martes, 21 de diciembre de 2010

99) CIRUGÍA DE ALTO RIESGO





En los últimos años del franquismo y principios de la transición democrática (finales de los años 60 y década de los 70) surgieron una serie de publicaciones especializadas en Historia y dirigidas al gran público que alcanzarían un considerable éxito. Eran tiempos de cambio y muchas personas tenían curiosidad por conocer aspectos del pasado más o menso reciente que, por motivos obvios, habían permanecido ocultos, ignorados o muy tergiversados.

La guerra civil española y los años que la habían precedido fueron temas que volvieron a despertar interés y de los que comenzó a escribirse desde nuevas perspectivas, rescatando del olvido esa parte de la Historia que la censura y la ideología imperante habían mantenido ocultos o manipulados durante cuatro décadas.

De esta manera, por las páginas de revistas como “Historia y Vida”, “Tiempo de Historia”, “Historia 16”, etc. comenzaron a desfilar sucesos, episodios, organizaciones, ideas, personajes… de los que hacía mucho tiempo que nadie hablaba.

Este boom editorial e historiográfico duró lo que duró y, aunque algunas de estas publicaciones han seguido hasta nuestros días, lo cierto es que, poco a poco, el interés por ciertos temas fue enfriándose hasta prácticamente desaparecer del todo. Hoy en día, los que vivimos en Madrid, podemos encontrar con facilidad esas revistas en lugares tales como El Rastro, La Cuesta de Moyano o las diferentes librerías de viejo que existen por toda la ciudad. De hecho, constituyen un clásico del mercado de segunda mano, variando bastante los precios y el estado de conservación en función de donde se compren.

Yo, tengo la fortuna de contar con una buena colección de estas revistas. Colección que en aquellos tiempos inició mi padre y que, a trompicones y cada vez con menso regularidad, ha continuado aumentando a lo largo de los años. Recorrer esas viejas páginas puede proporcionar sorpresas y hallazgos curiosos. Entre la enorme cantidad de artículos, cartas al director, consultas de los lectores, etc., es fácil toparse con interesantes trabajos sobre algunas de las batallas más importantes de la guerra civil; con curiosas fotografías históricas; con firmas como las de Martínez Bande, los hermanos Salas Larrazábal, Casas de la Vega, Carlos Engel… o con memorias y entrevistas de algunos de los protagonistas más destacados.

Otro aspecto que resulta especialmente interesante en las revistas históricas de aquellos años es la participación de multitud de lectores más o menos anónimos que, a raíz de lo publicado en diferentes artículos o a través de secciones tales como “Consultas del Lector” o “Cartas al Director”, aportan sus opiniones, recuerdos, experiencias, vivencias, etc. sobre los años de guerra que les tocó vivir, proporcionando un buen número de datos, curiosidades, episodios desconocidos, nombres propios, anécdotas… que, de otra manera, posiblemente nunca hubieran salido a la luz.

Lo malo que tienen estas publicaciones es lo confuso que resulta manejarse eficazmente con sus contenidos. El enorme número de revistas existentes, en las que se entremezclan los temas más variados, y la falta de buenas bases de datos sobre las mismas, provoca que, en líneas generales, las cosas se localicen casi por puro azar. Últimamente, algunas hemerotecas digitales van incluyendo revistas de este tipo en sus fondos, lo cual, suele facilitar bastante las cosas, pero todavía queda mucho por hacer. En cualquier caso, animo a bucear en ellas, especialmente las editadas a finales de los 60 y durante la década de los 70, porque es seguro que proporcinarán gratas sorpresas.

Algo así me pasó hace unos días cuando, echando una ojeada a algunos de los viejos números con los que cuento, me topé con un espeluznante asunto relacionado con la guerra civil. Se trata de una serie de casos en los que el proyectil de un mortero se incrustó literalmente en el cuerpo de algún combatiente, pero sin detonar, viéndose los médicos que tuvieron que atender a los afectados en una situación extremadamente delicada por el alto riesgo de explosión que suponía la manipulación de un proyectil de estas características, un arma, el mortero, que, como es sabido, fue una de las más numerosas y utilizadas en la guerra de trincheras que se generó en los frentes estables (ver artículo “A MORTERAZO LIMPIO”).

Aunque parecen sacados de una película, casos tan extraordinarios como estos sucedieron. El ejemplo lo encontramos en el número 68 de la revista “Historia y Vida” (noviembre de 1973), concretamente en su sección “Correo del Lector”, donde se publican dos cartas que, a raíz de la aparición de un artículo anterior, dos lectores se animan a escribir. Los testimonios son tan llamativos y sobrecogedores que me limito a copiarlos íntegramente para compartirlos con los lectores y lectoras del blog. También reproduzco las fotografías (con las que encabezo esta entrada) que aparecen en dicha revista. Unas fotografías que ponen los pelos de punta.

“HERIDAS POR PROYECTILES DE MORTERO QUE NO ESTALLARON”

Señor Director:

He leído en el nº 64 de su revista, correspondiente al pasado mes de julio, una referencia titulada “Herido por un proyectil de mortero que no llegó a estallar”, escrito por el doctor Joaquín Barrios Gutiérrez, de Sevilla, a quien no tengo el gusto de conocer, pero puedo confirmar lo que refiere y completar la historia, por ser en esa fecha ayudante del doctor don Cosme Valdovinos (fallecido al término de la guerra), jefe de la Segunda Clínica de Cirugía del Hospital Militar de Madrid, en el Hotel Palace. Como fue un caso verdaderamente extraordinario, conservo la historia clínica, cuyos datos de forma resumida les comunico:

El día 2 de julio de 1937, a la una de la madrugada, ingresó el soldado llamado Blas Martín Mora, de 22 años de edad, natural de Domingo Pérez (Toledo), perteneciente a la 48 Brigada Mixta, 3 Batallón, 1ª Compañía. Lo traían en camilla por no atreverse a su evacuación en ambulancia, ya que presentaba una bomba de mortero enclavada en dirección anteroposterior y oblicua a nivel del tórax izquierdo, por debajo de la clavícula, en su parte externa. En la región posterior, en el espacio escapulodorsal, se apreciaba una prominencia cubierta por los músculos y la piel.

El estado del herido era de una gran ansiedad, hecho comprensible porque no ignoraba que el grueso proyectil no había estallado.

El problema quirúrgico tenía que resolverse sin poner en peligro la vida del herido ni la de los que presenciábamos la escena, que éramos el equipo quirúrgico de guardia, formado por el doctor Valdovinos, la enfermera (Matilde), el enfermero (Alejandro) y yo, los únicos que permanecíamos en el quirófano, pues el técnico de Artillería que había acudido para tratara de desmontar el percutor de la bomba nos dijo que era de tipo desconocido para él y desapareció del lugar.

Ante la pericia quirúrgica del doctor Valdovino, su gran tranquilidad y sus consejos en ese momento, tuve que sostener con los dedos el proyectil y cuando fue posible sacarlo del cuerpo del herido (cosa de pocos minutos, pero que a todos nos pareció una eternidad) salí al pasillo entregándoselo al técnico, no sabiendo más del asunto y sin poder terminar la operación.

El soldado, independientemente de la intervención, muy peligrosa por la gran vascularización de la región donde se había insertado el proyectil, sólo tenía, como se pudo comprobar posteriormente por radiografías, dos costillas fracturadas y el hueso omóplato izquierdo con múltiples esquirlas, pero afortunadamente todas las lesiones curaron y el día 16 de octubre de 1937 fue dado de alta con absoluta integridad de su vida, quedando útil para todo el servicio.

No se si seremos los primeros médicos en la historia de la Medicina que operamos un caso semejante. En la guerra de entonces hubo otro caso parecido, operado por el doctor Sánchez Brezmes (fallecido) y ayudado por el doctor Santiago Cifuentes Langa, que se publicó ya en una revista médica. (Joaquín Herrero-Fontana, Madrid).

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Señor director:

He leído, en el “Correo del lector”, una carta del doctor don Joaquín Barrios Gutierrez, de Sevilla, el cual manifiesta que fue el primero que vio un herido por proyectil de mortero sin estallar enclavado en el tórax.

En relación con este asunto me creo obligado (en memoria del que fue gran cirujano y profesor de la Universidad de Madrid y hermano mío) a poner en claro algunos puntos.

Estando en el hospital de primera línea, como cirujano, el doctor don Martín Sánchez Brezmes llegó (antes de las fechas enunciadas por el distinguido compañero en su carta a “Historia y Vida”) un herido que no había querido ser recogido por los camilleros ni por la ambulancia, portando un proyectil enclavado en la región posterior del brazo. Al parecer y según manifestaciones del herido, había recorrido varios hospitales sin recibir atención en alguno.

Cuando llegó al Sanatorio del doctor León, situado en la Plaza de Mariano Cavia, entonces hospital de guerra de primera línea, fue recibido por el doctor Sánchez Brezmes, quien le dio ánimos, diciéndole que no se preocupase, que aquello sería extraído en pocos momentos. Posteriormente, dicho doctor se ponía en comunicación telefónica con nuestro padre, militar, que se encontraba escondido en Madrid, el cual, telefónicamente le explico las características de estos proyectiles, así como dónde se encontraba el percutor, aconsejándole gran prudencia en la manipulación del mismo.

Fue anestesiado el herido y se procedió a seccionar los tejidos encima del percutor, liberando éste de los tejidos que le cubrían; fue desenroscado y extraído el proyectil, haciendo posteriormente una incisión liberadora del mismo y retirando éste. Había ocasionado una fractura de húmero, en pico de flauta, por lo que (una vez extraído el proyectil y limpiado perfectamente los tejidos) se procedió a la sutura, haciéndose una cura retardada y una aeroplano de escayola.

El herido quedó totalmente curado, sin secuelas.

He de hacer constar una vez más que la importancia de la extracción, radica:

1. Ser (por primera vez) extraído un proyectil de mortero.

2. En el gran peligro que corrieron el cirujano y su equipo.

3. Haberlo realizado a cuerpo limpio, sin protección alguna de sacos terreros y, naturalmente, el éxito de la intervención y curación (sin secuelas) del herido.

Yo conocía, por referencias, que se había extraído otro proyectil, en el “Palace”, posteriormente a esta extracción, y de una manera no muy ortodoxa, puesto que (según referencias) anestesiaron al herido, ataron al estabilizador una cuerda, pusieron un colchón en el suelo, perforaron un tabique y tiraron de dicha cuerda, desde la otra habitación, hasta la extracción del proyectil.

El caso referido por mí fue perfectamente presentado en la prensa médica, en el año 1941, en la revista “Clínica Médica”, editada en Zaragoza. (Dalmacio Sánchez Brezmez).

“HISTORIA Y VIDA” Año VI, nº 68, Barcelona-Madrid, noviembre 1973, pp. 123-124.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Blas Mrtín Mora y el proyectil de mortero que le fue extraído del torax. Un sanitario sostiene la granada.
Fotografía 2) Otro herido por proyectil de mortero que no llegó a estallar. Muy probablemente es el que fue asistido por el doctor Sánchez Brezmes.


martes, 7 de diciembre de 2010

98) GOLPE POR GOLPE



A estas alturas, quienes siguen este blog deben de estar familiarizados ya con nombres como Casa Camorra, Casa de Cuba, Casa Amarilla, Ermita de Camarines… viejos topónimos de guerra situados, todos ellos, en la Cuesta de las Perdices.

Han sido varios los artículos que he dedicado a este convulso y emblemático sector del frente ubicado en la carretera de La Coruña. Uno de los puntos en los que la tierra de nadie fue más estrecha, podría decirse que reducida a su mínima esencia, y en donde los golpes de mano se sucedieron ininterrumpidamente a lo largo de toda la contienda. No quiero repetirme y, por ello, remito a anteriores entradas de este blog a todo el que quiera refrescar la memoria (“CUESTA DE LAS PERDICES”, “CASA CAMORRA”, etc.).

Seguir el rastro de todas las operaciones que tuvieron lugar en este punto, conocer las diferentes unidades que por aquí pasaron y delimitar con precisión las posiciones que unos y otros ocuparon a lo largo de los casi tres años de guerra, resulta verdaderamente complicado. En la Cuesta de las Perdices se desarrolló un muy especial tipo de guerra, combatiéndose arduamente por el control de pequeños palmos de terreno, en un confuso contexto de edificios en ruinas, profundas e intrincadas trincheras, subterráneas minas y contraminas, combates cuerpo a cuerpo y un desolado paisaje lunar repleto de cráteres de explosiones, escombros y todo tipo de destrucciones.

Llevo tiempo intentando establecer una mínima cronología de la guerra en este sector, pero cuanto más creo avanzar en este objetivo, más dudas y preguntas me surgen. Más o menos, está claro que fue en este punto donde las tropas de Franco se vieron definitivamente frenadas en enero de 1937. Las características del lugar, en el que existía un buen número de construcciones (hotelitos, restaurantes, etc.) posibilitó el desarrollo de un espeso sistema defensivo por parte de los republicanos, que dio lugar a una confusa lucha entre ruinas y escombros por el control de esos edificios. Tras jornadas de un intenso pulso, puede decirse que ninguno de los dos ejércitos consiguió imponerse sobre el otro y, agotados física y materialmente, terminaron la partida en una especie de tablas, procediendo rápidamente a fortificarse lo mejor posible en sus inestables posiciones.

Estas circunstancias dieron lugar a un movedizo frente que obligó, a unos y otros, a una constante actividad defensiva, una defensa que implicó obligatoriamente pequeñas y constantes acciones ofensivas encaminadas a lograr alguna mínima ventaja sobre el oponente: obtener observatorios, eliminar desenfiladas en los planes de fuego, desalojar al enemigo de puntos peligrosos, lograr la hegemonía en la amenazante guerra de minas que se desarrolló en el subsuelo, etc.

Seguir la pista de todo ello es confuso y complicado, quedando muchos huecos por rellenar y abundantes dudas que resolver. El problema no está solo en el estudio e interpretación de las acciones de combate y de las unidades que participaron en ellas, la cosa se complica enormemente porque el lugar en sí, la Cuesta de las Perdices, ha experimentado profundas transformaciones desde entonces y, la mayoría de los topónimos y referencias que aparecen en la documentación, dejaron de existir hace muchas décadas.

Casa Camorra, Casa de Cuba, Casa Amarilla… son lugares difíciles de ubicar con exactitud hoy en día. Sin embargo, esa labor es esencial para poder profundizar en el desarrollo de la guerra en la Cuesta de las Perdices. Algunos de estos edificios, separados entre ellos por unas pocas decenas de metros, cambiaron de manos varias veces, en ocasiones, en muy breve plazo de tiempo. Uno de los ejemplos más característicos es el de la Casa de Cuba, de la que ya he comentado algo en diferentes puntos de este blog. Construcciones que terminarían reducidas a montones de escombros, pero por cuyas ruinas se seguiría combatiendo ininterrumpidamente.

En su día (“CASA CAMORRA” y “CASA CAMORRA (2ª PARTE)”), traía a este blog, rescatándola del olvido absoluto en el que se encontraba, una de las muchas acciones de combate que tuvieron lugar en la Cuesta de las Perdices. Se trataba de un golpe de mano realizado por fuerzas de la 20 División Nacional a finales de agosto de 1938. La acción, que se inicio en las posiciones de Casa Camorra, logró desalojar a los republicanos de las construcciones que ocupaban al otro lado de la carretera de La Coruña.

El ataque de los nacionales tuvo un importante éxito inicial, pero los republicanos no iban a quedarse quietos. Inmediatamente se lanzaron varios contraataques que, a pesar de algún pequeño y momentáneo éxito, quedarían prácticamente neutralizados, lo que provocó una seria reprimenda por parte del Mando a las unidades del sector, tanto por haberse dejado arrebatar las posiciones, como por ser incapaces de recuperarlas en los sucesivos contraataques desarrollados. La cosa no podía quedar así, y no se pararía hasta lograr algún tipo de éxito que volviera a equilibrar la balanza. De esta manera, pocos días después, el 4 de septiembre de 1938, el ABC de Madrid se hacía eco de ciertos éxitos militares en la Cuesta de las Perdices, los cuales, si bien no lograban desalojar por completo al enemigo de sus recientes conquistas, por lo menos, conseguían arrebatarles algunos puntos de gran importancia, creándoles nuevamente una situación delicada y peligrosa. Reproduzco otra vez fragmentos de la noticia publicada en ABC por parecerme especialmente ilustrativa.

“UNA FELIZ OPERACIÓN EN LA CUESTA DE LAS PERDICES”

“(…) en las operaciones que se llevan a cabo en la Cuesta de las Perdices el enemigo sufrió ayer un serio castigo. En la madrugada última fue volada una mina, hábil y rápidamente preparada, que en cortos instantes terminó en destruir el Moto Club, de la colonia cubana, conocido por el nombre de Casa de Cuba, que los facciosos habían convertido en observatorio y depósito de material. El enemigo sufrió considerable número de bajas.

La eficaz operación nos ha permitido ocupar nuevamente posiciones que fueron nuestras, y que mejoran notablemente la situación en dicho sector.” (ABC de Madrid, publicado el 4 de septiembre de 1938).

Aunque parcialmente, los republicanos lograban, una vez más, devolver el golpe sufrido. El mismo día que la prensa madrileña daba a conocer los pequeños éxitos de sus tropas en la Cuesta de las Perdices, el Estado Mayor del IIº Cuerpo de Ejército republicano emitía una “INSTRUCCIÓN PARTICULAR RESERVADA A LOS JEFES DE DIVISIONES”. En ella, se analizaba lo sucedido en la Cuesta de las Perdices, sacándose interesantes conclusiones que, hoy en día, resultan muy ilustrativas sobre la delicada situación que se vivía en ese sector y de la que venimos hablando en diferentes puntos de este blog.

Una de las cosas que más me llama la atención de esta circular es la afirmación de la existencia de unidades especiales en las filas enemigas, las cuales habrían tenido un gran protagonismo en las acciones desarrolladas:

“En el Boletín de Información correspondiente al día 26 de pasado mes se señalaba la presencia en este frente de compañías enemigas especialmente organizadas para la ejecución de golpes de mano.

El día 27, por fuerzas enemigas entre las que se encontraba una compañía de este tipo, reforzada posteriormente, se efectuó un golpe de mano sobre posiciones propias de la Cuesta de las Perdices y, a pesar de la rapidez con que nuestras fuerzas contraatacaron, ocupando las trincheras perdidas, ya se encontraban en ellas grandes cantidades de municiones, de arma portátil y de granadas de mano.

Del abundante material de guerra enemigo recogido, después de contraataque, puede decirse que estas unidades están dotadas de un equipo extraordinariamente ligero, adaptado y fraccionado para llevarse a la espalda por los atacantes. Los cadáveres abandonados por el enemigo, vestían camisa azul con insignias fascistas pero sin documentación alguna. Con esto se ha comprobado la noticia dada en el Boletín citado.”

Unidades con una preparación especial y que están equipadas específicamente para actuar en un frente con unas características muy particulares. Un dato que me parece muy curioso y significativo. Pero, posiblemente, lo más importante de este documento sea el análisis que realiza sobre la situación del frente en la Cuesta de las Perdices, un análisis que corrobora la idea de un sector especialmente tenso, peligroso y activo, en el que los ataques y contraataques de unos y otros forman parte de la rutina cotidiana, a pesar de que, en teoría, nos encontremos en un frente “estabilizado”:

“Aunque, dada la situación defensiva que las circunstancias imponen a ambas partes en este frente, lo que no hace presumible que el enemigo pueda intentar una acción ofensiva de importancia para la que necesitaría gran cantidad de efectivos y elementos que no habrían de escapar a nuestra observación, es perfectamente lógico admitir que golpes de mano como el expuesto pueden repetirse y estar a cargo de estas unidades especiales su iniciación y ejecución y, caso de buen éxito, serían explotados seguramente por las reservas locales.

Encaja pues, dentro de la precisión de los mandos en todos los escalones, la posibilidad de que estos hechos se produzcan y, ante tal eventualidad, es preciso adoptar medidas y precauciones para contrarrestar rápidamente los propósitos del enemigo.

Por sus efectivos, organización, armamento y equipo, las unidas enemigas recibirán seguramente como misiones el apoderarse de posiciones propias que, por estar próximas a sus líneas, puedan proporcionar al enemigo: la posesión de un buen observatorio; el adelantar sus líneas para salvar un ángulo muerto; destruir y ocupar una posición propia que les cause normalmente perturbación o baja.

Cabe también suponer la ejecución de acciones más profundas iniciadas por infiltración en frentes no continuos, con objeto de rodear y hacer caer por envolvimiento alguna posición aislada y que les proporcione las ventajas expuestas.”

Por todo ello, se ordenaba la realización de estudios basados en el profundo conocimiento del frente, “repasando con detalle las acciones propias y enemigas que se han desarrollado en el ya dilatado periodo de estabilización, para deducir que posiciones propias interesan más al enemigo, es decir, realizar el mismo estudio que éste efectuará, seguramente, al proyectar sus golpes de mano, y de cuyo estudio darán cuenta a este Estado Mayor.”

El documento continúa con una serie de disposiciones para evitar las acciones enemigas y, en caso de producirse éstas, como han de actuar las fuerzas que defienden ese sector para neutralizar y rechazar lo antes posible esos golpes de mano. Como vemos una vez más, tras la definición de “frente estable”, muchas veces, se oculta una pequeña pero intensa guerra repleta de acciones locales, golpes de mano, ataques y contraataques.

Esa fue la realidad vivida (o sufrida) en muchos puntos del frente de Madrid, entre ellos, la Cuesta de las Perdices, un sector en el que el pulso fue constante, lo que obligaba a permanecer en guardia y preparado, manteniéndose un tenaz forcejeo en el que se intentaba devolver las agresiones recibidas, golpe por golpe.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Documentación procedente del AGMA

Agradecimiento especial a J. A. Zarza por las fotografías proporcionadas.

Fotografía: Cuesta de las Perdices en julio de 1937. A la izquierda de la imagen Casa Camorra, a la derecha edificio del Moto Club (Fotografía de Díaz Casariego, publicada en la revista "Crónica").

domingo, 14 de noviembre de 2010

97) LOS NOVIOS DE LA MUERTE




“-¡Caballeros legionarios! Sí. ¡Caballeros! Caballeros del Tercio de España, sucesor de aquellos viejos Tercios de Flandes. ¡Caballeros!... Hay gentes que dicen que antes que vinierais aquí erais… yo no sé qué, pero cualquier cosa menos caballeros; unos erais asesinos y otros ladrones, y todos con vuestras vidas rotas, ¡muertos! Es verdad lo que dicen Pero aquí, desde que estáis aquí, sois Caballeros. Os habéis levantado, de entre los muertos, porque no olvidéis que vosotros ya estáis muertos, que vuestras vidas están terminadas. Habéis venido aquí a vivir una nueva vida por la cual tenéis que pagar con la muerte. Habéis venido aquí a morir. Es a morir a lo que se viene a la Legión. ¿Quién sois vosotros? Los novios de la muerte. Los caballeros de la Legión. Os habéis lavado de todas vuestras faltas, porque habéis venido aquí a morir y ya no hay más vida para vosotros que esta Legión. Pero debéis entender que sois caballeros españoles, todos. Como caballeros eran aquellos otros legionarios que, conquistando América, os engendraron a vosotros. En vuestras venas hay gotas de la sangre de aquellos aventureros que conquistaron un mundo y que, como vosotros, fueron caballeros, fueron novios de la muerte. ¡Viva la muerte!”

Arturo Barea, en su novela autobiográfica “La forja de un rebelde”, nos recuerda esta arenga que, en torno a 1921, el entonces teniente coronel Millán Astray, lanzaba a sus hombres en la víspera de uno de los muchos combates que se desarrollaron durante la guerra de Marruecos. Aunque muchos años después, Barea seguiría recordando la fuerte impresión que le causó, en aquel entonces, el jefe de La Legión. Esa especie de transformación histérica que su cuerpo experimentaba y la estentórea voz que parecía tronar, sollozar y aullar mientras “escupía a la cara de aquellos hombres toda su miseria, toda su vergüenza, su suciedad y sus crímenes, y después los arrastraba en una furia fanática a un sentimiento de caballerosidad, a un renunciamiento de toda esperanza fuera de la de morir una muerte que lavara todas las manchas de su cobardía en el esplendor del heroísmo.”

Arturo Barea nunca perteneció a La Legión, pero tuvo ocasión de convivir y combatir junto a ella en el norte de África durante la guerra de Marruecos. En su libro (escrito a principios de los años cuarenta) asegura que “…su contacto me llenó de un miedo, casi diría terror, hacia el Tercio, que ha durado por toda mi vida.”

Quien sí formó parte de La Legión, como teniente del Tercio, fue Fermín Galán, uno de los organizadores de la llamada “Sublevación de Jaca” (12 de diciembre de 1930), aquel frustrado intento por derrocar al rey Alfonso XIII, que terminaría con los fusilamientos del capitán Ángel García y del propio Fermín Galán (en aquel momento, ya capitán), el 14 de diciembre de 1930, sólo cuatro meses antes de que en España se proclamase la Segunda República. Años antes de aquellos sucesos, Galán, basándose en sus experiencias como teniente del Tercio en el norte de África, escribiría “La barbarie organizada. Novela del Tercio”, un libro con un fuerte componente autobiográfico y que constituye una descarnada y cruda visión de la guerra de Marruecos. Esta novela fue editada por primera vez en torno a 1931 y, desde entonces, resultaba prácticamente imposible conseguir un ejemplar de la misma, hasta que, en el año 2008, la editorial Galland Books tuvo la genial idea de reeditarla. De sus páginas, extraemos un episodio parecido al que reproduce Barea en “La forja de un rebelde”:

“Encajados en las filas, como en un bazar se encajan los muñecos, varios cientos de hombres, sacados del gran almacén donde el azar los volcó como despojos sobrantes del mundo civilizado, esperamos formados a lo largo de la avenida de entrada al campamento, la llegada del tren especial que ha de trasladarnos a un punto de dislocación, camino de las posiciones avanzadas. Vamos a cubrir bajas de diferentes unidades.

Momentos antes de embarcar, el comandante se presenta ante nosotros. Manda firmes. Los muñecos se estiran permaneciendo inmóviles. El comandante nos arenga:

-¡Animo, muchachos! Haced honor a La Legión, madre de los expatriados y Cuerpo heroico. ¡Enalteced a vuestros pueblos y a vuestras regiones…! Vosotros, que os habéis formado bajo esta bandera gloriosa, lleváis en vuestros pechos el espíritu inmortal de nuestra raza. ¡Sed todos héroes! Que no sólo os honraréis a vosotros mismos y a vuestros pueblos, sino a La Legión que os alienta y os dirige, en nombre de la civilización. Designios de la Providencia, os envían para que llevéis, con la fuerza de vuestro empuje, la cultura y el progreso a estas tierras incultas, de oscuridad y tiranía. "

He reproducido aquí estos fragmentos de “La forja de un rebelde” y de "La barbarie organizada. Novela del Tercio" (lecturas que, de paso, recomiendo a todo el mundo) porque me parece que reflejan muy bien, tanto el espíritu que se deseaba inocular a los legionarios en aquella época, como la mística y leyenda que, a lo largo de las décadas, se ha generado en torno a esta unidad de combate.

La Legión se había creado por una Real ordenanza el 28 de enero de 1920. Su nombre original fue el de Tercio de Extranjeros, que en 1925 se cambió por el de Tercio de Marruecos y, muy poco tiempo después, por el Tercio a secas. Aunque esta unidad también era conocida como La Legión, no sería hasta 1937, en plena guerra civil, cuando el general Franco institucionalice oficialmente el nombre.

El principal inspirador del Tercio fue el propio José Millán-Astray y Terreros que, tras estudiar los métodos y organización de la Legión Extranjera Francesa en Argel, impulsó la creación de una fuerza de élite preparada para afrontar la dureza de la guerra en el norte de África. Surgió así esta unidad integrada por voluntarios españoles y extranjeros, compuesta entonces por cuatro banderas (tipo batallón), cada una de ellas con dos compañías de fusiles y una de ametralladoras.

Al estallar la guerra civil El Tercio formaba parte del llamado Ejército de África (o de Marruecos), las fuerzas mejor preparadas y con mayor experiencia de combate con las que contaba el Ejército Español. Este Ejército de África, cuya misión principal hasta 1936 había sido la defensa del Protectorado de Marruecos, estaba formado por la 1ª Legión (Ceuta) y la 2ª Legión (Melilla) del Tercio, con tres banderas cada una, más cinco grupos de Fuerzas Regulares Indígenas, con tres tabores (equivalentes, al igual que las banderas, a un batallón) de infantería y uno de caballería por grupo, seis batallones de cazadores y otros cuatro de ametralladoras, zapadores y transmisiones, apoyados por dos escuadrillas de aviones y una de hidroaviones.

Entre agosto y septiembre de 1936 y ayudados por los Savoia italianos y los Junkers alemanes, el grueso de estas fuerzas logrará sortear el bloqueo que los destructores republicanos mantenían en el estrecho de Gibraltar y plantarse en la península. Las aguerridas unidades de La Legión y los Regulares formarán una poderosa columna que pronto se pone en marcha hacia Madrid. El papel decisivo que estas experimentadas y profesionales fuerzas jugaron a lo largo de la guerra es sobradamente conocido. Sería precisamente durante la guerra civil, cuando La Legión Española alcance el máximo de sus efectivos, llegando a constituirse un total de dieciocho banderas.

En los combates desarrollados por el control de la carretera de La Coruña entre noviembre de 1936 y enero de 1937, como no podía ser de otra manera, las banderas de La Legión tuvieron un protagonismo de primer orden. A lo largo de este blog se han señalado diferentes episodios bélicos en los que participaron los legionarios. Prácticamente, puede decirse que estuvieron en todos los combates de importancia, continuando algunas de sus unidades en las posiciones de primera línea una vez que la batalla finalizó y el frente comenzó a estabilizarse.

En esta ocasión, y aprovechando algunos de los contenidos de la página Web, “Los Amigos del Tercio” vamos a reproducir algunas de las narraciones sobre la actuación del Tercio en el noroeste de Madrid en aquellos lejanos días.

Para llevar cierto orden, comenzaremos por el primer intento de las tropas de Franco por alcanzar la carretera de La Coruña, operación iniciada el 28 de noviembre de 1936 y que en este blog se ha tratado en apartados tales como “CEMENTERIO DE POZUELO” o “POZUELO DE ALARCÓN”. Según los contenidos que podemos encontrar en “Los Amigos del Tercio”:

“El 30 de noviembre prosiguió el avance sobre Madrid marchando la VII por el flanco derecho y después de conquistar la Casa del Marques de Larios, llegó a enlazar con la Columna del Teniente Coronel Bartomeu. La VII partió de la Colonia de la Cabaña, consiguiendo ocupar varios grupos de casas de Pozuelo, próximas al cementerio donde el enemigo se había fortificado por su situación dominante, quedó guarnecida por una Compañía. Como era de esperar, el bando republicano reaccionó violentamente y la Compañía que defendía La Atalaya tuvo que replegarse sobre la línea del Cementerio, habiendo sufrido más de la mitad de bajas en sus efectivos. Por su parte la Bandera tuvo ochenta y tres bajas, entre muertos y heridos.

La VII Bandera reanudaba la marcha sobre la capital el 1 de diciembre de 1937, formando la vanguardia del despliegue general, atacando por la izquierda el pueblo de Pozuelo. Ocupó en rápida progresión la denominada Colonia de la Paz para establecer dos posiciones atrincheradas, después de duro combate con un enemigo que, como habitualmente, ofreció tenaz resistencia. Al amanecer del siguiente día, en otro nuevo ataque que culminó en violento asalto, conquistó un grupo de casas inmediatas a la Colonia. Se estableció rápidamente a la defensiva con todas las unidades en línea y el flanco derecho protegido por fuerzas de Regulares. Desde la madrugada de este día y hasta el siguiente, 3 de diciembre, desencadenó el enemigo una serie de violentos ataques contra la Colonia defendida por la VII, con tres carros rusos en vanguardia y varios Batallones de Carabineros. Lucharon incansablemente por apoderarse de las posiciones, en medio de una lluvia torrencial que en muchos momentos dificultaba la visibilidad. Los parapetos saltaban destruidos unos tras otros por el fuego artillero de tal forma que los legionarios se defendían casi a pecho descubierto.

Las vanguardias enemigas consiguieron llegar hasta las mismas alambradas, pero allí, en enérgica y tenaz resistencia, fueron detenidos por los defensores. En sus intenciones no entraba para nada ceder ni un palmo de terreno. Frenaron todos los contraataques hasta el día 23, que fueron relevados. Los legionarios de la VII Bandera, una vez más, habían demostrado su bravura. Dejaron la situación perfectamente controlada. Entre las numerosas bajas habidas en estos combates se encontraba el Capitán González Pérez Caballero, Jefe accidental de la Bandera, el del heroico asalto a Badajoz al frente de la 16 Cía de la IV Bandera, donde se concedió la Laureada colectiva a la 16 Cía (luego 3ª Cía). Murió al efectuar una peligrosa salida con la 26 Cía de esta VII Bandera. También murió gloriosamente el de igual empleo Manuel Sanjurjo de Carricarte.”

En la misma página de “Los Amigos del Tercio” encontramos referencias a la actuación de la VIII Bandera de La Legión durante la segunda fase de la batalla de la carretera de La Coruña, la que se desarrolló en torno a Boadilla del Monte (mediados de diciembre de 1936) y que en este blog se ha tratado en apartados como “OBJETIVO BOADILLA”, “¡GEFALLEN!, o “TRINCHERAS VACÍAS” entre otros:

“La VIII continuó en este mes de diciembre de 1936 defendiendo las posiciones de Carabanchel Bajo, en las que la permanencia se hacía intolerable por las fuertes tormentas de lluvia y viento que azotaba de continuo. Esto impedía utilizar los caminos cubiertos, debido a lo cual el municionamiento y suministro se hacía con grandes dificultades. Los legionarios se encontraban faltos de todo, descalzos, semidesnudos la mayoría, en pleno invierno y sin otra esperanza que la de capturar algún prisionero para abrigarse con su ropa, puesto que al ser evacuado en retaguardia le darían con qué cubrirse. Pese a todas estas penalidades y sufrimientos la moral no decayó ni un momento. Los legionarios de la Colón, dando cumplimiento al espíritu de sufrimiento y dureza de su credo cantaban con optimismo y combatían en las trincheras encarnizadamente. Aquella era una manera, como otra cualquiera, de entrar en calor, y entre su peculiar idiosincrasia estaba el crecerse ante la desgracia.

Por fin, desaparecidos los obstáculos naturales que impedían el avance, prosiguió la Columna con la Bandera en vanguardia, llegando las guerrillas, en tres asaltos sucesivos, hasta las inmediaciones de Boadilla. En eso, tres carros aparecieron por la izquierda del pueblo, cayendo sobre ellos los legionarios, que pronto se deshicieron de dos, quemándolos y apoderándose del tercero. Explotando este éxito, avanzaban de manera impetuosa. Atacaron después, con granadas de mano, el Palacio del Duque de Sueca, convertido en baluarte por los milicianos. Conquistado el Palacio, se extendieron las Compañías por todo el pueblo, combatiendo duramente hasta las últimas horas de la tarde momento en el que, con la retirada de los últimos enemigos, finalizó la lucha. Quedaron en poder de la Bandera sesenta prisioneros y gran cantidad de víveres, armamento y material de guerra. Montados los servicios de vigilancia, se atendieron los heridos abandonados por el enemigo, retirándose al mismo tiempo los cadáveres que quedaron sobre el terreno.

Durante la mañana del 19 continuó el ataque para ocupar unas posiciones entre Boadilla y Majadahonda. Se entabló reñido combate en el que los milicianos perdieron hombres, armamento y el estandarte de la Primera Brigada Internacional, capturado por la 30 Cía. Los contraataques se sucedieron a un ritmo cada vez mas violento, poniendo más empeño el enemigo en reconquistar lo perdido que en conservar lo ocupado. No obstante, los legionarios rechazaban una y otra vez los constantes esfuerzos que realizaban los republicanos para recuperar sus primitivas posiciones. En una de estas acciones se distinguió notablemente el Teniente Karoly (llamado Inocencio Kadar Szaes), que con una Sección hizo frente al ataque de cuatro carros rusos y cuatrocientos milicianos que consiguieron llegar hasta las mismas alambradas. Durante varios minutos lucharon cuerpo a cuerpo, siendo rechazados finalmente a costa de veinte bajas de la Sección. Esta acción fue premiada con la concesión de la Medalla Militar al Teniente Karoly y la consiguiente felicitación a los hombres que con él participaron en la lucha.”

Por último, recogemos también algunas de las referencias que aparecen en “Los Amigos del Tercio” referidas a las últimas etapas de la batalla de la carretera de La Coruña (enero de 1937), y que dieron lugar al corte de la misma, pudiéndose consultar en este blog apartados tales como “POZO MISTERIOSO”, “UN CRUCE PELIGROSO” o “RESISTIR”, para complementar la información:

“La VIII Bandera reanudó el avance al amanecer del día 7 de enero de 1937. La resistencia opuesta por el enemigo fue dura desde los primeros momentos, sobre todo en el kilómetro 12 de la carretera de La Coruña. Allí el mando republicano parecía haber acumulado grandes efectivos en hombres y material. Los contraataques de su Infantería, bien apoyada por el fuego de la Artillería y gran número de carros, adquirieron gran dureza al tropezar con la denodada oposición de los legionarios. Se empeñaron violentísimos combates de corta duración, pero muy sangrientos. La Bandera hubo de desplegar todas sus Compañías, que, atacando y sin dar un momento de tregua, llegaron a hacer imposible toda resistencia. Avanzaban las guerrillas en saltos sucesivos con matemática precisión.

Los Oficiales llevaban sus Secciones con la serenidad de un ejercicio táctico y los legionarios se deslizaban por el terreno, ágiles y flexibles, con insuperable facilidad. El Padre Illundain, Capellán de la Bandera, marchaba en vanguardia, atendiendo espiritualmente a los que lo necesitaban. Las Baterías enemigas, diestramente manejadas por artilleros experimentados, causaban gran número de bajas entre las Compañías. Pese a todo se ocupó el Plantío y prosiguió el avance rebasándolo. Continúo la lucha entre ambas Infanterías, que veían disminuir sus efectivos de manera harto visible. Las bajas de la Bandera pasaron de cien, entre muertos, heridos y contusos. Entre los heridos se contaba el Capitán Médico, el Capellán y varios Oficiales, algunos de los cuales se negaron a ser evacuados, a pesar de estar hasta dos veces heridos, siendo un ejemplo admirable para su tropa. En esta compenetración entre el mando y la tropa estaba precisamente el secreto de las victorias obtenidas por los legionarios.

Sin tiempo para reponer estas numerosas bajas, la VIII Bandera salió el día 10 de enero de 1937 hacia Casa Oriol, dejando a la 30 Cía defendiendo las tapias de El Pardo.”

Según podemos leer en “Los Amigos del Tercio”, las máximas condecoraciones concedidas a personal de la VIII Bandera por su actuación durante la batalla de la carretera de La Coruña fue la Medalla Militar Individual al Teniente D. Inocencio Kadar Szas (19-12-36, Boadilla, Majadahonda): “La concesión de esta condecoración al teniente Kadar Sas, más conocido como Teniente Karoly, lo fue por su valerosa actuación en la ocupación de las posiciones situadas entre Boadilla del Monte y Majadahonda, el día 19 de diciembre de 1936. Recordemos que en el avance de las fuerzas nacionales hacia Madrid y con la ocupación de Boadilla del Monte, la Sección del Teniente Karoly hizo frente al contraataque de cuatro carros de combate rusos y a 400 milicianos, que intentaban recobrar las posiciones consiguiendo llegar hasta las mismas alambradas, pero fueron rechazados en lucha cuerpo a cuerpo, sufriendo 20 bajas en la Sección.”

La que podríamos denominar como “mística de los novios de la muerte” se explotó como arma psicológica durante toda la guerra por parte del Ejército Nacional. Más allá de mitos y leyendas, la realidad es que, en aquellos días del crudo invierno del 36/37, los legionarios sufrieron y causaron numerosísimas bajas en el noroeste de Madrid. La eficacia y profesionalidad de estas fuerzas de élite fueron uno de los puntos fuertes de las tropas atacantes, pero el objetivo principal, la ocupación de Madrid, no se alcanzaría hasta el final de la guerra.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ



Fotografía: Legionarios en el frente de Madrid, noviembre de 1936 (Archivo Fernández Larrondo).

viernes, 29 de octubre de 2010

96) ESCARAMUZAS



Finales de julio de 1938. Cae la noche sobre las posiciones más occidentales de la 111ª Brigada Mixta. En las trincheras de primera línea, tras largas horas aguantando los terribles efectos del tórrido verano madrileño, llega por fin el leve frescor nocturno. Un frescor acrecentado por la humedad que proporciona la cercanía del río Guadarrama y alguno de sus arroyos.

Las sombras nocturnas han ido envolviéndolo todo. El silencio es casi completo. Las descargas y tiros sueltos que a lo largo del día cruzan el aire, por fin han cesado, escuchándose sólo el monótono canto de los grillos. Todo parece tranquilo. Una tranquilidad inquietante y peligrosa.

En sus puestos de vigilancia, los centinelas permanecen alerta. Las posiciones enemigas están próximas, muy próximas. La oscuridad nocturna impide verlas, pero se conoce exactamente su ubicación. Son ya muchos los meses que llevan vigilándose, hostigándose, acosándose… Largos meses de una guerra de trincheras en un frente estable y sólido, pero no por ello inactivo. Son innumerables las pequeñas acciones de combate, golpes de mano, descubiertas, guerra de minas, etc. que llevan desarrollándose en el sector desde los primeros días de guerra.

En las posiciones republicanas, esta noche, se respira cierta tensión. Los nervios por la proximidad del peligro recorren las trincheras de primera línea. Una sección se prepara para entrar en acción. Los soldados se ayudan los unos a los otros, se ajustan los equipos y correajes, comprueban sus fusiles y cargadores, se reparten las bombas de mano, calan las bayonetas… Todo ello en silencio, sin palabras, concentrados en sus pensamientos y temores. Una ansiedad contagiosa flota en el ambiente, provocando el deseo de que todo empiece de una vez. De que todo, por fin termine.

Los oficiales revisan a sus soldados, mientras, en sus mentes, repasan las órdenes recibidas. La Orden de Operaciones marca como objetivo principal infiltrarse en zona enemiga, capturar prisioneros para ser interrogados y apoderarse de todo el equipo posible, destruyendo o saboteando el que no pueda ser transportado. La misión es peligrosa y de resultado incierto. El enemigo, como siempre, permanecerá alerta y es muy probable toparse con grupos de vigilancia que, en plan comando, recorren la tierra de nadie para no dejarse sorprender por este tipo de acciones. Acciones que suelen causar bajas en ambos bandos.

La hora fijada se acerca. Reptando entre las alambradas, regresan los exploradores que poco antes salieron para inspeccionar el terreno. Todo parece normal, la sección de combate puede salir de sus trincheras y dirigirse hacia sus objetivos. La operación se pone en marcha. Los centinelas ven perderse en la oscuridad nocturna a los soldados que salen de descubierta. Aunque se intentará actuar limpiamente, en silencio y sin despertar la alarma, es muy posible, casi seguro, que pronto comiencen a escucharse los sonidos de la lucha: disparos sueltos, explosión de bombas, algún grito… Una noche más, la sangre correrá en este sector del frente.

Esta acción de descubierta sería recogida en la documentación de la 8ª División republicana:

PARTE DE OPERACIONES Nº 483

25 DE JULIO DE 1938

Actividad:

A las 22:30 h de ayer, en el subsector de la 111 Brigada Mixta, por una sección de fuerzas propias, se realizó una descubierta hacia las posiciones enemigas de Guadarrama Oriental y Antitanque, con objeto de capturar escuchas establecidos en dichos lugares.

En la cuneta de la carretera de Villanueva del Pardillo a Majadahonda se observó un doble puesto de escucha que fue abandonado por éstos al observar nuestra próxima presencia, encontrándose nuestras fuerzas con una patrulla enemiga y, al intentar detenerla, se estableció ligero combate a base de bombas de mano, logrando hacer cuatro bajas.

Al procurar retirar éstas, tuvieron nuestras fuerzas que replegarse rápidamente ante la presencia y superioridad de las contrarias. Por nuestra parte no hubo bajas.

No es la primera vez (ni será la última) que en este blog tratamos acciones de este tipo (ver por ejemplo “LOS PELIGROS DE LA NOCHE”). Pequeñas escaramuzas que fueron muy habituales a lo largo de toda la guerra en los frentes estables de Madrid. Una actividad bélica de baja intensidad, pero que, poco a poco, provocó numerosas bajas en ambos ejércitos. Una cotidiana sangría característica de la guerra de posiciones que, en el noroeste madrileño, se cobraría su tributo de muertos, heridos y prisioneros.

Con mucha frecuencia, circulo por la misma carretera en torno a la cual se desarrollaron acciones como la que aquí recojo. La M-509, que une Majadahonda con Villanueva del Pardillo, ha cambiado poco en su trazado pero, lógicamente, su aspecto no tiene nada que ver con el que mostraba en aquellos días de guerra. He recorrido cientos de veces esta zona, muy modificada en algunos puntos, pero que apenas ha cambiado en otros muchos. A fuerza de largos paseos y de numerosas lecturas de libros y documentos he ido reconstruyendo en mi mente parte de ese Pasado que, afortunadamente, no tuve que vivir.

Esta combinación de trabajo de campo, estudio de fuentes y un poco de imaginación me proporciona una especie de maquina del tiempo con la que recorrer ciertos lugares. Una manera de intentar comprender, interpretar, evocar y sentir sobre el terreno, lo que voy descubriendo en los libros y documentos.

De esta manera, el contenido de los partes, informes, órdenes, etc. que descansan desde hace más de setenta años en los archivos, toman forma y sentido en mis largos paseos por los viejos y olvidados escenarios de guerra, convirtiéndose en una experiencia especial y emocionante.

El noroeste madrileño está repleto de lugares en los que se vivieron todo tipo de escaramuzas. Escaramuzas olvidadas y desconocidas en la actualidad, pero que, durante cerca de tres años, se sucedieron de forma cotidiana. A veces, es posible toparse con vestigios de aquellos días (balas, alguna vaina, los fragmentos de una bomba de mano…), pero en general, su recuerdo ha sido engullido por el paso del tiempo, sin dejar el menor rastro. De vez en cuando, al consultar los legajos y carpetas de viejos documentos, aparecen referencias de esta parte de la Historia, prácticamente olvidada y desconocida.

La escaramuza de la que aquí hablamos, es solo un ejemplo.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía: Soldados republicanos equipados para entrar en acción.

Documentación procedente del AGMA

martes, 12 de octubre de 2010

95) PUNTERÍA





Hace unos días, al pasear por algunas de las trincheras republicanas que aun existen en Las Rozas, me encontré con esta moneda que algún tirador experimentado había utilizado para afinar la puntería.

El orifico parece corresponder a un proyectil de 9 mm o similar, utilizado por algunas armas cortas, bien revolver, bien pistola. El hallazgo, irremediablemente, me izo recordar los clásicos westerns, en los que duros pistoleros hacían alarde de puntería disparando sus míticos Colt “Peacemarker” o sus emblemáticos Smith&Wesson.

De repente, personajes históricos como Billy de Kid, Jesse James, Calamity Jane, Butch Cassidy… o de ficción como Blueberry, Mc. Coy, Gringo o Josey Wales, empezaron a desfilar por mi memoria, trayéndome recuerdos de algunos de los libros, películas y tebeos con los que había disfrutado en mi infancia.

Como en aquellas historias, alguien había probado puntería con una moneda y, setenta años después, yo me topaba con la evidencia. ¿Se trataba de ejercicios de tiro, de algún tipo de apuesta, o de un simple pasatiempo entre los combatientes que durante largas y aburridas jornadas permanecían en las líneas del frente? Imposible saberlo, pero resulta curioso imaginar la escena y, al hacerlo, ¿cómo no evocar esas viejas historias del Lejano Oeste?

La moneda, aunque muy deteriorada, es del Gobierno Provisional de 1870 (de esas de la “perragorda” y la “perrachica”) y la bala que la ha atravesado ha dejado un perfecto orificio de entrada y salida. Viendo el destrozo, no quiero ni imaginar lo que un pequeño proyectil de estos causa al entrar en el cuerpo humano.

Hace ya algún tiempo, también en unas trincheras de Las Rozas, aunque éstas nacionales, encontré una vaina de Mauser que parecía haber sido empleada también como blanco de tiro. No sé si este tipo de prácticas eran frecuentes en las trincheras de Madrid, pero al menos, los dos ejemplos de los que hablo aquí, demuestran que había muy buenos tiradores en ambos ejércitos, ya que me figuro que no debe de ser nada fácil acertar a blancos tan pequeños, y menos con las armas de la época.

Encontrar restos históricos resulta siempre sugerente e incluso emocionante. Al menos, a mí, me lo parece. Una especie de nexo de unión entre el Pasado y el Presente. Por ello, me ha parecido interesante compartir este curioso hallazgo con los lectores y lectoras de este blog.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografías: Anverso y reverso de la moneda (JMCM)

lunes, 27 de septiembre de 2010

94) OPERACIÓN GARABITAS (TESTIMONIOS)







La anterior entrada de este blog estaba dedicada a la “Operación Garabitas” , desencadenada por los republicanos en abril de 1937. Hoy, reproducimos los testimonios de dos soldados republicanos que participaron en aquellos combates. Estos testimonios me fueron proporcionados por Luís de Vicente Montoya, vicepresidente de Gefrema, y me ha parecido interesante compartirlos con los lectores y lectoras de este blog.

El primer relato pertenece a Ramón Parra Quevedo, combatiente de la 69 Brigada Mixta, que llegó al frente cuando los combates estaban en pleno apogeo. Ramón Parra, recordaba muchos años después la sobrecogedora impresión que le produjo el recorrido hacia la primera línea de fuego:

“Antes de llegar a Puerta de Hierro había un puente en construcción, que por encima pasaba una amplia avenida y por debajo tenía una anchura de 20 metros por más del doble de largo, ya que allí había en las camillas más de cien heridos y otros tantos semisentados. Supongo que entre los que estaban en camillas habría muertos y los camiones y ambulancias con muertos y heridos no dejaban de cargar.

Aquel espectáculo nos dejó la moral por los suelos, pues además estábamos oyendo el estruendo del combate muy cerca de allí.

Fuimos cruzando el puente en fila india y a unos 500 metros pasamos por Puerta de Hierro, para desde allí mismo, avanzar por una zanja de evacuación de más de un metro de ancho y más de dos metros de profundidad, por donde el trasiego de soldados en ambos sentidos no cesaba.

Para el frente íbamos nosotros cargados con armas y equipo, para fuera una columna interminable de combatientes, todos con vendajes, señales de una primera cura. Esos, los mejores que podían ir solos. Los demás en camillas, piltrafas humanas, hombres mutilados o moribundos.

La anchura de la zanja no permitía cruzarnos con holgura, por lo que a veces al cruzarnos con los heridos nos manchábamos con su sangre. Mientras tanto, el estruendo no cesaba. Un hervor constante de máquinas automáticas y grandes explosiones que cada vez notábamos más cerca. No nos hablábamos unos a otros, pero nuestro silencio era bien elocuente, ¿a donde nos llevaban?, ¿íbamos a entrar en combate en pleno día y sin aviación? Nada sabíamos, solo que estábamos muy cerca.

Cruzamos el Manzanares por un puente de madera, que tendría un metro de ancho, tendido muy cerca del agua y que se balanceaba a nuestro paso. Y nada más pasar el río la tapia del Pardo, o mejor dicho, ya la Casa de Campo, a la que pasamos por un boquete abierto en dicha tapia.

Pasados ya a la Casa de Campo, nos fuimos quedando quietos dentro de la zanja que allí era todavía más honda, y a pesar de ello, pronto tuvimos muertos por disparos a la cabeza a pesar del casco.

Y es que el enemigo nos dominaba desde el Cerro de Garabitas donde tenía su artillería en plataformas de acero que, machacaban Madrid y a nosotros. Los disparos que nos metían dentro de la trinchera eran producidos por tiradores colocados en los árboles, pues parece que en algún caso, le habían hecho caer con nuestras armas. No se podía sacar la cabeza pero supimos que el enemigo estaba a menos de cien metros y entre ellos y nosotros solo había un campo de juego, creo que el Campo de Polo, y al fondo las posiciones enemigas, en unas edificaciones casi destruidas que debían ser del propio campo de juego (…)

El segundo testimonio pertenece a Gabriel Fernández Paniagua, soldado de la 2ª Brigada Mixta. Su unidad recibe la orden de ocupar las primeras cotas de la Casa de Campo, objetivos previos antes de poder lanzarse al asalto del Garabitas. Consiguen ocupar el primero de estos cerros, pero fracasarían ante el segundo y más importante objetivo, el “Cerro del Piñonero”. Gabriel Fernández, en su testimonio, recuerda también la muerte en combate del comandante Jesús Martínez de Aragón, jefe de la 2ª agrupación de la 6ª División republicana que participó en la “Operación Garabitas”.

"En abril acuartelaron a la 2ª Brigada en el pueblo de Fuencarral en un Sanatorio Antituberculoso que estaba en la carretera que iba hacia Colmenar, allí estuvimos varios días. Después nos trasladaron en camiones a la Plaza de España. Nuestro batallón fue a unas escuelas que estaban en la misma acera que la Torre de Madrid (más tarde fue la Escuela de Comercio) donde permanecimos dos o tres días.

En la Plaza de España estaba una batería de artillería, que junto a otra que estaba en la zona de El Viso, en un lugar llamado Las Cuarenta Fanegas, eran las que bombardeaban la Casa de Campo y el cerro de Garabitas.

Desde allí bajamos andando hacia la Casa de Campo por la Cuesta de San Vicente. Cruzamos el río Manzanares por el Puente del Rey, o por el Puente de la Reina Victoria, no recuerdo bien, y fuimos a parar cerca de la colonia de hotelitos de los “Tranviarios”, que es ahora Colonia del Manzanares, y luego creo que pasamos al parque por un hueco de la tapia.

La posición que atacamos era un cerro próximo a la colonia, desde donde se veía a lo lejos el ferrocarril y el Puente de los Franceses. En el ataque nos ayudaba nuestra artillería, aunque no llevábamos tanques. En el cerro silbaban las balas y teníamos que pegarnos al suelo que estaba lleno de agua porque había llovido el día anterior. Desde lo alto de ese cerro veíamos las posiciones del enemigo, que estaban próximas sobre otro cerro. Hubo descargas muy fuertes de la artillería nacional, que causaron muchas bajas entre los nuestros.

La compañía en la que iba el comandante Jesús Martínez de Aragón atacaba cerca del Puente de los Franceses, por la falda de la vía del ferrocarril, que hace un poco de cuesta. El comandante estaba arengando a los soldados para que avanzasen, y en la arenga le metieron un balazo por la boca, y allí quedó. El comandante de nuestro batallón, un tal Gallego cogió el mando de la Brigada.”

Dos testimonios interesantes sobre el frustrado ataque republicano contra el Garabitas y el Cerro del Águila. Lejanos días en los que el frente de Madrid chorreaba sangre y metralla.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía 1) Puente-Estación de la Fuente de las Damas, perteneciente al conjunto de infraestructuras diseñadas por el ingeniero Eduardo Torroja en 1932 para las comunicaciones de la Ciudad Universitaria. Durante la “Operación Garabitas” fue utilizado como puesto de evacuación de heridos de la 69 Brigada Mixta y es el que recoge Ramón Parra Quevedo en su testimonio (abril 2010, JMCM).

Fotografía 2) Cauce del Manzanares que, a través de pequeñas pasarelas de madera, fue cruzado por los republicanos en la “Operación Garabitas” (abril 2010, JMCM).

Fotografía 3) Cerro del Piñonero, posición nacional en la Casa de Campo que los republicanos no lograron ocupar y a la que se refiere Gabriel Fernández Paniagua en su testimonio (abril 2010, JMCM).

Agradecimiento especial a Luís de Vicente Montoya.