Cuando yo era pequeño, a los
cómics se les llamaba tebeos o historietas y, al contrario de lo que sucede hoy
en día, no existían tiendas especializadas en las que poder comprarlos. En
aquel entonces, los tebeos eran considerados, en el mejor de los casos, un mero
género infantil, una muestra de cultura popular poco valorada, casi marginal.
Los chavales comprábamos los
tebeos en los kioscos, al igual que los álbumes de cromos, y después de
haberlos leído una y mil veces, los cambiábamos en el recreo del colegio, en
los puestos del Rastro, o en lugares que no sabría muy bien como definir,
parecidos a tiendas, pero que solían ser cuartuchos de entresuelo, en los que
podías cambiar tus tebeos y cromos repetidos. El sistema funcionaba de la
siguiente manera: tú ibas con los tebeos que ya no te interesaban y elegías
entre los que había de la misma
colección u otra similar, el trato se cerraba entregando tu tebeo y un pequeño
suplemento económico, que siempre era mucho más bajo de lo que costaba el tebeo
en el mercado, por el ejemplar que te llevabas. De esta manera, por muy poco dinero,
podías ir leyendo todos los números de una serie y hacerte con los números que
te faltaban en tu colección. Estos lugares desaparecieron a mediados de los ochenta,
pero han quedado en mi recuerdo como espacios casi mágicos, una especie de oscuros
bazares en los que podías encontrar auténticos tesoros.
Me encantaban los tebeos,
especialmente los de aventuras con trasfondo histórico. El Capitán Trueno, el
Guerrero del Antifaz y, muy especialmente, El Jabato, a pesar de ser personajes
ya antiguos para mi generación, me seguían resultando interesantes; otro
clásico que recuerdo con especial admiración es el Príncipe Valiente, de Harold
Foster, me parecía increíble que pudiera dibujarse con tanta perfección y
maestría, ¡impresionante!; los westerns como Gringo o Mac Coy, y las aventuras
de brujería y espada, sobresaliendo entre todos aquellos personajes fantásticos,
el creado por Robert. E. Howard, Conan el Bárbaro, del que pude disfrutar la
que fue su época dorada, con guiones de Roy Thomas y dibujantes como John
Buscema, Berry Smith o Gil Kane, que para mí, en aquel momento, eran los
maestros incuestionable.
Fuera de estos géneros, me
gustaban otros personajes como Flash Gordon, el Hombre Enmascarado, Tarzán, el
Motorista Fantasma… y las historias de terror que aparecían en revistas como “Vampus”,
“Creepy”, “Crrepshow” “Delta” o “Dossier Negro”, con sus páginas repletas de
espectros, muertos vivientes, vampiros y licántropos. Y, por supuesto, los
clásicos del humor de autores como los geniales Francisco Ibáñez o José Escobar,
y personajes inolvidables como Mortadelo y Filemón, Rompetechos, Zipi y Zape,
Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, o los disparatados inventos del Profesor
Franz de Copenhague, creado por Ramón Sabatés, y que aparecían en la mítica
revista “TBO”.
Por el contrario, los
superhéroes, que siempre fueron las grandes estrellas de los tebeos, nunca me
resultaron atrayentes. Tampoco el manga japonés, que en la década de los
noventa saturó y dominó buena parte del mercado del cómic.
Tuve la suerte de ir creciendo al
mismo tiempo que en España se vivía una auténtica revolución en el mundo de
los tebeos. Aunque con bastante retraso, a nuestro país terminó llegando
la renovación que desde la década de los sesenta habían experimentado los
cómics a nivel internacional. Muchos creadores comenzaron a dirigir sus
trabajos hacia un público adulto y el cómic se redescubría como un potente medio
de expresión cultural, dejando los tebeos de ser considerados un producto exclusivamente
infantil.
De esta manera, fueron
apareciendo un buen número de publicaciones dirigidas a lectores adultos que
abarcaban todos los géneros y estilos. Era la época de revistas como “Rambla”, “Tótem”,
“El Víbora”, “1984”, “Cimoc”, “Epic”, “Cairo”; de dibujantes como Carlos
Giménez, Luís García, Max, José Ortiz, M. A. Gallardo, Alfonso Font, J. M. Beà
o Jordi Bernet; y de series y personajes como “Paracuellos”, “Torpedo”, “Peter Punk” o “Makoki”. Gracias a
estas revistas, además de a los principales autores españoles del momento, pude
ir conociendo a los grandes maestros internacionales, entre los que sentía una
especial predilección por Hugo Pratt, Moebius, Manara y Tardi.
Tampoco puedo pasar por alto las historietas que todas las semanas aparecían en la revista "El Jueves", con "Pedro Pico y Pico Vena", de Azagra, "Johnny Roqueta", de Vaquer&Tharrats, "El Profesor Cojonciano", de Oscar, o "Makinavaja" e "Historias de la Puta Mili", de Ivá, con los que pasé buena parte de mi primera adolescencia.
Tampoco puedo pasar por alto las historietas que todas las semanas aparecían en la revista "El Jueves", con "Pedro Pico y Pico Vena", de Azagra, "Johnny Roqueta", de Vaquer&Tharrats, "El Profesor Cojonciano", de Oscar, o "Makinavaja" e "Historias de la Puta Mili", de Ivá, con los que pasé buena parte de mi primera adolescencia.
Y así, hasta hoy en día, en que
el cómic, denominado el Noveno Arte, ha alcanzado una categoría y reconocimiento artístico que ya nadie
cuestiona, habiendo encontrado su hueco, incluso, en algunos museos. Quizás, lo
que ha perdido el cómic actual, es su faceta infantil, habiéndose volcado casi
por completo hacia el público adulto, lo que es una actitud un tanto suicida
para el género, pues dar la espalda al mercado infantil supone acabar con la
posible cantera de futuros lectores adultos. Me imagino que esto se debe, en
gran medida, a los cambios en los gustos y preferencias de la chavalería, pero
lo considero una pena, porque recuerdo el enorme potencial que tenían los
tebeos para la formación y aprendizaje cultural de la infancia. En mi caso
concreto, por ejemplo, puede decirse que el primer contacto que tuve con la
literatura, en gran medida, fue a través de los tebeos, con cuya lectura conocí
por primera vez a autores como Verne, Stevenson, Swift, Dumas, Defoe, Twain,
Salgari, Stoker, Poe… Algo parecido puedo decir de la Historia, a la que desde muy
pronto me pude ir acercando a través de las viñetas de los cómics.
La guerra civil española, como no
podía ser de otra manera, ha tenido también su hueco en el mundo del cómic. En los últimos años han aparecido interesantes
títulos, entre los que cabe destacar: “36-39
Malos Tiempos” de Carlos Giménez; “Nuestra
guerra civil” de varios autores, “No
pasarán” de Vittorio Giardino. “Las serpientes ciegas”, de F. Hernández
y B. Seguí; “El arte de volar”, de A.
Altarriba; “El
ángel de la retirada”, de
P. Roca y S. Dounovetz, entre otros muchos títulos que se han ido sumando a trabajos
ya clásicos, como fue la serie monográfica que la revista “Cimoc” realizó en
los años ochenta con guiones de Víctor Mora y en la que trabajaron diferentes
dibujantes.
Pero sin duda, entre todos estos
autores y trabajos que, de una manera u otra, han abarcado la guerra civil
española, hay que hacer una mención de honor al maestro Antonio Hernández
Palacios, fallecido, lamentablemente, en el año 2000.
Antonio Hernández Palacios nació
en Madrid en 1921. Inició su formación pictórica en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, donde recibió clases
del maestro y académico Daniel Vázquez Díaz, junto a otros artistas como, Jorge
Oteiza o Pedro Mozos. Como sucedió con tantos otros jóvenes de su generación,
la guerra civil, en la que combatió en las filas republicanas, truncó su
carrera y dio un giro drástico a su vida. Parece ser que ya durante la guerra realizó
algún cartel de propaganda política, pero sería después de la contienda cuando
aprovechó sus conocimientos en artes plásticas para intentar ganarse la vida a
nivel profesional. De esta manera, tuvo una pequeña experiencia como
historietista en la mítica editorial Valencia, la de “Jaimito”, “Pedro Alcázar y
Pedrín” o “El Guerrero del Antifaz”,
en la que dibujó, en 1943, un par de aventuras de un personaje llamado Capitán
Centella. Pero la cosa no cuajó, y Antonio Hernández Palacios se abrió hueco
como publicista, faceta en la que lograría cierto reconocimiento internacional,
y como carterista de películas en algunos de los cines de la Gran Vía, hasta
finales de los años sesenta, cuando, aburrido de trabajar para el sector
publicitario, decide recuperar su faceta de historietista.
Antonio Hernández Palacios inicia
su nueva andadura en 1970, en la recién creada revista “La Trinca”, pionera de
su género en nuestro país, con el western “Manos
Kelly” (1971-1984), y su primera incursión en el cómic histórico, “El Cid” (1971-1984), logrando un
gran reconocimiento por su talento como
dibujante e ilustrador. El potente mercado francés se fija pronto en su trabajo, y en
1974 es contratado para dibujar la mítica serie de Mac Coy, el
antihéroe confederado con el que lograría el éxito internacional, así como numerosos
premios y galardones. La verdad es que, la obra de Antonio Hernández Palacios
como dibujante de historietas, a pesar de contar con cerca de cincuenta años
cuando decidió dedicarse de lleno a este género, y haber tenido mucho de
autodidacta, es muy abundante y está llena de auténticas joyas del cómic, como “La paga del soldado” (1972), “Roncesvalles” (1980), otro cómic
histórico de indudable calidad, o “Relatos
del Nuevo Mundo” (1992).
Pero el trabajo de Hernández
Palacios que más nos interesa para este blog, es el que realizó para la
colección “Imágenes de la Historia”,
de la editorial Ikusager, una serie de cómics sobre la guerra civil, con los
personajes Eloy y Gorka como protagonistas. En el proyecto original, esta serie
constaba de veinte volúmenes que recogían las aventuras y desventuras de estos
dos personajes, desde el asedio del Alcazar de Toledo, en el verano de 1936,
hasta la muerte de Eloy, convertido en combatiente de la División Leclerc,
durante la liberación de París, en agosto de 1944. Lamentablemente, solo verían
la luz cuatro volúmenes de la serie: “Eloy,
uno entre muchos” (1979), “Río
Manzanares” (1979), “1936, Euskadi en
llamas” (1979) y “Gorka Gudari”
(1987).
Recuerdo la primera vez que,
siendo todavía muy pequeño, puede ojear
alguno de estos títulos. Hasta entonces, la guerra civil española solo la había
podido imaginar en blanco y negro, ya que todas las fotografías e imágenes de
reportajes que había visto sobre el conflicto carecían de color. En los cómics
de Hernández Palacios, el realismo de sus dibujos y la fuerza de su estilo,
aparecían en viñetas a color, y recuerdo perfectamente que aquello me
impresionó. Comprendo que hoy en día, en
la era de la digitalización, la animación, el photoshop y los efectos
especiales, resulte difícil (incluso ridículo) entender que unos dibujos
coloreados pudieran causarme esas sensaciones, pero fue así, algo parecido
(salvando las distancias) a lo que me pasaría pocos años después con algunas
películas y series televisivas sobre la guerra civil.
Los cómics de Antonio Hernández
Palacios sobre la guerra civil son pequeñas obras de arte. Una crónica bien
documentada de aquellos días bélicos, con un excelente dibujo realista y una cuidada
impresión a todo color.
En el prólogo del primer álbum,
el autor nos advierte de que Eloy, el protagonista de la serie (al que
posteriormente se uniría Gorka), está inspirado en una persona real que el
dibujante tuvo ocasión de conocer en el Jarama, aunque convenientemente
recreado con datos imaginarios. El Eloy real que el autor conoció durante la
guerra era un jovencísimo teniente vasco del Ejército Popular de la República
que, tras la batalla de Brunete, decidió incorporarse a las fuerzas aéreas, siendo derribado en el frente andaluz
en1937, aunque consiguió cruzar las líneas enemigas y seguir combatiendo en las
filas republicanas, hasta que en enero de 1939, la retirada de Cataluña le
condujo a los campos de internamiento franceses. Al estallar la Segunda Guerra
Mundial, este teniente se incorporó a la Resistencia francesa, resultando
muerto en los combates por la liberación de Paris, en agosto de 1944.
Conociendo la historia real que
inspira al protagonista del cómic, las palabras con las que el autor presentaba
a su protagonista, adquieren un significado especial:
“Eloy es un joven cualquiera de aquellos que lucharon y murieron sin
que su nombre fuera recordado. Uno más de aquellos soldados desconocidos”.
Como dato curioso, señalar que el
prologo de la segunda edición (1983), corrió a cargo, nada más y nada menos,
que de Ramón Salas Larrazábal. Lamentablemente, estos cómics están totalmente
descatalogados y no son fáciles de encontrar. Estaría muy bien que volvieran a
ser editados, pero de momento no parece factible. Quien tenga curiosidad en
echar un ojo a los dos primeros números puede hacerlo pinchando sobre los títulos
que aparecen a continuación:
Pero antes, recomiendo leer el
siguiente texto, en el que el propio Antonio Hernández Palacios reflexiona
sobre su trabajo:
“Es un trabajo divertido y apasionante, peor duro, el resucitar gentes
que fueron, imaginando su entorno en un intento de reconstrucción visual.
Analizar su tiempo y circunstancias leyendo todo lo escrito sobre lo que
tratamos de recuperar del olvido, para ponerlos de nuevo de pie, con una imagen
creíble y adecuada.
Pero no basta leer. Hay que digerir lo leído para encontrar la forma de
transmitirlo gráficamente en una sucesión de viñetas que harán de nuestro
lector un analista visual de cada página. Ese análisis iconográfico es
imprescindible si se desea disfrutar de esta suerte de narración dibujada, ya
que hay detalles en una viñeta, nunca caprichosos, que unos verán y otros no.
Todo un clima que intenta contarnos cosas, reforzado por los textos en
bocadillos o globos, la palabra de nuestras gentes o las apoyaturas escritas
para aclarar conceptos que la imagen nos propone.
Una narración inventada, pero casi siempre nacida en el pasado, en la
historia, en lo ya sucedido y casi siempre olvidado. A veces, en el más documentado
trabajo biográfico se producen lagunas que los historiadores no han podido
salvar. Nada nos impide tapar esos huecos con imaginación, en una emocionante
pirueta de la que casi siempre carecen austeros y voluminosos libros de
historia. Creo que hasta podríamos hacer digerible la interminable nómina de
los reyes godos, siempre evitando la pretensión de dar gato por liebre.”
(A. Hernández Palacios, “Gato por liebre”, “Cómics. Clásicos y
Modernos” (El País), Promotora de Informaciones S. A., Madrid, 1988, p.160).
En fin, creo que en este escrito
me he dejado arrastrar demasiado por una de las pasiones que me han acompañado
desde siempre: los tebeos, historietas o cómics (que cada cual elija el nombre
que más le guste), y quizás, me he salido un poco del tema principal sobre el
que gira este blog, pero, al mismo tiempo, creo que es interesante comprobar
como hay múltiples y muy variadas formas para acercarse al conocimiento y
estudio de los tiempos pasados y de la Historia.
Sin ninguna duda, el potencial
del cómic en este sentido, puede llegar a ser tan ilimitado como apasionante.
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ
NOTA: AGRADECIMIENTO ESPECIAL A
INÉS POR FACILITAR, A TRAVÉS DEL FORO DE GEFREMA, LOS ENLACES A LOS DOS CÓMICS
DE HERNÁNDEZ PALACIOS QUE AQUÍ APARECEN
Fotografía 1: Antonio Hernández
Palacios
Fotografías 2, 3, 4 y 5: Viñetas
de Hernández Palacios.