Uno de los lugares más vinculados
con las actividades militares en el noroeste de Madrid es Retamares, situado al
sur de Pozuelo de Alarcón, en una amplia franja de terreno que antaño estaba
comprendida entre Molino de Viento al norte, el Ventorro del Cano al oeste, Ventorro de la Rubia al sur y la carretera de Extremadura al Este.
Estos cantones cumplían una doble
función, por un lado satisfacer la ya mencionada necesidad de espacios
adecuados para las guarniciones madrileñas, por otro lado, se quería
dotar a la capital española, sede de la Jefatura de Estado, de un cinturón
defensivo capaz de proteger militarmente a la ciudad. Hoy en día puede
resultar extraño que, a finales del siglo XIX, se considerase necesario dotar a
Madrid de este tipo de defensa, pero si repasamos la Historia Contemporánea de España comprobaremos que los pronunciamientos, las insurrecciones, las sublevaciones y
los motines de diferente signo constituían una amenaza muy real. Algo parecido
puede decirse de las primeras décadas del siglo XX, donde a las tradicionales
tensiones políticas y militares se sumaron las de carácter social, con un
incipiente movimiento obrero y campesino de carácter revolucionario que en más
de una ocasión pondría en serios apuros a los gobiernos de turno en diferentes
puntos del país. Lo paradójico de esta cuestión es que, en diferentes
ocasiones, serían precisamente los mandos y guarniciones de esos mismos
cuarteles que conformaban los cantones de Madrid los que se terminarían convirtiendo
en una seria amenaza para las autoridades con sede en la capital.
Es así como, en vísperas de la
guerra civil, además de los cuarteles
situados en el mismo casco urbano (Maestranza y Parque de Artillería en el barrio
de Pacífico, el Cuartel del Paseo de María Cristina, La Montaña, Infante Don
Juan en Paseo Moret…), podemos encontrar una serie de acuartelamientos en torno
a la capital, algunos de los cuales jugarían un papel muy destacado durante la
sublevación militar de julio de 1936: Vicálvaro, Carabanchel, Getafe, Leganés,
Cuatro Vientos, El Pardo…
Por lo que respecta a Retamares,
fue este uno de los primeros lugares que desde finales del siglo XIX se fue transformando
en una zona de uso exclusivamente
militar. Un uso militar que, en mayor o menor medida, ha continuado hasta
nuestros días. Por aquél entonces, la zona que era conocida tanto por el
nombre de Dehesa de Carabanchel como por el de Dehesa de los Retamares, o Retamares
a secas, consistía en una gran finca de propiedad municipal que el ejército
había utilizado ya en diferentes ocasiones, con el consentimiento o la pasividad de las
respectivas autoridades municipales, para sus prácticas y ejercicios de
artillería, caballería e infantería. Pero a comienzos del siglo XX, el
Ministerio de la Guerra decidió tomar posesión de toda la zona, así como de
otra amplia franja de terreno en torno a la carretera de Extremadura, la cual,
en poco tiempo, se convertiría en la zona militar de Campamento. La forma en la
que el Ministerio de la Guerra se apropió en aquél entonces de esa enorme
cantidad de terreno, en detrimento de los intereses municipales, no fue todo lo
limpia y clara que cabría esperar, pudiéndose hablar de un evidente caso de
especulación, corrupción y prevaricación de la época, algo que nos tememos
volvería a repetirse un siglo después, cuando el Ministerio de Defensa, en
2005, decidió el desmantelamiento de la mayor parte de estos complejos
militares, iniciándose una turbia operación urbanística de gran escala que
todavía continúa. Pero volvamos al principio.
Desde el primer momento, Retamares
fue empleado como campo de instrucción y maniobras, y muy pronto comenzaron a
construirse edificios para el acuartelamiento de la tropa. Las características
del terreno propiciaron también la realización de los ejercicios prácticos de
las unidades de Ingenieros y Zapadores (fortificación, comunicaciones,
castramentación, pontoneros…), convirtiéndose el Campamento de Retamares en el
principal centro con el que contaba el ejército español para estos fines. De
esta manera, durante las primeras décadas del siglo XX fueron llegando a
Retamares diferentes novedades de ingeniería militar para probarlas y aprender
su manejo: excavadoras mecánicas, puentes, pasarelas y pontones, equipos de
iluminación, grupos electrógenos, lanzallamas, proyectores de señales, aparatos
para detectar los trabajos de minado del enemigo, incluso, un ferrocarril de
campaña. Diferentes aparatos e ingenios que, poco a poco, iban revolucionando
la forma de hacer la guerra. Retamares fue también un magnífico campo de
pruebas para la fortificación de campaña que, a raíz de la Primera Guerra
Mundial, experimentaría un desarrollo espectacular (atrincheramientos, casamatas,
parapetos, refugios, campos de alambradas de espino, blockhaus…).
Puede decirse que Retamares,
durante las tres primeras décadas del siglo XX, se convirtió en uno de los
principales laboratorios de pruebas del ejército español, donde se emplearían
por vez primera materiales, armamento, técnicas y tácticas que después serían
empleadas en combates reales, como fue el caso de Marruecos o de la propia
guerra civil, lo que provocó que en la zona fueran construyéndose numerosas y
muy variadas instalaciones militares.
Entre estas instalaciones
destacarían los polvorines, que durante décadas constituyeron una de las
principales reservas de munición y explosivos de la región centro. El primero
de ellos se construyó en 1912, al que rápidamente se fueron añadiendo otros.
Las características de estos polvorines consistían en una serie de depósitos de
tamaño medio, ubicados en el centro de grandes hondonadas artificiales con el
objetivo de que, en caso de accidente, las paredes de tierra que rodeaban los
arsenales minimizaran en lo posible los efectos de la onda expansiva que
provocaría una explosión de esas características. El lugar elegido para construir estos
polvorines fue Monte Gancedo, en el centro de la zona militar de Retamares,
evitando así los peligros para la población civil y las posibles actividades de
espionaje o sabotaje sobre los mismos. Lógicamente, los Polvorines de Retamares
y el enorme arsenal que contenían constituían un lugar especialmente sensible
que requería de una protección especial. Por este motivo, contaba con su propio
cuerpo de guardia y todo su perímetro
se dotó de las más altas medidas de seguridad y control, fortificando el
lugar con atrincheramientos, campos de alambradas de espino, puestos de
vigilancia, e incluso, fortines y casamatas de hormigón. Unas fortificaciones
que, de una manera u otra, los republicanos aprovecharían para intentar frenar
el avance de las tropas de Franco en noviembre de 1936, pero luego volveremos a
ello.
Una cosa que siempre me ha
resultado llamativo es la poca atención que aparentemente recibieron los polvorines de Retamares durante la preparación de la sublevación militar en
Madrid en 1936. Parece lógico pensar que semejante arsenal fuera tenido muy en
cuenta, tanto por los que preparaban la sublevación, como por los que
intentaban enfrentarse a ella. Sin embargo, en la casi totalidad de los
trabajos que he leído sobre este tema apenas he podido encontrar referencias
al respecto. La excepción es el libro de Maximiano García Venero, “Madrid julio 1936” (Edt. Tebas, Madrid,
1973), una lectura, por cierto, muy recomendable.
Según García Venero, los
polvorines de Retamares y sus acuartelamientos en 1936 eran una posición clave,
ya que abastecían de explosivos, municiones de artillería, de ametralladora y de
fusil a las tropas situadas en Madrid y sus cantones. La guarnición con la que
contaban los polvorines en el mes de julio era de cien hombres pertenecientes
al Regimiento de Infantería nº 1, y según el autor, sus depósitos en vísperas
de la sublevación estaban saturados de material. Al mando del Regimiento de
Infantería nº 1 se encontraba el coronel Tulio López, amigo personal del
general Miaja, al que se consideraba adicto al régimen republicano, pero cuya
fidelidad y lealtad, llegada la ocasión, se demostró no ser tan clara y
decidida como las autoridades republicanas habían pensado.
En opinión de García Venero, el
único de los generales alzados que pareció advertir la máxima importancia que
tenían los Polvorines de Retamares fue el general Miguel García de la Herrán,
pero la forma en la que se fueron sucediendo los acontecimientos en las
vísperas del 19 de julio de 1936 provocó que los sublevados terminasen
actuando de forma improvisada, sin apenas conexión entre ellos y tomando, posiblemente,
las peores decisiones para alcanzar sus objetivos.
Como es sabido, García de la
Herrán se trasladó secretamente al cuartel de Zapadores de Carabanchel la tarde
del 19 de julio, poniéndose al mando de la guarnición para participar en la
sublevación militar. Mientras esto ocurría, en Retamares la tensión se
acrecentaba por momentos. Relativamente aislados, la guarnición que protegía
los polvorines, al igual que iba sucediendo en el resto de los cuarteles de la
ciudad, se mostraba inquieta y confundida. De hecho, esa misma mañana se había
vivido ya una situación delicada cuando el teniente Guillermo Leret, que
mandaba el retén del Regimiento nº 1 que custodiaba los arsenales, se había
negado tajantemente a cumplir la orden dada por un comandante de Artillería para que le
entregase, nada más y nada menos, que tres millones de cartuchos de los
depósitos de munición.
Una de las primeras órdenes de
García de la Herrán fue, precisamente, el refuerzo de la guardia de los polvorines de Retamares con fuerzas afines a los sublevados bajo el mando del
capitán Carlos Domínguez, asegurándose de esa manera su control y consiguiendo
una ventaja táctica que inquietó a las autoridades republicanas, pero que el
desarrollo de los acontecimientos la convertiría en estéril e inoperante.
Parece ser que los sublevados, al ver frustradas sus tentativas, se plantearon
la posibilidad de volar los polvorines de Retamares, evitando así que éstos
pudieran ser empleados por los gubernamentales para reducir a los sublevados en
otras provincias, o que los depósitos de munición y bombas acabaran siendo
asaltados por los milicianos de las diferentes tendencias políticas. Pero
finalmente no lo hicieron, y los polvorines de Retamares acabaron controlados
por fuerzas militares leales a la República.
Como ya se ha indicado, unos
meses después de estos sucesos, en noviembre de 1936, toda la zona de Retamares
se convirtió en un campo de batalla en el que los republicanos intentarían
frenar el imparable avance de las tropas de Franco sobre la capital. Un avance
que el día 4 de noviembre había supuesto la ocupación de Alcorcón por parte de
las tropas de Asensio, Leganés por parte de las de Barrón y Getafe por las de Tella.
Las tropas republicanas se desbandan sin apenas ofrecer resistencia y toda la zona
de Retamares, Campamento, Carabanchel Alto y Villaverde, con la silueta de
Madrid como telón de fondo, quedaba convertida en primera línea de fuego y
objetivo prioritario de las fuerzas atacantes, como paso previo para comenzar el
asalto definitivo a la capital.
El día 6, Asensio ocupó
Campamento y Barrón Carabanchel Alto. Ese mismo día, por la mañana, las fuerzas
de Castejón, que cubrían el flanco izquierdo de las columnas atacantes, avanzaron
desde Villaviciosa de Odón para atacar la línea comprendida por Ventorro del
Cano, el Cuartel de Ingenieros, los Polvorines de Retamares y Molino de Viento.
En general, es muy poco lo que se ha escrito sobre los combates que se
produjeron en la periferia de Madrid en las jornadas previas al asalto
definitivo a la ciudad, y la mayor parte de los trabajos serios que se han
publicado se limitan a hacer simples menciones de los mismos sin apenas
profundizar en ellos. Según la prensa de la época, los combates en Retamares
rozaron el heroísmo más extremo, pero estas crónicas no pueden ser tenidas
demasiado en cuenta como fuentes historiográficas fiables. Algo parecido puede
decirse de la literatura de carácter épico que comenzó a publicarse desde los
mismos días del conflicto, y que continuaría haciéndolo una vez terminada la
guerra, durante las primeras décadas de dictadura franquista. Tal sería el caso
de autores como Víctor Ruiz Albéniz (más conocido como “El Tebib Arrumi” y al
que un día tendría que dedicar un espacio en este blog) y su colección “La reconquista de España”, dirigida al
público infantil y juvenil, o Luís Montán y sus “Episodios de la Guerra Civil”.
Fuera como fuese, lo cierto es
que la columna Castejón inició su avance la mañana del 6 de noviembre y para
la tarde de ese mismo día había ocupado ya todos sus objetivos. Cierto es que
el propio Castejón resultó herido en aquella jornada y que según las crónicas
de la época los legionarios y regulares que asaltaron Retamares chocaron con
una tenaz resistencia de los republicanos, que se habían parapetado en sólidos
y bien organizados atrincheramientos, en los que no faltaban las
fortificaciones de hormigón. Es muy probable que las fortificaciones a las que
hacen alusión estas crónicas formaran parte, en gran medida, de los sistemas
defensivos que rodeaban ya los Polvorines de Retamares antes de la guerra civil,
y que éstas fueran aprovechadas por los republicanos para ralentizar el avance
enemigo, pero si hay algo que realmente caracterizó esas jornadas de lucha en la periferia de Madrid
fue el caos, la improvisación y la desorganización más absoluta entre las filas
republicanas, las cuales, a pesar de protagonizar algunos episodios de
verdadero heroísmo y sacrificio, fueron incapaces de detener el empuje de las
columnas atacantes, que alcanzaron los arrabales de Madrid y la Casa de Campo en
un tiempo relativamente rápido.
Tras la Batalla de Madrid,
Ventorro del Cano y Retamares serían las bases de partida de las columnas que atacaron Pozuelo de Alarcón y vértice
Valle Rubios, en el primer intento de corte de la carretera de La Coruña por
parte de las tropas de Franco, combates en los que no me detendré en este
momento porque ya han sido ampliamente tratados en diferentes apartados de este
blog. Terminada la Batalla de la Carretera de La Coruña, la zona e Retamares
quedó integrada en la retaguardia del Ejército Nacional hasta el final de la
guerra, siendo sus instalaciones empleadas para diferentes fines y jugando un
papel muy importante en el sistema de comunicaciones y suministros de las
líneas del frente madrileño. Según he podido comprobar al consultar la
documentación militar de la época, Retamares se convirtió también en una
importante posición artillera.
Finalizada la guerra, Retamares
volvió a sus tradicionales usos: acuartelamiento, campo de instrucción, tiro y
maniobras, polvorines, etc. Se
construyeron nuevos cuarteles, que se convirtieron en sede de diferentes
unidades de la División Acorazada Brunete (el Regimiento Caballería Ligera Acorazada, Villaviciosa 14, Grupo
Logístico y Grupo Artillería Anti Aerea Ligera y
parte de la XI Brigada
Mecanizada). Parte de las tropas acuarteladas en Retamares se vieron inmersas
en la intentona golpista del 23-F, cuando entre las 19:00 y las 20:00 horas de
aquella tensa jornada, tres escuadrones de blindados procedentes de Retamares
ocuparon las instalaciones de RTVE de Prado del Rey.
Algo que sorprendentemente ha pasado
desapercibido para muchos vecinos del noroeste madrileño es el hecho de que,
desde 1999 hasta 2011, Retamares se convirtió en la sede del Cuartel General
Subregional Conjunto Sudoeste de la OTAN, órgano responsable del planeamiento de las
operaciones de defensa colectiva en el área Sudoeste de Europa, incluidas las
islas Canarias. En este cuartel general, inaugurado bajo el Gobierno de José
María Aznar, con la presencia del entonces Secretario General de la
OTAN, Javier Solana, trabajaron cuatrocientos militares de once nacionalidades
diferentes pertenecientes a las diversas armas. En 2003, el Cuartel General
Subregional de Retamares se convirtió en el Mando de Componente Terrestre para
el Sur de Europa, al acordar los ministros de Defensa de la OTAN una reducción
drástica del número de mandos militares aliados a fin de modernizar la Alianza
y adaptarla a las nuevas realidades. Función que cumplió hasta 2011, en que se
decidió su cierre definitivo.
Aunque en Retamares siguen
existiendo diversos acuartelamientos y zonas militares, en febrero de 2000, la
Gerencia de de Infraestructura y Equipamiento de la Defensa firmó un convenio
con el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón por el que este se comprometía a
incluir los terrenos del Ministerio de Defensa, Polvorín Retamares, dentro del Plan General que se estaba tramitando. El Ministerio cedió las 20 hectáreas de
suelo de Montegancedo al Ayuntamiento, siendo estas reclasificadas como suelo urbano. Sin embargo,
en diciembre de 2005, la Gerencia de Infraestructura y Equipamiento de la
Defensa sacaba a pública subasta los terrenos "Polvorín Retamares" y, en
enero de 2006, se los adjudicaba a la Inmobiliaria Lualca. Estos acuerdos permitieron la apertura
pública de buena parte de unos terrenos que, durante más de un siglo, habían
estado destinados a usos exclusivamente militares, pero también
supuso su conversión a suelo residencial, sin valorar el patrimonio histórico que pueda existir en ellos, ya que, entre otros motivos, el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, hasta la fecha, no ha elaborado su correspondiente Catálogo de Espacios y Bienes protegidos del municipio, tal y como establece la ley de Patrimonio de la Comunidad de Madrid.
Tengo que agradecer muy
especialmente a Guillermo Poza Madera, compañero de Gefrema e incansable
estudiosos de la historia del noroeste de Madrid, haber sido la primera persona
que, hace ya un par de años, me llevó a visitar Retamares. Primero en una
visita relámpago preparatoria de la estupenda ruta que estaba organizando para
los socios de Gefrema, y después, durante la propia ruta, en la que pudimos recorrer
la zona más tranquilamente, visitando los restos de los Polvorines y de las
instalaciones defensivas que le daban protección (garitas, torres de
vigilancia, etc.), así como otras huellas de la intensa actividad militar que
durante décadas se ha desarrollado en aquél lugar: galerías de tiro al aire
libre, diferentes ruinas, numerosos atrincheramientos de todo tipo y abundantes
restos de cartuchería que aparecen a simple vista procedentes de las prácticas
y maniobras militares que se han efectuado en Retamares durante décadas. Tanto
es así, que puede decirse que en un par de paseos por la zona, con un poco de
paciencia y atención, uno puede hacerse con una respetable colección de vainas,
peines y balas de los diferentes calibres y modelos de armas de fuego que ha
utilizado el ejército español en los últimos cien años de historia (Mauser,
Star, Hostchkiss Cetme, MG-42…).
Las limitaciones de este blog me
impiden alargarme más en el tema, quedando en el tintero aspectos realmente
curiosos como el Reducto de la Estrella, la línea ferroviaria Cuatro
Vientos-Brunete, detalles sobre las unidades militares y los diferentes
cuarteles de Retamares, etc. Por ello, quien desee ampliar y complementar
información sobre Retamares, le recomiendo visitar el Foro de Gefrema, donde
Guillermo colgó abundante documentación que, como suele ser habitual en este
Foro, se fue ampliando con las colaboraciones y aportaciones de otros
compañeros.