La batalla de Brunete, acontecida en el abrasador mes de
julio de 1937, ha pasado a la historia como la “Batalla de la Sed”.
A lo largo de los combates, tanto
las guarniciones que defendían las posiciones, como las unidades de choque que
trataban de conquistarlas, padecieron en muchas ocasiones la tortura que supone
la escasez o falta total de agua.
En sus memorias, los combatientes
que participaron en aquella batalla hablan de escasas raciones de agua, de
bocas resecas, labios con grietas, gargantas cuarteadas, insolaciones, calor infernal…
Todo ello, unido a la crudeza
de la lucha, a la intensidad de los bombardeos y al elevadísimo número de bajas,
hizo que entre muchos de aquellos soldados y oficiales se popularizase la
expresión “el infierno de Brunete” para referirse a esta batalla.
Muchos años después, en 1972,
José Manuel Martínez Bande, en una serie de artículos que sobre las grandes batallas
de la Guerra Civil escribió para la revista Historia y Vida, recuperó esa
expresión para dar título al artículo que dedicó a la batalla de Brunete, donde
se refería a esta como “una de las más duras y sangrientas de la Guerra Civil,
librada bajo un sol abrasador”, señalando que, al fuego de las armas, se unió el
fuego del sol de julio de la meseta, con una sed implacable y una tensión moral insufrible para
los combatientes.
Ese mismo año, la Editorial
San Martín publicaba el tomo nº 7 de las monografías de la
Guerra de España del Servicio Histórico Militar, escritas también por Martínez Bande. Este tomo estaba
dedicado a la ofensiva sobre Segovia y a la batalla de Brunete. En la parte final
de este trabajo, el autor insistía en la dureza extraordinaria que había
supuesto la lucha, con unas condiciones meteorológicas muy adversas:
“Brunete es la batalla de la
sed. Al calor terrible de los días interminables se unían las dificultades para
llevar agua a las posiciones. Los soldados padecieron bajo el fuego abrasador
de un sol implacable, cuyos ardores apenas sí se podían combatir (…) A estos
sufrimientos había que añadir las penalidades propias de la guerra: el
cansancio y el fuego de las armas, con su inevitable tributo de sangre y de
tensión moral y psicológica. Puede decirse que, en general, las fuerzas se
batieron con indiferencia estoica ante el dolor (…) Ardían los rastrojos, el
escaso arbolado; los pueblos caían destruidos. Pero se resistía, muchas veces
hasta la muerte. La desolación se instaló en la bolsa de Brunete.”
Imposible no pensar en todo aquello al excavar arqueológicamente la reseca tierra de El Olivar, en Brunete, bajo la canícula de los meses de junio, julio y agosto de 2026.
Fotografía 1: el sol de julio sobre los campos de Brunete
Fotografía 2: Excavando arqueológicamente en El Olivar, en el municipio de Brunete (junio 2026)


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