martes, 18 de noviembre de 2014

147) TELÉGRAFO DE LAS ROZAS

Mapa de 1877 (IGN)


Este artículo está dedicado a uno de esos lugares que, aunque emblemáticos en su momento, desaparecieron hace ya bastante tiempo para no quedar de ellos, casi, ni el recuerdo. Me refiero a la torre de telegrafía óptica de Las Rozas, un peculiar edificio que formó parte del paisaje roceño durante cerca de un siglo. Pero vayamos por partes.


Hoy en día, en plena era de las comunicaciones, poca gente ha oído hablar del que está considerado el primer sistema moderno de telecomunicaciones, la telegrafía óptica, pero desde finales del siglo XVIII y hasta mediados del  XIX, esta curiosa forma de mandar mensajes despertaría el interés de diferentes países europeos, que vieron en él un buen sistema de comunicaciones para mejorar el control de sus respectivos territorios y mantener el orden dentro de ellos.


Un precedente remoto de este sistema lo podemos encontrar en las atalayas construidas en el periodo andalusí en la Marca Media, la franja  de terreno que actuaba como frontera de los reinos cristianos y musulmanes en el centro peninsular entre los siglos IX y X. Pero aquella red de torres solo permitía enviar señales sencillas por medio de humo durante el día, y de fuego durante la noche, señales del estilo de “peligro”, o “enemigo a la vista".


Sin embargo, a partir del siglo XVIII, los avances  tecnológicos derivados de la Revolución Científica y de la lustración proporcionaron utensilios que facilitaron enormemente la visión a larga distancia, especialmente en el terreno de las lentes, que permitieron contar con anteojos y catalejos de gran precisión para la época. Todo ello posibilitó la aparición de diferentes proyectos basados en la transmisión de mensajes complejos a través de señales ópticas por medio de una red de estaciones ubicadas estratégicamente a lo largo del territorio. Aunque posiblemente sea en Inglaterra donde se encuentran las primeras referencias a la telegrafía óptica, será Francia el país que antes desarrolle y ponga en práctica un sistema de estas características. 


En 1792, la Francia revolucionaria, en guerra con media Europa e inmersa en  una convulsa situación política y social, necesita urgentemente un sistema de comunicaciones rápido y eficaz. Por este motivo, la recién proclamada Primera República apostará por el proyecto de telegrafía óptica diseñado por Claude Chappe (1763-1805). Es entonces cuando comienza a construirse la primera línea de telegrafía óptica de la historia, la cual, uniría París con la ciudad de Lille a lo largo de 230 kilómetros y 22 torres. En 1794 se realizó una  primera y exitosa prueba, a partir de la cual, comenzaría el auge de la telegrafía óptica en Francia, cuya red acabaría teniendo una extensión de casi 5.000 kilómetros. Ante la eficacia mostrada por el nuevo sistema de comunicación, otros países no tardarían en seguir el ejemplo francés: Suecia, Hungría, Inglaterra, Alemania, EEUU, etc., fueron construyendo, con mejor o peor fortuna, sus propias redes de telegrafía óptica.



Estampa en la que aparece una de las torres de telegrafía óptica diseñadas por Chappe en Francia.


Tampoco pasaría desapercibido el nuevo invento en España. Durante el reinado de Carlos IV se diseñan y experimentan diferentes modelos de telegrafía óptica. Tras varios estudios, será el ingeniero militar Agustín de Betancourt y Molina (1758-1824) quien logró desarrollar un sistema que superaba, en mucho, al que había diseñado Claude Chappe. Presentado el proyecto al monarca, en febrero de 1799 se aprobó por Real Orden la instalación de la telegrafía óptica en España. Pero los avatares políticos y económicos por los que iba a pasar el país (guerra de la Independencia incluida) impidieron que el proyecto pudiera concluirse. A este primer intento siguieron otros que, de manera parcial y fragmentada, fueron extendiendo diferentes líneas por nuestro país, pero habría que esperar hasta 1844 para que la telegrafía óptica empezara a convertirse en una realidad relativamente eficaz. En marzo de ese año, un Real Decreto ponía las bases para establecer una compleja red de telegrafía que debía de unir Madrid con todas las capitales de provincia. La entidad encargada de llevar a cabo tan ambicioso proyecto era la Dirección General de Caminos, y como uno de sus máximos responsables e ideólogos  se encontraba el coronel del Estado Mayor, José María Mathé Aragua (1800-1875), inventor del sistema telegráfico que iba a ponerse en práctica, en estrecha colaboración con Manuel Varela y Limia, brigadier del Cuerpo de Ingenieros y, en aquél momento, Director General de Caminos, Canales y Puertos.


José María Mathé Aragua.
 

En la Gaceta de Madrid núm. 3461, con fecha del 6/3/1844, podemos leer:

 
Departamento: Ministerio de la Gobernación.

Ministerio de la Gobernación de la península. Negociado nº 17.


Decidido el Gobierno de S. M. a procurar por cuantos medios están a su alcance el afianzamiento del orden público, tan necesario para que los pueblos puedan disfrutar de los beneficios de una administración paternal y previsora, ha reunido los fondos necesarios para establecer las líneas telegráficas, por cuyo medio deberán quedar todas las capitales de las provincias y puntos notables de las costas y fronteras en comunicación directa con la del reino, en el grado de perfección que las tienen otros países.


Sección de fomento.- Real orden disponiendo se adopte el aparato presentado por el coronel de estado mayor del ejército D. José María Mathé para el establecimiento de la principales líneas de telégrafos.


De todas las líneas de telegrafía óptica  proyectadas,  para el tema concreto que ahora nos ocupa, nos interesa especialmente la que debía de unir Madrid con Irún, cuya construcción fue ordenada por Real Orden de 29 de septiembre de 1844, entrando en servicio dos años después, el 2 de octubre de 1846. Esta línea se componía de 52 torres, de las cuales, las 6 primeras se ubicaban en la provincia de Madrid, siendo la tercera de ellas la que se encontraba en el municipio de Las Rozas. En la actualidad, sólo se conservan dos de estas seis torres, la que fue nº 5 de la línea, en el cerro de Monteredondo de Moralzarzal, completamente reconstruida y restaurada desde el año 2008, y la nº 4, situada en Navalapiedra, en Torrelodones, considerablemente transformada de su aspecto original tras haber sido reconvertirla en vivienda, y que actualmente se encuentra en estado de abandono.



La Ilustración (mayo de 1851)


Todas estas torres seguían un patrón arquitectónico común, que en resumen era el siguiente: planta cuadrada, con base ataluzada, tres plantas y azotea. La primera planta no contaba con ventanas, la segunda planta tenía una ventana en tres de sus lados y la tercera planta una ventana en todas sus paredes. Construidas en ladrillo macizo y mampostería, fueron diseñadas como pequeñas fortificaciones, con muros aspillerados en la primera planta, y una entrada a unos 4 de metros de altura, ubicada en la segunda planta, a la que se accedía por medio de una escalera de mano que, en caso de peligro, era retirada y guardada en el interior de la torre,  imposibilitando el acceso desde el exterior. El motivo de estas medidas defensivas era asegurar que la comunicación a través de la red telegráfica no se viese interrumpida en ningún caso, no olvidemos el convulso periodo político y social que atravesaba España en aquellos momentos, en el que los pronunciamientos, las sublevaciones y los motines estaban a la orden del día, por no hablar de  la inestable situación que generaron  las guerras carlistas a lo largo de buena parte del siglo XIX.


Modelo general de las torres diseñadas por Mathé


La concesión para la construcción de las torres se realizaba por subasta pública en el Ministerio de Gobernación. En las condiciones que se exigían para aspirar a esta concesión podemos encontrar interesantes detalles sobre las características  que debían de tener las torres de telégrafos:   

El zócalo, impostas, fajas de ángulo y arquitrabe y todas las paredes serán de sillería, sillarejo, ladrillo o mampostería, a juicio del comisionado, según lo que requiera el terreno y la posibilidad de hallar aquellos materiales, y lo mismo con respecto a las jambas de puertas y ventanas y el cornisamento. Las maderas serán de la mejor calidad. Los suelos en la primera de enladrillado, para la segunda y tercera entablados, machihembrados, clavados con clavos embutidos, y el piso bajo de sillería, ladrillo o baldosa, a juicio también del comisionado. Cielo raso en todas las habitaciones. Las puertas apanaladas según el diseño que se dará; sus cerraduras embutidas, de buenos muelles. La escalera de tabla de dos pulgadas, si fuese de pino, y de una y media si de roble, bien concluidas en todas partes. Todas las puertas, ventanas y persianas pintadas al óleo, de color gris claro, con las capas que sean necesarias para cubrir bien la madera; y en el caso de que para seguridad de los torreros convenga construir la puerta en el segundo piso, será obligación del contratista construir una escalera volante en la forma que se prevenga para la comunicación exterior hasta la puerta de entrada, en cuyo caso hará las aspilleras necesarias para la defensa.



 La torre de Navalapiedra, en Torrelodones, fue la nº 4 de la Línea de Castilla.

La torre nº 5, ubicada en Monteredondo (Moralzarzal) antes de su restauración.

Torre de Monteredondo (Moralzarzal), cuya restauración se terminó en 2008.


Según algunas fuentes, en la primera planta de estas torres se encontraba la cocina y el almacén, en la segunda el alojamiento de los telegrafistas, en la tercera el despacho y control del telégrafo, y en la azotea el observatorio y el aparato telegráfico propiamente dicho. Una escalera de caracol, situada en uno de los ángulos interiores del edificio, servía para comunicar las diferentes plantas. En cuanto a la maquinaria del telégrafo, conocido como semáforo e instalado en la azotea del torreón, básicamente, consistía en un bastidor con una serie de bandas fijas y ejes verticales, que permitían el desplazamiento de diferentes piezas móviles, cuya combinación y posición, una vez descodificadas, podían indicar señales simples o mensajes completos. No resulta sencillo intentar explicar de una manera sintetizada las características  técnicas del telégrafo y su forma de funcionamiento, por ello, recurrimos a la descripción hecha por en el periódico madrileño “La Ilustración”, publicado el 3 de mayo de 1851:

Consiste la ingeniosa máquina del señor Mathé en 8 barras de hierro, 4 de ellas de 19 pies de altura y las otras de 21, planteada verticalmente de 4 en 4 en los ángulos de dos cuadros, el uno exterior, cuyos lados son de 11 pies , y el otro interior y paralelo de 2 pies de lado. Dentro del espacio que forman las cuatro barras interiores, se mueve también en el sentido vertical por medio de un sencillo mecanismo, un cilindro hueco, o corona, llamado indicador, de tres pies de diámetro y 18 pulgadas de altura , cuyas diversas posiciones con relación a tres fajas que se proyectan horizontalmente sobre las narras exteriores y cubren sus espacios intermedios, dividiendo en tres claros o secciones iguales la altura de la máquina, suministran cuantos signos pueden ser necesarios para la transmisión de toda clase de comunicaciones oficiales y de servicio interior de la línea.


Reconstrucción de la maquinaria del telégrafo de Monteredondo (Moralzarzal).


Cada una de estas torres contaba con una dotación de tres o cuatro operarios, denominados torreros, que hacían vida en el edificio y cuyo cometido consistía en permanecer atentos de los posibles mensajes que pudieran transmitir las torres anterior y posterior de la red, además de cuidar de la maquinaria del telégrafo y defender el edificio en caso de peligro. Estos operarios, procedentes mayoritariamente del ejército, realizaban una formación específica en una Escuela General que, al parecer, se estableció en la torre ubicada en Torrelodones, aunque también se realizaban prácticas y entrenamientos en las de Aravaca y Las Rozas.

Los mensajes, que podían tardar 6 horas en recorrer la línea que unía Madrid con la frontera francesa, se enviaban cifrados y solo el denominado Comandante de Línea tenía autorización y posibilidad de descifrarlos, ya que era el único que disponía del libro de códigos con las claves que permitían descodificar los mensajes. La línea Madrid-Irún, que recibió el nombre de Línea de Castilla, inicialmente contó con Comandancias en Madrid, Valladolid, Burgos, Vitoria y Tolosa. 


 
Libro de instrucción para los torreros firmado por Mathé
Libro de claves empleado en la telegrafía óptica.


En líneas generales, los servicios prestados por este sistema de comunicación no fueron del todo malos, pero su historia iba a ser corta. La telegrafía óptica estaba condenada desde sus inicios a durar poco tiempo. De hecho, a la par que se iban construyendo las diferentes líneas de este sistema en nuestro país, hacía ya algún tiempo que una nueva tecnología, la telegrafía eléctrica, se iba implantando por Europa y EEUU. El propio Mathé era consciente de esto, y tras recibir el encargo por parte del Gobierno de viajar al extranjero para realizar un informe sobre la telegrafía electro-magnética que se estaba implantando en diferentes países europeos, tuvo que reconocer la evidencia de la superioridad que suponía el nuevo sistema, que no tardaría, también bajo la tutela y dirección de Mathe, en ir implantándose en nuestro país.

En 1854, justo diez años después de que se publicase la Real Orden con la que se iniciaba la implantación de la telegrafía óptica en España, quedaba concluida la línea de telegrafía eléctrica que comunicaba Madrid con Irún. Un año después, en 1855, dejaba definitivamente de funcionar la línea equivalente de telegrafía óptica. Sus torres quedaban así sin utilidad y fueron abandonadas. A partir de ese momento, cada una de ellas corrió diferentes suertes. Algunas fueron reutilizadas, modificándose su aspecto en función de los nuevos usos, pero la mayoría fueron poco a poco deteriorándose hasta convertirse en ruinas.

En lo que respecta a la torre del telégrafo de Las Rozas, decir que fue una de las primeras en ser construidas y que debió de tener unas características similares a las descritas anteriormente. Numerada como la torre nº 3 de la 1ª Sección de la Línea Madrid-Irún, mantenía contacto visual con la torre nº 2, la de Aravaca (ubicada en el vértice Barrial), y con la nº 4, en Navalapiedra (Torrelodones).


 El periódico "La Esperanza", se hacía eco de la construcción del primer tramo de la línea de Castilla (20-9-1845)


En cuanto a su ubicación, sorprende comprobar que ninguno de los diferentes trabajos que he tenido ocasión de consultar  sobre este tema, acierta al señalar el lugar exacto que ocupó esta torre, equivocándose, incluso, los que aportan una geoposición con coordenadas. Posiblemente, esta dificultad para ubicar con precisión el lugar que ocupó la torre telegráfica de Las Rozas se deba a varios factores: por un lado, el largo tiempo transcurrido desde su completa desaparición; por otro, los numerosos cambios y transformaciones que ha experimentado el paisaje roceño, debido fundamentalmente a la intensa actividad urbanística y de infraestructuras realizada en las últimas décadas. También puede deberse a la confusión que, en los mapas antiguos, causa el largo topónimo de “Telégrafo de Las Rozas”, ya que ese nombre ocupa un gran espacio en las cartografías impresas.

Para ubicar exactamente el lugar que ocupó el telégrafo de Las Rozas hay que tener en cuenta que, durante bastante tiempo, ese mismo lugar constituyó el vértice geodésico Telégrafo. También, que por fuerza debía de estar ubicado en un punto desde el que fuera posible visualizar la torre anterior de la línea (ubicada en vértice El Barrial), y la posterior (situada en Torrelodones). Atendiendo a estos dos factores, con la ayuda de algunos mapas antiguos (especialmente de los años 30 del siglo XX), y visitando los posibles lugares en los que pudo haber estado el telégrafo, puede comprobarse que la torre de las Rozas se encontraba en la zona que antiguamente recibía el nombre de Alto de las Cabañas, en el cruce del antiguo inicio de la carretera de El Escorial (actual M-505 ), con el camino que unía Las Rozas y Majadahonda (actual M-515).



Ubicación en mapas de los años 30 del lugar que ocupó la torre del telégrafo de Las Rozas.


Hoy en día, el tráfico en esta zona está regulado por una rotonda, en cuyas proximidades se encuentra un centro de mantenimiento de carreteras, un puesto de la Cruz Roja, la entrada al BUS VAO, el colegio Cristo Rey, algún restaurante y urbanizaciones como La Quinta del Sol o El Henar. Pues bien, el lugar exacto que ocupó la torre del telégrafo de Las Rozas corresponde al que hoy día ocupan los jardines de la urbanización El Henar que lindan con la carretera de El Escorial. 


Circulado en amarillo, sobre foto aérea actual, el lugar que ocupó la torre del telégrafo de Las Rozas.


Teniendo en cuenta las características de este edificio y el hecho de que se encontrarse en un estratégico nudo de carreteras y con un privilegiado control visual del entorno, no resulta extraño pensar que en los combates llevados a cabo en los primeros días de enero de 1937 (última fase de la batalla de la carretera de La Coruña) debería de haber jugado un papel importante como posición defensiva republicana desde la que intentar frenar el avance franquista. Pero, hasta la fecha, no he encontrado ninguna referencia precisa al respecto, y todas las fuentes señalan al también desaparecido Bar Anita, ubicado entre las carreteras de La Coruña y de El Escorial y, por tanto, muy próximo a la torre telegráfica, como el último lugar desde el que las unidades republicanas resistieron la embestida franquista antes de que las tropas de Barrón ocupasen el cruce de carreteras y alcanzasen la carretera de La Coruña el día 3 de enero (ver artículo de este blog “UN CRUCE PELIGROSO”).

Sin embargo, sí  disponemos de un testimonio de primera mano sobre los episodios vividos en el telégrafo de Las Rozas durante la contraofensiva republicana iniciada el 11 de enero de 1937, momento en el que la torre se encontraba ocupada ya por las tropas de Franco. El testimonio al que nos referimos proviene de Aleksandr Ilich Rodimtsev (1905-1977), emblemático militar soviético que alcanzó el grado de coronel general durante la II Guerra Mundial. Rodimtsev había llegado a España el 21 de octubre de 1936. Conocido con el seudónimo de Pablito, se convirtió en uno de los asesores soviéticos de Enrique Líster, teniendo una destacada actuación durante la batalla de Guadalajara (marzo de 1937), por la que ganaría su primera Estrella de Héroe de la URSS. Permaneció en nuestro país hasta el 27 de agosto de 1937. Durante la II Guerra Mundial participó en grandes batalla, como Stalingrado, Kursk o Berlín, obteniendo una segunda Estrella de Héroe de la URSS.


Aleksandr Ilich Rodimtsev en Stalingrado (1942)

Rodimtsev luciendo sus medallas y condecoraciones (años 70).


En 1981, la editorial Progreso de Moscú publicó el libro “Bajo el cielo de España”, en el que Rodimtsev recogía sus experiencias en la guerra civil española. Es precisamente en este libro donde se recoge un episodio bélico que transcurre en el telégrafo de Las Rozas. Como señalaba más arriba, la acción se inició el 11 de enero de 1937. El esfuerzo principal de esta operación lo debían de llevar a cabo la XIV y la XII brigadas internacionales, que en dirección oeste-este tenían la misión de ocupar los pueblos de Las Rozas y Majadahonda (ver anteriores artículos de este blog: “JORNADAS DE CONTRAOFENSIVA” o “CONTRAATAQUE EN LA NIEBLA”). Para apoyar a estas unidades, otras fuerzas debían de atacar desde El Pardo, entre ellas, la 1ª Brigada al mando de Enrique Líster. Rodimtsev formaba parte de esta brigada, por lo que pudo vivir aquellos episodios bélicos en primera persona. De su relato, recogemos aquí parte de lo referido al Telégrafo de Las Rozas.

El ataque principal desde el sector de Galapagar debería realizarlo una agrupación integrada por las brigadas internacionales 12 y 14, con una brigada de tanques y cinco baterías. En la contraofensiva participaban cerca de 9.000 hombres, 50 tanques y 22 cañones.

El ataque secundario lo efectuaban, desde El Pardo, sobre Las Rozas, tres brigadas. La 3 y la 21 atacaban en primera línea y la nuestra, la 1, en segunda línea. Enrique Líster decidió introducir a sus tropas en el combate en la segunda mitad del día 11 de enero, en cuanto se rompieron las líneas de defensa del enemigo. Nosotros debíamos atacar por el enlace entre las dos brigadas, entre las poblaciones de Las Rozas y Majadahonda. La clave de la defensa del adversario en esta dirección se consideraba ser el edificio del Telégrafo situado sobre un promontorio. El enemigo había habilitado sus cuatro plantas para una defensa circular. Su fuerte guarnición se había preparado para una larga contienda. Y no obstante el fuerte punto de apoyo que se alzaba ante nosotros, la dirección de la ofensiva había sido elegida con acierto. Pues en caso de tomar el Telégrafo, se podría ocupar con facilidad las dos localidades.



Enrique Líster (con gorra de plato) y Rodimtsev (con boina), durante la guerra civil española.


(…) Al día siguiente, en cuanto los primeros rayos de sol se clavaron cual puñales en el frío cielo, las unidades de vanguardia de la brigada atacaron sobre la marcha el edificio del Telégrafo. Al mismo tiempo, del lado de Galapagar, las brigadas internacionales 12 y 14, en estrecha coordinación con los tanques y el apoyo de la artillería y la aviación, pasaron al ataque sobre Las Rozas y Majadahonda.

Un batallón de tanques se adelantó impetuoso, irrumpió en el poblado, y entabló combate por el Telégrafo. A las 9 horas de la mañana recibimos ya un informe del jefe de uno de nuestros batallones. “El Telégrafo lo hemos tomado con mucho armamento, hemos hecho prisioneros. Envíen gente y munición”.

Tras recibir esta noticia, Líster decide trasladarse al edificio tomado para conocer más de cerca la situación. Acompañado de Rodimtsev, llegará a la torre telegráfica tras un accidentado y peligroso trayecto:

De algún modo, unas veces a rastras, otras dando carrerillas, llegamos al edificio del Telégrafo. Buscamos al comandante del batallón. Todavía se hallaba bajo los efectos de la victoria y se preocupaba poco de la defensa que le esperaba. No se había organizado el sistema de fuego, los soldados se hallaban sentados formando  grupos por las diferentes estancias del edificio: unos abrían botes de conservas y se disponían a echar un bocado, otros contaban alegres chistes y aun había quienes dormían acomodándose contrala pared.

Con la llegada de Líster y Rodimtsev comienza a organizarse seriamente la defensa del edificio:

El segundo batallón empezó a disponer la defensa. Yo subí a la cuarta planta del Telégrafo y me puse a emplazar un fusil ametrallador en una de las ventanas. Desde la altura se veía como delante, a unos seiscientos metros, el enemigo acercaba en camiones sus reservas.

Según lo narrado por el militar soviético, cabe pensar que el telégrafo de Las Rozas, antes de la guerra civil, había sido reutilizado con otros fines, posiblemente, reconvertido en vivienda tal y como había sucedido con la cercana torre de Navalapiedra, en Torrelodones. Eso explicaría que contase con una puerta en la planta baja del edificio. También llama la atención que Rodimtsev hable de cuatro plantas, en vez de las tres con las que aparentemente contaban las torres de la 1ª Sección de la línea telegráfica Madrid-Irún. Teniendo en cuenta que Rodimtsev escribió su libro muchos años después de lo sucedido, es muy probable que esto se deba a un fallo de memoria, pero también podría ser que el aspecto original de la torre de Las Rozas se hubiera modificado en posteriores reformas, convirtiendo su primitiva azotea en una nueva planta. Pero sigamos con lo narrado en el libro “Bajo el cielo de España”:

En los cuatro pisos del Telégrafo, los soldados emplazaban ametralladoras, entraron en juego los picos, las palas y las barras de hierro. Todos se esforzaban por asegurar la defensa, por que fuese sólida e invulnerable. No lejos del edificio, los zapadores prepararon un puesto de observación para el jefe del batallón. También nosotros nos trasladamos allí. Pronto debería comenzar el ataque.

Efectivamente, el ataque sobre el telégrafo de Las Rozas no tardó mucho tiempo en iniciarse. Sus defensores, primero tuvieron que aguantar un duro castigo de la aviación y la artillería enemigas:

(…) aparecieron en el cielo seis aviones de bombardeo. Se dirigían hacia el Telégrafo. Casi encima de nuestras cabezas uno de los aviones se inclinó sobre el ala izquierda, viró, y de su negra panza se desprendieron tres bombas de 100 kg. Estallaron a unos metros de las trincheras de primera línea. Tras éste, los otros aparatos empezaron a lanzar su carga. Las bombas caían a la izquierda,  a la derecha y detrás del Telégrafo. Pero la onda de una de las explosiones aplastó contra el suelo a cuantos nos hallábamos en el puesto de observación. Contra el parapeto golpearon sorda y desagradablemente los terrones de seca tierra, zumbaron los oídos y en la boca quedó un raro regusto amargo y seco. A través del estruendo y el polvo se oyeron los ayes y los gritos de los heridos. El enemigo no cejaba. Tras el primer grupo de aviones siguió un segundo. Después de los aviones, entraron en danza los artilleros. Abrieron un fuego rabioso con ocho baterías. Por fortuna, los muros del viejo edificio resultaron ser lo suficientemente sólidos y la guarnición pudo guarecerse bien del fuego y disponerse para el inminente ataque.

Finalizada la preparación artillera, la infantería enemiga, apoyada por carros de combate, inició el asalto a la torre telegráfica avanzando en torno a la carretera que conducía a Majadahonda:

Por fin, la sangrienta obertura de los fascistas terminó, y vimos cómo de su escondrijo asomaban los tanques. Avanzaron a pequeña velocidad, como habituándose a las desigualdades del terreno. Tras los carros, con los fusiles terciados al brazo, en tres filas, derechos con toda su talla, marchaban los pelotones del adversario (…) Antes de llegar a unos 500 m. del edificio, los tanques abrieron fuego y aceleraron su marcha. La infantería empezó a disparar a bulto.

Aguantar en aquél saco de piedra era superior a toda fuerza humana. A causa del humo, el hollín y la chamusquina, de las explosiones continúas, zumbaba en la cabeza y lagrimeaban los ojos.

Los republicanos aguantaron el duro castigo al que estaban siendo sometidos, dejando acercarse a su enemigo hasta tenerlo a tiro seguro:

Los primeros que rompieron el silencio fueron nuestro tanquistas. Empezaron a disparar casi a bocajarro a los blindados del enemigo, a segar con el fuego de las ametralladoras a la infantería. Entraron en combate las armas automáticas. Los moros se agitaron y empezaron a caer al suelo. Lenta y pesadamente se fueron retirando los carros enemigos. Pero no pudieron escapar. Los artilleros de Kolia Gúriev, que hasta aquel momento habían callado, les cortaron el camino.

Los moros caídos en la trampa se lanzaron hacia el edificio del Telégrafo. Rabiosos, fanáticos, siguieron adelante  (…) pude ver que muchos de ellos corrían ya hacia la entrada principal. En esa misma dirección se abrieron paso también dos tanques. Los republicanos hacían salidas desde el edificio y disparaban a quemarropa a los moros, pero una parte de éstos, no obstante, penetró en el edificio. 

La situación se agravaba, se cortó la comunicación del jefe del batallón, que se hallaba en el puesto de observación, con la compañía que defendía el Telégrafo. Tampoco había noticias del jefe de la brigada. Dos intentos de mandar enlaces fracasaron. No pudieron pasar (…) Mario, el intérprete, tiró de mi manga y señaló a la planta baja del Telégrafo. Desde allí disparaba hacia nosotros una ametralladora enemiga. Era evidente que en las plantas bajas se habían hecho fuertes los moros, en los pisos de arriba se hallaban los nuestros. Se hacía más y más difícil resistir.


 Rodimtsev (con boina, a la izquierda de la fotografía) y su interprete Mario (a la derecha).


(…) El combate no cedía. Al otro lado del edificio cundió la lucha entre los tanquistas nuestros y los del enemigo. De pronto, sobre la trinchera estalló el grito tradicional de los republicanos: “¡Viva, camaradas! ¡Los nuestros atacan!” Los combatientes de las unidades de segunda línea se abrían paso entre el fuego en ayuda nuestra (…) La mayor parte de los moros que se habían infiltrado fueron liquidados, el resto alzaron los brazos. El Telégrafo quedó de nuevo totalmente en poder de los republicanos.

La victoria resultó cara. El edificio de Telégrafo, en unas horas, había quedado reducido a escombros. Quedaba en pie solo la caja que mostraba los negros y tiznados huecos de las ventanas. En derredor quedaban las huellas del cruento combate cuerpo a cuerpo. Aquí y allá yacían a los pies los cortos cuchillos ensangrentados (…) Allí todavía ardían seis tanques adversarios. Todo estaba sembrado de cadáveres de los moros (…) Los sediciosos habían logrado incendiar dos tanques republicanos. Una de las tripulaciones se salvó, la otra había sucumbido (…) Al día siguiente se volvió a trabar el encarnizado combate por el edificio del Telégrafo. Pero, pese a sus esfuerzos, los franquistas no pudieron recuperar sus posiciones. Los combatientes de la 1ª Brigada de Enrique Líster rechazaron todos los ataques del adversario.

A pesar de la tenaz resistencia descrita por Rodimtsev en el Telégrafo de Las Rozas, los republicanos tuvieron finalmente que abandonar sus posiciones y replegarse a sus bases de partida tras jornadas de duro combates, y las ruinas de la torre quedaron en poder de las tropas de Franco hasta el final de la guerra. 

Tras los combates de enero de 1937, el frente quedó estabilizado en el sector Las Rozas –Majadahonda. Cada ejército procedió a fortificar sus respectivas zonas, iniciándose así una guerra de trincheras. La posición Telégrafo de Las Rozas quedó inicialmente integrada en la línea de sostenes del dispositivo franquista. En diciembre de 1938, unidades de la 20 División guarnecían el Alto de las Cabañas, situándose en torno a las ruinas de la vieja torre telegráfica un total de 10 Islotes de Resistencia.


Fotografía aérea en la que se aprecian las ruinas del telégrafo y el sistema defensivo establecido en su entorno. Segunda mitad de 1938 (Servicio Histórico del Ejército del Aire).


La fotografía que aquí se muestra, procedente del Archivo Histórico del Ejército del Aire,  es la única imagen que he sido capaz de localizar hasta la fecha en la que aparece el telégrafo de Las Rozas  Corresponde a la cartografía realizada en 1938 mediante fotografía aérea. En ella se aprecian las ruinas de la torre telegráfica y, puede comprobarse que, tal y como nos describía Rodimtsev en sus memorias, tras los combates de enero de 1937 sólo quedó la caja del edificio, habiéndose desmoronado su cubierta y pisos interiores. Aunque la fotografía aérea no permite identificar demasiados detalles, tanto el edificio que aparece en ella, como la sombra que éste  proyecta, permiten apreciar que la torre tuvo planta cuadrada, contó al menos con tres pisos y en sus muros se abrían ventanas. Es decir, que respondía a las características básicas de las torres diseñadas por Mathé.

Esta fotografía también permite confirmar la ubicación que tuvo la torre, que, como señalaba más arriba, se encontraba junto a la intersección de la carretera de El Escorial con la carretera que unía Las Rozas y Majadahonda, y, más concretamente, en el espacio que hoy en día ocupan los jardines de la urbanización El Henar.

Por lo demás, esta imagen nos muestra el sistema defensivo que protegía este estratégico nudo de carreteras, apreciándose claramente un completo entramado de trincheras y diferentes trabajos de fortificación realizados por los zapadores de la 20 División.

Tras la guerra civil, los restos de la torre telegráfica de Las Rozas fueron completamente derribados. Sus escombros permanecieron algún tiempo en el mismo lugar en el que había sido levantado, hasta que la finca que ocupaba fue adquirida por un particular. En fotografía aérea de 1946 ya no aparece rastro de la torre. Unos años después de la guerra se construiría una residencia unifamiliar en ese mismo lugar, la cual, se mantendría hasta mediados de los años 70, en que se iniciaron los trabajos de construcción de la urbanización El Henar.

El topónimo Telégrafo de Las Rozas sobrevivió durante algún tiempo al edificio, pudiéndolo encontrar en algunos mapas, al menos, hasta finales de la década de los 60, pero finalmente acabó desapareciendo sin que en la actualidad quede la más mínima referencia de ese nombre. 


 Mapa de 1944 (IGN)
 Mapa de 1966 (IGN)
 Mapa actual (IGN)


La transformación urbanística experimentada en la zona ha sido tan intensa, que hoy en día cuesta hacerse  una idea del aspecto que pudo tener cuando en este lugar se erguía la torre de telegráfía óptica. Tampoco es fácil imaginar los terribles combates que se entablaron en enero de 1937 por el control de la torre, combates en los que, como hemos visto, se llegó al cuerpo a cuerpo y a una lucha desesperada por defender el edificio planta a planta.


Todo aquello desapareció hace ya mucho tiempo, pasando a formar parte de un pasado prácticamente olvidado  que, actualmente, ha  sido sustituido por los atascos en hora punta, la vida tranquila en las urbanizaciones y el devenir cotidiano de los vecinos de la zona. 

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

miércoles, 24 de septiembre de 2014

145) REPORTAJE: "LOS FORTINES DE LAS ROZAS. UNA CLASE DE HISTORIA SOBRE EL TERRENO"

http://www.ciudadvirtual.tv/v/fortines-bunker-casamata-guerra-civil_Eiq6kT



Reportaje realizado en el verano de 2014, por Ciudad Virtual TV, sobre las fortificaciones de la Guerra Civil en el municipio de Las Rozas de Madrid.

Este reportaje ha contado con la colaboración y las explicaciones de Javier M. Calvo Martínez (Blog “FRENTE DE BATALLA”).

martes, 12 de agosto de 2014

144) POSICIÓN AVANZADA




Hoy traemos a este blog una película española poco conocida. Una película sobre la guerra civil ambientada en una realidad bélica apenas tratada en la filmografía de nuestro país: la guerra de trincheras.

El título del film es “Posición avanzada”, producida por Destello Films C.C., con dirección de Pedro Lazaga, guión de Ángel del Castillo, música de Antón García Abril y fotografía de Cecilio Paniagua (B&W). En el reparto, los actores Manuel Zarzo, Antonio Ferrandis, Manuel Manzaneque, Enrique Ávila, Ángela Bravo, Tomás Blanco, Manuel Tejada, Luis Marín, Fernando Sánchez Polack.

La película es de 1965, por lo que no es necesario señalar que no se trata de una visión imparcial y neutra de nuestra guerra, sino que, irremediablemente, el argumento de la misma tiene una evidente carga ideológica y propagandística, una lectura de la historia partidista y al servicio de los postulados de la dictadura franquista. Es cierto que en esta película encontramos elementos que podrían interpretarse como reconciliadores entre los dos bandos que se enfrentaron en la guerra, pero no son más que pequeñas concesiones del régimen  que habría que contextualizar con el momento en el que fue rodado el film. El drama entre españoles que significó la guerra civil española se presenta con ciertos tientes tragicómicos, que tratan de suavizar la cruda realidad histórica que supuso la lucha fratricida desencadenada por la sublevación militar de julio de 1936. Para reforzar este enfoque apaciguador y conciliador, se hace uso del elemento extranjero, ya que serán las Brigadas Internacionales, recién llegadas al frente, las que rompan el equilibrio desencadenando un trágico desenlace. También se presenta la figura del comisario político como elemento que perturba y dificulta el entendimiento entre los combatientes de uno y otro ejército.

Prefiero no seguir realizando juicios de valor sobre el mensaje que transpira el argumento de la película, que cada cual saque sus propias conclusiones. Únicamente, señalar también cierto enfoque pacifista que parece sugerir esta película, al menos, si la comparamos con otros largometrajes bélicos realizados durante el franquismo, en los que la guerra, el ejército, la patria, el heroísmo, etc., aparecen como argumentos de primer orden.

En cualquier caso, no traemos esta película al blog por ninguno de los motivos anteriormente tratados, sino por el contexto de guerra de trincheras en el que se desarrolla su hilo argumental, y por considerarla una curiosidad cinematográfica en la que podemos encontrar interesantes apuntes y detalles de lo que fue la vida en los frentes estables y en la guerra de posiciones que estos generaron durante la guerra civil española, una realidad bélica en la que se vieron inmersos decenas de miles de españoles durante la contienda y que, no obstante, hasta la fecha, ha sido poco estudiada.

Como curiosidad, señalar que la película “Posición avanzada” siempre ha sido considerada como el film que inspiró al director Luís García Berlanga para realizar su largometraje “La vaquilla” (1985), y, ciertamente, no es difícil identificar coincidencias y similitudes entre uno y otro film.

Para los exteriores y localizaciones se eligieron lugares de Madrid, tales como la Presa del río Sequillo (inmediaciones de Buitrago), río Jarama o Mejorada del Campo.

Los lectores habituales de este blog podrán encontrar también un pequeño “guiño” en esta película, ya que uno de los personajes que aparece en la misma es un desertor de la 111ª Brigada Mixta pasado al enemigo, es decir, la brigada del Ejército Popular de la República que guarnecía el sector de Las Rozas durante la etapa final de la guerra civil.


 
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

domingo, 13 de julio de 2014

143) HALLAZGO DOMINICAL



La Guerra Civil Española dejó impregnados los paisajes del noroeste y oeste madrileño con su huella. A pesar de las más de siete décadas transcurridas desde el final de la contienda, aún es posible toparse con evidencias y vestigios de aquellos tiempos bélicos. Desde fortines y trincheras, a pequeños restos bélicos que aparecen  aquí y allá, desapercibidos para la mayoría de las personas, muchas veces ajenas a los episodios que tuvieron lugar en los mismos lugares por los que hoy pasean o transitan, pero que no pasan inadvertidos para aquellos que recorremos los olvidados campos de batalla y las  viejas líneas de frente atentos a los diferentes elementos que conforman el paisaje y observándolos con otra mirada.


En el transcurso de un paseo dominical, por los alrededores de Villanueva del Pardillo, pueblo que fue duramente castigado por los combates que tuvieron lugar en julio de 1937, durante la batalla de Brunete, me topé con un proyectil de artillería sin explosionar de 75 mm, seguramente, desenterrado por las palas de un tractor al arar la tierra.


El artefacto no era muy grande, tendría unos 30 cm de largo, pero conservaba intacta su espoleta y, por tanto, todo su potencial destructivo. En un proyectil de estas características, los efectos de su explosión pueden alcanzar un radio aproximado de unos 50 metros. 


Proyectil artillero de 75 mm.


Tomando las precauciones básicas, me limité a fotografiar el oxidado artefacto y llamar por teléfono al 112 para dar notificación del hallazgo. A partir de aquí, los acontecimientos se desarrollaron de la siguiente manera: llegada de la policía Local de Villanueva del Pardillo, un poco después, llegada de la Guardia Civil, que son quienes tienen competencia para retirar este tipo de artefactos. Posteriormente, aparición de una patrulla de bomberos, como medida de prevención por si fuera necesaria su presencia y, finalmente, los especialistas en desactivación de la Guardia Civil, quienes valoran el peligro del artefacto, procediendo rápidamente a su recogida y traslado a una cantera próxima para su detonación.



 Guardia Civil, Policía Municipal y bomberos desplazados al lugar del hallazgo.


Este ha sido el final de un proyectil lanzado hace más de setenta años que, por algún motivo, seguramente un fallo técnico, no llegó a explosionar, siendo destruido de manera controlada en un lugar seguro. Este tipo de hallazgos son más frecuente de lo que podría pensarse y en las conversaciones que he podido mantener con los agentes desplazados al lugar, solo en los últimos meses han aparecido varios artefactos más en la zona, entre los que destacan un proyectil artillero de 12 kg en las obras de ampliación y desdoblamiento de la M-509, y tres bombas de mano en los desmontes que se vienen realizando desde hace bastante tiempo en la entrada de Villanueva del Pardillo.



 En canteras abandonadas como esta, ubicada en las cercanías de Villanueva del Pardillo, suelen ser detonados los artefactos por la guerra civil.


Como indicaba al inicio de esta entrada, la guerra civil sigue teniendo su presencia en la zona noroeste y oeste de Madrid. 

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

viernes, 13 de junio de 2014

141) SOLDADITOS



Entre los días 1 y 9 de agosto de 1907, el entonces coronel del ejército británico, Robert Baden-Powell, organizó en la isla de Brownsea (costa sur de Inglaterra) un campamento con 24 muchachos pertenecientes a diferentes clases sociales. Con esta experiencia, Baden-Powell quería poner en práctica un modelo educativo encaminado a formar ciudadanos responsables y autosuficientes a través del contacto con la naturaleza, el compañerismo y el compromiso, todo ello, dentro de unos estrictos  postulados patrióticos y religiosos.


Un año después, en 1908, Baden-Powell publicaba el libro “Escultismo para muchachos”, traducido en pocos meses a diferentes idiomas y que se convirtió en el iniciador de un amplio movimiento internacional de carácter juvenil, cuyo máximo y más conocido exponente fue, y sigue siendo, la organización Boys-Scouts.


 Boys-Scouts ingleses (1912)


El Diccionario de la Real Academia Española define el escultismo como: “Movimiento de juventud que pretende la educación integral del individuo por medio de la autoformación y el contacto con la naturaleza”. Actualmente, el fin principal que dice perseguir el escultismo es “contribuir al desarrollo integral de los niños, niñas y jóvenes ayudándoles a realizar plenamente sus posibilidades físicas, sociales, emocionales, intelectuales y espirituales como personas y ciudadanos responsables, miembros activos de su comunidad y partícipes de la misma.”


Las doctrinas escultistas no tardaron mucho tiempo en llegar también a España, siendo sus principales promotores en nuestro país el capitán de caballería Teodoro Iradier y Herrero y el escritor Arturo Cuyás. En 1912 fueron aprobados los primeros estatutos y reglamentos de la “Institución de los Exploradores de España”. El 2º Artículo de estos estatutos declaraba expresamente: “Esta Asociación tendrá por objeto estimular y fomentar la creación de Agrupaciones de boys-scouts españoles, con el objeto de desarrollar en la juventud el amor a Dios y a la Patria, el respeto al jefe del Estado y a las leyes de la nación, el culto al honor, la iniciativa, el sentimiento del deber y de la responsabilidad, la disciplina, la solidaridad, el vigor y las energías físicas.” Con estos principios, no resulta extraño que la “Institución de los Exploradores de España” contase desde sus orígenes con el respaldo y la protección del mismísimo rey, Alfonso XIII.


 El capitán de caballería Teodoro Iradier en un acto de los Exploradores de España (1913)

Alfonso XIII presencia un simulacro de cura realizado por los Exploradores de España (1913)

 Exploradores de España, Granada (1916)


Los Exploradores de España fueron, sin duda, la organización más importante y numerosa de cuantas se desarrollaron en nuestro país bajo los postulados del escultismo, pero no fue la única. Siguiendo el mismo ejemplo, y enlazando con experiencias parecidas que venían dándose en España desde finales del siglo XIX, fueron surgiendo diferentes grupos infantiles y juveniles de carácter patriótico, vinculados, la mayoría de las veces, a colegios y escuelas católicas e instituciones benéficas, tales como asilos, orfanatos y casas de caridad. Como animadores y organizadores de estas agrupaciones solían encontrarse militares, maestros y sacerdotes, que contaban con el apoyo y el respaldo económico de importantes sectores de las clases pudientes, desde adinerados personajes de las clases medias, a miembros de la aristocracia. La prensa de la época se hizo eco de este tipo de iniciativas, y las presentaba como modelos para crear una juventud sana, patriótica y útil al desarrollo de la nación. He aquí algunos ejemplos de lo que podía leerse sobre los grupos escultistas en los periódicos de aquellos días:


 “…resolver los problemas más fundamentales que respecto a nuestras juventudes pueden plantearse, en cuanto a educación física, moral, patriótica y práctica, preparando generaciones de hombres en condiciones de llevar a la vida de nuestra nación energías y actividades totalmente desconocidas y capaces de transformarla satisfactoriamente.” (Por Esos Mundos, abril de 1913).


“Sumamente laudable el fin de esta nueva institución, que ha de tener grande influencia, no solo en la salud física de la juventud, sino en la salud moral de España, que necesita respirar a pleno pulmón los aires puros del patriotismo y de la disciplina.” (Revista general de enseñanza y bellas artes, abril de 1913).


“El gran éxito de los boys-scouts en los países latinos nos sirve de enseñanza, haciéndonos ver que es quizá algo aventurada la afirmación de la superioridad de la raza anglo-sajona. Nuestra raza, en las mismas condiciones de desenvolvimiento y educación que la raza germánica puede llegar hasta donde ella ha llegado y hasta donde aún pueda llegar. Si en los momentos actuales es cierta la inferioridad latina, puede dejar de serlo algún día, si en las generaciones nuevas se entierra la semilla adecuada.” (España Médica, febrero de 1913)


 Batallón Infantil Colegio Reina Victoria de Sevilla (1912)
  
 Batallón Infantil, Jaén (1916)


Tampoco faltaron en la prensa de entonces las opiniones contrarias a este tipo de educación, mayoritariamente centradas en criticar los aspectos excesivamente militares que tenían estas organizaciones juveniles:


“Los batallones infantiles, creados a la sombra de un patriotismo sincero, no responden, no pueden responder al fin para que se organizan y educan. Paradójicamente, son contraproducentes. El ejército, como la religión, no admite parodias, aunque sea muy otra la intención que guie a los educadores de niños. Parodia y bufa es vestir a chicuelos con el marcial uniforme de soldado, poner en sus inhábiles manecitas un arma de juguete, enseñarles a ejecutar, no la gimnasia vivificadora que fortifica el músculo, sino la sincronía en movimientos inútiles para los muchachos, figuras de un carrusel pedestre, de vistosidad teatral. Yo he visto a esos niños con galones de hipotética subalternería o con sable de figurado oficial, ejercitar el mando despótico sobre sus camaradas, reprenderlos por torpeza en su movimiento. ¿Dónde está la utilidad de esta falsa enseñanza del mando? A más de ridículo, es peligroso para sus tan tiernas inteligencias lo que en las despiertas de hombres con práctica de vida constituye problema no siempre soluble.” (Mundo Gráfico, enero de 1913)


“Aunque expresamente se declara en su reglamento que no tiene  carácter militar, quizás por el gran número de militares que hay en su elemento director, nos ha parecido demasiado militarizada y netamente militares casi todas sus prácticas. Además, y no sabemos si por consecuencia lógica de lo afirmado antes, se nos ha presentado con un ligero tinte de relumbrón, el gran número de vivas, el sinnúmero de banderas desplegadas al viento, la formación por las mismas calles de Madrid, etc., son cosas que cuanto menos se prodigaran mejor efecto producirán.” (España Médica, febrero de 1913)


 Batallón Infantil de los Salesianos, Santander (1914)

 Batallón Infantil del Colegio de San Bernardino, Madrid (1913)


Otras críticas se centraron en el hecho de que estas prácticas educativas excluyeran a las niñas, aspecto que se intentó corregir en parte, creando agrupaciones infantiles femeninas, en las que, además de alentar los sentimientos patrióticos y la moralidad cristiana, se enseñaban actividades consideradas acordes con la condición femenina.  Por supuesto, en ningún momento se planteó la posibilidad de constituir agrupaciones infantiles mixtas, algo que, en aquellos tiempos, solo se atrevían a proponer y poner en práctica las corrientes pedagógicas más transgresoras, como era el caso de los ateneos libertarios o de las escuelas racionalistas basadas en los postulados de Francisco Ferrer i Guardia y su Escuela Moderna.


Aunque pueda sorprender, tampoco faltaron las críticas de ciertos sectores que consideraban que la religiosidad, el patriotismo y los valores que se ofrecía a los niños en estas instituciones, no eran lo suficientemente intensos, reclamando mayor firmeza por parte de los instructores y quejándose de aspectos tales como la posibilidad de que las excursiones dominicales imposibilitasen que los niños pudieran ir a misa en el día del Señor, que en algunos grupos se mezclasen niños de diferentes clases sociales, o que detrás de todo esta pedagogía pudiera existir algún tipo de doble intención camuflada (masonería, influencia de corrientes de pensamiento extranjeras, etc.).


 Batallón Infantil del Colegio de Santa Ana de Huesca (1914)

Batallón Infantil, Melilla (1913)


Sea como fuere, lo cierto es que los grupos basados en los principios escultistas, aunque a un nivel muy inferior al que experimentaron en otros países como Inglaterra, Estados Unidos o Alemania, tuvieron cierto éxito en las primeras décadas del siglo XX en nuestro país. Un buen ejemplo de todo ello lo constituye la enorme cantidad de batallones infantiles que fueron surgiendo por todo el territorio nacional en aquellos años. Sin ir más lejos, hace ya algún tiempo encontré referencias a la actividad de este tipo grupos en el noroeste de Madrid. Por ejemplo, en el municipio de  Las Rozas, en la población de Las Matas, donde, en el verano de 1912, el Batallón Infantil del Asilo de Santa Cristina realizó prácticas de campaña en la finca de Maximiliano Spiegelberg.


En aquella época, la población de Las Matas prácticamente se reducía al barrio ferroviario y a una serie de grandes fincas particulares entre las que cabe destacar la perteneciente al conde de Romanones, y posteriormente a su hijo, Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, marqués de Villabrágina (que ocupaba, aproximadamente, las actuales urbanizaciones de El Golf, Punta Galea y Parque Rozas); a Gabriel Enríquez de la Orden (Los Peñascales), y a Maximiliano  Spiegelberg  (la finca de Los Alemanes, parcialmente urbanizada hoy en día). Precisamente, este último, fue uno de los protectores y padrinos del Batallón Infantil del Asilo de Santa Cristina.


 El Asilo de Santa Cristina a principios del siglo XX.


El Asilo de Santa Cristina se fundó en el año 1895 por iniciativa del Gobernador de Madrid, Alberto Aguilera y Velasco, como lugar de acogida, residencia y servicios para niños, personas mayores, pobres, y dependientes en general. Su construcción se encomendó al arquitecto Julián Marín. Como ubicación se eligieron unos terrenos situados a las afueras de la ciudad, cercanos a La Moncloa y muy próximos a la zona en la que en 1927 se iniciaría la construcción de la Ciudad Universitaria.


El Asilo de Santa Cristina se componía de varios pabellones (en el proyecto original se incluían más de 20 pabellones, pero nunca llegaron a construirse todos) y una pequeña iglesia. Como es sabido, en noviembre de 1936, durante el ataque directo de las columnas franquistas a Madrid, toda la zona fue escenario de duros combates, convirtiéndose en primera línea de frente hasta el final de la guerra. Precisamente, sería en las ruinas del Asilo de Santa Cristina donde el día 28 de marzo de 1939 el coronel del Ejército Popular de la República, Adolfo Prada Vaquero, entregó la plaza de Madrid al coronel Eduardo Losas Camaña (ver el artículo de José Mª Sánchez publicado en el blog “El Hotel de Sundance”).


 Ruinas de la iglesia del Asilo de Santa Cristina (1939).


Tras la guerra, el asilo no fue  reconstruido y en la actualidad, el único vestigio que queda del mismo, es la escultura de una Inmaculada Concepción (conocida como la Virgen Blanca) que los soldados franquistas rescataron de las ruinas de la iglesia, erigiéndola un templete entre las trincheras de primera línea en el que permanecería la imagen durante los años de guerra, en un lugar muy cercano (si no es el mismo) al que se encuentra la virgen en la actualidad. Hoy en día, el espacio que aproximadamente ocupó el Asilo de Santa Cristina, es el que se extiende entre el Museo de América y el Hospital Clínico.


 Escultura de la Virgen de la Concepción, único vestigio del asilo (J.M Calvo, 2011)

Inscripción que actualmente puede leerse a los pies de la virgen (J. M. Calvo, 2011)


Pero volvamos al tema central de este artículo.

Mucho antes de que estallase la guerra, el Asilo de Santa Cristina era una de esas instituciones que contaba con su propio batallón infantil. Entre sus patrocinadores se encontraba, como ya hemos indicado anteriormente, Maximiliano Spiegelberg. Por este motivo, y con ocasión del ingreso de sus hijos, Federico y Arturo, como alumnos libres de la escuela del asilo (una forma simbólica de apoyar a la institución), se celebró en su finca de Las Matas una jornada de actividades en la que los muchachos del batallón infantil, perfectamente uniformados y pertrechados, se dedicaron a realizar ejercicios de exploración, tiro, telegrafía óptica, y simulacros de ataques, todo ello dirigido y supervisado por el comandante Adolfo Díaz Enríquez, y los profesores Alonso Pérez, Marcelo Sanz, Romualdo García y Rogelio Ferreras. 

El diario ABC se hacía eco de esta jornada en los siguientes términos:

“Hoy jueves, a las siete de la mañana, saldrá de Madrid, en tren especial, con dirección a Las Matas, la compañía infantil del Asilo de santa Cristina, para verificar prácticas de campaña en una finca propiedad de Maximiliano Spiegelberg (…) Esta compañía infantil, ya bien conocida del público, trata de hacer verdaderos trabajos de Boy-Scouts, que se propone implantar en España. Su objeto es contrarrestar los efectos debilitantes de la civilización refinada que abate y destruye el carácter; y muy especialmente educar al individuo para tenerle preparado a todo evento o contingencia incierta que se le presente en la vida (…) En síntesis, su misión principal es la de preparar ciudadanos útiles a la patria, sin olvidar  el más amplio humanitarismo.” (ABC, 25-7-1912)

Entre las personalidades invitadas a presenciar las prácticas infantiles se encontraba el ex gobernador y antiguo alcalde de Madrid, Alberto Aguilera (que había sido el impulsor del Asilo de Santa Cristina), Carlos Padrós (uno de los fundadores del Real Madrid), las autoridades municipales y párrocos de Las Rozas y Las Matas, miembros de la colonia alemana de la capital y diferentes veraneantes de la zona.




El Batallón Infantil de Santa Cristina en la finca de M. Spiegelberg, en Las Matas (25-7-1912)


El día transcurrió sin incidentes y en un ambiente festivo. Los chicos pasaron el día realizando maniobras, gimnasia y juegos, y comieron un rancho preparado por ellos mismos. Entre los momentos centrales de la jornada destacaron  la celebración de una misa de campaña y el acto solemne por el que fueron admitidos los hijos de M. Spiegelberg como soldados del batallón infantil, donde no faltaron los juramentos, los himnos, y los ¡hurra!. Al atardecer, el batallón infantil regresó en tren a la capital.


 Misa de campaña del Bon Infantil del Asilo de Santa Cristina en Las Matas (25-7-1912)

M. Spiegelberg acompaña a sus hijos, Federico y Arturo, en el momento de ser admitidos como soldados del Batallón Infantil de Santa Cristina, en Las Matas (25-7-1912)


La finca de Los Alemanes en la que se realizaron las maniobras del batallón infantil de Santa Cristina sigue existiendo en la actualidad, si bien es cierto que algunas zonas han sido urbanizadas y que el entorno que la rodea ha experimentado profundas transformaciones, como por ejemplo, la calle que recibe el nombre de Paseo de los Alemanes (claro recuerdo a sus antiguos dueños), convertida desde hace años en una de las principales vías de Las Matas y que, originariamente, era el camino de entrada a la propiedad de los Spiegelberg. 


Fotografía aérea de 1946 en la que se puede apreciar el Paseo de los Alemanes antes de ser urbanizada esta parte de la finca.

La misma zona en la actualidad.

Actual placa en la calle Paseo de Los Alemanes, Las Matas (J.M. Calvo, 2014)


A pesar de los cambios, esta finca sigue constituyendo un  bonito paraje natural entre Las Matas y el Monte de El Pardo en el que, junto a zonas de pastizal, en las que no es raro ver pastar un pequeño rebaño de cabras, se conserva un paisaje de monte bajo con la característica vegetación de esta zona (encinas, jaras, enebros, tomillos…), que ha sido explotado durante muchos años como coto de caza (principalmente de conejo). 


 Camino que discurre por la finca de Los Alemanes (J.M. Calvo, 2014)

Ruinas de la antigua casa del guarda en la finca de Los Alemanes (J. M. Calvo, 2014)

Puente de piedra sobre el arroyo de Valcaminero (JMCM, 2014)


Por lo que respecta al escultismo (en sus diferentes variantes de boys-scouts, batallones infantiles, jóvenes exploradores, etc.) se mantuvo con sus altibajos en España hasta el estallido de la guerra civil. Finalizada ésta, la dictadura franquista prohibió todas las asociaciones de este tipo, e impuso el Frente de Juventudes, dependiente de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, como organización juvenil obligatoria, a la que se sumarían otras de menor relevancia y de carácter voluntario como las denominadas “Falanges Juveniles de Franco”. En 1960, la Delegación Nacional de Juventud impulsó la creación de la OJE (Organización Juvenil Española), que absorbió al Frente de Juventudes y al resto de asociaciones juveniles del Movimiento, para convertirse en una nueva organización de carácter voluntario, y que, con la llegada de la Transición política, fue poco a poco desideologizándose  e independizándose de la retórica y los símbolos falangista para convertirse en una organización juvenil independiente e inscrita en el registro nacional de asociaciones.


Junto a estas organizaciones juveniles creadas por el Movimiento, convivieron durante el franquismo otras vinculadas a la iglesia católica que desarrollaron lo que podríamos llamar un escultismo diocesano. A finales de la década de los 50, algunas personas que antes de la guerra habían pertenecido a la organización “Jóvenes Exploradores de España”, comenzaron a reconstruir los Boys-Scouts  Españoles, poniendo las bases sobre las que actualmente se asienta esta organización en nuestro país. 


Respecto a los batallones infantiles, que tanto apoyo institucional habían  recibido durante las primeras décadas del siglo XX y tanta popularidad habían alcanzado en la sociedad de la época, desaparecieron por completo de la historia. Nunca más volvieron a verse compañías de soldaditos vistosamente uniformados con los diferentes colores, insignias y banderas de sus respectivos centros educativos desfilando por las calles. 


Echando cuentas, uno no puede dejar de pensar en que aquellos mismos niños que marcaban el paso y jugaban a ser soldados con sus respectivos batallones infantiles, terminarían viéndose inmersos en una guerra real, en la que muchos de ellos, adultos ya en 1936, se convertirían en soldados de verdad, combatiendo de verdad y matando y muriendo de verdad. La guerra había dejado de ser un juego para mostrar toda su crudeza y crueldad.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía de cabecera: Batallón Infantil del Asilo de Santa Cristina, Madrid, 1913.