sábado, 23 de mayo de 2026

184) ¡VIVA YO!

Destrozos en una trinchera de La Puentecilla, en Las Rozas de Madrid, causados por la circulación ilegal de motos de campo
 

Hay gente que considera que su derecho a divertirse practicando una de sus aficiones favoritas esta por encima de cualquier otro derecho o consideración. Una especie de ¡Viva yo! o “porque yo lo valgo” al que le resbalan otras cuestiones.

Eso sucede con algunos (evidentemente, no todos) aficionados a las motos de campo en sus diversas variantes.

Les da igual que la legislación prohíba circular con estos vehículos campo a través.

Se pasan por el arco del triunfo hacerlo por un área natural protegida.

No reparan en el efecto negativo que ello pueda tener para la flora y la fauna silvestres.

Minimizan el potencial riesgo que esa actividad supone para quienes pasean por esos mismos lugares.

Y son completamente ajenos a los daños que pueden ocasionar en un yacimiento arqueológico.

Esto es exactamente lo que sucede todos los fines de semana y festivos (e incluso algún día entre semana) en el entorno del arroyo de La Puentecilla, a caballo de los términos municipales de Las Rozas y de Majadahonda.


Motos en La Puentecilla, dentro del Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entrono

Aunque el problema viene de lejos, en los últimos tiempos ha alcanzado ya unos niveles escandalosos.

Toda la zona está incluida en el área protegida del Parque Regional del Curso Medio del Río Guadarrama y su Entorno.

El lugar constituye un pequeño refugio natural para multitud de animales y plantas autóctonas.

Toda la margen derecha del arroyo de La Puentecilla, y no pocos puntos de su margen izquierda, están clasificadas como yacimientos arqueológicos documentados, por la gran cantidad de fortificaciones de la Guerra Civil que se conservan.

Sin embargo, todo esto no impide que, de manera reiterada, algunos utilicen este espacio protegido como una especie de circuito para motos todoterreno, ocasionando serios daños en el entorno.

Sirva como ejemplo estas fotos en las que se aprecia el destrozo que las motos provocan con sus rodadas en las trincheras que, junto a un considerable número de fortificaciones de la Guerra Civil, se conservan en este peculiar paraje histórico y natural.


Trinchera que enlazan con un nido de ametralladoras antes de que alguien decidiera convertirla en un circuito de motos


La misma trinchera con los destrozos causados por las rodadas de las motos

Imaginamos que a algunos no les gustará nada este escrito, pero creemos que lo que está sucediendo de manera cotidiana en La Puentecilla es ya un exceso.


miércoles, 20 de mayo de 2026

183) NUEVA PUBLICACIÓN DE LA DIRECCIÓN GENERAL DE PATRIMONIO CULTURAL SOBRE FORTIFICACIONES


 

Ayer recibí el libro “Inventario de fortificaciones de la Guerra Civil (1936-1939) del municipio de Madrid”, editado por la Dirección General de Patrimonio Cultural, dentro de su Plan Regional de Fortificaciones.

Este trabajo fue encargado por la DGPC al Grupo de Estudios del Frente de Madrid (GEFREMA), asociación cultural a la que pertenezco desde 2008.

Estoy muy contento de haber podido participar en este proyecto escribiendo el capítulo “Fortificar Madrid: los preparativos de la defensa”, y tengo muchas ganas de leer las aportaciones del resto de compañeros y compañeras que han participado en este libro:

Isabel Baquedano, Francisco Javier Pastor, Javier M. Calvo, José Antonio Zarza, Carlos Iriarte, Fernando Atienza, Juan Javier Egido, Antonio García, Antonio Morcillo, Jacinto M. Arévalo, Guillermo Poza, Pablo Schnell, Ainhoa Campos, Beatriz de las Heras y Eulalia Ramírez.

Mi agradecimiento a los coordinadores científicos del proyecto, Isabel Baquedano y Francisco Javier Pastor; a las responsables de la coordinación editorial, Macarena Calderón y Mariela Beltrán y al encargado de maquetación Miguel Ángel Camón.

Y un agradecimiento muy especial a Francisco Javier Pastor Muñoz por haber contado conmigo en este proyecto.

Más información sobre este libro pinchando aquí


Javier M. Calvo Martínez

lunes, 11 de mayo de 2026

182) AMAPOLAS TRAS LA BATALLA

 

Amapolas en las ruinas de una fortificación del vértice Cumbre, en Las Rozas de Madrid


Hace ya algunos años, allá por el 2017, en una de las visitas guiadas que organiza la Asociación Histórico-Cultural Cierzo a la posición Vértice Cumbre, en Las Rozas de Madrid, Andy Coney, amigo de la asociación y habitual participante en sus actividades, me comentó la vinculación que existe en Reino Unido, y por extensión en otros países de lengua inglesa como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, entre las amapolas y los campos de batalla.

Se trataba de un típico día de primavera, y las rojas amapolas destacaban vivamente entre el conjunto vegetal que se expandía por todo el contorno, creciendo incluso entre las ruinas de las fortificaciones. Durante aquella visita, explicamos los duros combates que habían tenido lugar en el vértice Cumbre, tanto en enero de 1937, durante la batalla de la carretera de La Coruña, como en julio de aquel mismo año, en los compases finales de la batalla de Brunete. Combates que supusieron un elevado número de bajas entre los atacantes y los defensores de la posición.

Inevitablemente, todo aquello trajo a la memoria de Andy el símbolo de la Amapola del Recuerdo, que desde 1921 se utiliza en su país para conmemorar a los soldados muertos en combate. La verdad es que yo apenas conocía esta historia, que me resultó especialmente alegórica y emotiva.

Andy me habló del Remembrance Day, también llamado Poppy Day, que en Reino Unido se celebra el 11 de noviembre, día en el que finalizó la Primera Guerra Mundial, y en el que es costumbre que los participantes prendan en sus ropas amapolas artificiales y guarden un minuto de silencio a las 11:00 h, momento en el que entró en vigor el armisticio: la undécima hora, del undécimo día, del undécimo mes de 1918.

También me dijo que el origen de esta tradición se encontraba en el poema de John McCrae titulado In Flanders Fields, uno de los poemas más famosos en lengua inglesa. Interesado por el tema, busqué información sobre este autor:

John McCrae se alistó como oficial médico en una unidad de artillería del Cuerpo Expedicionario Canadiense desplegado en Flandes durante la Primera Guerra Mundial. Participó en la segunda batalla de Ypres (22 abril-25 de mayo de 1915), donde fue testigo de la muerte de miles de soldados, muchos de ellos víctimas de los terribles efectos del gas cloro. Entre los fallecidos se encontraba uno de sus más íntimos amigos, el teniente Aleix Helmer, que fue enterrado en una improvisada tumba marcada con una sencilla cruz de madera. Se cuenta que McCrae, que presidía el funeral de su amigo, se inspiró para sus versos en las numerosas amapolas silvestres que, al igual que sucedía en la removida tierra del campo de batalla, florecían en torno a las sepulturas de los compañeros caídos.


El teniente coronel John McCrae

Parece que las características botánicas de la amapola favorecían que sus semillas germinasen con facilidad en los terrenos afectados por los intensos bombardeos. Evidentemente, otras plantas lograban crecer también en estos mismos espacios, pero ninguna de ellas conseguía destacar tan llamativamente como lo hacían las amapolas florecidas, cuyos tallos, que pueden alcanzar hasta 30 cm de altura, salpicaban de vivo rojo escarlata los devastados y tristes campos de batalla. Este fuerte contraste visual y cromático que suponían las vistosas amapolas en unos paisajes de tintes apocalípticos, inevitablemente, tenía que generar fuertes emociones en aquellos que lo contemplaban, convirtiendo a esta humilde flor en un símbolo con potentes connotaciones sentimentales.


Flores de amapola en antiguos campos de batalla del noroeste madrileño


Algo así debió sentir John McCrae al contemplar las amapolas que crecían en el desolado campo de batalla de Ypres y junto a las modestas tumbas de los soldados muertos en combate, animándole a escribir su mencionado poema In Flanders Fields, que fue publicado en diciembre de 1915 en la revista británica Punch, convirtiéndose desde el primer momento en uno de los más populares poemas de guerra, llegando a ser traducido a varios idiomas. La edición de 1919 de las obras de McCrae recoge el poema de la siguiente manera:

 

In Flanders fields the poppies blow

Between the crosses, row on row,

That mark our place; and in the sky

The larks, still bravely singing, fly

Scarce heard amid the guns below.

 

We are the Dead. Short days ago

We lived, felt dawn, saw sunset glow,

Loved and were loved, and now we lie

In Flanders fields.

 

Take up our quarrel with the foe:

To you from failing hands we throw

The torch; be yours to hold it high.

If ye break faith with us who die

We shall not sleep, though poppies grow

In Flanders fields.

 

Cuya traducción al español podría ser algo así como:

 

En los campos de Flandes

crecen las amapolas.

Fila tras fila

entre las cruces que marcan nuestras tumbas.

Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,

su voz apagada por el fragor de los cañones.

 

Somos los muertos.

Hace pocos días vivíamos,

cantábamos auroras, veíamos el rojo del crepúsculo,

amábamos, éramos amados.

Ahora yacemos, en los campos de Flandes.

 

Contra el enemigo proseguid nuestra lucha.

Tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos exangües.

Mantenedla bien en alto.

Si faltáis a la fe de los que hemos muerto,

jamás descansaremos,

aunque florezcan

en los campos de Flandes,

las amapolas.

 

John McCrae fallecería antes de finalizar la contienda, en enero de 1918, víctima de la meningitis. Fue enterrado en el cementerio de Wimereux, al norte de Francia.


El poema In Flnaders Fields en una edición especial de 1918


En aquella visita de 2017 al vértice Cumbre, Andy Coney me habló de las amapolas que crecen en los lugares que fueron campos de batalla, de su simbología y vinculación con los soldados muertos en combate y de la tradición de portar estas flores como recuerdo de la tragedia que suponen los conflictos armados. También me habló de John McCrae y de otros poetas de la Primera Guerra Mundial en lengua inglesa, como Siegfried Sassoon.


Versos del poema In Flanders Fields en la ilustración de un cartel canadiense para la venta de bonos de guerra

Desde entonces, siempre que en las viejas posiciones de guerra y en los olvidados campos de batalla veo florecer las humildes amapolas, tan abundantes en las primaveras del oeste y noroeste madrileño, recuerdo el poema escrito por McCrae y la emotiva tradición a la que dieron origen aquellos versos, y pienso en el terrible sinsentido que suponen las guerras y en todos esos soldados, la mayoría anónimos y desconocidos, que combatieron en esos mismos lugares durante batallas como la de la carretera de La Coruña o la de Brunete. Lugares por los que hoy podemos pasear despreocupadamente, muchas veces, desconociendo por completo el trágico pasado bélico que en ellos se vivió.


Javier M. Calvo Martínez

lunes, 10 de noviembre de 2025

181) DIBUJO ARQUEOLÓGICO DE FORTIFICACIONES



Durante las intervenciones arqueológicas se documentan gráficamente los materiales y estructuras.

Aquí publicamos algunos ejemplos de dibujos realizados durante las excavaciones arqueológicas de las fortificaciones de la Dehesa de Navalcarbón y el Parque Empresarial en Las Rozas de Madrid. Año 2017.

Equipo formado por:

Lourdes Morales García
David Urquiaga Cela
Raúl Flores Fernández
Javier M. Calvo Martínez


Nido de ametralladoras en la Dehesa de Navalcarbón, en Las Rozas de Madrid.


Asentamiento para fusil ametrallador en la Dehesa de Navalcarbón, en Las Rozas de Madrid


Asentamiento para fusil ametrallador en la Dehesa de Navalcarbón, en Las Rozas de Madrid


Asentamiento para fusil ametrallador en la Dehesa de Navalcarbón, en Las Rozas de Madrid



Nido de ametralladoras en el Parque Empresarial de Las Rozas de Madrid




Dibujando en el interior de una fortificación en el Parque Empresarial de Las Rozas de Madrid (jul. 2017)


viernes, 1 de agosto de 2025

180) HÚMERA: CAMPO DE BATALLA

Granada rompedora del calibre 155 aparecida en Húmera


Muchas veces, los lugares guardan huellas de su pasado. Algunas de ellas son claras, evidentes y visibles para todo el que pasa por ese sitio. Otras son más sutiles, y requieren un poco de atención y capacidad de interpretación para detectarlas. También las hay totalmente imperceptibles, al encontrarse ocultas o enterradas, como si fueran secretos bien guardados.

A lo largo del tiempo, las huellas más recientes se van superponiendo a las más antiguas, formando una serie de capas o niveles. Algo así como las hojas en otoño, que progresivamente van desprendiéndose de los árboles para caer al suelo, formando una especie de alfombra en la que las últimas en caer van tapando a las anteriores.

Una metáfora a la que se puede sumar otra más, también muy común sobre las huellas que dejan la historia y el paso del tiempo, como es la del palimpsesto, es decir, el pergamino cuyo texto se raspaba para borrarlo y poder escribir otro nuevo, y que muchas veces, con las técnicas adecuadas, es posible recuperar la escritura eliminada, lo que permite descubrir contenidos mucho más antiguos e interesantes que los que aparecen a primera vista.

Metáforas e imágenes más o menos líricas que disciplinas como la arqueología, la paleontología o la geología, por medio de la estratigrafía, han convertido en método científico con el que tratar de establecer cronologías e interpretar la historia y el pasado de un territorio.

Por ello resulta tan importante el control arqueológico de movimiento de tierras en todos aquellos lugares susceptibles de conservar huellas interesantes de su pasado. Y por ello también, en un mismo lugar, pueden aflorar restos pertenecientes a momentos históricos muy diferentes y distanciados en el tiempo.

Algo así ha ocurrido en la población de Húmera, en Pozuelo de Alarcón, donde lo que aparentemente no era más que una parcela un tanto degradada por los escombros, tras realizarse unos desbroces mecánicos, han aparecido una serie de antiguas estructuras circulares excavadas en el terreno, correspondientes a silos que, a tenor de lo que puede desprenderse de los abundantes restos cerámicos recuperados en sus interiores, muy probablemente sean de época medieval, periodo histórico en el que precisamente se situaría el origen de esta población.


El desbroce mecánico de una parcela en Húmera descubre varias estructuras circulares excavadas en el terreno, correspondientes a silos de época medieval 


Pero a la vez, el movimiento de tierras hizo aflorar otro llamativo vestigio histórico, esta vez mucho más cercano en el tiempo y algo más peligroso, como fue un proyectil artillero de la Guerra Civil (1936-1939).

En concreto, se trataba de una granada rompedora del calibre 155 mm, montada con una espoleta de cebo Garrido modelo 24, que por algún motivo no llegó a explosionar. Estos proyectiles, con más de 30 kg de peso y una longitud de unos 60 cm, podían recorrer distancias de varios kilómetros a una velocidad que superaba los 400 metros por segundo. La onda expansiva y la lluvia de metralla que ocasionaban al detonar alcanzaban radios de acción de hasta 200 m, removiendo violentamente el terreno y generando enormes embudos.

Este hallazgo nos retrotrae a finales de 1936, cuando el pequeño caserío de Húmera, al igual que sucedió con otros muchos puntos del noroeste madrileño, quedó convertido en campo de batalla.


Mapa topográfico de 1929 (Archivo Cartográfico de Estudios Geográficos del Centro Geográfico del Ejército)

Plano de Húmera a principios del siglo XX (Archivo Cartográfico de Estudios Geográficos del Centro Geográfico del Ejército)

Para entonces, el ataque frontal a Madrid había fracasado y Franco y sus generales se afanaban en planificar acciones que mejorasen la mala situación táctica que sus vanguardias sufrían en la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria. Se trataba de no perder la iniciativa, desarrollando un amplio movimiento ofensivo sobre la carretera de La Coruña con el objetivo principal de fortalecer el ala izquierda de su dispositivo.

Para tratar de desbaratar estos planes, las Fuerzas de la Defensa de Madrid, al mando del general Miaja, tenían desplegadas en el sector a la 3ª Brigada Mixta del comandante José María Galán, defendiendo Pozuelo y sus alrededores, y la denominada Brigada X, del comandante Palacios, situada en torno a Aravaca, con el apoyo artillero de diez piezas de diversos calibres.

El primer ataque se inició el 29 de noviembre. Dirigía la operación el coronel García-Escámez, con tres columnas mandadas respectivamente por los tenientes coroneles Barrón, Siro Alonso y Gavilán. 


El coronel García-Escámez dirige las operaciones de noviembre de 1936 en el sector de Pozuelo de Alarcón (Narodowe Archiwum Cyfrore)

Operaciones de noviembre de 1936 en el sector de Pozuelo de Alarcón (El Mundo)


Las fuerzas al mando de Bartoméu (5ª Bandera de la Legión, 2º Tabor de Ceuta, un Tabor de la Mehala de Larache y 4º Batallón de Toledo, con dos baterías ligeras y una sección de carros) atacaron de madrugada desde la Casa de Campo, apoderándose del Hospital de Bellas Vistas (anteriormente conocido como de Nuestra Señora de las Mercedes), situado unos 700 metros al sur de Húmera, población que no conseguirían conquistar. 

Al mismo tiempo, un poco más al oeste, la columna de Siro Alonso (7ª Bandera de la Legión, 1º Tabor de Alhucemas, 2º y 5º de Larache, 2º de Tetuán y un Tabor de la Mehala del Rif, reforzadas con cuatro baterías ligeras y dos compañías de carros), desarrollaba la acción principal, consistente en progresar desde Retamares para ocupar la línea determinada por la Colonia de la Paz, Pozuelo, su Estación, Aravaca, Cuesta de las Perdices y Cerro del Águila, pero su avance quedaría frenado al poco de iniciarse, quedando sus fuerzas fijadas al sur de Pozuelo, en su cementerio y en los hotelitos de la Colonia de la Paz, situada a las mismas puertas del casco urbano. 

Por último, la caballería de Gavilán, formada por siete escuadrones, con el apoyo de dos pelotones de infantería, desde el Ventorro del Cano trataría de desbordar Pozuelo por el oeste, pero apenas lograría avanzar más allá del vértice Valle Rubios, ubicado unos cuatro kilómetros y medio al suroeste de Pozuelo.

Además de las fuerzas mencionadas, esta operación ofensiva contaba con un importante apoyo artillero, compuesto por una batería de 75, dos de 105 y dos de 155. Precisamente, a este último calibre pertenece la granada rompedora aparecida en los movimientos de tierra recientemente efectuados en una parcela de Húmera, por lo que muy bien podría haber sido disparada en aquellas jornadas de finales de noviembre de 1936.


Sanatorio de Bellas Vistas en los años 20, conquistado por las tropas de Bartoméu el 29 de noviembre de 1936 (Archivo personal de JMCM)

Cementerio de Pozuelo de Alarcón, ocupado por las fuerzas de Siro Alonso el 29 de noviembre de 1936 (Narodowe Archiwum Cyfrore)


Frenada de momento la ofensiva en el sector de Pozuelo, con pocos resultados para las fuerzas atacantes, el esfuerzo principal se trasladaba varios kilómetros al oeste de Madrid, a la línea de frente definida entre Quijorna y Villaviciosa de Odón, con Boadilla del Monte como primer objetivo relevante para, a continuación, progresar en dirección Majadahonda-Las Rozas y, alcanzando la carretera de La Coruña, avanzar por la misma en dirección oeste-este, tratando de barrer todas las resistencias republicanas hasta ocupar la Cuesta de las Perdices y el Cerro del Águila. Todo ello supondría un duro forcejeo que se alargaría hasta mediados de enero de 1937, momento en el que las tropas de Franco lograban sus objetivos, aunque ya les resultaría imposible intentar nuevos avances en el frente noroeste, que entró en una fase de estabilización.

Por lo que respecta a Húmera, tras los mencionados combates de finales de noviembre, las fuerzas de ambos ejércitos adoptaron una posición defensiva, tratando de mantener sus posiciones y fijar al enemigo en las suyas, hostigándose constantemente desde la distancia y desarrollando eventuales golpes de mano que no supondrían alteraciones en la situación general del sector. Este periodo de semi espera sería aprovechado por el mando republicano para reorganizar sus fuerzas. La 3ª Brigada, muy castigada en los combates, fue retirada y reemplazada por la 38ª Brigada que, para principios de 1937, bajo el mando del capitán Zulueta, defendía todo el sector de Pozuelo. A continuación, desde Húmera hasta el puente de San Fernando, se mantenía la Brigada X del comandante Palacios, que recibió la nueva denominación de 39ª Brigada. Ambas unidades estaban integradas en la 5ª División del teniente coronel Juan Perea, que defendía todo el sector de Pozuelo hasta el río Manzanares. Fuerzas a las que se irían sumando otras más, una vez reanudados los combates.



Ofensiva de enero de 1937 en el noroeste de Madrid (El Mundo)


El 3 de enero, una potente masa de maniobra formada por 4 columnas bajo el mando conjunto del general Orgaz rompía el frente al noroeste de Madrid y alcanzaba la carretera de La Coruña a la altura de Las Rozas. Los combates se prolongaron a lo largo de los días siguientes, avanzando las columnas atacantes en dirección a la capital. El día 7, las tropas de García-Escámez y de Buruaga conseguían conquistar Pozuelo; las de Barrón alcanzaban el kilómetro 11 de la carretera de La Coruña y las de Asensio avanzaban en dirección a Aravaca. Tras la conquista de Pozuelo, las fuerzas que habían ocupado el pueblo se dividieron para continuar su avance: Buruaga lograba tomar el barrio de la Estación y progresar en dirección al Cerro del Águila; por su parte, García-Escámez conquistaba Húmera y enlazaba con las fuerzas desplegadas en la Casa de Campo. Según sus informes, la conquista de Húmera supuso un importante botín: 30 lanzabombas, 30 cajas de bombas, 5 ametralladoras, 180 fusiles, 4 fusiles ametralladores y material diverso, contabilizándose más de 200 cadáveres en la parte de Húmera-Pozuelo.


Tropas moras y Regulares hacen acopio del botín obtenido tras los combates en el sector de Pozuelo de Alarcón  (Narodowe Archiwum Cyfrore)


El avance continuó en los días siguientes. El 8 de enero, tras una lucha durísima, las topas de Asensio ocupaban Aravaca, y el día 9, esas mismas fuerzas, en colaboración con las de Buruaga y García-Escámez, lograban alcanzar los últimos objetivos de Cuesta de las Perdices y Cerro del Águila. Unos días después, neutralizados los contraataques republicanos en el sector de Las Rozas y Majadahonda, la batalla llegaba a su fin.


Destrucciones en una calle de Pozuelo de Alarcón (Biblioteca Nacional de España)


La primera línea se situaba a partir de ese momento a caballo de la carretera de La Coruña, quedando Húmera muy a retaguardia de la misma (a algo más de 7 kilómetros). Los combates y bombardeos desarrollados entre noviembre de 1936 y enero de 1937 habían causado enormes destrucciones en su pequeño casco urbano, congregado en torno a la iglesia de Santa María Magdalena, destrucciones que continuarían hasta el final de la contienda debido, principalmente, al abandono y al aprovechamiento que sus edificios y ruinas ofrecían para el esfuerzo bélico y el día a día de las tropas desplegadas en el frente. Tras la guerra, la población sería reconstruida por la Dirección General de Regiones Devastadas.

Hoy en día, Húmera es una tranquila población en cuyas calles no hay nada que recuerde o sugiera el pasado bélico que acabamos de repasar. Sin embargo, retomando la metáfora del palimpsesto con la que comenzábamos esta entrada, podemos decir que, muchas veces, el pasado no desaparece del todo, sino que puede permanecer latente bajo la superficie del presente, emergiendo sus huellas en el momento en que se raspan las capas más superficiales, y así, en una pequeña parcela de su casco urbano en la que aparentemente no existe nada relevante, al desbrozar el terreno podemos encontrar, al mismo tiempo, vestigios de un pasado que va desde casi los orígenes de Húmera, allá por la Edad Media, hasta el invierno de 1936-1937, en que la población se convirtió en un terrible campo de batalla.


Granada rompedora de 155 mm aparecida en una parcela del casco urbano de Húmera

Una superposición de diferentes momentos históricos, cada uno de los cuales ha dejado su huella en el subsuelo de Húmera. ¿Cuántos secretos más permanecerán ocultos?


Javier M. Calvo Martínez


NOTAS: 

           

 

lunes, 3 de marzo de 2025

179) ARPILLERA

Soldados británicos en una posición construida a base de sacos terreros durante la Primera Guerra Mundial

Uno de los elementos más característicos de la guerra de trincheras fue el saco terrero, con el que se levantaban parapetos y se reforzaban y revestían los paramentos y cubiertas de las fortificaciones, tal y como podemos apreciar en múltiples fotografías y grabaciones de época.

Estos sacos estaban confeccionados con un grueso y áspero material textil, fabricado a base de estopa, normalmente de cáñamo o lino, llamado arpillera, por lo que eran fáciles de transportar en grandes cantidades para ser rellenados con tierra en los mismos lugares en los que se estaba fortificando, permitiendo construir con ellos, de manera económica, rápida y sencilla, multitud de estructuras defensivas de gran eficacia frente a las balas y la metralla del enemigo.


Combatiente republicano haciendo fuego desde un parapeto de sacos terreros en el frente de Madrid (Archivo Histórico del PCE)

Como es lógico, al tratarse de un tejido a base de fibras vegetales, la arpillera soporta muy mal los elementos erosivos y tiende a desaparecer por completo pasado un tiempo. Por tanto, salvo circunstancias muy excepcionales, rara vez aparecen vestigios de estas piezas hoy en día.

Pero resulta que estos sacos eran empleados también para el transporte de materiales de construcción, tales como el yeso, la cal, el cemento o la grava, algunos de los cuales, al entrar en contacto con el agua, se endurecen. Por ello, no es del todo extraño que, al visitar o excavar arqueológicamente una posición de la Guerra Civil, entre los materiales que pueden aparecer, nos topemos con bloques solidificados de cemento, mortero o cal con la forma de los sacos que los contenían, apreciándose en muchos de ellos la característica impronta dejada por la arpillera.



Sacos de arpillera petrificados en posiciones de la Guerra Civil en Las Rozas de Madrid (Fotografías J. M. Calvo)

En algunos casos se trataría de sacos que quedaron olvidados o abandonados, siendo la lluvia y la humedad la responsable de su endurecimiento. En otros, quizás se buscó intencionadamente ese resultado. De cualquier manera, pasado el tiempo la arpillera que había actuado de molde desapareció, pero nos quedó su evidencia en estos bloques petrificados que, de otra manera, solo podríamos imaginarnos a través de lo que vemos en las antiguas imágenes o leemos en los documentos históricos.



Restos de dos sacos de arpillera petrificados en una posición de la Guerra Civil en Las Rozas de Madrid (Fotografías J. M. Calvo)


Humildes pero interesantes vestigios del pasado que, muchas veces, pueden pasar desapercibidos, confundidos con piedras o escombros sin ninguna relevancia.


Javier M. Calvo Martínez

viernes, 24 de enero de 2025

178) EL HORROR DE UN CAMPO DE BATALLA

Maxilar inferior y dientes humanos recuperados en la intervención arqueológica de la posición del Km. 33 de la M-600, en el término municipal de Brunete (enero 2024)
 

Ninguna novela, película, crónica o recreación es capaz de reproducir la espantosa experiencia que para los soldados supone el campo de batalla.

La ansiedad previa al combate, la furia, el terror, el abatimiento emocional, e incluso, la ruptura psicológica que se puede llegar a sentir durante la lucha, o una vez que esta ha finalizado.

Las batallas son extremadamente violentas y confusas: los atronadores sonidos, los ruidos perturbadores, las visiones horrendas, el sufrimiento, los peligros, la pérdida de compañeros y amigos, el dolor de las heridas o la sensación de poder morir en cualquier momento, suponen una terrible prueba difícil de superar.

Aunque algunos autores, especialmente aquellos que pasaron por esas durísimas experiencias, nos han dejado magníficas memorias y relatos literarios, lo cierto es que se carece del lenguaje y las metáforas necesarias para poder describir con precisión el horror de un campo de batalla.

La historia militar, basada en los documentos de época, nos habla de fechas, estrategias, tácticas, unidades, movimientos, armamento, combates y bajas, pero una batalla es mucho más que eso, al menos, para quienes se ven inmersos en el fragor de la lucha. Para ellos, una batalla es todo lo que nos cuentan las crónicas y los libros de historia, pero a la vez, incluso mucho más, una batalla es una experiencia vital profunda y extrema en la que se entremezclan todo tipo de factores internos y externos al individuo: las características del terreno, los elementos meteorológicos, las condiciones físicas y mentales, las motivaciones ideológicas, la moral, las dudas, los temores, los miedos, el valor, la temeridad, el heroísmo, la cobardía, el sentido del deber y el instinto de supervivencia, el compañerismo y el egoísmo, los nervios, la ansiedad, el estrés, el peligro máximo, la violencia descarnada, la destrucción, la devastación, la confusión, el retumbar de explosiones, detonaciones, ráfagas, gritos y alaridos, los olores densos, el humo, los gases, el polvo, el sofoco intenso y el aire irrespirable, la resistencia, el sacrificio, el cansancio, el abatimiento, el vacío, la angustia, la euforia, la suciedad, el asco, el dolor, las heridas, la muerte, la victoria, la derrota…

Un sinfín de dinámicas, circunstancias, elementos, experiencias, pensamientos, sentimientos y emociones retroalimentándose mutuamente y sucediendo al mismo tiempo en múltiples puntos del combate, que pueden llegar a embargar a los soldados que lo afrontan llevándolos al límite de sus capacidades. Algo que solo pueden entender en su total magnitud aquellos que lo han vivido en primera persona y que el que fuera uno de los más insignes renovadores de la historia militar, el británico John Keegan, intento definir, allá por los años 70 del siglo pasado, con inevitable lirismo, como “the Face of Battle”: el Rostro de la Batalla del que es imposible hacer una descripción completa y realista, pero que queda grabado para siempre en lo más profundo de todos aquellos que lo han presenciado, conocido y vivido.

En el tórrido verano de 1937, entre el 6 y 26 de julio, tuvo lugar en el oeste de Madrid la batalla de Brunete, que por el volumen de tropas y medios empleados sería la más importante de las desarrolladas en el frente madrileño durante la Guerra Civil. A lo largo de 21 días, cerca de 100.000 combatientes de uno y otro ejército se enfrentaron en una terrible lucha de desgaste. El “Rostro de la Batalla”, al que se refería el historiador John Keegan, se manifestó en todo su esplendor y con toda su dureza: el calor abrasador, la aridez del terreno, los incendios, la sed insufrible, la potencia de fuego empleado (aviación, artillería, carros de combate, morteros, bombas de mano, armas automáticas, fusilería), los constantes ataques y contraataques, los combates cuerpo a cuerpo, los pueblos reducidos a montones de escombros, la imposibilidad de asistir a todos los heridos o de retirar a todos los muertos, fue la tónica general durante las largas jornadas de lucha, alcanzando tintes apocalípticos para quienes combatieron en primera línea en multitud de puntos del campo de batalla: Romanillos, El Mosquito, Quijorna, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo, Brunete, Villafranca del Castillo, El Cortijo, Loma Fortificada, Loma Artillera, Casa del Monje, La Bellota, Castillo del Aulencia, Las Barrancas, Palacio Rúspoli, Loma Quemada, La Vilanosa, El Olivar, Los Llanos, Vértice Cumbre…

Lugares todos ellos tranquilos y apacibles hoy en día, hasta el punto que cuesta creer que en estos mismos escenarios, hace ahora 88 años, se desencadenase un infierno de tal magnitud que supuso la devastación total de los pueblos afectados por los combates y que acabó causando cerca de 40.000 bajas entre los dos ejércitos, de las cuales, aproximadamente un tercio corresponderían a víctimas mortales. Datos terribles y difíciles de calibrar en su exacta magnitud a pesar de lo que nos cuentan los documentos, las memorias, los testimonios, los estudios e investigaciones.

Pero sucede que un día, removiendo la tierra en una excavación arqueológica, en la posición situada en el Km. 33 de laM-600, en el término municipal de Brunete, a no demasiada profundidad, aparece un maxilar inferior humano, y los antropólogos forenses que se hacen cargo del hallazgo, a falta de un estudio completo, te informan que la dentadura indicaría que perteneció a una persona joven que debía rondar los 20 años de edad y que parece que el hueso tiene un pequeño desgarro en la zona del mentón que bien lo podría haber ocasionado una esquirla de metralla, y entonces, de golpe, rememoras todo lo que has leído e investigado sobre los combates que acontecieron durante la batalla de Brunete y te acuerdas de ensayos como los del mencionado John Keegan e, irremediablemente, tomas conciencia de la magnitud de la catástrofe y te impresionas y conmueves por la tragedia que se vivió en estos lugares y por el horror que todavía guardan los viejos campos de batalla.


Javier M. Calvo Martínez


Nota: siguiendo los protocolos establecidos para este tipo de hallazgos, el maxilar y los dientes fueron entregados a profesionales especializados para su estudio forense, antropológico y genético.