martes, 17 de marzo de 2009

22) CEMENTERIO DE POZUELO




El 23 de noviembre de 1936 las tropas franquistas, tras 17 días de ataque frontal a la capital de España, se sienten incapaces de continuar avanzando. Madrid, la ciudad a la que se consideraba “indefendible”, resiste. Pero los asaltantes no están dispuestos a renunciar tan pronto. No quieren perder la iniciativa. Madrid debe caer.

De ésta manera, la guerra se trasladará a los alrededores de la capital. El objetivo: cercar Madrid, cortar sus comunicaciones, privarla de sus suministros, intentar penetrar en la ciudad por sus flancos.

Franco y sus generales estudian los mapas, reorganizan sus fuerzas. El 29 de noviembre dan la orden de ocupar la línea formada por Húmera, Pozuelo y su Estación, Aravaca, Cuesta de las Perdices, Cerro del Águila (cortando la carretera de La Coruña) y tomar El Pardo para caer sobre Madrid por el noroeste.

Entre los rebeldes todavía reina el optimismo y la fe en sus posibilidades. Algunos de sus jefes militares rozan la bravuconería: una chusma de milicianos no pueden ser obstáculo para sus tropas.

El general Varela conducirá las operaciones. Para la ofensiva se han organizado tres columnas, mandadas por el coronel García-Escámez (una de caballería, al mando del teniente coronel Gavilán; y dos de infantería, mandadas respectivamente por los tenientes coroneles Siro Alonso y Bartoméu). En total, unos 6.500 hombres, apoyados por carros, artillería y aviación. Una fuerza poderosa en aquel entonces.

En frente, los republicanos tienen desplegados unos 3.700 hombres y diez piezas de artillería. Son los pertenecientes a la “X” Brigada (del comandante Palacios), que ocupa Aravaca y sus inmediaciones; y la III Brigada Mixta (comandante José María Galán), que defiende Pozuelo y sus alrededores.

Al amanecer, la columna Bartoméu ataca por sorpresa desde las espesuras de la Casa de Campo. La V Bandera de La Legión se despliega por el extremo de Humera y ocupa el sanatorio de Bellas Vistas (hoy desaparecido). Por el oeste, los siete escuadrones de caballería mora (columna Gavilán) desbordan el vértice Valle Rubios e intentan un ataque rápido contra Pozuelo por el noroeste. Los gritos de guerra de los norteafricanos serán silenciados por el repiqueteo de las armas automáticas que los republicanos tienen instaladas en las múltiples casas de veraneo existentes en la zona. La carga de caballería es bruscamente frenada por una cortina de fuego. Sobre el barro caen, segados por las balas, hombres y animales, entre sangre, relinchos y gritos de muerte.

El esfuerzo principal lo llevarán las tropas de Siro Alonso. Desde el Ventorro del Cano se lanzan contra el cementerio de Pozuelo y la Colonia de La Paz, cuyas casas se han convertido en improvisados nidos de ametralladoras comunicados entre sí a través de trincheras y de orificios abiertos en los tabiques internos de los edificios. El cementerio, situado en un alto a las afueras de Pozuelo, se ha transformado, a modo de barbacana, en un bastión defensivo. En sus tapias y muros de mampostería y ladrillo macizo sus defensores han abierto aspilleras por las que asoman fusiles y ametralladoras.

Los atacantes son tropas de choque del Ejército de África: la VII Bandera de La Legión, los tabores I de Alhucemas, II de Tetuán y el V y II de Larache, más una Mehal-la del Rif; apoyados por dos baterías del 65 y otras dos del 75, más dos compañías de carros pesados.

La artillería comienza su bombardeo. Los proyectiles impactan contra el cementerio. Las explosiones quiebran los muros, rompen la tierra. Las tumbas y nichos saltan por los aires. La onda expansiva arrastra metralla, tierra, hierros, piedras y huesos de los enterrados que hieren y matan a los defensores. Las fosas se convierten en improvisadas trincheras. La lucha se desarrolla entre restos de lápidas y de difuntos desenterrados, creándose una estampa más propia de un relato gótico. Los cuerpos de los que caen se mezclan con los despojos de esqueletos y cuerpos momificados.

El asalto es tan fuerte y decidido que los defensores republicanos se ven obligados a retroceder. Pierden el cementerio y algunas de las primeras casas de la Colonia de La Paz, pero se hacen fuertes en el Cerro de Los Perdigones, donde cuentan con sólidas fortificaciones desde las que hostigan con morteros, fusilería y armas automáticas a los atacantes.

Desde el cementerio los oficiales, con las gargantas enrojecidas por el humo, ordenan a gritos que continúe el avance. Los moros se lanzan una y otra vez contra el Cerro de Los Perdigones, pero, una y otra vez son rechazados. Tras las tapias del cementerio los oficiales, pistola en mano, obligan a nuevos asaltos, pero el cerro no cae y las bajas se multiplican. En un desesperado asalto los regulares consiguen desalojar a los defensores de sus trincheras y ocupar el cerro, pero no por mucho tiempo. La artillería republicana desata toda su furia sobre la posición recién perdida. Los impactos son tantos y tan precisos que la situación se hace insostenible. En poco tiempo, los defensores de Pozuelo reconquistan el cerro de Los Perdigones. Los norteafricanos supervivientes se repliegan de nuevo al cementerio. Atrás quedan los cadáveres de muchos compañeros.

El mando republicano envía varios batallones y algunos carros para reforzar la zona. Tras varios días de agotadores forcejeos, de asaltos a la bayoneta, de metralla, frío y sangre, los combates van cesando y el frente se estabiliza. Los contraataques republicanos no consiguen romper las líneas enemigas, pero logran frenar la ofensiva sobre Pozuelo. El primer intento de cortar la carretera de La Coruña y atacar Madrid por el noroeste finaliza para los atacantes con unas pequeñas ganancias de terreno, prácticamente insignificantes. Las tropas de Siro Alonso, incapaces de conquistar el Cerro de Los Perdigones, quedan paralizadas entre las ruinas y escombros del cementerio en medio de un paisaje dantesco y macabro. El día 2 de diciembre estas fuerzas, incapaces de soportar un ataque combinado de tanques y aviones, abandonan el cementerio de manera apresurada. En el diario de operaciones del general Miaja puede leerse: "el enemigo retrocede con indicios de desbandada, abandonando el cementerio de Pozuelo".

El paseo militar que esperaban algunos no se produce. Los defensores republicanos ofrecen, día a día, una resistencia más tenaz y decidida. Vicente Rojo, años después, escribiría al referirse a aquellos combates:

“La calidad de esas posiciones, naturalmente fuertes, y el ardor con que se batieron nuestras milicias, que no habían sido victimas de la sorpresa, permitió, juntamente con enérgicos contraataques muy bien apoyados por la masa artillera de la defensa de Madrid, que el enemigo no lograse pasar del cementerio de Pozuelo, ni ocupar Humera, sufriendo un gran número de bajas”.

En pocos días los ataques y contraataques volverán a reproducirse en este lugar. Todo este sector del frente terminará siendo conquistado por las tropas franquistas en el tercer y definitivo asalto a la carretera de La Coruña (enero de 1937), pero el objetivo de entrar en Madrid fracasará nuevamente.

El antiguo Cerro de Los Perdigones, contra el que se estamparon los tabores africanos una y otra vez en noviembre/diciembre de 1936, es hoy en día un gran parque municipal. Los restos de fortines que en él existían fueron enterrados en los años noventa al realizarse las obras del actual parque. A pesar de lo muy modificado y alterado del entorno, subir a lo alto del cerro permite comprender la importancia estratégica que tuvo esta posición en la guerra y porqué se luchó tan encarnizadamente por su control. El cementerio de Pozuelo, con sus sucesivas ampliaciones y reformas, sigue estando situado en el mismo lugar que antaño. Aparentemente, no quedan huellas de aquellos terribles combates, pero el observador atento podrá descubrir, en las pocas lápidas que quedan anteriores a 1936, las marcas producidas por balas de fusil y fragmentos de metralla. Viejos mármoles que conservan las cicatrices de unos días de furia y sangre.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografías: Huellas de los impactos de bala y metralla en algunas lápidas antiguas del cementerio de Pozuelo (JMCM)

martes, 10 de marzo de 2009

21) UN CRUCE PELIGROSO



En todos los mapas que he podido consultar (el más antiguo data de 1755) aparece un cruce de carreteras al sureste de Las Rozas. Esta encrucijada de caminos, con sus constantes ampliaciones y cambios, ha perdurado hasta nuestros días. Al igual que siempre, está formada por tres carreteras: la actual carretera de La Coruña (que sigue, más o menos, el trazado de la antigua carretera de Segovia y de la vieja cañada de Valladolid), la carretera de El Escorial (antiguo camino Real de Castilla), y la carretera o camino que, desde antaño, ha unido a Las Rozas con Majadahonda.

Actualmente, una rotonda regula el tráfico en este punto (muy intenso en hora punta). En la zona se sitúa una de las entradas al bus-vao, y se levantan diversas urbanizaciones, colegios, un puesto de socorro de la Cruz Roja, un centro de conservación y mantenimiento de la autopista A-6, varios edificios de empresas y algún restaurante. Poca de la gente que vive o pasa por este lugar sabe que en la guerra civil este cruce de carreteras se convirtió, primero, en un cruento campo de batalla, e inmediatamente después de los combates, en una dura y consistente línea de frente.

En los años treinta esta zona era muy diferente a como la vemos hoy en día. Apenas existían construcciones (la vieja torre del telégrafo, algún chalet, un bar de carretera...) y el tráfico de vehículos era mínimo. Donde hoy se levantan urbanizaciones, se extendían entonces eras y campos de cultivo. Las dos carreteras principales eran mucho más estrechas y la actual carretera que lleva a Majadahonda no pasaba de ser un rudimentario camino carretero, polvoriento en verano y embarrado en invierno.

A pesar de este sencillo aspecto, su condición de intersección de importantes vías de comunicación convirtió ésta zona en un objetivo estratégico de primer orden. El 3 de enero de 1937 las columnas rebeldes, al mando del general Orgaz, inician su tercer y definitivo asalto a la carretera de La Coruña. El día 4, la columna Buruaga (tras conquistar el vértice Cristo) y la columna Asensio (que ha ocupado el vértice Manilla y Majadahonda), dirigen su avance hacia Pozuelo-Aravaca, para enlazar con las tropas de García-Escaméz. La columna de Iruretagoyena, tras hacerse con el Castillo de Villafranca, ha ocupado Villanueva del Pardillo, y continúa su avance hacia el vértice Cumbre. Barrón, por su parte, ha desalojado a los republicanos que defendían Romanillos. Su siguiente objetivo es tratar de alcanzar la carretera de La Coruña a la altura de Las Rozas.

El frente republicano al noroeste de Madrid se hace añicos. La penetración es profunda, imparable. Orgaz lanza a la ofensiva toda la potencia de su ejército (artillería, vehículos, infantería, carros y aviones) en una especie de “guerra relámpago” en miniatura.

Las brigadas y batallones republicanos se disgregan, retroceden, pierden terreno frente al empuje enemigo. Tras la conquista de Majadahonda y El Pardillo, las tropas atacantes casi tocan con los dedos la ansiada carretera de La Coruña. La columna de Barrón (a la que se unirá la de Iruretagoyena tras ocupar el vértice Cumbre) recibe la orden de ocupar el cruce de carreteras al sureste de Las Rozas.

Defendiendo éste cruce, y en el pueblo de Las Rozas se encuentran desplegadas fuerzas de la 35 Brigada Mixta (mandada en ese momento por Nino Nanetti) y de la Brigada E (o Brigada de Choque), la del Campesino, que ha sido enviada con urgencia a la zona para intentar restablecer la situación. A estas tropas se han ido uniendo los restos de la XI Brigada Internacional, batallones y combatientes dispersos, tropas que retroceden desde El Pardillo, desde Majadahonda… y que se concentran en Las Rozas para volver a presentar batalla. Las pocas construcciones existentes entre Majadahonda y Las Rozas se han convertido en improvisados fortines. El edificio de Telégrafos de Las Rozas, las pequeñas casas de veraneo, los cobertizos y el “Bar Anita”, un conocido establecimiento de la época situado muy próximo al cruce de carreteras.

El invierno ofrecía toda su crudeza. Las heladas, las temperaturas bajo cero, las espesas nieblas, acompañaron las jornadas de la Batalla de la carretera de La Coruña. Los combatientes caían, muertos o heridos, sobre un terreno embarrado, donde la sangre se fundía con el agua sucia de los charcos.

Las tropas de Iruretagoyena (un regimiento de infantería, caballería y carros, a los que ya mencionamos al hablar del Castillo de Villafranca) atacan desde el oeste, avanzando en torno a la carretera de El Escorial. Las de Barrón lo hacen de frente, desde Majadahonda. Estas últimas están formadas por dos regimientos de infantería (el I y II Tabores de Larache, y el I y II de Melilla, el I Batallón de Ceuta y la VII Bandera de La Legión), apoyados por cuatro baterías y una compañía de carros. Comienzan su ataque por la tarde, pero en invierno anochece pronto. La muerte viene envuelta en la fría oscuridad nocturna. Las armas automáticas mantienen a raya a los asaltantes. Los combatientes luchan entre tinieblas que, fortuitamente, se iluminan por las explosiones y las ráfagas de las ametralladoras. Las sombras se llenan de disparos, de gritos y lamentos, de insultos y maldiciones en diferentes lenguas.

La lucha es cruel, sangrienta y feroz. Los hombres del Campesino seguirán resistiendo un día más entre las ruinas de Las Rozas (en otro momento hablaremos de ellos), pero el cruce de carreteras, tras horas de violentos asaltos, termina cayendo a lo largo de esa noche. De ésta manera, los rebeldes logran alcanzar la carretera de La Coruña. Los partes oficiales de guerra del día 4 de enero de 1937 son ilustrativos:

PARTE FRANQISTA: “Continuó en este frente el brillantísimo ataque comenzado en el día de ayer, siendo coronadas por nuestras tropas todos los objetivos señalados, montándose a caballo de la Carretera de La Coruña y ocupando la línea Villanueva del Pardillo-Majadahonda y cruce de Las Rozas (Bar Anita). El enemigo abandonó en su huida una gran cantidad de muertos y armamento.”

PARTE REPUBLICANO: “Durante el día de hoy se ha combatido intensamente en la región de Villanueva del Pardillo, Las Rozas y El Plantío. El ataque enemigo ha sido fuertemente apoyado por artillería, carros y aviación, logrando penetrar en algunos puntos de nuestros dispositivos, por lo que nuestras fuerzas se han replegado a posiciones ya previstas por el mando, en donde se mantienen conteniendo el avance.”


Los sublevados informan que sus tropas “recogieron 627 muertos, en gran parte extranjeros”, así como gran cantidad de material. En los días sucesivos se sucederán los contraataques republicanos, pero el estratégico cruce quedará en poder de las tropas de Franco hasta el final de la contienda, procediendo a fortificarlo con trincheras, refugios y puestos blindados.

Hoy, la intensa circulación de vehículos ha sustituido el tronar de tanques y bombas de mano. Nada recuerda ya que aquí hubo una guerra. Pero sobre el mismo suelo en el que se forman los atascos matinales, la gente espera aburridamente el autobús, o los niños de los colegios juegan ruidosamente en los recreos, hace setenta años, la metralla y los disparos destruían edificios, árboles y cuerpos, en una desesperada lucha en la que los combatientes cayeron por centenares.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografías: Dos perspectivas actuales del cruce de carreteras al sureste de Las Rozas (JMCM)

lunes, 2 de marzo de 2009

20) EL 303 BRITISH




Entre los diversos tipos de munición que puede aparecer al pasear por los viejos campos de batalla, de vez en cuando aparecen cartuchos del calibre 303 Britsh.

Al igual que otros países europeos (Francia, Alemania, Rusia…), desde finales del siglo XIX, Gran Bretaña se esforzó por dotar a sus tropas de un fusil moderno que utilizara pólvora sin humo, y cuyos proyectiles fueran más pequeños, ligeros y precisos. Tras diversos experimentos, y después de desechar diferentes diseños de cartuchos, se optó por el fusil Lee Metford (nombre del primer creador) que, algo después, pasó a denominarse, en su versión mejorada, Lee Enfield (del que se diseñaron diversos modelos: fusil, mosquetón y carabina corta).

El Enfield (en sus diferentes modelos) y su munición del calibre 303 British, se convirtieron en el fusil reglamentario del ejército británico, siendo ampliamente utilizado en todas sus guerras coloniales y en los dos conflictos mundiales hasta que, en 1957, fue sustituido por el 7.62x51 Nato.

En la Guerra Civil Española, el calibre 303 British, y su “clon”, el 7,7 mm Breda italiano, fueron muy utilizados (a pesar de los problemas que presentaba el gran reborde de sus vainas) en armas automáticas pesadas, tanto en las ametralladoras de la infantería, como en las instaladas en carros y aviación de combate.

Sin embargo, el fusil Lee Enfield no parece haber sido un arma muy utilizada en nuestra guerra, al menos si lo comparamos con el masivo uso que se hizo de otros fusiles, tales como el Mauser o el Mosin. La mayor parte de las unidades que de este calibre llegaron a España fueron del modelo 1910 canadiense. En lo que se refiere al frente de Madrid, su uso suele vincularse al Ejército Popular de la República, apareciendo restos de este tipo de cartuchería en lugares en los que hubo posiciones republicanas.

Entre las vainas y cartuchos de esta munición, que hoy en día pueden encontrarse en los frentes de Madrid, abundan los que tienen el marcaje US, fabricados por los EEUU para el ejército británico, aunque también aparecen los de fabricación inglesa. El marcaje inferior, normalmente VII, hace referencia al modelo de bala. Las fechas que aparecen en el culote demuestran que la mayor parte de esta munición era excedente de la I ª Guerra Mundial.

Los proyectiles son ojivales, de plomo aleado y cobrizazos. Otro elemento que en ocasiones puede aparecer son los peines-cargador, hechos de una sola pieza metálica (normalmente acero pavonado), con capacidad para cinco cartuchos y una forma muy peculiar, con unos laterales elevados que sujetan los cartuchos como una especie de “pinza”. Estos peines soportan muy mal los efectos de la erosión y generalmente están muy deteriorados.

Algunas veces, un tranquilo paseo por las afueras de nuestros pueblos y ciudades puede ofrecer hallazgos curiosos: cartuchos ingleses, alemanes, soviéticos, franceses, etc., etc. Restos de munición empleada en una guerra en la que, como en todas las guerras, los intereses económicos de las industrias y empresas armamentísticas no entendían ni de fronteras, ni de nacionalidades para dar salida a sus producciones y excedentes, atendiendo sólo a la ideología del negocio fácil y rentable.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía: Cartucho, vainas, balas y fragmentos de peines de la munición 303 British, encontrados en el noroeste de Madrid (JMCM)

lunes, 23 de febrero de 2009

19) LOS SUBTERRÁNEOS DE LA MUERTE



Tras la batalla de la carretera de La Coruña (noviembre 1936-enero de 1937) los dos ejércitos procedieron a fortificar sus posiciones en el noroeste madrileño. Trincheras, observatorios, refugios, pozos de tirador, nidos de ametralladoras, túneles, alambradas de espino y todo tipo de elementos defensivos comenzaron a llenar el terreno, convirtiendo, las líneas de frente, en una especie de compleja tela de araña. Es el inicio de una guerra de posiciones, o guerra de trincheras, en la que los dos ejércitos se clavan al terreno, separados, el uno del otro, por una “tierra de nadie” que, muchas veces, apenas tendrá unas pocas decenas de metros.

La mayor parte de los estudios y trabajos publicados presentan el frente de guerra madrileño como un frente estable y relativamente tranquilo, especialmente tras la batalla de Brunete en julio de 1937. Es cierto que no van a producirse grandes operaciones militares, pero esto no significa que no existiera actividad bélica. Los trabajos de fortificación, que fueron constantes hasta el final de la guerra, estuvieron acompañados de manera regular por hostigamientos, bombardeos, golpes de mano y pequeñas operaciones de combate que, sumado a las difíciles condiciones de vida en las trincheras (frío en invierno, calor en verano, falta de higiene, parásitos, escasez de alimentos, enfermedades…), convirtieron Madrid en un frente de guerra duro y penoso para todos aquellos que fueron destinados a él.

Los Diarios de Operaciones de las diferentes brigadas y batallones narran pormenorizadamente todo lo que, día a día, sucede en los diferentes sectores del frente. Estos interesantísimos documentos están repletos de ejemplos y datos que reflejan la constante actividad de los morteros, de la artillería, del fuego de fusiles y de las armas automáticas que, sin cesar, provocan muertos y heridos. No faltan tampoco los golpes de mano, las emboscadas, las acciones de comando que actúan tras las líneas enemigas.

Entre estas acciones de hostigamientos y ataques al enemigo resulta especialmente llamativa la guerra de minas. Ésta táctica consiste en cavar largas galerías subterráneas hasta llegar debajo de las posiciones enemigas. Una vez allí, se colocan potentes cargas explosivas y se procede a su voladura. La posición enemiga salta por los aires, matando, hiriendo y sepultando a sus defensores. El momento de caos que produce la explosión es aprovechado por los atacantes para lanzarse al asalto e intentar conquistar la posición.

La primera mina estalló en Madrid el 11 de diciembre de 1936. Una poderosísima carga explosiva hizo explosión en las galerías que los republicanos habían excavado bajo el Hospital Clínico, punto de mayor penetración franquista en la capital. La parte central del ala sur de éste gran edificio se derrumbó por completo, sepultando bajo sus escombros a treinta y nueve legionarios de la IV Bandera. Desde entonces, éste tipo de acciones se generalizan por todo el frente madrileño.

La guerra de minas es terrible y atroz. Los batallones de zapadores que la realizan están formados inicialmente por trabajadores de las cuencas mineras de Asturias, de Río Tinto y Peñarroya, del Bierzo… Son gente dura y sufrida, acostumbrada a trabajar desde muy jóvenes a muchos metros de profundidad. Se les conoce como los “destripacerros” y durante semanas trabajan bajo tierra, casi sin luz, sin oxigeno, sin espacio, calculando el punto exacto sobre el que se encuentra el enemigo, abriendo las entrañas de la tierra por medios manuales, procurando no ser detectados, para hacerlo saltar todo por los aires. Estos trabajos son sumamente penosos y conllevan un enorme riesgo de derrumbes, de filtraciones de aguas y de asfixia por la escasez de aire puro con la que se realizan.

Para enfrentarse a estas brutales acciones surge la actividad de contramina. El contrario comienza también a cavar túneles y galerías para detectar a los minadores enemigos antes de que lleguen a sus líneas. Estos “topos humanos” se buscan bajo tierra los unos a los otros para matarse. Escuchando atentamente, intentan detectar el punto donde excava el adversario. Una vez localizados, colocan cargas de dinamita que, al detonar, destruyen las galerías y dejan sepultados para siempre a los zapadores enemigos. A veces sucede que los que están excavando una galería coinciden bajo tierra con el enemigo, que hace lo propio. Cuando esto sucede, la lucha que se produce es brutal: casi sin espacio, golpeándose fieramente con picos, con palas, con puños y patadas, intentando salir de ahí a rastras, empujándose con los codos, con las piernas, entre sombras, raíces, arena, gritos y humedad.

Son muchos los edificios, las avanzadillas y las posiciones de todo tipo que, a lo largo de la guerra, van a caer por las demoledoras minas. En la Ciudad Universitaria, en Carabanchel, en las posiciones de la carretera de La Coruña, en Usera… Día y noche, los minadores, abren la tierra, quiebran la roca, con túneles y galerías, dispuestos a reventarlo todo en mil pedazos.

El sector de Las Rozas es uno de los lugares donde estas acciones son más habituales. En muchos puntos, las posiciones de uno y otro ejército, se encuentran a menos de cien metros. En un informe de la 8ª División republicana, con fecha del 13 de octubre de 1938 podemos leer:

“En el subsector de la 111 Brigada Mixta se registró algún movimiento en virtud de la pequeña operación que a las 6h 30’ de hoy se llevó a efecto por fuerzas propias en número de más de una sección, las que atacaron previa voladura de una mina propia de carga pequeña, la avanzadilla que en las inmediaciones del Km. 2,700 de la carretera de Las Rozas a El Escorial tenía establecida el enemigo, logrando ocuparla totalmente. Como consecuencia de esto los morteros enemigos actuaron intensamente, haciendo durante toda la mañana, sobre diversos puntos de este subsector, pero especialmente sobre la avanzadilla conquistada, unos 1.000 disparos de mortero calibre 81; los propios se dedicaron a contrabatirlos con eficacia. La artillería enemiga actuó sobre Cuesta de Mataborricos, Alto de Canascosas y Casa Curia, haciendo unos 75 disparos.”

Es sólo un ejemplo de los muchos que se dieron y que los Diarios de Operaciones de las diferentes Divisiones y Brigadas de uno y otro ejército, recogen con detalle.

La vida en las trincheras de Madrid era dura, cruel, atroz. El riesgo era constante. Un exceso de confianza, un simple descuido, y una bala enemiga te volaba la cabeza. Diariamente se recibía una lluvia de metralla artillera. Los aviones sobrevolaban amenazantes el cielo. La noche favorecía la emboscada o el ataque sorpresa. Durante tres años, la muerte, con sus múltiples rostros, se paseó a su antojo por el paisaje madrileño. Una muerte violenta, implacable, cruel y despiadada. Una muerte que, a veces, venía de las mismísimas entrañas de la tierra, tragándose, en resonante explosión,  hombres, armas y parapetos.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Trabajos en el frente de Madrid.
Fotografía 2: Entrada de una mina en la Ciudad Universitaria.

Documentación procedente del AGMA

martes, 17 de febrero de 2009

18) SIGUIENDO LA PISTA



El tiempo ha pasado. Un transcurrir de horas, de meses, de años. A la primavera le siguió el verano, al verano el otoño y, a éste, el invierno. Una vez y otra más, y otra y otra. Tantas veces como caben en setenta años.

Setenta años de cambios, de transformaciones profundas, de modificaciones, alteraciones y variaciones. Setenta años de olvido, de silencio, de indiferencia. Setenta años de erosión, de destrucción, de ruina.

Prácticamente, no queda nada ni nadie de los que protagonizaron aquellos días. Días ya lejanos de una terrible etapa que se prefirió olvidar. A aquella generación le siguió otra, y a esa, otra más. El tiempo pasó. La Historia continuó su inmutable ritmo, y los desastres de la guerra fueron quedando atrás. En los campos en los que antaño se combatió, volvió a cultivarse. Sobre las devastadas ruinas se levantaron nuevas casas. Los pueblos crecieron. La vida, mal que bien, continuó y los años se sucedieron. La modernización, con todas sus consecuencias (las buenas y las malas) terminó por llegar. Un progreso que supuso avances y retrocesos. La guerra civil, poco a poco, fue convirtiéndose en un episodio más de nuestra Historia reciente.

El momento presente permite acercarse a todo aquello con otra perspectiva. Alejados los viejos espectros de la contienda, se hace posible una visión más sosegada. Verlo desde la distancia, con un punto de vista histórico, cultural e incluso lúdico. Adentrarse en ello a través de la lectura, del estudio, de la investigación. Explorar los escenarios, descubrir los restos que el terreno esconde, conocer los lugares, mirar con otros ojos el entorno, el paisaje.

Pasear por las trincheras, adentrarse en las viejas fortificaciones, toparse con un curioso hallazgo… resultan interesantes experiencias al alcance de cualquiera. Cuanto más vas conociendo, más quieres aprender. Como un detective sigues las pistas, buscas los indicios, estudias las pruebas. En cada rincón del paisaje, al subir una loma o bajar por un barranco puedes llevarte la sorpresa. Un complicado pero entretenido rompecabezas cuyas piezas hay que buscarlas en los libros de las bibliotecas, en los planos y mapas, en los paseos por el campo, recorriendo las calles y contemplando los edificios más viejos de los pueblos…

Algunas cosas llevan setenta años esperando. Hay toda una historia por descubrir, un pasado por conocer, cuyas huellas son, aun hoy, visibles para todo aquel que tenga interés o simple curiosidad.


JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Caminando por las trincheras (J. I. Fernández Bazán)
Fotografía 2: Algunos hallazgos de un paseo matinal (JMCM)

miércoles, 11 de febrero de 2009

17) CONTRAATAQUE EN LA NIEBLA



Noche fría, oscura, húmeda. Aun faltan algunas horas para que amanezca el día 11 de enero de 1937. En el frente de Madrid la guerra continua, pero el día anterior ha sido una jornada tranquila en el sector de Las Rozas. El 9 se produjo el último intento republicano por reconquistar este pueblo. Ataque que de nuevo han rechazado las tropas franquistas.

Desde el día 5 de enero los legionarios y regulares al mando de Iruretagoyena se han establecido en plan defensivo sobre el terreno conquistado en días anteriores, entre Villanueva de la Cañada y Las Rozas, protegiendo la retaguardia del resto de columnas franquistas que confluyen hacia la capital, y que, tras duros combates, han ocupado ya la Cuesta de las Perdices y el Cerro del Águila.

La situación se hace grave para los defensores de Madrid. Por ello, el Alto Mando Republicano ha preparado un ambicioso contraataque con el objetivo de destruir las conquistas franquistas en este sector y atacar por la retaguardia a las tropas del general Orgaz. La idea de maniobra diseñada por Vicente Rojo es la siguiente: la XII Brigada Internacional atacará Majadahonda; por el centro el batallón Garibaldi y a la izquierda el Dombrowski, que debe de enlazar con la XIV Brigada Internacional y con la 3 Brigada Mixta con la misión de cortar la carretera entre Majadahonda y Las Rozas, ocupando esta última localidad. Cubriendo el flanco derecho del dispositivo, la 35 Brigada Mixta, que atacará Villanueva del Pardillo.

Para cumplir esta misión, el 10 de enero han llegado a Madrid la Brigada XIV desde Córdoba, y la XII desde Brihuega. Ambas llevan 48 horas sin dormir. Están exhaustas después de violentos combates ofensivos en sus respectivos frentes. Entre los hombres se murmura, hay descontento. El batallón alemán de la XIV pide que se le concedan 12 horas de sueño. Pero su comandante, el “General” Walther, no quiere saber nada de quejas y se limita a leer las órdenes que ha recibido del Estado Mayor. Walther se dirige a los delegados de batallón. En vez de hablarles de antifascismo o consignas revolucionarias (con las que los oficiales solían animar a las tropas), les explica la crítica situación: si los rebeldes amplían su saliente al oeste y noroeste de Madrid la ciudad se verá obligada a rendirse. “El gobierno ha llamado a sus mejores tropas, camaradas, y eso sois vosotros. ¿O es que se equivocó al elegir a la XIV Brigada?”. Todo esto se lo transmite en polaco mientras un intérprete traduce al alemán (posiblemente sea la única vez en la historia en que un polaco a arengado a tropas alemanas). Los delegados volvieron a sus batallones y la XIV Brigada se dispuso a intervenir en la batalla.

Apenas queda una hora para que amanezca. En las explanadas del Puente del Retamar, donde el Arroyo del Lazarejo se une al río Guadarrama (km. 7 de la carretera de El Escorial), las tropas republicanas ultiman los preparativos. Las fuerzas de choque ajustan las bombas de mano a sus cintos y correajes, calan bayonetas, se colocan sus cascos. Con dedos entumecidos por el frío van llenando de cartuchos los peines-cargadores. Algunos apuran la ración reglamentaria de aguardiente y coñac que se reparte entre aquellos que la quieren. Tensión, nervios, humedad, miedo.

Por fin, la potente agrupación de combate se pone en marcha hacia sus objetivos. En vanguardia, la infantería, a los flancos, algunos carros de combate, los temidos T-26 de fabricación soviética. Primer objetivo, el Vértice Cumbre, puesto clave del sector. Todos avanzan confundidos entre una espesa niebla.

En esos mismos momentos, en el Vértice Cumbre, a la altura del Km. 3 de la carretera de El Escorial, un destacamento de marroquíes hace guardia en las mismas trincheras de las que días antes han desalojado a los republicanos. Envueltos en sus chilabas y turbantes aguantan el frío nocturno de enero. Prohibido hacer fuego, fumar o encender ninguna luz que pueda servir de referencia a los francotiradores enemigos. En una espesa y húmeda oscuridad, cubiertos por una densa niebla, los africanos escrutan el terreno, atentos a cualquier mínima señal que pueda delatar un ataque sorpresa. La noche va llegando a su final, pero la visibilidad sigue siendo casi nula. La niebla lo cubre todo. Uno de los vigías avisa al oficial. En la distancia le ha parecido escuchar un sonido mecánico. Todos agudizan el oído, pero sólo un inquietante silencio se extiende por el entorno. Parece una falsa alarma. Pero, de repente, todos pueden escucharlo. Un chirriar metálico, un acompasado retumbar avanza por la carretera. No hay duda, son carros de combate que se están aproximando a la posición. Agitación y nervios en el Vértice Cumbre. Carreras, voces, órdenes, preparación de fusiles y ametralladoras.

No han terminado de darse cuenta de lo que pasa cuando la artillería republicana ha comenzado ya a abrir su fuego de cobertura. Los obuses caen sin piedad sobre la posición franquista. Sus defensores intentan protegerse de la metralla tumbándose en el suelo, acurrucándose contra las paredes de la trinchera. La tierra tiembla. El humo y el polvo se juntan con la niebla. Al terminar la lluvia de fuego los hombres están aturdidos, llenos de barro, algunos sangran, otros han quedado tendidos para siempre en el fondo de la trinchera. Pero no hay tiempo que perder, porque, a los lamentos de los heridos y a las voces de los oficiales, se unen los gritos de los atacantes. Entre la niebla los internacionales trepan las rampas que suben hasta el Vértice Cumbre. A la carrera, bayoneta en mano, se lanzan al asalto.

Los moros los tienen prácticamente encima. Desesperadamente abren fuego con las ametralladoras, casi a ciegas, disparan sus fusiles contra una niebla de la que salen balas y gritos. Los T-26 rodean la posición, disparan sus cañones y ametralladoras. Los primeros asaltantes llegan a las trincheras: bombas de mano, filos de bayonetas, tiros y más tiros. Pronto, la resistencia de los defensores comienza a quebrarse. Algunos marroquíes se rinden, otros intentan huir dirección Las Rozas. Unos lo consiguen, otros son alcanzados por la espalda.

Son las primeras horas del día 11 de enero de 1937 y, el Vértice Cumbre, vuelve a ser posición republicana. Tras este éxito inicial las tropas se desdoblan: la XII B. I. avanza en dirección Majadahonda, la XIV lo hace hacia Las Rozas. Por delante quedan cinco días de fieros combates por el control de estos pueblos. Con temperaturas que rondarán los 0º, los ataques y contraataques se sucederán con obstinación. Finalmente, una tenaz resistencia franquista terminará por neutralizar la ofensiva republicana. Los dos ejércitos, exhaustos y agotados, suspenderán los ataques el día 16 de enero, poniendo fin a la Batalla de la Carretera de La Coruña.

Poca gente se acuerda de estas cosas. El magnífico Puente del Retamar, que data del siglo XVIII, continúa viendo pasar por sus ojos de granito las aguas del río Guadarrama. Unas aguas menos salvajes y más contaminadas que antaño. Las explanadas en las que se concentraron las tropas republicanas para su contraataque son hoy una agradable zona de recreo con aparcamiento, merenderos y columpios infantiles. El Vértice Cumbre es un lugar tranquilo al que no se acerca demasiada gente. Los vertidos incontrolados de escombros han alterado algo la zona, pero aun se yerguen las ruinas de varias fortificaciones construidas por los franquistas tras los combates de enero de 1937. Han pasado más de setenta años y aquellos días de guerra, por fortuna, quedan ya muy lejos.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Soldados republicanos al asalto de una posición (Archivo Rojo, AHN).
Fotografía 2: Tanque T-26 en acción

jueves, 5 de febrero de 2009

16) UN LUGAR PRIVILEGIADO




La zona noroeste de Madrid esconde en sus rincones grandes sorpresas. La que fue, sin ninguna duda, la mayor desgracia que esta zona tuvo que vivir a lo largo de su Historia, ha dejado, esparcidos por el lugar, interesantes restos, huellas de unos tiempos bélicos que hoy, lejos de los desastres de la guerra, se revisten de un atractivo especial, confiriendo al entorno una personalidad única.

Como despojos de un naufragio, los jirones de la Historia aparecen aquí y allá, sorprendiendo al paseante curioso, despertando sentimientos, planteando preguntas. Aparentemente olvidados por todos, resisten el paso del tiempo, esperando la que parece su inevitable y definitiva desaparición.

Las fortificaciones son los restos más llamativos e interesantes, sin embargo, este patrimonio histórico no cuenta con ninguna protección específica. Su presente y su futuro dependen de su resistencia a la erosión y de que no se encuentren ubicados en lugares de interés urbanístico. Es por ello que cada vez quedan menos, eliminados del paisaje en el que ya se encuentran integrados, a golpe de plan urbanístico y excavadora.

Quizás algún día, tarde ya, como suele suceder con casi todo lo referente a restos de interés histórico y arqueológico, las autoridades competentes adquieran la sensibilidad que hasta ahora demuestran no tener y sean conscientes de que estas construcciones constituyen, al día de hoy, el patrimonio histórico más importante con el que cuentan los municipios del noroeste madrileño. No se trata de conservar todo, pero si de preservar lo más interesante. Algunos de los fortines mejor conservados de España se encuentran aquí. Cada vez despiertan mayor interés en la gente y su mantenimiento no conlleva demasiado esfuerzo ni gasto. Es simplemente una cuestión de voluntad.

Un buen ejemplo es la Dehesa de Navalcarbón en Las Rozas. En este reducido espacio se encuentran concentrados interesantísimos restos del frente de guerra. Hasta la fecha hemos catalogado los restos de doce construcciones (algunas en perfecto estado de conservación, de otras apenas quedan huellas), así como numerosas trincheras y otros tipos de excavaciones relacionadas con la guerra. No parece tan complicado limpiar y cuidar estas construcciones de la misma manera que se hace con el resto de la Dehesa. Sin embargo, los fortines no reciben la más mínima atención. Resulta vergonzoso que el interior de estas construcciones se mantenga repleto de basura. Al margen de su valor histórico, no puede entenderse que, en un entorno natural como es este, se mantenga, de manera indefinida, concentraciones de desperdicios de todo tipo. Sólo porque no salta a la vista, esta basura, a diferencia de lo que sucede periódicamente en el resto de la Dehesa, no se recoge. No tiene mucho sentido, pero esta es la realidad.

Tener en cuenta el valor histórico-cultural de estas construcciones en los proyectos urbanísticos en vez de destruirlo todo sería lo ideal y estamos convencidos que el resultado, en muchos casos, sería muy satisfactorio. Integrarlos en parques o conservarlos a modo de ornamento, por poner algún ejemplo sencillo, podría ser una buena solución. La colocación de placas explicativas, como se hace con otras cosas, tampoco es tan difícil.

Mientras esta sensibilidad no cuaje en las instituciones y autoridades correspondientes, Proyecto Frente de Batalla se dedica, poco a poco, a localizar, catalogar, limpiar y señalizar con placas explicativas los restos de la guerra civil en el noroeste de Madrid, un lugar privilegiado para los estudiosos de la guerra civil y, en general, para todos los amantes de la Historia.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Fortines en el Cerro Los Gamos, en Pozuelo (JMCM)
Fotografía 2: Fortín en la Dehesa de Navalcarbón, en Las Rozas (JMCM)
Fotografía 3: Fortín en Cerro Alto, en Las Rozas (JMCM)