Entre los días 1 y 9 de agosto de
1907, el entonces coronel del ejército británico, Robert Baden-Powell, organizó
en la isla de Brownsea (costa sur de Inglaterra) un campamento con 24 muchachos
pertenecientes a diferentes clases sociales. Con esta experiencia, Baden-Powell
quería poner en práctica un modelo educativo encaminado a formar ciudadanos
responsables y autosuficientes a través del contacto con la naturaleza, el
compañerismo y el compromiso, todo ello, dentro de unos estrictos postulados patrióticos y religiosos.
Un año después, en 1908,
Baden-Powell publicaba el libro “Escultismo
para muchachos”, traducido en pocos meses a diferentes idiomas y que se
convirtió en el iniciador de un amplio movimiento internacional de carácter
juvenil, cuyo máximo y más conocido exponente fue, y sigue siendo, la
organización Boys-Scouts.
Boys-Scouts ingleses (1912)
El Diccionario de la Real
Academia Española define el escultismo como: “Movimiento de juventud que pretende la educación integral del
individuo por medio de la autoformación y el contacto con la naturaleza”. Actualmente,
el fin principal que dice perseguir el escultismo es “contribuir al desarrollo integral de los niños, niñas y jóvenes
ayudándoles a realizar plenamente sus posibilidades físicas, sociales, emocionales,
intelectuales y espirituales como personas y ciudadanos responsables, miembros
activos de su comunidad y partícipes de la misma.”
Las doctrinas escultistas no tardaron
mucho tiempo en llegar también a España, siendo sus principales promotores en
nuestro país el capitán de caballería Teodoro Iradier y Herrero y el escritor
Arturo Cuyás. En 1912 fueron aprobados los primeros estatutos y reglamentos de
la “Institución de los Exploradores de España”. El 2º Artículo de estos
estatutos declaraba expresamente: “Esta
Asociación tendrá por objeto estimular y fomentar la creación de Agrupaciones
de boys-scouts españoles, con el objeto de desarrollar en la juventud el amor a
Dios y a la Patria, el respeto al jefe del Estado y a las leyes de la nación,
el culto al honor, la iniciativa, el sentimiento del deber y de la
responsabilidad, la disciplina, la solidaridad, el vigor y las energías
físicas.” Con estos principios, no resulta extraño que la “Institución de
los Exploradores de España” contase desde sus orígenes con el respaldo y la
protección del mismísimo rey, Alfonso XIII.
El capitán de caballería Teodoro Iradier en un acto de los Exploradores de España (1913)
Alfonso XIII presencia un simulacro de cura realizado por los Exploradores de España (1913)
Exploradores de España, Granada (1916)
Los Exploradores de España
fueron, sin duda, la organización más importante y numerosa de cuantas se desarrollaron
en nuestro país bajo los postulados del escultismo, pero no fue la única.
Siguiendo el mismo ejemplo, y enlazando con experiencias parecidas que venían
dándose en España desde finales del siglo XIX, fueron surgiendo diferentes
grupos infantiles y juveniles de carácter patriótico, vinculados, la mayoría de
las veces, a colegios y escuelas católicas e instituciones benéficas, tales
como asilos, orfanatos y casas de caridad. Como animadores y organizadores de
estas agrupaciones solían encontrarse militares, maestros y sacerdotes, que
contaban con el apoyo y el respaldo económico de importantes sectores de las
clases pudientes, desde adinerados personajes de las clases medias, a miembros
de la aristocracia. La prensa de la época se hizo eco de este tipo de
iniciativas, y las presentaba como modelos para crear una juventud sana,
patriótica y útil al desarrollo de la nación. He aquí algunos ejemplos de lo
que podía leerse sobre los grupos escultistas en los periódicos de aquellos
días:
“…resolver los problemas más
fundamentales que respecto a nuestras juventudes pueden plantearse, en cuanto a
educación física, moral, patriótica y práctica, preparando generaciones de
hombres en condiciones de llevar a la vida de nuestra nación energías y
actividades totalmente desconocidas y capaces de transformarla
satisfactoriamente.” (Por Esos Mundos, abril de 1913).
“Sumamente laudable el fin de esta nueva institución, que ha de tener
grande influencia, no solo en la salud física de la juventud, sino en la salud
moral de España, que necesita respirar a pleno pulmón los aires puros del
patriotismo y de la disciplina.” (Revista general de enseñanza y bellas
artes, abril de 1913).
“El gran éxito de los boys-scouts en los países latinos nos sirve de
enseñanza, haciéndonos ver que es quizá algo aventurada la afirmación de la
superioridad de la raza anglo-sajona. Nuestra raza, en las mismas condiciones
de desenvolvimiento y educación que la raza germánica puede llegar hasta donde
ella ha llegado y hasta donde aún pueda llegar. Si en los momentos actuales es
cierta la inferioridad latina, puede dejar de serlo algún día, si en las
generaciones nuevas se entierra la semilla adecuada.” (España Médica,
febrero de 1913)
Batallón Infantil Colegio Reina Victoria de Sevilla (1912)
Batallón Infantil, Jaén (1916)
Tampoco faltaron en la prensa de
entonces las opiniones contrarias a este tipo de educación, mayoritariamente
centradas en criticar los aspectos excesivamente militares que tenían estas organizaciones
juveniles:
“Los batallones infantiles, creados a la sombra de un patriotismo
sincero, no responden, no pueden responder al fin para que se organizan y
educan. Paradójicamente, son contraproducentes. El ejército, como la religión,
no admite parodias, aunque sea muy otra la intención que guie a los educadores
de niños. Parodia y bufa es vestir a chicuelos con el marcial uniforme de
soldado, poner en sus inhábiles manecitas un arma de juguete, enseñarles a
ejecutar, no la gimnasia vivificadora que fortifica el músculo, sino la
sincronía en movimientos inútiles para los muchachos, figuras de un carrusel
pedestre, de vistosidad teatral. Yo he visto a esos niños con galones de
hipotética subalternería o con sable de figurado oficial, ejercitar el mando despótico
sobre sus camaradas, reprenderlos por torpeza en su movimiento. ¿Dónde está la
utilidad de esta falsa enseñanza del mando? A más de ridículo, es peligroso
para sus tan tiernas inteligencias lo que en las despiertas de hombres con
práctica de vida constituye problema no siempre soluble.” (Mundo Gráfico,
enero de 1913)
“Aunque expresamente se declara en su reglamento que no tiene carácter militar, quizás por el gran número
de militares que hay en su elemento director, nos ha parecido demasiado militarizada
y netamente militares casi todas sus prácticas. Además, y no sabemos si por
consecuencia lógica de lo afirmado antes, se nos ha presentado con un ligero
tinte de relumbrón, el gran número de vivas, el sinnúmero de banderas
desplegadas al viento, la formación por las mismas calles de Madrid, etc.,
son cosas que cuanto menos se prodigaran mejor efecto producirán.” (España
Médica, febrero de 1913)
Batallón Infantil de los Salesianos, Santander (1914)
Batallón Infantil del Colegio de San Bernardino, Madrid (1913)
Batallón Infantil del Colegio de San Bernardino, Madrid (1913)
Otras críticas se centraron en el
hecho de que estas prácticas educativas excluyeran a las niñas, aspecto que se
intentó corregir en parte, creando agrupaciones infantiles femeninas, en las
que, además de alentar los sentimientos patrióticos y la moralidad cristiana,
se enseñaban actividades consideradas acordes con la condición femenina. Por supuesto, en ningún momento se planteó la
posibilidad de constituir agrupaciones infantiles mixtas, algo que, en aquellos
tiempos, solo se atrevían a proponer y poner en práctica las corrientes pedagógicas
más transgresoras, como era el caso de los ateneos libertarios o de las escuelas
racionalistas basadas en los postulados de Francisco Ferrer i Guardia y su Escuela Moderna.
Aunque pueda sorprender, tampoco
faltaron las críticas de ciertos sectores que consideraban que la religiosidad,
el patriotismo y los valores que se ofrecía a los niños en estas instituciones,
no eran lo suficientemente intensos, reclamando mayor firmeza por parte de los
instructores y quejándose de aspectos tales como la posibilidad de que las
excursiones dominicales imposibilitasen que los niños pudieran ir a misa en el
día del Señor, que en algunos grupos se mezclasen niños de diferentes clases
sociales, o que detrás de todo esta pedagogía pudiera existir algún tipo de doble
intención camuflada (masonería, influencia de corrientes de pensamiento
extranjeras, etc.).
Batallón Infantil del Colegio de Santa Ana de Huesca (1914)
Batallón Infantil, Melilla (1913)
Sea como fuere, lo cierto es que
los grupos basados en los principios escultistas, aunque a un nivel muy
inferior al que experimentaron en otros países como Inglaterra, Estados Unidos
o Alemania, tuvieron cierto éxito en las primeras décadas del siglo XX en
nuestro país. Un buen ejemplo de todo ello lo constituye la enorme cantidad de
batallones infantiles que fueron surgiendo por todo el territorio nacional en
aquellos años. Sin ir más lejos, hace ya algún tiempo encontré referencias a la
actividad de este tipo grupos en el noroeste de Madrid. Por ejemplo, en el
municipio de Las Rozas, en la población
de Las Matas, donde, en el verano de 1912, el Batallón Infantil del Asilo de
Santa Cristina realizó prácticas de campaña en la finca de Maximiliano Spiegelberg.
En aquella época, la población de
Las Matas prácticamente se reducía al barrio ferroviario y a una serie de
grandes fincas particulares entre las que cabe destacar la perteneciente al conde
de Romanones, y posteriormente a su hijo, Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez,
marqués de Villabrágina (que ocupaba, aproximadamente, las actuales
urbanizaciones de El Golf, Punta Galea y Parque Rozas); a Gabriel Enríquez de
la Orden (Los Peñascales), y a Maximiliano
Spiegelberg (la finca de Los
Alemanes, parcialmente urbanizada hoy en día). Precisamente, este último, fue
uno de los protectores y padrinos del Batallón Infantil del Asilo de Santa
Cristina.
El Asilo de Santa Cristina a principios del siglo XX.
El Asilo de Santa Cristina se
fundó en el año 1895 por iniciativa del Gobernador de Madrid, Alberto Aguilera y Velasco, como lugar de acogida, residencia y servicios para niños, personas mayores,
pobres, y dependientes en general. Su construcción se encomendó al arquitecto
Julián Marín. Como ubicación se eligieron unos terrenos situados a las afueras
de la ciudad, cercanos a La Moncloa y muy próximos a la zona en la que en 1927
se iniciaría la construcción de la Ciudad Universitaria.
El Asilo de Santa Cristina se
componía de varios pabellones (en el proyecto original se incluían más de 20
pabellones, pero nunca llegaron a construirse todos) y una pequeña iglesia.
Como es sabido, en noviembre de 1936, durante el ataque directo de las columnas
franquistas a Madrid, toda la zona fue escenario de duros combates,
convirtiéndose en primera línea de frente hasta el final de la guerra.
Precisamente, sería en las ruinas del Asilo de Santa Cristina donde el día 28
de marzo de 1939 el coronel del Ejército Popular de la República, Adolfo Prada
Vaquero, entregó la plaza de Madrid al coronel Eduardo Losas Camaña (ver el artículo de José Mª Sánchez publicado en el blog “El Hotel de Sundance”).
Ruinas de la iglesia del Asilo de Santa Cristina (1939).
Tras la guerra, el asilo no
fue reconstruido y en la actualidad, el
único vestigio que queda del mismo, es la escultura de una Inmaculada
Concepción (conocida como la Virgen Blanca) que los soldados franquistas
rescataron de las ruinas de la iglesia, erigiéndola un templete entre las
trincheras de primera línea en el que permanecería la imagen durante los años
de guerra, en un lugar muy cercano (si no es el mismo) al que se encuentra la
virgen en la actualidad. Hoy en día, el espacio que aproximadamente ocupó el
Asilo de Santa Cristina, es el que se extiende entre el Museo de América y el
Hospital Clínico.
Escultura de la Virgen de la Concepción, único vestigio del asilo (J.M Calvo, 2011)
Inscripción que actualmente puede leerse a los pies de la virgen (J. M. Calvo, 2011)
Pero volvamos al tema central de
este artículo.
Mucho antes de que estallase la
guerra, el Asilo de Santa Cristina era una de esas instituciones que contaba con
su propio batallón infantil. Entre sus patrocinadores se encontraba, como ya
hemos indicado anteriormente, Maximiliano Spiegelberg. Por este motivo, y con
ocasión del ingreso de sus hijos, Federico y Arturo, como alumnos libres de la
escuela del asilo (una forma simbólica de apoyar a la institución), se celebró
en su finca de Las Matas una jornada de actividades en la que los muchachos del
batallón infantil, perfectamente uniformados y pertrechados, se dedicaron a
realizar ejercicios de exploración, tiro, telegrafía óptica, y simulacros de
ataques, todo ello dirigido y supervisado por el comandante Adolfo Díaz
Enríquez, y los profesores Alonso Pérez, Marcelo Sanz, Romualdo García y
Rogelio Ferreras.
El diario ABC se hacía eco de
esta jornada en los siguientes términos:
“Hoy jueves, a las siete de la mañana, saldrá de Madrid, en tren
especial, con dirección a Las Matas, la compañía infantil del Asilo de santa
Cristina, para verificar prácticas de campaña en una finca propiedad de Maximiliano
Spiegelberg (…) Esta compañía infantil, ya bien conocida del público, trata de
hacer verdaderos trabajos de Boy-Scouts, que se propone implantar en España. Su
objeto es contrarrestar los efectos debilitantes de la civilización refinada
que abate y destruye el carácter; y muy especialmente educar al individuo para
tenerle preparado a todo evento o contingencia incierta que se le presente en
la vida (…) En síntesis, su misión principal es la de preparar ciudadanos
útiles a la patria, sin olvidar el más
amplio humanitarismo.” (ABC, 25-7-1912)
Entre las personalidades
invitadas a presenciar las prácticas infantiles se encontraba el ex gobernador y
antiguo alcalde de Madrid, Alberto Aguilera (que había sido el impulsor del
Asilo de Santa Cristina), Carlos Padrós (uno de los fundadores del Real
Madrid), las autoridades municipales y párrocos de Las Rozas y Las Matas, miembros
de la colonia alemana de la capital y diferentes veraneantes de la zona.
El Batallón Infantil de Santa Cristina en la finca de M. Spiegelberg, en Las Matas (25-7-1912)
El día transcurrió sin incidentes
y en un ambiente festivo. Los chicos pasaron el día realizando maniobras,
gimnasia y juegos, y comieron un rancho preparado por ellos mismos. Entre los
momentos centrales de la jornada destacaron la celebración de una misa de campaña y el acto
solemne por el que fueron admitidos los hijos de M. Spiegelberg como soldados
del batallón infantil, donde no faltaron los juramentos, los himnos, y los ¡hurra!. Al atardecer, el batallón
infantil regresó en tren a la capital.
Misa de campaña del Bon Infantil del Asilo de Santa Cristina en Las Matas (25-7-1912)
M. Spiegelberg acompaña a sus hijos, Federico y Arturo, en el momento de ser admitidos como soldados del Batallón Infantil de Santa Cristina, en Las Matas (25-7-1912)
La finca de Los Alemanes en la
que se realizaron las maniobras del batallón infantil de Santa Cristina sigue
existiendo en la actualidad, si bien es cierto que algunas zonas han sido
urbanizadas y que el entorno que la rodea ha experimentado profundas
transformaciones, como por ejemplo, la calle que recibe el nombre de Paseo de
los Alemanes (claro recuerdo a sus antiguos dueños), convertida desde hace años
en una de las principales vías de Las Matas y que, originariamente, era el
camino de entrada a la propiedad de los Spiegelberg.
Fotografía aérea de 1946 en la que se puede apreciar el Paseo de los Alemanes antes de ser urbanizada esta parte de la finca.
La misma zona en la actualidad.
Actual placa en la calle Paseo de Los Alemanes, Las Matas (J.M. Calvo, 2014)
A pesar de los cambios, esta
finca sigue constituyendo un bonito paraje
natural entre Las Matas y el Monte de El Pardo en el que, junto a zonas de
pastizal, en las que no es raro ver pastar un pequeño rebaño de cabras, se
conserva un paisaje de monte bajo con la característica vegetación de esta zona
(encinas, jaras, enebros, tomillos…), que ha sido explotado durante muchos años
como coto de caza (principalmente de conejo).
Camino que discurre por la finca de Los Alemanes (J.M. Calvo, 2014)
Por lo que respecta al escultismo
(en sus diferentes variantes de boys-scouts, batallones infantiles, jóvenes exploradores,
etc.) se mantuvo con sus altibajos en España hasta el estallido de la guerra
civil. Finalizada ésta, la dictadura franquista prohibió todas las asociaciones
de este tipo, e impuso el Frente de Juventudes, dependiente de Falange Española
Tradicionalista y de las JONS, como organización juvenil obligatoria, a la que
se sumarían otras de menor relevancia y de carácter voluntario como las
denominadas “Falanges Juveniles de Franco”. En 1960, la Delegación Nacional de
Juventud impulsó la creación de la OJE (Organización Juvenil Española), que absorbió
al Frente de Juventudes y al resto de asociaciones juveniles del Movimiento, para
convertirse en una nueva organización de carácter voluntario, y que, con la
llegada de la Transición política, fue poco a poco desideologizándose e independizándose de la retórica y los
símbolos falangista para convertirse en una organización juvenil independiente
e inscrita en el registro nacional de asociaciones.
Junto a estas organizaciones juveniles
creadas por el Movimiento, convivieron durante el franquismo otras vinculadas a
la iglesia católica que desarrollaron lo que podríamos llamar un escultismo
diocesano. A finales de la década de los 50, algunas personas que antes de la
guerra habían pertenecido a la organización “Jóvenes Exploradores de España”, comenzaron
a reconstruir los Boys-Scouts Españoles,
poniendo las bases sobre las que actualmente se asienta esta organización en
nuestro país.
Respecto a los batallones
infantiles, que tanto apoyo institucional habían recibido durante las primeras décadas del
siglo XX y tanta popularidad habían alcanzado en la sociedad de la época, desaparecieron
por completo de la historia. Nunca más volvieron a verse compañías de
soldaditos vistosamente uniformados con los diferentes colores, insignias y
banderas de sus respectivos centros educativos desfilando por las calles.
Echando cuentas, uno no puede
dejar de pensar en que aquellos mismos niños que marcaban el paso y jugaban a ser
soldados con sus respectivos batallones infantiles, terminarían viéndose
inmersos en una guerra real, en la que muchos de ellos, adultos ya en 1936, se
convertirían en soldados de verdad, combatiendo de verdad y matando y muriendo
de verdad. La guerra había dejado de ser un juego para mostrar toda su crudeza
y crueldad.
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ
Fotografía de cabecera: Batallón Infantil del Asilo de Santa Cristina, Madrid, 1913.