasada entrada se recogían testimonios relacionados con los combates que, durante la batalla de Brunete, tuvieron lugar en los cerros que conformaban El Mosquito y en las alturas de Romanillos. Estas dos emblemáticas posiciones, defendidas por guarniciones franquistas, resistirían una y otra vez todos los ataques que sufrieron, lo que, a la postre, terminaría suponiendo un freno para la ofensiva republicana, que, poco a poco, se fue desinflando hasta quedar prácticamente anulada.

Otras dos posiciones muy importantes en el transcurso de aquellos combates fueron la Loma Artillera (Villanueva de la Cañada) y la Loma Fortificada (Villanueva del Pardillo). Estos dos cerros fueron escenario de terribles combates, llegando a cambiar de manos en diferentes momentos.

La llamada Loma Artillera, defendida inicialmente por una centuria de la 5º Bandera de Castilla y por una compañía del 5º Tabor de Regulares, recibió su primer asalto el día 9 de julio, pero sería al día siguiente cuando los combates se hicieron más intensos. Desde las primeras horas del día 10, la posición resistió los reiterados y decididos asaltos realizados por los carabineros de la 3ª B. M., pero, al atardecer de esa misma jornada, con la guarnición prácticamente aniquilada, castigada por la sed y sin apenas municiones, la situación se hizo insostenible. El oficial al mando, el capitán de infantería Antonio Dema Giraldo, decidido a resistir hasta el final, encontraría la muerte al ser alcanzado por una bomba de mano cuando intentaba un contrataque contra las avanzadillas enemigas. Poco después, los republicanos,  tras un último asalto en el que se llegó al cuerpo a cuerpo, consiguieron ocupar la ansiada posición.

Un voluntario falangista de la 5ª Bandera de Castilla, perteneciente a la guarnición de Loma Artillera, nos describe algunos de los ataques que sufrió la posición durante aquella sangrienta jornada, y nos da algún ejemplo de la desesperación que llegó a causar la sed entre los combatientes:

“El amanecer del día 10 fue trágico. En toda la noche, la artillería no nos había dado tregua. Con las primeras luces, el chaparrón de metralla se hizo general. Saltaban los abrigos, se aterraban las trincheras, los muertos se iban quedando sobre el suelo con los ojos abiertos, los heridos que no podían ser evacuados gritaban o aullaban de dolor o maldecían. Había por allí pedazos de cuerpos, brazos, pies. Aquello era el caos, un caos ardiente lleno de gritos, de ruidos ensordecedores, de órdenes y contraórdenes que se escuchaban a medias y se cumplían mecánicamente, con un automatismo de bestia impotente.

Y de pronto, como siempre, como otras veces, un silencio terrible, espantoso, como un vacío siniestro. Y ya, en seguida, los gritos, los disparos, los estallidos de las bombas de mano, las órdenes secas, el ¡Viva la República! de los que venían y la realidad de una muerte peor aún que la de los grandes proyectiles artilleros.

(…) El sol estaba enfrente y arriba. Tiraba sobre la gente que venía. Sobre muchos. Los de alrededor eran desconocidos. Había algún moro y unos cuantos de Falange, como yo. Todos ennegrecidos, con los ojos brillantes, con los uniformes rotos, inexplicablemente rotos. Tiraba sobre lo que veía, como una fiera ya. Con ganas de matar, de tumbarlos a todos, de ponerlos en esas extrañas actitudes de los muertos. Pero ellos se acercaban. Como si no hubiera miedo de quedarse helado sobre la tierra roja, caliente, dura. Como si fuera aquello un juego en un campo de instrucción, como si fueran el mismo demonio.

(…) Empezó de nuevo a tirar la artillería enemiga. Un fuego irregular, terco, imprevisible. Querían rompernos los nervios sin desperdiciar munición. Delante de la posición estaban los muertos del ataque de la mañana (…) Sentí la boca, las fauces, secas. Los labios, con grietas, me dolían.

(…) A las 16:30 h., la artillería volvió a tirar seguido. Las descargas caían, pulverizaban la tierra y nos cubrían de una nube de muerte. Estábamos en el fondo de la trinchera. Empecé a rezar en silencio; maquinalmente al principio; luego, con un fervor lleno de inseguridades, con una imperiosa necesidad de apoyarme en algo ante aquel mundillo de la posición, sacudido, mutilado, destrozado por las descargas de la artillería. A las cinco, más o menos, acabó la preparación y empezó el ataque de los carabineros. Lo de siempre. Tiros y más tiros. El barbero, a mi lado, hizo un extraño movimiento hacia atrás, como un salto. Se quedó apoyado un momento en la pared de la trinchera y fue cayendo lentamente sobre el suelo. Tenía un tiro en la cabeza. Estaba muerto.

Francisco Alonso tiraba sin descanso. No se volvió para ver al barbero. Los rojos se acercaban implacables, aprovechando el terreno. El combate se prolongaba. Las bombas de mano de defensiva, de esas de piña con rascador, hacían estragos entre ellos, que estaban descubiertos. Sus Laffitte no nos llegaban.

En vista de que de frente no había nada que hacer, se iban corriendo hacia las alas. Aparecieron unos tanques. Atacaban una posición nuestra que debía de estar más abajo. Un mozo trajo botellas de gasolina. No había otra cosa. Las botellas habían sido de cerveza. De cerveza fresca. Fresca.

Francisco Alonso dejó de disparar. Cogió una botella, la rompió el cuello contra el cerrojo del fusil y empezó a beber a grandes tragos.

-¿Qué haces, idiota? Deja eso. Te vas a morir.

Le quité la botella. Francisco Alonso me miró. Me dio miedo el brillo de sus ojos. Después se agarró el vientre y cayó doblado hacia adelante. Traté de incorporarle. Francisco Alonso se retorcía.

-¡Un sanitario, un sanitario!- grité.

Francisco Alonso dejaba de existir. (Voluntario falangista de la 5ª Bandera de Castilla perteneciente a la guarnición de Loma Artillera).

Con la Loma Artillera conquistada por los republicanos, la situación del pequeño caserío de Villafranca del Castillo se hizo crítica. Sin embargo, la guarnición de dicha posición consiguió resistir durante toda la noche hasta la llegada de refuerzos. El día 11, con la intervención del 2º Tabor de Tetuán, los franquistas comienzan a restablecer la situación. A lo largo de aquella tarde, logran reconquistar la Loma Artillera, en donde los republicanos llevaban aguantando desde la jornada anterior un constante bombardeo por parte de la artillería y la aviación franquista. Dicha posición, a pesar de los numerosos intentos republicanos por recuperarla nuevamente, sería mantenida ya por parte de las tropas de Franco hasta el final de la batalla.

Mientras todo esto sucedía, un poco más al noroeste, los defensores de Villanueva del Pardillo y la Loma Fortificada resistían desde las primeras horas del día 9 de julio los ataques de la 2ª y de la 111ª B. M. En la noche del 10 al 11, la guarnición franquista del batallón San Quintín, cercada en sus posiciones, con un terrible desgaste y con sus mandos muertos en combate, ofrece su rendición.

A partir de ese momento, la Loma Fortificada se convierte en posición republicana. Los mandos franquistas considerarán fundamental recuperar este cerro, empleando para ello a sus mejores unidades. En las sucesivas jornadas se lanzarán poderosos ataques contra la posición, ataques que serán rechazados una y otra vez por los defensores republicanos y que causarán un alto número de bajas y un importantísimo desgaste a algunas de las mejores unidades franquistas desplegadas en el sector.

Un oficial del Cuartel General de la 11ª División del Ejército Nacional nos narra algunos de los intentos de arrebatar la Loma Fortificada a los republicanos:

“La solidez de nuestras líneas en los sectores de Romanillos y El Mosquito, junto con la ocupación de Loma Artillera, hizo posible pensar en nuevas acciones ofensivas contra la Cota 660, en Villanueva del Pardillo. A ello se dedica, desde el día 12, las mejores unidades y los jefes más prestigiosos. Pero sobre la Cota 660 parece que pesa una maldición, parecida a la que los rojos debían de creer que pesaba sobre El Mosquito o sobre Romanillos.

Por nuestra parte se intenta formalmente ocupar el objetivo nada menos que cuatro veces. Con otros tantos fracasos y abundantes bajas.

La primera vez es el comandante López Maraber quien, al mando de su 2º Tabor de regulares de Tetuán, inicia el ataque desde el arroyo Palacios. Eran las 11:00 h. del día 12. El tabor progresa entre el fuego enemigo. El comandante da ejemplo a sus hombres avanzando el primero. Pero la Loma Fortificada resiste con coraje. Los moros ven cortado su avance por las agudas guadañas invisibles de las ametralladoras. Las cuestas que llevan a lo alto de aquél cerrete se llenan de cuerpos inanimados. El comandante tira de la gente y los alienta. Sus hombres le conocen y él los conoce a ellos. Ponen pie en las líneas rojas, pero es imposible seguir. El sol abrasa a los regulares, pegados al suelo. El comandante cae. Está inconsciente. Lo evacuan. Las ametralladoras rojas siguen sembrando la muerte y el avance se detiene. Son las 5 de la tarde (…) El jefe del tabor moría poco después en Boadilla.

(…) El segundo ataque se produce en las primeras horas del día 13. Se pensó que el fracaso del 2º Tabor de Tetuán se había debido a una insuficiente preparación por el fuego. En consecuencia, se solicita y se logra la cooperación de la aviación y de toda la artillería disponible en el subsector. Los bombardeos acuden puntualmente a la cita, y, sobre la loma, se centran los fuegos de tres Grupos de artillería. La Loma Fortificada parece que va a ser removida por los terribles impactos directos, y las trincheras enemigas sienten el azote implacable de los aviones de la cadena. El despegue de la base de partida que hace el 2º de Alhucemas, mandado por el comandante Muslera, es espectacular. Entre los cadáveres de los tetuaníes, los de Alucemas avanzan. Pero los defensores (creo que unidades de la 111ª Brigada), resisten con gran heroísmo. Vuelve a restallar la tremenda cantinela de las ametralladoras, y los de Alhucemas han de detener su avance para retroceder, ordenadamente y por decisión superior, a la Loma Artillera. El ataque ha sido aun más costoso que el del día anterior. El enemigo cobra con ello conciencia de su fuerza y decide  a su vez un ataque fortísimo, que pone en peligro nuestras posiciones de Loma Artillera y Villafranca en los días siguientes.

(…) El tercer ataque nuestro a la Cota 660 de Villanueva del Pardillo se produce el día 16. Para ello se ha creado un grupo de columnas de maniobra que se pone bajo el mando del teniente coronel Miguel Rodrigo (…) Para la ejecución está prevista una acción profunda y violenta por el fuego de la artillería y la aviación (…) La operación fracasa porque la columna de la derecha se extravía y da un rodeo que la lleva cerca de Majadahonda. Con ello, la convergencia de los esfuerzos queda desvirtuada. El 9º Tabor de Melilla se estrella contra una pared insalvable de proyectiles lanzados desde una posición que se ha ido endureciendo tras los sucesivos ataques de que se la ha hecho objeto.

(…) El último ataque tiene lugar en la tarde del día 17. Ya no importa el secreto ni la elaboración de una maniobra complicada y más o menos aleatoria; lo que importa es desencadenar un ataque violentísimo por el fuego sobre la cota y sus alrededores y aplastar a sus defensores bajo una masa de bombas de aviación y de proyectiles de artillería, para, a continuación, lanzar al asalto simultáneo tres unidades escogidas: el 1º y 9º Tabores de Melilla y el 2º de Alhucemas.

De acuerdo con lo proyectado, a las 19:45 h. se inicia la preparación por el fuego y, a las 20:00 h., se produce el avance. Los tres tabores van acolados. Se espera que su avance, convergente sobre la cima del cerrete, produzca un efecto decisivo sobre los defensores. Pero la realidad es muy otra. Sólo el 9º de Melilla logra un progreso de unos 500 metros; los otros dos no pueden avanzar un paso.

La cota 660 se ha perdido definitivamente para el Ejército Nacional hasta que finalice la guerra y, lo que es peor, con ella se pierde la posibilidad de lanzar un ataque de flanco sobre el enemigo, ataque que había sido planeado con sumo cuidado pero que no pudo lanzarse.” (Oficial perteneciente al Cuartel General de la 11ª División del Ejército Nacional).

Setenta y cinco años después, la Loma Artillera y la Loma Fortificada, dos cotas cuyo control supuso un alto tributo de sangre y sufrimiento, parecen pasar desapercibidas para la mayoría de la gente. En la primera se han ubicado unas instalaciones hípicas y buena parte de sus laderas permanecen cercadas por las vallas de fincas y parcelas particulares. El caso de la segunda es especialmente doliente, ya que, no hace demasiados años, una de sus caras fue objeto de un brutal deslome que la ha dejado desfigurada de manera irreversible. Este emblemático cerro, que durante la Guerra Civil soportó el impacto directo de cientos de toneladas de proyectiles de todo tipo, no ha podido resistir el implacable delirio urbanístico de los últimos tiempos. Una falta de sensibilidad histórica y medioambiental que se hace aun más criticable y rechazable si tenemos en cuenta que, hasta el día de hoy,  tan colosal excavación no ha servido absolutamente para nada más que para crear una enorme explanada vacía y desolada.

FIN DE ¡BRUNETE! (CUARTE PARTE).
CONTINUARÁ...

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1) Loma Artillera (J. M. Calvo, 2012).
Fotografía 2) Loma Fortificada (J. M. Calvo, 2012).