Hace ya algunos años, allá por el 2017, en una de las visitas guiadas que organiza la Asociación Histórico-Cultural Cierzo a la posición Vértice Cumbre, en Las Rozas de Madrid, Andy Coney, amigo de la asociación y habitual participante en sus actividades, me comentó la vinculación que existe en Reino Unido, y por extensión en otros países de lengua inglesa como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, entre las amapolas y los campos de batalla.
Se trataba de un típico día de primavera, y las rojas amapolas destacaban vivamente entre el conjunto vegetal
que se expandía por todo el contorno, creciendo incluso entre las ruinas de las
fortificaciones. Durante aquella visita, explicamos los duros combates que
habían tenido lugar en el vértice Cumbre, tanto en enero de 1937, durante la
batalla de la carretera de La Coruña, como en julio de aquel mismo año, en los
compases finales de la batalla de Brunete. Combates que supusieron un elevado número
de bajas entre los atacantes y los defensores de la posición.
Inevitablemente, todo aquello trajo
a la memoria de Andy el símbolo de la Amapola del Recuerdo, que desde 1921 se
utiliza para conmemorar a los soldados muertos en combate. La verdad es que yo
apenas conocía esta historia, que me resultó especialmente alegórica y emotiva.
Andy me habló del Remembrance
Day, también llamado Poppy Day, que en Reino Unido se celebra el 11
de noviembre, día en el que finalizó la Primera Guerra Mundial, y en el que es
costumbre que los participantes prendan en sus ropas amapolas artificiales y
guarden un minuto de silencio a las 11:00 h, momento en el que entró en vigor
el armisticio: la undécima hora, del undécimo día, del undécimo mes de 1918.
También me dijo que el origen de
esta tradición se encontraba en el poema de John McCrae titulado In Flanders
Fields, uno de los poemas más famosos en lengua inglesa. Interesado por el
tema, busqué información sobre este autor:
John McCrae se alistó como oficial
médico en una unidad de artillería del Cuerpo Expedicionario Canadiense
desplegado en Flandes durante la Primera Guerra Mundial. Participó en la segunda
batalla de Ypres (22 abril-25 de mayo de 1915), donde fue testigo de la muerte
de miles de soldados, muchos de ellos víctimas de los terribles efectos del gas
cloro. Entre los fallecidos se encontraba uno de sus más íntimos amigos, el
teniente Aleix Helmer, que fue enterrado en una improvisada tumba marcada con
una sencilla cruz de madera. Se cuenta que McCrae, que presidía el funeral de
su amigo, se inspiró para sus versos en las numerosas amapolas silvestres que, al
igual que sucedía en la removida tierra del campo de batalla, florecían en
torno a las sepulturas de los compañeros caídos.
Parece que las características
botánicas de la amapola favorecían que sus semillas germinasen con facilidad en
los terrenos afectados por los intensos bombardeos. Evidentemente, otras muchas
plantas lograban crecer en estos mismos espacios, pero ninguna de ellas
conseguía destacar tan llamativamente como lo hacían las amapolas florecidas,
cuyos tallos, que pueden alcanzar hasta 30 cm de altura, salpicaban de vivo
rojo escarlata los devastados y tristes campos de batalla. Este fuerte
contraste visual y cromático que suponían las vistosas amapolas en unos
paisajes de tintes apocalípticos, inevitablemente, tenía que generar fuertes emociones
en aquellos que lo contemplaban, convirtiendo a esta humilde flor en un símbolo
con potentes connotaciones sentimentales.
Algo así debió sentir John McCrae
al contemplar las amapolas que crecían en el desolado campo de batalla de Ypres
y junto a las modestas tumbas de los soldados muertos en combate, animándole a
escribir su mencionado poema In Flanders Fields, que fue publicado en
diciembre de 1915 en la revista británica Punch, convirtiéndose desde el primer
momento en uno de los más populares poemas de guerra, llegando a ser traducido a
varios idiomas. La edición de 1919 de las obras de McCrae recoge el poema de la
siguiente manera:
In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row,
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below.
We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie
In Flanders fields.
Take up our quarrel with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields.
Cuya traducción al español podría
ser algo así como:
En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que marcan
nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y
canta la valiente alondra,
su voz apagada por el fragor
de los cañones.
Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos auroras, veíamos el
rojo del crepúsculo,
amábamos, éramos amados.
Ahora yacemos, en los campos
de Flandes.
Contra el enemigo proseguid
nuestra lucha.
Tomad la antorcha que os
arrojan nuestras manos exangües.
Mantenedla bien en alto.
Si faltáis a la fe de los que
hemos muerto,
jamás descansaremos,
aunque florezcan
en los campos de Flandes,
las amapolas.
John McCrae fallecería antes de
finalizar la contienda, en enero de 1918, víctima de la meningitis. Fue
enterrado en el cementerio de Wimereux, al norte de Francia.
En aquella visita de 2017 al
vértice Cumbre, Andy Coney me habló de las amapolas que crecen en los lugares
que fueron campos de batalla, de su simbología y vinculación con los soldados
muertos en combate y de la tradición de portar estas flores como recuerdo de la
tragedia que suponen los conflictos armados. También me habló de John McCrae y
de otros poetas de la Primera Guerra Mundial en lengua inglesa, como Siegfried
Sassoon.
Desde entonces, siempre que en las viejas posiciones de guerra y en los olvidados campos de batalla veo florecer las humildes amapolas, tan abundantes en las primaveras del oeste y noroeste madrileño, recuerdo el poema escrito por McCrae y la emotiva tradición a la que dieron origen aquellos versos, y pienso en el terrible sinsentido que suponen las guerras y en todos esos soldados, la mayoría de ellos totalmente anónimos y desconocidos, que combatieron en esos mismos lugares durante las batallas de la carretera de La Coruña y de Brunete. Lugares por los que hoy podemos pasear despreocupadamente, muchas veces, desconociendo por completo su pasado bélico.
Javier M. Calvo Martínez



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