jueves, 16 de septiembre de 2010

93) OPERACIÓN GARABITAS





La primavera de 1937 no había comenzado bien para las tropas de Franco. A los reiterados fracasos sufridos durante los meses de invierno en su intento por conquistar Madrid, se sumaba el descalabro sufrido en el mes de marzo en Guadalajara. La capital de España se presenta como un objetivo cada vez más difícil, más inalcanzable. Madrid no cae, ni parece que vaya a caer, por lo que se decide trasladar el esfuerzo bélico a otros frentes, concretamente al norte, ordenándose el fin de todas las operaciones ofensivas en el teatro de operaciones del Centro.

Los republicanos, sin embargo, representan la otra cara de la moneda. Contra todo pronóstico, llevan cinco largos meses resistiendo los asaltos del enemigo. Han sufrido innumerables bajas y vivido muchos momentos críticos, pero Madrid, resiste. Cierto es que algunas de sus calles, desde los primeros días de noviembre, se han convertido en primera línea de fuego, que los bombardeos impactan a diario en el centro de la ciudad, que el enemigo se ha enquistado en la Universitaria, y que la amenaza sigue siendo real y constante, pero sus defensores han logrado hacer efectivo el ¡No pasarán!

Además, el material de guerra procedente de la URSS y el recién creado Ejército Popular de la República, hacen sentir a los gubernamentales que es posible tomar la iniciativa y pasar a la ofensiva. En este contexto, en el frente de Madrid, durante los primeros días de abril, se van a planificar una serie de ataques dirigidos contra las importantes posiciones nacionales del cerro de Garabitas (en la Casa de Campo) y cerro del Águila (altura clave para el control de la carretera de La Coruña). El objetivo es alejar el frente varios kilómetros de la capital, impidiendo los bombardeos con los que la artillería franquista castiga diariamente a Madrid, logrando a la vez, aislar y aniquilar a las tropas que guarnecen la Ciudad Universitaria.

Objetivo ambicioso, pero que de lograrse, significaría un importante golpe de efecto, suponiendo una victoria, no solo militar, sino también moral y propagandística. Tanto es así, que la operación es diseñada para que su esperado éxito, coincida con el 14 de abril, aniversario de la proclamación de la República. ¿Que mejor manera de celebrar tan significativa fecha que logrando una sonada victoria en el emblemático frente madrileño?

Para intentar comprender el diseño de la operación y conocer el despliegue de las fuerzas que debían desarrollarla, recurrimos al trabajo de Ramón Salas Larrazabal:

“En el sector de la 6ª División se constituirían dos agrupaciones ofensivas, la primera formada por la 68ª Brigada Mixta, la de Etelvino Vega, reforzada por un batallón de ametralladoras, las milicias catalanas, los batallones primero y tercero de la 75ª Brigada Mixta y cuatro tanques.

La segunda agrupación la constituían la 2ª Brigada Mixta, los batallones segundo y cuarto de la 75ª Brigada y el primero y cuarto de la 4ª Brigada Mixta, con nueve tanques. Mandaría la agrupación el comandante Martínez de Aragón, de la 2ª Brigada. El objetivo de ambas agrupaciones sería el cerro de Garabitas.

En el sector de la 5ª División actuarían otras dos agrupaciones. La primera, al mando de Lister, formada por la 69ª Brigada Mixta, cuyo jefe era Gustavo Durán, y la 1ª bis, cuyo jefe seguía siendo Rogelio Pando. La otra agrupación, al mando de J. M. Galán, constituida por la brigada del Campesino y la 21ª Brigada, que desde el día 23 de marzo mandaba Juan de Pablo. La misión de la primera agrupación era atacar desde El Pardo, siguiendo la 69ª Brigada la orilla derecha del río y el camino de Medianil la brigada de Pando.

El Campesino y De Pablo debían conquistar el Cerro del Águila.”
(Salas Larrazabal, R. “Hª del Ejército Popular de la República”, Tomo II, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, p. 1401.).

La operación se desarrollaría entre los días 10 y 14 de abril de 1937 y, como veremos, supuso un sangriento fracaso para los republicanos. La Orden de Operaciones emitida en los primeros días de abril al II Cuerpo de Ejército, establecía como fin general:

“Ocupar el Cerro de Garabitas y el Cerro del Águila soldándose las fuerzas de la 5ª y 6ª Divisiones en la orilla derecha del Manzanares y dejando aisladas las fuerzas enemigas que guarnecen la Ciudad Universitaria.”

Para ello, establecía las siguientes misiones a las diferentes fuerzas implicadas en la operación:

La 6ª División debía de:

“Ocupar de noche y por sorpresa las alturas de la cota 650, 1.200 metros al NO del Lago de la Casa de Campo y las organizaciones enemigas de la orilla derecha del Manzanares-Puente de los Franceses.

Conquistar al amanecer las posiciones enemigas al NO del Lago de la Casa de Campo.

Conquistar el Monte de Garabitas envolviéndolo por el Oeste y fijando este objetivo por el Este y Sur hasta alcanzar la línea Puente de los Franceses-Depósitos de Aguas de la Casa de Campo-Cerro de Garabitas-Camino de la Encina de San Pedro-Plaza de las Siete Hermanas-Casa del Renegado, cubriendo bien este ataque de toda ofensiva del enemigo procedente de las tapias Oeste y Sur de la Casa de Campo, y ocupando la tapia Oeste entre la Casa de los Pinos y el arroyo de Antequina, en cuyo arroyo se soldará con las fuerzas de la 5ª División.

Presionar enérgicamente en dirección de la carretera de Extremadura, explotando todo éxito local. Fijar al enemigo por el fuego en el frente del Parque del Oeste."

La 5ª División, reforzada con las Divisiones 10ª y 11ª, debía de atacar el Cerro del Águila, para colaborar después en la toma del Garabitas, e intentar alcanzar la “Pasarela de la Muerte” sobre el Manzanares, cordón umbilical de las tropas de Franco en la Ciudad Universitaria, lo que las dejaría aisladas de sus bases de suministros y reservas.

La operación se basaba en la sorpresa que podía proporcionar actuar de noche. En este sentido, se marcaron algunas disposiciones específicas:

“Las fuerzas que hayan de actuar de noche disminuirán extraordinariamente las distancias o intervalos entre sus elementos, llevando reforzado su escalón de choque y sus flancos cubiertos con escuadras de fusileros granaderos; y las armas automáticas hacia el centro del dispositivo. En los desplazamientos nocturnos, se combatirá exclusivamente a la granada.

Con las fuerzas de maniobra marcharán equipos de tendido de línea telefónica con el fin de enlazar por este medio los puestos de Mando de aquellas con los de las Divisiones respectivas. Cuando la primera agrupación de la 6ª División ocupe las alturas de la cota 650 al NO del Lago, lanzarán una luz roja. Cuando las fuerzas de la segunda agrupación de la 6ª División conquisten las organizaciones enemigas entre los arroyos de Valdeza y Cobetillas, lanzarán una luz verde.

Cuando las fuerzas de la 5ª División ocupen la cota 660, lanzarán una luz roja; y cuando ocupen la Hermita del Marqués de Camarines, una luz verde.

Todas las fuerzas que hayan de operar durante la noche irán provistas de brazaletes o pañuelos blancos en el brazo izquierdo.”

En otro documento, se ordena también facilitar “un piquete de guías y enlaces conocedores de todos los caminos y trincheras.”

En la operación diseñada por los republicanos se daba una gran importancia a la acción de los carros, los cuales, debían desplazarse de noche a los puntos de partida, permaneciendo en un emplazamiento cubierto del fuego enemigo y fuera de la vista de la aviación, hasta que llegase el momento de actuar. Para facilitar su acción se disponía que:

“Durante la noche se procederá con toda urgencia y antes de que salga la luna a rellenar las zanjas contra tanques que existen en el subsector (…) caso de no dar lugar al relleno completo, se practicará un paso de una anchura de tres metros aproximadamente con apoyo de tablones y rollizos que ofrezcan las mayores seguridades al paso de nuestros tanques.

Igualmente, por el Grupo de Defensa y Fabricación de Artificios de Guerra del Ejército Centro, se procederá en esta noche y dentro de los mismos límites y horas, a levantar todas las minas contra tanques que existen colocadas en ese sub-sector del dispositivo automático, sin que haya necesidad de hacer la misma operación con las del dispositivo de disparo a voluntad.”

Por su parte, la Aviación, además de reconocer la zona comprendida entre las tapias de El Pardo y la tapia Sur de la Casa de Campo, y muy especialmente el interior de ésta, debía de ampliar su reconocimiento a la zona de Aravaca-Húmera-Pozuelo-Majadahonda-Las Rozas-Boadilla del Monte-Carabanchel-Getafe-Cerro Rojo y La Marañosa. Con las primeras luces del inicio de la operación, los aviones republicanos bombardearían intensamente las baterías y organizaciones del Cerro de Garabitas, así como a las fuerza de reserva que descubrieran en cualquier pueblo o itinerario en dirección a la Casa de Campo.

Los objetivos que debía batir la Artillería republicana (41 piezas según Salas Larrazabal), son tantos, que mencionarlos aquí sería excesivo. Como puede suponerse, entre los objetivos prioritarios se encuentran todas las alturas ocupadas por los nacionales, carreteras y caminos de comunicación, baterías y observatorios enemigos, etc.

En la Operación Garabitas se empleó lo más selecto del Ejército Republicano. Los comunistas, que poco a poco iban copando las altas esferas políticas y militares, quisieron ser los únicos protagonistas del que se esperaba fuera un contundente y emblemático éxito sobre los franquistas. Por ello, todas las unidades que participaron en esta operación estuvieron bajo mando comunista.

Frente a ellos, las posiciones nacionales estaban cubiertas por la 1ª División, al mando del coronel Iruretagoyena, estando el sector de la Casa de Campo defendido por la 1ª Brigada (F. Delgado Serrano), el sector de Aravaca y Cuesta de las Perdices por la 2ª Brigada (E. Losas) y la Ciudad Universitaria por la llamada Brigada de Vanguardia (J. Ríos Capapé), fuerzas a las que pronto se irían uniendo refuerzos.

La operación se inició el día 10 de abril de 1937 y, a pesar de las esperanzas que los republicanos habían depositado en ella, pronto comenzaron a hacerse palpables los malos resultados. El valor demostrado por muchas de las unidades republicanas, chocó con una tenaz resistencia de las fuerzas nacionales, que se clavaron a sus posiciones sin apenas ceder terreno. Todas las carencias y problemas que caracterizaban al bisoño Ejército Popular de la República y que, de una manera u otra, le acompañarían durante toda la guerra, se hicieron manifiestas, convirtiendo los ataques en un sangriento desgaste sin resultados significativos.

El excelente plan de fuegos establecido por los nacionales y la decidida resistencia presentada por sus tropas, frenaron una y otra vez las diferentes acometidas republicanas, que en cada nuevo intento, sufrían numerosísimas bajas, quedando las unidades seriamente diezmadas. Ante lo que empezó a percibirse como una serie de ataques suicidas, surgió el desanimo y la desconfianza entre las tropas de choque republicanas, dándose el caso de que el propio Enrique Lister, en un claro acto de insubordinación, se negase a cumplir las órdenes dadas por el general Miaja.

El día 13 de abril, las bajas republicanas se contaban por miles, sin que se hubiera logrado alcanzar ningún objetivo de importancia. El día 14, tras jornadas de combates tan salvajes como inútiles, se ordena a las unidades de choque volver a sus bases de partida y fortificar sus posiciones. La Operación Garabitas ha fracasado garrafalmente. Los mismos que esperaban convertirla en un éxito político y militar, deciden silenciar lo ocurrido. La prensa gubernativa, apenas mencionará nada al respecto, un tupido velo caerá sobre este trágico episodio.

Todas las posiciones importantes del sector siguieron en poder de las tropas de Franco. Madrid siguió presionado por un duro cerco. Las vanguardias de la Universitaria no fueron aisladas, y permanecerían en sus puestos hasta el final de la guerra. Desde la Casa de Campo, con el Garabitas como observatorio privilegiado, las baterías nacionales continuaron castigando, un día sí y otro también, las calles de la ciudad. La guerra iba a ser larga y difícil para los madrileños.

En aquel abril del 37, sobre las laderas del Garabitas, en las faldas del Cerro del Águila, en las espesuras de la Casa de Campo, en los pequeños cauces de sus arroyos… cientos de combatientes anónimos cayeron para no volver a levantarse jamás. Como siempre, contabilizar las bajas no resulta sencillo. Los partes nacionales asegurarían haber causado 8.000 muertos a los republicanos, una cifra, sin duda exagerada, pero parece aceptable la cifra de 3.000 bajas, estando el número de muertos próximo a los 1.500. Demasiadas bajas para cuatro días de combates.

El abril pasado, y de la mano del profesor Luís de Vicente Montoya, vicepresidente de Gefrema, y que durante años ha estudiado exhaustivamente este episodio bélico, tuve ocasión de pasear por los escenarios en los que se desarrolló la Operación Garabitas. Lugares que han experimentado importantes transformaciones, pero en los que todavía es posible hacerse una idea de lo que debió vivirse allí. Divisados desde los puntos en los que se encontraban las líneas republicanas, las alturas del Garabitas y del Cerro del Águila se levantan transmitiendo aun respeto e intimidación. Imaginar lo que debió de suponer intentar asaltar estas posiciones, cuando hace más de setenta años se encontraban fuertemente fortificadas, defendidas por cientos de hombres y equipadas con docenas de armas automáticas y morteros, produce cierto estremecimiento.

Tampoco puedo dejar de pensar en los defensores de aquellos lugares cuando cayera sobre ellos toda la furia destructora de la artillería y de la aviación republicana. Cientos de kilos de metralla y trilita reventando por todas partes, convirtiendo el lugar en un mortífero infierno.

Hoy en día, tanto el Cerro del Águila (con el Club de Campo ocupando parte de su superficie) como el Garabitas, son agradables zonas de recreo. La vegetación, destruida durante la guerra, tras diversas repoblaciones, vuelve a cubrir las lomas y vaguadas en las que se combatió aquel mes de abril de 1937. Aquí y allá, desperdigados por el paisaje, aun es posible toparse con algún viejo vestigio bélico (atrincheramientos, muros aspillados, ruinas de fortines…), muchos de ellos, posteriores a los sucesos que aquí se narran, pero enormemente sugerentes e interesantes para todos los interesados en la guerra civil en Madrid.

Son muchos los campos de batalla que he tenido ocasión de visitar. A pesar del tiempo transcurrido, de los grandes cambios que muchos de ellos han experimentado, y de la suerte que tengo por no haber tenido que vivir la locura que se desarrolló en aquellos lugares, todos ellos me transmiten un fuerte coctel de impresiones, emociones y sentimientos. El día que Luís de Vicente me guió por algunas de las zonas en las que se combatió durante la Operación Garabitas no fue una excepción, y al recordarlo, me viene a la cabeza algo que Arturo Pérez Reverte escribió en alguna ocasión:

“…la visita a un antiguo campo de batalla puede ser mala o buena, según quién te guíe por él. Si dejamos a un lado la demagogia patriotera barata y la otra demagogia estúpida que se niega a aceptar que la Historia y la condición humana están llenas de tantas luces como ángulos en sombra, un lugar así puede convertirse, para las generaciones jóvenes, en una excelente escuela de lucidez y tolerancia.” (A. P. R. )

Me parece una reflexión muy acertada.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografías: El Cerro de Garabitas y el Cerro del Águila vistos desde lo que fueron posiciones republicanas (abril de 2010, JMCM).

Documentación procedente del AGMA. Agradecimiento especial a Luís de Vicente Montoya.

martes, 7 de septiembre de 2010

92) INSCRIPCIONES








Fragmentadas, rotas, desgastadas por el abandono y el olvido. Deshaciéndose día a día, bajo el sol, la lluvia, el viento, el hielo…

Unas veces, víctimas de la indiferencia más absoluta; otras, objetivo prioritario del vandalismo y la ignorancia.

Aparentemente, simples caligrafías más o menos elaboradas, más o menos improvisadas, pero que en realidad, ofrecen una valiosísima información de primera mano.

Hace siete décadas, sobre los muros de ciertos fortines, quedaron grabadas fechas de construcción, siglas de organizaciones, consignas políticas, unidades militares…

Cada ejército, quiso dejar recuerdo de su presencia. Una especie de deseo de perdurar, de no ser totalmente engullidos por el olvido que parece terminar alcanzándolo todo. ¿Podrían pensar los que escribieron esas inscripciones, que tantos años después, seguirían siendo leídas?

El tiempo ha pasado. La Historia ha continuado su imparable ritmo. Las posiciones de guerra, hace ya muchas décadas que fueron abandonadas por sus defensores. Para unos, llegó la victoria, para otros la derrota. Los fortines y trincheras se fueron colmatando de tierra, de escombros, de basuras… llenando de silencio, de olvido, de vacío… Pero en algunas de esas viejas construcciones de guerra, permanecieron los epigramas que en ellas se escribieron, y que recuerdan a las unidades que por allí pasaron.

Referencias históricas por las que hoy transitan las lagartijas. Vestigios bélicos en los que ahora crecen musgos y líquenes. Placas que poco a poco se desquebrajan y descomponen.

Muchas de estas inscripciones, como ha sucedido con tantos restos de la guerra civil, han desaparecido para siempre. Otras, todavía son legibles en diferentes puntos del noroeste madrileño, aunque la mayoría, lamentablemente, parecen tener sus días contados.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografías 1 y 2: Inscripciones en fortines republicanos  de Las Rozas (JMCM)
Fotografía 3: Inscripción en fortín franquista de Villanueva del Pardillo (JMCM)
Fotografía 4: Inscripción franquista en Las Rozas (JMCM)
Fotografía 5: Inscripción franquista en Majadahonda (JMCM)

sábado, 28 de agosto de 2010

91) ARROYO DE LA RETORNA







De todos los municipios del noroeste madrileño, Las Rozas es el que, sin ninguna duda, conserva más restos y vestigios de arquitectura militar. A pesar del tiempo transcurrido y de las múltiples agresiones que este patrimonio recibe cada año, son todavía muchos los ejemplos que pueden encontrarse.

A principios de enero de 1937, Las Rozas fue escenario de duros combates. Terminada la batalla de la carretera de La Coruña, el pueblo quedó en poder de las tropas de Franco, convirtiéndose en primerísima línea de un frente que poco a poco se iría llenando de trincheras, casas fortificadas, nidos de ametralladoras, refugios y todos los elementos característicos de una guerra de posiciones.

Aunque aun se conservan interesantes vestigios, la mayor parte de las fortificaciones franquistas han desaparecido bajo la imparable expansión urbanística que vive el noroeste de Madrid desde hace ya varias décadas. Sin embargo, los restos de posiciones republicanas que aun pueden ser visitados en el término municipal de Las Rozas son numerosos y muy interesantes.

Uno de los conjuntos más importantes lo constituyen los restos de lo que fue la Línea de Detención republicana en el sector. Ya hemos hablado en diferentes momentos de esta Segunda Línea, y remitimos a los lectores y lectoras de este blog a la entrada dedicada a la Dehesa de Navalcarbón, donde nos extendíamos un poco en su análisis e interpretación. En aquella entrada, nos centrábamos principalmente en los vestigios que se conservan en ese, cada vez más agredido, entorno natural. Señalábamos también, que esas fortificaciones, debían de ponerse en relación con las todavía existentes (o ya desaparecidas) en otros puntos, tales como Las Ceudas, Fuente del Cura, Nava los Santos, El Cantizal…

En esta entrada, nos detendremos un poco en los restos que aun pueden contemplarse en Fuente del Cura y en el Arroyo de la Retorna. Las fortificaciones que aquí existen, son similares a las existentes en la Dehesa de Navalcarbón: nidos para arma automática construidos en mampostería, con cubierta abovedada (en su mayoría destruidas), planta cuadrada y frontal semicircular en el que se abren entre una y tres troneras. El tamaño de estas construcciones varía en función de que fueran empleadas para ametralladora o fusil ametrallador.

También aquí encontramos ejemplos de los nidos de ametralladoras de forma circular y construidos en hormigón, cuya planta, al contar con un tacón trasero por el que se accede al interior de la fortificación, recuerda al ojo de una cerradura. Estas construcciones, en total cuatro (dos en la Dehesa de Navalcarbón, una en Nava los Santos y otra más en Fuente del Cura, aunque éste último muy destruido), son auténticas joyas de arquitectura militar. Como sucede con todos los restos de la guerra civil existentes en Las Rozas, estos nidos se encuentran totalmente desamparados, y solo la solidez con que fueron levantados permite que aun se conserven. Desde “Proyecto Frente de Batalla” se intenta mantenerlos lo más decentes posible, recogiendo periódicamente las basuras y desperdicios que van acumulándose en su interior y alrededores.

Como ya he señalado otras veces, el Alto Mando Republicano dispuso que, en la medida de lo posible, y siempre que el terreno lo permitiera, debía de construirse una segunda línea de resistencia (Línea de Detención) a unos dos kilómetros de la Primera Línea de Fuego. Esta Segunda Línea, cuya ubicación debía ser cuidadosamente estudiada por cada jefe de sector, tenía que ser fuertemente fortificada con todos los elementos necesarios para su defensa, ya que, en caso de producirse una ruptura en la Primera Línea (algo bastante probable si el enemigo desarrollaba una ofensiva de envergadura), la Línea de Detención debía de suponer una barrera infranqueable para los atacantes.

No era necesario que esta línea permaneciera permanentemente ocupada por la tropa. Exceptuando ciertos puntos de la misma, en los que se situaban pequeñas unidades, el resto solía permanecer vacía, eso sí, con todos sus elementos (trincheras, refugios, puestos para armas automáticas, polvorines, observatorios, etc.) en perfecto estado de conservación, para hacer uso de ellos en caso de necesidad y poder ser ocupados en un tiempo máximo de quince minutos.

Lo relativamente alejada que esta línea se encontraba de las posiciones enemigas, facilitaba los trabajos de fortificación, lo que permitía desarrollar un sistema defensivo más fuerte y completo. Como es lógico, uno de los elementos que se tenían muy en cuenta a la hora de establecer esta Segunda Línea, era el terreno. Siempre que era posible, se intentaban aprovechar los accidentes naturales (ríos, arroyos, barrancos…) que, en caso de ataque enemigo, suponían un obstáculo para la Infantería, pero sobretodo, imposibilitaban el avance de los carros y de otros vehículos blindados.

El Arroyo de La Retorna cumplía a la perfección esta función. Buena parte de sus casi cinco kilómetros de recorrido (que discurren desde su nacimiento, en los Altos de la Carrascosa, hasta su desembocadura, en el Río Guadarrama), corrían en paralelo a la carretera de El Escorial, convirtiéndose así, en una especie de foso natural que complementaba eficazmente las defensas republicanas de la zona. Con los barrancos y pronunciados desniveles existentes en Fuente del Cura, ocurría algo similar. Incluso, aunque a priori no lo parezca, la propia carretera de El Escorial podía convertirse en un serio problema para las tropas atacantes, ya que, lograr atravesar una explanada despejada, sin lugares en los que protegerse y perfectamente enfilada desde lejos por un plan de fuegos bien establecido, se volvía algo realmente complicado y temerario.

Los republicanos sabrían sacar provecho de las características de este terreno, complementándolo con numerosos trabajos de fortificación que permitieron crear un sólido sistema defensivo. En realidad, esta Segunda Línea republicana quedaría sin terminar, como demuestran los últimos informes de fortificación del II Cuerpo de Ejército, en los que puede comprobarse que, apenas unos días antes del final de la guerra, las compañías de zapadores seguían trabajando intensamente en este sector. Con todo, fueron muchos los kilómetros de fortificación que se construyeron, cuyos restos, en parte, aun pueden apreciarse en diferentes puntos de Las Rozas.

Hasta la fecha, en la zona del Arroyo de la Retorna (Fuente del Cura, Nava los Santos...), he podido catalogar los restos de once fortificaciones, que van de un estado de conservación relativamente bueno, a la ruina más absoluta.

Si sumamos estos restos a los existentes en la Dehesa de Navalcarbón y a los que hay en algún otro punto de Las Rozas, nos encontramos con un impresionante conjunto arqueológico y un buen fragmento, relativamente completo y bien conservado, de lo que fue la Línea de Detención, o Segunda Línea, que el II Cuerpo del Ejército Republicano construyó en el sector. Completando estas construcciones, se conservan también numerosos atrincheramientos y otras huellas bélicas, quizás menos llamativas y sugerentes que los fortines, pero igual de interesantes e importantes para conocer y poder interpretar los sistemas defensivos de Las Rozas.

Una permanente amenaza planea sobre muchos de estos restos que, año a año, van sufriendo diversas “dentelladas” urbanísticas. Sería una pena que un patrimonio que, a pesar de las décadas transcurridas desde su construcción, se ha mantenido tan completo, termine perdiéndose bajo nuevas carreteras, urbanizaciones o centros comerciales.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1: Nido de ametralladora construido en hormigón en Nava los Santos (JMCM)
Fotografías 2, 3 y 4: Algunas de las fortificaciones que aun existen en Fuente del Cura (JMCM)

martes, 3 de agosto de 2010

90) SANGRE INTERNACIONAL




Una de las primeras milicias internacionales incorporadas al bando republicano, primero en la XII Brigada Internacional y poco después en la XI B. I, fue la que llevaba el nombre del comunista alemán Ernst Thäelmann, detenido por la policía política de Hitler en 1933, y que años después, en 1944, sería fusilado por los nazis.

En las últimas fases de la Batalla de la carretera de La Coruña (enero de 1937), el Batallón Thaelman contaba ya con una demostrada experiencia de combate, pues, desde las primeras jornadas de la Batalla de Madrid (noviembre de 1936), esta unidad, formada mayoritariamente por voluntarios alemanes, había participado en algunos de los episodios más duros y violentos (ver entrada “¡GEFALLEN!” )

Diezmado y reorganizado en diferentes momentos, era considerada una de las mejores unidades con las que contaba el Alto Mando republicano en el frente de Madrid. Por ello, cuando el 6 de enero de 1937, las columnas de Orgaz, haciendo uso de todas sus fuerzas, intensificaron la presión convergiendo hacia la capital desde el sector de Las Rozas, los batallones de la XI Brigada Internacional fueron enviados a cerrar la brecha abierta en el noroeste de Madrid.

El 7 de enero, el Batallón Thaelman tomó posiciones en la carretera de La Coruña, en algún punto indeterminado próximo al bosque de Remisa con la misión de frenar la ofensiva enemiga. Las órdenes eran explícitas: “No retirarse ni un centímetro en ningún caso”. Los internacionales quedaron aislados e incomunicados con su retaguardia, pero decidirán cumplir a rajatabla la orden recibida, combatiendo suicidamente durante horas contra una poderosa columna enemiga integrada por fuerzas de choque y carros blindados. Este episodio ya fue tratado hace tiempo en este blog, y los interesados pueden consultar la entrada “EL THAELMAN A LAS ROZAS”.

En aquellos mismos días en los que el Batallón Thaelman, literalmente, se desangraba en el frente de Madrid, una periodista danesa, llamada Lisa Lindbaek, cubría la guerra de España para el periódico “Dagbladet”. Lisa Lindbaek, considerada la primera corresponsal de guerra de su país, había nacido en la ciudad de Copenhague en enero de 1905. Desde 1924 ejerció, de forma independiente, la labor de periodista para diarios de diferentes países, y cuando en 1936 llega a España, en su curriculum profesional figuraba el haber cubierto importantes episodios internacionales, tales como el ascenso de Mussolinni al poder, o el incendio del Reichstag en Berlín. Durante la guerra civil española, Lisa Lindbaek colaboró con otros periodistas y escritores, como E. Hemingway, Nordahl Grieg, Nini GleditschGerda Grepp.

Terminada la guerra, Lisa llegó a Francia, donde siguió apoyando la causa republicana. Con la ocupación nazi, Lisa se vio obligada a huir al norte de África, escapando por los pelos de la persecución de la Gestapo. Desde allí pasó a EEUU, regresando a su país natal, Noruega, al finalizar la contienda mundial. Durante algún tiempo, trabajó como periodista para la ONU, y fue reportera en Alemania (la Occidental y la Oriental) durante los primeros años de la Guerra Fría. En 1961, Lisa, que desde hacía años arrastraba serios problemas con el alcohol, decidió suicidarse, arrojándose al mar en la ciudad alemana de Kiel.

Además de su labor periodística, Lisa Lindbaek escribió varios libros a lo largo de su vida. Entre ellos, “Internationella Brigaden”, publicado en 1939 en Estocolmo, por la editorial Solidaritet, y del que, lamentablemente, no existe traducción al castellano.

Para escribir este libro, Lisa se basó en sus vivencias y experiencias en la guerra civil española, así como en las numerosas notas, entrevistas y artículos que había realizado durante la misma. En sus páginas, se recoge el episodio bélico vivido por el Batallón Tahelman en la carretera de La Coruña el 7 de enero de 1937. Una de las cosas más interesantes de este libro, es que en él, Lisa recoge el testimonio de algunos de los pocos combatientes del Thaleman que sobrevivieron a esa sangrienta jornada. En sus páginas puede leerse:

“El batallón recibió órdenes de prepararse para el combate. Las Rozas había caído y el alto mando quería recuperar el terreno perdido. Estamos junto a otros bajo la lluvia. Recibimos órdenes de avanzar y nos prometen apoyo de los tanques. Podemos ver a los fascistas a unos cincuenta metros delante de nosotros. Nos han prohibido disparar. Los tanques se aproximan. Nadie sabe si son de los nuestros. Avanzan hasta unos trescientos metros de nosotros. Entonces podemos reconocerlos: son tanques fascistas. Preparamos las granadas. Pasan diez minutos. Los tanques se acercan en tres escalones. Tras de ellos vemos a la infantería. Treinta y cinco aviones nos atacan. La artillería corta la carretera en nuestra retaguardia. La compañía de ametralladoras nos envía un mensaje: “¡Retirada!”. Las compañías de infantería se niegan.

Han recibido órdenes estrictas de no retirarse ni una pulgada. Los tanques avanzan hasta llegar a unos pocos metros de nuestra trinchera. Decenas de nuestros mejores soldados mueren. Otros avanzan sin protección y lanzan sus granadas. Las carreteras quedan bloqueadas con muertos y heridos. Es una encarnizada lucha hasta derramar la última gota de sangre “¡No Pasarán!”, nos decimos unos a otros. “La ofensiva tiene que ser contenida”. En suelo español combaten los obreros contra los fascistas. La sangre de los obreros alemanes salpicó los muros de Madrid. Pero los tanques de Krupp no pueden pasar.

Las órdenes no podían llegar desde el cuartel general hasta el batallón. Cuando llegó finalmente la orden de retirada, era demasiado tarde. La infantería enemiga tomó por asalto las trincheras del Thäelman y remató a los heridos a bayonetazos.

Al día siguiente llegó la orden de reanudar la ofensiva. Por primera vez respondimos: “Imposible. El batallón Thäelman ha sido destruido.”

Fue más o menos en esta época cuando uno de los voluntarios alemanes compuso la canción Hans Beimler, que se cantaba con la música de “Ich hatt´einen Kameraden.”

Los interesados en escuchar esta canción compuesta en memoria de Hans Beimler, uno de los organizadores del Batallón Thaelman, muerto en el frente de Madrid en diciembre de 1936, pueden hacerlo pinchando sobre el siguiente título: “Hans Beimler Kamerad”.

Un testimonio más, casi olvidado, de aquellas terribles jornadas. A menudo me pregunto cuantos libros, artículos y documentos escritos por los diferentes extranjeros que, en uno u otro bando, participaron en nuestra guerra, permanecerán todavía desconocidos o sin traducción al castellano. ¿Cuántas memorias, experiencias, vivencias y opiniones, de españoles y extranjeros, habrán sido barridas para siempre por el paso del tiempo, el miedo o la indiferencia?


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

sábado, 24 de julio de 2010

89) A MORTERAZO LIMPIO





Una de las armas más características de la guerra de posiciones es el mortero. La idea original de esta pieza artillera, esto es, del arma capaz de batir por elevación el interior de posiciones asediadas, es bastante antigua. Los españoles lo utilizaron ya, en diseño rudimentario, durante el siglo XVII. Aquellos primitivos morteros lanzaban piedras y proyectiles incendiarios. Los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, los fabricaron de gran tamaño y potencia, pero debido a la escasa movilidad de tales modelos, no tardaron en desecharlos.

Sin embargo, la consolidación de frentes estables dio origen a morteros de pequeño tamaño que sirvieran de apoyo a la infantería. Pronto se pudo comprobar que esta arma resultaba especialmente útil en la guerra de trincheras. La curvatura de su tiro permitía batir eficazmente zonas desenfiladas a las armas de tiro tenso, así como disparar por encima de obstáculos, y, todo ello, permaneciendo a cubierto de la vista del enemigo y de los fuegos rasantes.

El mortero, esencialmente, se compone de seis partes: cañón de ánima lisa (es decir, de tubo sin estrías interiores), bloque de culata, placa base, dispositivo de puntería por elevación y amortiguadores. Es un arma de avancarga (se carga por la boca de fuego) y sus granadas, de gran poder explosivo, son fáciles de manejar. Durante la guerra civil española se utilizaron morteros de diferentes calibres: mortero pesado (120 mm.), mortero medio (81 mm.) y mortero ligero (60, 50 y 45 mm.).Los morteros pesados recibían también el nombre de lanzaminas.

Los proyectiles del mortero, además de batir objetivos desenfilados (trincheras, parapetos, muros, etc.), resultaban muy eficaces contra personal al descubierto, siendo los trozos de su metralla muy peligrosos en un radio de acción de unos 50 m. (con mortero de 60 mm.), 100 m. (con el de 81 mm.) y 150 m. (con el de 120 mm). La diversidad de calibres permitía escalonar los objetivos desde los 100 m (distancia mínima de empleo del mortero de 60 mm) a unos 5.700 m (alcance máximo del de 120 mm).

Además, los morteros solían resultar especialmente desmoralizantes para la tropa que sufría su fuego. El hecho de no oír normalmente ni la salida del proyectil de la boca de fuego, ni su trayectoria hasta que no estaba encima del objetivo, suponía una tensión e incertidumbre que podía minar la moral de las tropas más aguerridas, las cuales, sólo podían sentirse seguras en los refugios o abrigos bien preparados, pero no en las trincheras que podían ser batidas con cierta facilidad, pues los ángulos de caída de las granadas de mortero eran grandes (entre 950 y 1.500 milésimas según suplementos y alcances). Un porcentaje altísimo de las bajas causadas en las trincheras del noroeste de Madrid fueron consecuencia del fuego de los morteros.

La extremada cercanía a la que muchas veces se encontraban las posiciones de los unos y los otros imposibilitaba la actuación de la artillería, pues el riesgo de disparar sobre las propias tropas era muy elevado. Por ello, el mortero se convirtió en la pieza artillera más útil y eficaz (también de las más temidas) para la infantería de las primeras líneas de fuego: fácil de transportar, de manejo rápido, sencillo de ocultar y de una increíble eficacia.

El propio Francisco Franco, en sus comentarios al “Reglamento de Grandes Unidades” (doctrina y táctica de la Infantería española en 1936) escribiría con relación a los morteros:

“(…) el mortero de 81, poderosa arma de la Infantería, de tiro curvo, de alta trayectoria, con su rama descendente vertical, tiene un alcance (eficaz) de dos mil metros y un proyectil de cuatro kilos de peso (…) constituye un arma poderosa contra los atrincheramientos y sobre el enemigo abrigado en barrancadas y contrapendientes; puede ejercer su acción a su vez desde el fondo de un barranco, desde una contrapendiente o detrás de un obstáculo, a cubierto (…) el mortero de 50, arma de compañía, tiene análogas condiciones que el mortero de 81, pero reducido a una cuarta parte de su alcance o potencia; sustituye con ventaja a las granadas de fusil (…) los morteros ofrecen el más poderoso elemento para detener el ataque, ya que los avances se realizan generalmente por las zonas ocultas, barrancadas y contrapendientes desenfiladas; hacia ellas debe de orientarse su empleo y poder batir la base de partida del enemigo (…) en la ofensiva, tirando por encima de tropas, las acompaña y protege (…) es el cañón del Infante, el que no le falla nunca.” (Reproducido en “Las armas de la Guerra Civil Española” de J. M. Manrique y L. Molina, La Esfera de los Libros, Madrid, 2006, p. 81).

Con lo expuesto hasta aquí, no es extraño que el mortero fuera una de las armas más temidas y perseguidas en las posiciones del frente madrileño durante la guerra civil. Localizar los morteros del enemigo e intentar destruirlos o neutralizarlos se convirtió en una prioridad para las tropas de primera línea. En las trincheras del noroeste de Madrid los dos ejércitos se esforzaron en esta labor, desarrollando diferentes acciones encaminadas a localizar y destruir los peligrosos morteros enemigos.

Como ejemplo de todo ello nos fijamos en una Orden de Operaciones emitida en agosto de 1938 en el sector de Las Rozas por el Jefe de la 111ª Brigada Mixta al Jefe de la Agrupación de Morteros de la unidad.

Como ya es sabido por los lectores y lectoras de este blog, durante la guerra civil, Las Rozas se convirtió en primera línea de fuego. Desde en enero de 1937, el caserío y la estación de ferrocarriles permanecían ocupados por las tropas franquistas, y, a muy corta distancia, se extendían las líneas republicanas, lo que originó una dura guerra de trincheras en la que los hostigamientos y ataques fueron frecuentes y numerosos.

Según podemos comprobar en el documento del que hablamos, los observatorios y puestos avanzados republicanos han localizado los emplazamientos que los morteros franquistas tienen en la parte vieja del pueblo de Las Rozas, por lo que no se tarda en ordenar el hostigamiento contrabatiendo los morteros enemigos para su neutralización y destrucción. Para ello se planifica la siguiente “Idea de Maniobra”:

“Emplazar tres morteros calibre 81 en las inmediaciones de Casa Curia, dos piezas del 60 en la Cuesta de Mataborricos y dos piezas del 60 en el Arroyo de la Puentecilla. El primer emplazamiento (inmediaciones Casa Curia) batirá Las Rozas (parte vieja), con objeto de destruir el emplazamiento de morteros enemigos. El segundo emplazamiento (Cuesta de Mataborricos), idéntica misión al anterior. El tercer emplazamiento fuego de hostigamiento a las posiciones del Guadarrama Oriental.”

“Tan pronto reciba esta orden procederá a emplazar los morteros en los lugares indicados que, para mayor aclaración, se indican en superponible que se acompaña, debiéndose tomar todos los datos necesarios para estar dispuestos a actuar antes del anochecer, haciendo fuego a mis órdenes y a la hora H.

A intervalos de quince a treinta minutos hará un disparo desde cada uno de los emplazamientos sobre blanco testigo para tiro de corrección.”

Un simple ejemplo de las muchas acciones que tuvieron lugar en este sector durante los años que duró la guerra. Continuos ataques y hostigamientos que formaban parte de la rutina de la guerra de trincheras que se desarrolló en el noroeste de Madrid.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1: Mortero republicano en el frente de Madrid.
Fotografía 2: Restos de granadas de mortero encontrados al pasear por el sector de Las Rozas (JMCM)

Documentación procedente del AGMA

lunes, 12 de julio de 2010

88) MISIÓN SUICIDA





El proceso revolucionario que se desencadenó en la zona republicana a raíz de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 facilitó la actuación directa de muchas mujeres en las primeras jornadas de lucha callejera. Esta participación femenina siguió dándose durante los primeros meses de guerra en muchos frentes, en los que no era del todo raro encontrar a hombres y mujeres combatiendo codo con codo en las milicias de las diferentes organizaciones políticas y sindicales. Una realidad muy extraña para la época que quedó reflejada en carteles, fotografías, documentales, etc.

Pero a medida que la guerra avanzaba y las milicias obreras iban siendo absorbidas por el imparable proceso de militarización que terminaría con la creación del Ejército Popular de la República, las mujeres, poco a poco, fueron siendo retiradas de las unidades de combate, obligándoselas a desarrollar labores auxiliares y de retaguardia.

Sin embargo, se darían algunas excepciones. Quizás, el caso más llamativo, por lo que tuvo de insólito y raro para la época, sea el de Mika Etchebéhère, que, tras ganarse el respeto y la consideración de sus compañeros en el frente de Guadalajara durante los primeros meses de guerra, obtendría el grado de capitán (o capitana) dentro de la 14ª División que dirigía el anarcosindicalista Cipriano Mera, siendo la única mujer con mando de tropa durante toda la guerra civil española.

Mika, cuyo verdadero nombre era Michèle Feldman, había nacido el 14 de marzo de 1902 en la provincia argentina de Santa Fe. Sus padres eran judíos de origen ruso que habían huido de la represión zarista, por lo que, desde su infancia, tuvo relación y contacto directo con otros muchos exiliados políticos. Desde muy joven, se identificó con las ideas anarquistas, hasta que en 1920, en la Universidad de Buenos Aires, conoció al que sería su compañero, Hipólito Etchebehere, y juntos, deciden afiliarse al Partido Comunista, del que serían expulsados años después por sus ideas heterodoxas. En 1930 se trasladan a Europa, primero a Francia y después a Berlín, donde, desde posicionamientos trotskistas, intentarían oponerse al ascenso del nazismo en Alemania.

En 1936, Mika y su compañero Hipólito se encuentran en España realizando un estudio sobre la revolución de Asturias de 1934. Ante la sublevación militar del 18 de julio, deciden comprometerse activamente en la lucha revolucionaria contra el fascismo. Integrados en una columna del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), parten al frente de Guadalajara. Hipólito muere en los combates desarrollados en Atienza, pero Mika continuará en el frente, siendo elegida por sus compañeros como responsable de la columna. Uno de los episodios bélicos más espectaculares protagonizados por Mika Etchebéhère se dio, cuando junto a un pequeño grupo de milicianos, logró burlar el cerco de las tropas nacionales y evadirse de la catedral de Sigüenza.

Llega a Madrid días antes de que las tropas de Franco inicien el asalto a la capital. Trás unos días en París, regresa en plena batalla de Madrid. En esas duras jornadas, Mika, con su columna, actuará en La Moncloa, en la Casa de Campo, en Húmera, en la carretera de La Coruña…

Cuando en mayo de 1937 se desencadené la represión contra el POUM, dirigida por los estalinistas, Mika será detenida en el frente de Guadalajara, siendo Cipriano Mera en persona quien presione para obtener su liberación.

En marzo de 1939, con la caída de Madrid, Mika fue detenida, pero consiguió refugiarse en el Liceo francés gracias a poseer un pasaporte de esa nacionalidad. Logra llegar a Francia y de allí, a Argentina, regresando a Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial. El resto de su vida, Mika continuó con su militancia revolucionaria. En mayo de 1968, con 66 años, se la podrá ver levantando barricadas durante las revueltas estudiantiles y años después, todavía participará en las manifestaciones contra la dictadura militar en Argentina. Mika Etchebéhère fallecío en París el 7 de julio de 1992, sus amigos y compañeros arrojaron sus cenizas en el Sena.

En 1976, Mika redactó unas memorias sobre sus experiencias en la guerra de España: “Ma guerre d´Espagne à moi” ("Mi guerra de España"), publicadas en castellano en 1987 por Plaza y Janés, y que afortunadamente, han sido reeditadas en 2003 por Alikornio Ediciones, cuya lectura es más que recomendable.

Precisamente de este libro, hemos querido extraer parte de un episodio bélico ocurrido en febrero de 1937 en el frente de Madrid. Se trata de una acción de combate desarrollada por los republicanos en el sector de la carretera de La Coruña. Málaga acaba de caer en poder de las tropas de Franco, y en el sector de la carretera de La Coruña, los republicanos intentan una acción encaminada a expulsar a los nacionales del Cerro del Águila. Mika recuerda las trincheras del frente de Madrid en aquellos primeros días de 1937, cuando los grandes combates en torno a la carretera de La Coruña han cesado y el frente madrileño comienza a estabilizarse:

“Aquí no tenemos al enemigo a distancia de voz humana, como en el Pinar de Húmera. El Cerro del Águila, su posición más próxima, se halla a unos trescientos metros a la derecha de nuestras avanzadillas. Digo trescientos, quizás esté más lejos. En el Pinar de Húmera nos gritaban, nos insultaban, nos mandábamos prensa con el perro estafeta, contestábamos sus insultos. Afilábamos el odio grande con diarias querellas de vecinos, sabiendo que un día u otro las habríamos de dirimir a tiros. La probabilidad del encuentro justificaba el hielo, la lluvia, el barro que se nos metía en el cuerpo.

Aquí, el enemigo nos parece tan lejano, que la lluvia y el fango se nos antojan un castigo inútil, agravado peligrosamente por el tedio y los piojos. El comandante sonríe viendo mi encarnizamiento en luchar contra los piojos a fuerza de polvos insecticidas que sólo sirven para hacer toser a los milicianos, porque los bichos parecen más bien prosperar y multiplicarse.

- Los piojos -dice- son la plaga inevitable de las trincheras que llevan tiempo sirviendo de cobijo a hombres que no pueden lavarse ni cambiarse de ropa. Para acabar con los piojos hay que arrasar las trincheras infestadas, prenderlas fuego.

Tengo que resignarme, renunciar al combate antipiojos. Queda el tedio de los días interminables. Comunico al comandante mi proyecto de traer libros y revistas ilustradas que puedan interesar a los milicianos. Si él está de acuerdo y me presta un coche, iré a Madrid en busca del material de lectura. Conseguiré libros fáciles, novelas de aventuras y de amor, relatos históricos, en fin, literatura poco complicada al alcance de todos.

-Nada cuesta probar, -contesta el comandante, no muy convencido-. Lo malo es que muchos de nuestros milicianos no saben leer…

-Ya lo he pensado. Para ellos tengo otro proyecto. Les enseñaremos a leer y escribir aquí mismo, si usted está de acuerdo. He averiguado que tenemos cuatro maestros de escuela en las trincheras. No dará mucho trabajo construir dos chabolas detrás de las primeras líneas para que sirvan de escuela.

Esta vez el comandante muestra más entusiasmo. Decidimos que mañana a primera hora iré a Madrid en busca de lo necesario."

Más adelante, Mika Etchebéhère rememora el golpe de mano efectuado contra el Cerro del Águila en febrero de 1937. En el frente madrileño, las tropas republicanas son todavía una especie de hibrido entre milicia popular y ejército regular, con multitud de carencias organizativas, divisiones internas, dudas y desconfianzas. Hemos seleccionado algunos fragmentos de las memorias de Mika, que comienza su relato en el momento en que es informada de la decisión de atacar el Cerro del Águila:

-Le veo preocupado, comandante. ¿Pasa algo? ¿Le han hecho reproches en Puerta de Hierro?

-Ningún reproche, al contrario. La prueba es que nos han designado para una operación más que arriesgada. Nada menos que tomar el Cerro del Águila, claro que no solos. Saldrá en vanguardia un batallón de la CNT, el que está a nuestra derecha. Treparan al cerro antes del amanecer, cortarán las alambradas, tirarán lluvias de granadas para neutralizar las ametralladoras y los morteros…

-¿En Puerta de Hierro están seguros del batallón que abrirá el combate? Esos milicianos tendrán que operar como en un golpe de mano, por sorpresa, porque si los descubren antes de que se hayan echado sobre la posición, los bajarán a tiros seguros, a ellos y a los nuestros que irán detrás.

-Según me dijeron, se trata de gente aguerrida, que, después de la caída de Málaga, plantea problemas a sus mandos porque los mantienen en un frente inmovilizado.

-Y usted, comandante, como militar de carrera, ¿tiene confianza en esa operación, le parece viable?

-Si se lleva a cabo de forma como la definen en Puerta de Hierro; si los hombres del batallón de vanguardia cumplen y los nuestros siguen, no digo que será un paseo, habrá bajas, pero puede salir bien. Haga el favor de decir a nuestros capitanes de compañía que vengan aquí inmediatamente, a fin de ponerlos al corriente.

(…)

La orden de acudir al puesto de mando sorprende a todos. Tratan de hacerme decir para qué los convocan. La mayoría cree que les anunciarán el relevo. Como no confirmo la suposición piden que al menos les diga si pasa algo grave.

En pocos instantes los milicianos se enterarán de que sus capitanes han sido convocados por el comandante. “Para nada bueno ha de ser”, murmuran algunos, pero a nadie se le ocurre la verdadera razón.

De pronto ha cambiado el clima de la trinchera. Casi no se oye hablar. Nadie se mueve de su puesto por temor a perder la primicia de las novedades que traerá su capitán. En mi vuelta por los refugios recojo miradas ansiosas, hasta coléricas, porque todos saben que yo sé. Cada compañía ha puesto un centinela encargado de anunciar el regreso de su capitán. La medida no tiene mayor sentido. Denota solamente, en los milicianos, la necesidad de participar en algo que sienten importante.

Cuando comienzan a resonar los gritos de: “Ya vienen, allá vienen” me encamino hasta el puesto de mando para no estar presente en el encuentro de los oficiales con sus hombres.

(…)

-Todo está en orden -me informa el comandante-. Un solo detalle nuevo: la cuarta compañía saldrá en cabeza, por ser la más veterana. Toda nuestra gente es buena, pero la cuarta compañía es la que tiene en su haber más combates. Es un honor para sus milicianos encabezar el de mañana.

“Un honor o un castigo”, pienso para mis adentros. Si estuviéramos en un batallón comunista, diría que es un castigo, porque no consigo dominar la desconfianza que me inspira la operación de mañana a causa de ese batallón desconocido que lo decidirá todo. Pero aquí el mando que ordena la operación no es comunista, sino confederal, favorable al POUM, luego hay que tomarlo como un honor.

(…)

En las trincheras hay gran animación. Tengo que abrirme paso entre los milicianos ocupados en desmontar fusiles, remendar correajes, contar cartuchos canturreando por lo bajo coplas alusivas al próximo combate. Pero el tono general es de seriedad, sin explosiones bravuconas ni alardes arrogantes.

El ambiente que reina en la cuarta compañía es todavía más concentrado, más denso, como si los hombres tuviesen una noción más clara del riesgo que habrán de correr mañana. Cuando me encuentro en medio de la trinchera, digo a modo de preámbulo:

-Al fin habrá combate.

-Sí, al fin, ya era tiempo- contestan varias voces.

Con Fuentemilla a mi lado, digo dirigiéndome a todos:

-Traigo un mensaje que nos han comunicado desde Puerta de Hierro. El comandante me ha encargado de dárselo en su nombre. La cuarta compañía saldrá en vanguardia, honor que le cabe por ser la más aguerrida…

-Un honor con sus más y sus menso -gruñe Chuni-, porque el avance a campo raso no será cosa de coser y cantar. No importa, vale más ser los primeros en avanzar y no andar a la zaga de los demás, que a lo mejor se vuelven a mitad de camino. Falta saber solamente si los encargados de abrirnos el paso no se quedarán dormidos.

-Déjate de hacer pronósticos -le riñe Fuentemilla-. Nadie nos da derecho a pensar que esa gente puede echarse atrás. A mí, lo único que me preocupa es lo que tardan las municiones. Fijaros en la hora que es. Menuda tarea si los cartuchos no vienen apartados y hay que ponerse a buscar calibres.

-Ya está todo aquí. Ahora mismo puedes mandar dos hombres al puesto de mando para traer lo que haga falta. Olvidaba decirte que el comandante quiere hablar contigo. Yo me voy disparada a ocuparme del suministro. A propósito, según vuestro parecer, ¿es más práctico que cada uno lleve en el macuto su ración, o es preferible subirles el suministro a la posición para evitar peso?

-Yo diría que es mejor no cargarse -dice Fuentemilla-, porque no será un paseo, sino una carrera. Vale más llevar cuatro o cinco granadas de repuesto, que un paquete de comida. Es mi modo de ver…

-¡Y el nuestro, y el nuestro! -gritan muchas voces-. Cuanto más ligeros vayamos, menos nos pesarán los pies. Ya sabemos que no nos dejarás pasar hambre ni sed. Como dice el capitán, es mejor llevar más bombas que comida.

(…)

La chabola del teléfono está a dos pasos. Al vernos llegar, el comandante pide a Rogelio que traiga café caliente para él y el miliciano de comunicaciones. Pregunto si no ha llegado el mensaje de Puerta de Hierro anunciando la hora de comenzar la operación.

-Sí -contesta el comandante-. Hace media hora, diciendo que el batallón se había puesto en camino. De ser verdad, ya se deberían escuchar las primeras descargas. Esta tardanza me da mala espina, aunque, de haberse suspendido el ataque, nos habrían avisado para no tenernos en ascuas. Vaya usted a los parapetos de la cuarta compañía. Tranquilice a los milicianos. Quédese con ellos hasta el momento del arranque. Ponga también varios centinelas a lo largo de las trincheras de modo que pasen el mensaje con mayor velocidad.

Transcurre una hora. En medio de la compañía formada para salir, me estrujo el cerebro en busca de explicaciones que justifiquen la tardanza, como también la ausencia de noticias.

De pronto se oyen tiros de fusilería y explosiones de bombas. Algo así como una onda eléctrica sacude a las escuadras agrupadas según las armas que llevan. Los dinamiteros en punta sin más carga que el morral repleto de cartuchos y las granadas al cinto, muy ufanos de haber conseguido, por fin, las codiciadas piñas.

Pero los tiros y las explosiones se van apagando minuto tras minuto. Es difícil admitir que la posición haya caído en tan poco tiempo. Los enlaces corren de un lado a otro llevando preguntas y trayendo respuestas.

La orden de salir no llega. Todos los ojos están fijos en el cielo que la aurora va tiñendo a grandes pasos de rosa y oro. Los últimos rastros de la noche retroceden hacia el Oeste en paquetes de sombras deshiladas.

Cuando la cuarta compañía recibe la orden de asaltar los parapetos, son las seis de la mañana de un día peligrosamente claro. Tan claro, que se distinguen nítidamente los triángulos que forman los hombres avanzando desplegados en guerrillas por el llano total, chato como una tabla, sin el menor montículo que sirva de amparo.

Doblada sobre el parapeto, con los ojos doloridos de tanto forzarlos para ver, el pecho sofocado de angustia, las uñas hundidas en las palmas de las manos, oigo estallar los primeros obuses de mortero. Les siguen los tableteos de las ametralladoras. Ante la barrera de fuego, los nuestros se dispersan, se tiran al suelo un instante, se levantan, intentan avanzar, muchos caen, heridos o muertos. Los demás retroceden arrastrándose, corriendo en zigzag.

El primero que llega a la trinchera es Juan Luís. No consigo hablarle, porque el temblor de las mandíbulas degüella las palabras.

-Esto ha sido un asesinato -grita Juan Luís-. Nos han tirado a blanco seguro. Íbamos dando el pecho. Yo marchaba junto al capitán. Cayó a mi lado, muerto de un balazo en la cabeza, que la llevaba muy alto, como un jabato. Muerto también el teniente Rubio y muchos otros. En camillas se podrá sacar solamente a los que han quedado cerca. A los demás habrá que traerles a rastras, si se puede.

Detrás de Juan Luís, pegados al suelo van decenas de milicianos de nuestro batallón. Las ametralladoras del Cerro del Águila siguen barriendo el terreno. En la trinchera de evacuación, esperando camillas, se alienan los heridos que van llegando por sus propias fuerzas. El comandante está a mi lado, silencioso, crispado casi tanto como yo. Un enlace viene a decirle que lo llaman del puesto de mando. Yo me pongo a contar los hombres que llegan del desastre. No pasan de ochenta, ilesos o con heridas leves.

No he visto acercarse al comandante. Las palabras que pronuncia en voz alta restallan como un trallazo sobre los milicianos mudos de cólera:

-El puesto de mando ordena salir nuevamente. El batallón que inició el ataque se retira ante el fuego del enemigo, pero se está poniendo otra vez en marcha.

-La compañía ha perdido a sus oficiales -digo yo-. Entonces me toca a mi mandarla. Sale conmigo o no sale…

-Ni vienes tú ni vamos nosotros -rugen las voces de los hombres que se adelantan, amenazadores, frente al comandante-. Combatir, sí, hacerse matar aposta, no. Ya puede usted decírselo a los altos jefes. Decirles que hemos tenido más de cuarenta bajas. Que para carnicería, ya está bien.

-Yo iré al teléfono para explicarlo, si el comandante me lo permite -digo-. Estoy segura de que la orden será anulada…

-Aunque la mantengan. De aquí no nos movemos si no es para ir a buscar a los heridos. Ya pueden venir a fusilarnos, Antes nos llevaremos por delante a los que se acerquen, porque nosotros no hemos tirado los fusiles. Aquí están, calientes todavía, ya se lo puedes decir…

(…)

Cipriano Mera viene a mi encuentro con los brazos tendidos.

-Tranquilízate -dice-, se ha desistido de continuar la operación. Las cosas salieron mal desde el comienzo porque el enemigo estaba sobre aviso. Probablemente un chivatazo. Hay más de un fascista camuflado entre nosotros. Quisimos hacer algo por lo de Málaga. Recuperar el Cerro del Águila hubiese sido un golpe sonado. Nos duele el fracaso, y más nos duelen los muertos y los heridos…

La voz de Cipriano Mera me llega de muy lejos, porque yo no estoy aquí. Estoy en la trinchera mirando pasar las camillas, esperando la que trae a Clavelín. Las lágrimas me empapan las mejillas, me caen hasta el cuello. Dejándolas correr con la cabeza baja, sin enjugarlas, imagino que nadie las ve. Cipriano Mera las ve. Tomándome por los hombros dice con voz severa, como quien riñe a una chiquilla:

-Vamos, moza, deja de llorar. Llorando con lo valiente que eres. Claro, mujer al fin…

La frase me cruza como un latigazo. El dolor y la humillación me hacen apretar los puños y arder la cara. Levanto despacio la cabeza buscando una respuesta que lave la ofensa. Sólo acierto a decir:

-Es verdad, mujer al fin. Y tú, con todo tu anarquismo, hombre al fin, podrido de prejuicios como un varón cualquiera.

Y me voy, masticando la cólera que me distrae un rato de la pena. Los milicianos de la cuarta compañía me reciben en silencio, sin mostrar interés por el mensaje que les traigo. Ahí están como náufragos que han estado a punto de perecer, aturdidos, ausentes.”

Aquella acción contra el Cerro del Águila fracasó, pero los republicanos no tardarían demasiado tiempo en volver a intentarlo. Concretamente en abril de 1937, cuando los defensores de Madrid desencadenaron la conocida como “Operación Garabitas”, de la que pronto hablaremos en este blog.

Combates muchas veces suicidas y desesperados que tuvieron lugar en el frente madrileño a lo largo de toda la guerra y que hoy en día, permanecen casi olvidados o son del todo desconocidos.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Mika Etchebéhère.
Fotografía 2) Milicianos del POUM en el frente de Guadalajara. Al fondo, junto a la pintada del muro, puede verse a Mika Etchebéhère.