martes, 21 de diciembre de 2010

99) Cirugía de alto riesgo



CIRUGÍA DE ALTO RIESGO

En los últimos años del franquismo y principios de la transición democrática (finales de los años 60 y década de los 70) surgieron una serie de publicaciones especializadas en Historia y dirigidas al gran público que alcanzarían un considerable éxito. Eran tiempos de cambio y muchas personas tenían curiosidad por conocer aspectos del pasado más o menso reciente que, por motivos obvios, habían permanecido ocultos, ignorados o muy tergiversados.

La guerra civil española y los años que la habían precedido fueron temas que volvieron a despertar interés y de los que comenzó a escribirse desde nuevas perspectivas, rescatando del olvido esa parte de la Historia que la censura y la ideología imperante habían mantenido ocultos o manipulados durante cuatro décadas.

De esta manera, por las páginas de revistas como “Historia y Vida”, “Tiempo de Historia”, “Historia 16”, etc. comenzaron a desfilar sucesos, episodios, organizaciones, ideas, personajes… de los que hacía mucho tiempo que nadie hablaba.

Este boom editorial e historiográfico duró lo que duró y, aunque algunas de estas publicaciones han seguido hasta nuestros días, lo cierto es que, poco a poco, el interés por ciertos temas fue enfriándose hasta prácticamente desaparecer del todo. Hoy en día, los que vivimos en Madrid, podemos encontrar con facilidad esas revistas en lugares tales como El Rastro, La Cuesta de Moyano o las diferentes librerías de viejo que existen por toda la ciudad. De hecho, constituyen un clásico del mercado de segunda mano, variando bastante los precios y el estado de conservación en función de donde se compren.

Yo, tengo la fortuna de contar con una buena colección de estas revistas. Colección que en aquellos tiempos inició mi padre y que, a trompicones y cada vez con menso regularidad, ha continuado aumentando a lo largo de los años. Recorrer esas viejas páginas puede proporcionar sorpresas y hallazgos curiosos. Entre la enorme cantidad de artículos, cartas al director, consultas de los lectores, etc., es fácil toparse con interesantes trabajos sobre algunas de las batallas más importantes de la guerra civil; con curiosas fotografías históricas; con firmas como las de Martínez Bande, los hermanos Salas Larrazábal, Casas de la Vega, Carlos Engel… o con memorias y entrevistas de algunos de los protagonistas más destacados.

Otro aspecto que resulta especialmente interesante en las revistas históricas de aquellos años es la participación de multitud de lectores más o menos anónimos que, a raíz de lo publicado en diferentes artículos o a través de secciones tales como “Consultas del Lector” o “Cartas al Director”, aportan sus opiniones, recuerdos, experiencias, vivencias, etc. sobre los años de guerra que les tocó vivir, proporcionando un buen número de datos, curiosidades, episodios desconocidos, nombres propios, anécdotas… que, de otra manera, posiblemente nunca hubieran salido a la luz.

Lo malo que tienen estas publicaciones es lo confuso que resulta manejarse eficazmente con sus contenidos. El enorme número de revistas existentes, en las que se entremezclan los temas más variados, y la falta de buenas bases de datos sobre las mismas, provoca que, en líneas generales, las cosas se localicen casi por puro azar. Últimamente, algunas hemerotecas digitales van incluyendo revistas de este tipo en sus fondos, lo cual, suele facilitar bastante las cosas, pero todavía queda mucho por hacer. En cualquier caso, animo a bucear en ellas, especialmente las editadas a finales de los 60 y durante la década de los 70, porque es seguro que proporcinarán gratas sorpresas.

Algo así me pasó hace unos días cuando, echando una ojeada a algunos de los viejos números con los que cuento, me topé con un espeluznante asunto relacionado con la guerra civil. Se trata de una serie de casos en los que el proyectil de un mortero se incrustó literalmente en el cuerpo de algún combatiente, pero sin detonar, viéndose los médicos que tuvieron que atender a los afectados en una situación extremadamente delicada por el alto riesgo de explosión que suponía la manipulación de un proyectil de estas características, un arma, el mortero, que, como es sabido, fue una de las más numerosas y utilizadas en la guerra de trincheras que se generó en los frentes estables (ver artículo “A MORTERAZO LIMPIO”).

Aunque parecen sacados de una película, casos tan extraordinarios como estos sucedieron. El ejemplo lo encontramos en el número 68 de la revista “Historia y Vida” (noviembre de 1973), concretamente en su sección “Correo del Lector”, donde se publican dos cartas que, a raíz de la aparición de un artículo anterior, dos lectores se animan a escribir. Los testimonios son tan llamativos y sobrecogedores que me limito a copiarlos íntegramente para compartirlos con los lectores y lectoras del blog. También reproduzco las fotografías (con las que encabezo esta entrada) que aparecen en dicha revista. Unas fotografías que ponen los pelos de punta.

“HERIDAS POR PROYECTILES DE MORTERO QUE NO ESTALLARON”

Señor Director:

He leído en el nº 64 de su revista, correspondiente al pasado mes de julio, una referencia titulada “Herido por un proyectil de mortero que no llegó a estallar”, escrito por el doctor Joaquín Barrios Gutiérrez, de Sevilla, a quien no tengo el gusto de conocer, pero puedo confirmar lo que refiere y completar la historia, por ser en esa fecha ayudante del doctor don Cosme Valdovinos (fallecido al término de la guerra), jefe de la Segunda Clínica de Cirugía del Hospital Militar de Madrid, en el Hotel Palace. Como fue un caso verdaderamente extraordinario, conservo la historia clínica, cuyos datos de forma resumida les comunico:

El día 2 de julio de 1937, a la una de la madrugada, ingresó el soldado llamado Blas Martín Mora, de 22 años de edad, natural de Domingo Pérez (Toledo), perteneciente a la 48 Brigada Mixta, 3 Batallón, 1ª Compañía. Lo traían en camilla por no atreverse a su evacuación en ambulancia, ya que presentaba una bomba de mortero enclavada en dirección anteroposterior y oblicua a nivel del tórax izquierdo, por debajo de la clavícula, en su parte externa. En la región posterior, en el espacio escapulodorsal, se apreciaba una prominencia cubierta por los músculos y la piel.

El estado del herido era de una gran ansiedad, hecho comprensible porque no ignoraba que el grueso proyectil no había estallado.

El problema quirúrgico tenía que resolverse sin poner en peligro la vida del herido ni la de los que presenciábamos la escena, que éramos el equipo quirúrgico de guardia, formado por el doctor Valdovinos, la enfermera (Matilde), el enfermero (Alejandro) y yo, los únicos que permanecíamos en el quirófano, pues el técnico de Artillería que había acudido para tratara de desmontar el percutor de la bomba nos dijo que era de tipo desconocido para él y desapareció del lugar.

Ante la pericia quirúrgica del doctor Valdovino, su gran tranquilidad y sus consejos en ese momento, tuve que sostener con los dedos el proyectil y cuando fue posible sacarlo del cuerpo del herido (cosa de pocos minutos, pero que a todos nos pareció una eternidad) salí al pasillo entregándoselo al técnico, no sabiendo más del asunto y sin poder terminar la operación.

El soldado, independientemente de la intervención, muy peligrosa por la gran vascularización de la región donde se había insertado el proyectil, sólo tenía, como se pudo comprobar posteriormente por radiografías, dos costillas fracturadas y el hueso omóplato izquierdo con múltiples esquirlas, pero afortunadamente todas las lesiones curaron y el día 16 de octubre de 1937 fue dado de alta con absoluta integridad de su vida, quedando útil para todo el servicio.

No se si seremos los primeros médicos en la historia de la Medicina que operamos un caso semejante. En la guerra de entonces hubo otro caso parecido, operado por el doctor Sánchez Brezmes (fallecido) y ayudado por el doctor Santiago Cifuentes Langa, que se publicó ya en una revista médica. (Joaquín Herrero-Fontana, Madrid).

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Señor director:

He leído, en el “Correo del lector”, una carta del doctor don Joaquín Barrios Gutierrez, de Sevilla, el cual manifiesta que fue el primero que vio un herido por proyectil de mortero sin estallar enclavado en el tórax.

En relación con este asunto me creo obligado (en memoria del que fue gran cirujano y profesor de la Universidad de Madrid y hermano mío) a poner en claro algunos puntos.

Estando en el hospital de primera línea, como cirujano, el doctor don Martín Sánchez Brezmes llegó (antes de las fechas enunciadas por el distinguido compañero en su carta a “Historia y Vida”) un herido que no había querido ser recogido por los camilleros ni por la ambulancia, portando un proyectil enclavado en la región posterior del brazo. Al parecer y según manifestaciones del herido, había recorrido varios hospitales sin recibir atención en alguno.

Cuando llegó al Sanatorio del doctor León, situado en la Plaza de Mariano Cavia, entonces hospital de guerra de primera línea, fue recibido por el doctor Sánchez Brezmes, quien le dio ánimos, diciéndole que no se preocupase, que aquello sería extraído en pocos momentos. Posteriormente, dicho doctor se ponía en comunicación telefónica con nuestro padre, militar, que se encontraba escondido en Madrid, el cual, telefónicamente le explico las características de estos proyectiles, así como dónde se encontraba el percutor, aconsejándole gran prudencia en la manipulación del mismo.

Fue anestesiado el herido y se procedió a seccionar los tejidos encima del percutor, liberando éste de los tejidos que le cubrían; fue desenroscado y extraído el proyectil, haciendo posteriormente una incisión liberadora del mismo y retirando éste. Había ocasionado una fractura de húmero, en pico de flauta, por lo que (una vez extraído el proyectil y limpiado perfectamente los tejidos) se procedió a la sutura, haciéndose una cura retardada y una aeroplano de escayola.

El herido quedó totalmente curado, sin secuelas.

He de hacer constar una vez más que la importancia de la extracción, radica:

1. Ser (por primera vez) extraído un proyectil de mortero.

2. En el gran peligro que corrieron el cirujano y su equipo.

3. Haberlo realizado a cuerpo limpio, sin protección alguna de sacos terreros y, naturalmente, el éxito de la intervención y curación (sin secuelas) del herido.

Yo conocía, por referencias, que se había extraído otro proyectil, en el “Palace”, posteriormente a esta extracción, y de una manera no muy ortodoxa, puesto que (según referencias) anestesiaron al herido, ataron al estabilizador una cuerda, pusieron un colchón en el suelo, perforaron un tabique y tiraron de dicha cuerda, desde la otra habitación, hasta la extracción del proyectil.

El caso referido por mí fue perfectamente presentado en la prensa médica, en el año 1941, en la revista “Clínica Médica”, editada en Zaragoza. (Dalmacio Sánchez Brezmez).

“HISTORIA Y VIDA” Año VI, nº 68, Barcelona-Madrid, noviembre 1973, pp. 123-124.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1) Blas Mrtín Mora y el proyectil de mortero que le fue extraído del torax. Un sanitario sostiene la granada.
Fotografía 2) Otro herido por proyectil de mortero que no llegó a estallar. Muy probablemente es el que fue asistido por el doctor Sánchez Brezmes.


martes, 7 de diciembre de 2010

98) Golpe por golpe


GOLPE POR GOLPE

A estas alturas, los seguidores y seguidoras de este blog deben de estar familiarizados con nombres como Casa Camorra, Casa de Cuba, Casa Amarilla, Ermita de Camarines… viejos topónimos de guerra situados, todos ellos, en la Cuesta de las Perdices.

Han sido varios los artículos que he dedicado a este convulso y emblemático sector del frente ubicado en la carretera de La Coruña. Uno de los puntos en los que la tierra de nadie fue más estrecha, podría decirse que reducida a su mínima esencia, y en donde los golpes de mano se sucedieron ininterrumpidamente a lo largo de toda la contienda. No quiero repetirme y, por ello, remito a anteriores entradas de este blog a todo el que quiera refrescar la memoria (“CUESTA DE LAS PERDICES”, “CASA CAMORRA”, etc.).

Seguir el rastro de todas las operaciones que tuvieron lugar en este punto, conocer las diferentes unidades que por aquí pasaron y delimitar con precisión las posiciones que unos y otros ocuparon a lo largo de los casi tres años de guerra, resulta verdaderamente complicado. En la Cuesta de las Perdices se desarrolló un muy especial tipo de guerra, combatiéndose arduamente por el control de pequeños palmos de terreno, en un confuso contexto de edificios en ruinas, profundas e intrincadas trincheras, subterráneas minas y contraminas, combates cuerpo a cuerpo y un desolado paisaje lunar repleto de cráteres de explosiones, escombros y todo tipo de destrucciones.

Llevo tiempo intentando establecer una mínima cronología de la guerra en este sector, pero cuanto más creo avanzar en este objetivo, más dudas y preguntas me surgen. Más o menos, está claro que fue en este punto donde las tropas de Franco se vieron definitivamente frenadas en enero de 1937. Las características del lugar, en el que existía un buen número de construcciones (hotelitos, restaurantes, etc.) posibilitó el desarrollo de un espeso sistema defensivo por parte de los republicanos, que dio lugar a una confusa lucha entre ruinas y escombros por el control de esos edificios. Tras jornadas de un intenso pulso, puede decirse que ninguno de los dos ejércitos consiguió imponerse sobre el otro y, agotados física y materialmente, terminaron la partida en una especie de tablas, procediendo rápidamente a fortificarse lo mejor posible en sus inestables posiciones.

Estas circunstancias dieron lugar a un movedizo frente que obligó, a unos y otros, a una constante actividad defensiva, una defensa que implicó obligatoriamente pequeñas y constantes acciones ofensivas encaminadas a lograr alguna mínima ventaja sobre el oponente: obtener observatorios, eliminar desenfiladas en los planes de fuego, desalojar al enemigo de puntos peligrosos, lograr la hegemonía en la amenazante guerra de minas que se desarrolló en el subsuelo, etc.

Seguir la pista de todo ello es confuso y complicado, quedando muchos huecos por rellenar y abundantes dudas que resolver. El problema no está solo en el estudio e interpretación de las acciones de combate y de las unidades que participaron en ellas, la cosa se complica enormemente porque el lugar en sí, la Cuesta de las Perdices, ha experimentado profundas transformaciones desde entonces y, la mayoría de los topónimos y referencias que aparecen en la documentación, dejaron de existir hace muchas décadas.

Casa Camorra, Casa de Cuba, Casa Amarilla… son lugares difíciles de ubicar con exactitud hoy en día. Sin embargo, esa labor es esencial para poder profundizar en el desarrollo de la guerra en la Cuesta de las Perdices. Algunos de estos edificios, separados entre ellos por unas pocas decenas de metros, cambiaron de manos varias veces, en ocasiones, en muy breve plazo de tiempo. Uno de los ejemplos más característicos es el de la Casa de Cuba, de la que ya he comentado algo en diferentes puntos de este blog. Construcciones que terminarían reducidas a montones de escombros, pero por cuyas ruinas se seguiría combatiendo ininterrumpidamente.

En su día (“CASA CAMORRA” y “CASA CAMORRA (2ª PARTE)”), traía a este blog, rescatándola del olvido absoluto en el que se encontraba, una de las muchas acciones de combate que tuvieron lugar en la Cuesta de las Perdices. Se trataba de un golpe de mano realizado por fuerzas de la 20 División Nacional a finales de agosto de 1938. La acción, que se inicio en las posiciones de Casa Camorra, logró desalojar a los republicanos de las construcciones que ocupaban al otro lado de la carretera de La Coruña.

El ataque de los nacionales tuvo un importante éxito inicial, pero los republicanos no iban a quedarse quietos. Inmediatamente se lanzaron varios contraataques que, a pesar de algún pequeño y momentáneo éxito, quedarían prácticamente neutralizados, lo que provocó una seria reprimenda por parte del Mando a las unidades del sector, tanto por haberse dejado arrebatar las posiciones, como por ser incapaces de recuperarlas en los sucesivos contraataques desarrollados. La cosa no podía quedar así, y no se pararía hasta lograr algún tipo de éxito que volviera a equilibrar la balanza. De esta manera, pocos días después, el 4 de septiembre de 1938, el ABC de Madrid se hacía eco de ciertos éxitos militares en la Cuesta de las Perdices, los cuales, si bien no lograban desalojar por completo al enemigo de sus recientes conquistas, por lo menos, conseguían arrebatarles algunos puntos de gran importancia, creándoles nuevamente una situación delicada y peligrosa. Reproduzco otra vez fragmentos de la noticia publicada en ABC por parecerme especialmente ilustrativa.

“UNA FELIZ OPERACIÓN EN LA CUESTA DE LAS PERDICES”

“(…) en las operaciones que se llevan a cabo en la Cuesta de las Perdices el enemigo sufrió ayer un serio castigo. En la madrugada última fue volada una mina, hábil y rápidamente preparada, que en cortos instantes terminó en destruir el Moto Club, de la colonia cubana, conocido por el nombre de Casa de Cuba, que los facciosos habían convertido en observatorio y depósito de material. El enemigo sufrió considerable número de bajas.

La eficaz operación nos ha permitido ocupar nuevamente posiciones que fueron nuestras, y que mejoran notablemente la situación en dicho sector.” (ABC de Madrid, publicado el 4 de septiembre de 1938).

Aunque parcialmente, los republicanos lograban, una vez más, devolver el golpe sufrido. El mismo día que la prensa madrileña daba a conocer los pequeños éxitos de sus tropas en la Cuesta de las Perdices, el Estado Mayor del IIº Cuerpo de Ejército republicano emitía una “INSTRUCCIÓN PARTICULAR RESERVADA A LOS JEFES DE DIVISIONES”. En ella, se analizaba lo sucedido en la Cuesta de las Perdices, sacándose interesantes conclusiones que, hoy en día, resultan muy ilustrativas sobre la delicada situación que se vivía en ese sector y de la que venimos hablando en diferentes puntos de este blog.

Una de las cosas que más me llama la atención de esta circular es la afirmación de la existencia de unidades especiales en las filas enemigas, las cuales habrían tenido un gran protagonismo en las acciones desarrolladas:

“En el Boletín de Información correspondiente al día 26 de pasado mes se señalaba la presencia en este frente de compañías enemigas especialmente organizadas para la ejecución de golpes de mano.

El día 27, por fuerzas enemigas entre las que se encontraba una compañía de este tipo, reforzada posteriormente, se efectuó un golpe de mano sobre posiciones propias de la Cuesta de las Perdices y, a pesar de la rapidez con que nuestras fuerzas contraatacaron, ocupando las trincheras perdidas, ya se encontraban en ellas grandes cantidades de municiones, de arma portátil y de granadas de mano.

Del abundante material de guerra enemigo recogido, después de contraataque, puede decirse que estas unidades están dotadas de un equipo extraordinariamente ligero, adaptado y fraccionado para llevarse a la espalda por los atacantes. Los cadáveres abandonados por el enemigo, vestían camisa azul con insignias fascistas pero sin documentación alguna. Con esto se ha comprobado la noticia dada en el Boletín citado.”

Unidades con una preparación especial y que están equipadas específicamente para actuar en un frente con unas características muy particulares. Un dato que me parece muy curioso y significativo. Pero, posiblemente, lo más importante de este documento sea el análisis que realiza sobre la situación del frente en la Cuesta de las Perdices, un análisis que corrobora la idea de un sector especialmente tenso, peligroso y activo, en el que los ataques y contraataques de unos y otros forman parte de la rutina cotidiana, a pesar de que, en teoría, nos encontremos en un frente “estabilizado”:

“Aunque, dada la situación defensiva que las circunstancias imponen a ambas partes en este frente, lo que no hace presumible que el enemigo pueda intentar una acción ofensiva de importancia para la que necesitaría gran cantidad de efectivos y elementos que no habrían de escapar a nuestra observación, es perfectamente lógico admitir que golpes de mano como el expuesto pueden repetirse y estar a cargo de estas unidades especiales su iniciación y ejecución y, caso de buen éxito, serían explotados seguramente por las reservas locales.

Encaja pues, dentro de la precisión de los mandos en todos los escalones, la posibilidad de que estos hechos se produzcan y, ante tal eventualidad, es preciso adoptar medidas y precauciones para contrarrestar rápidamente los propósitos del enemigo.

Por sus efectivos, organización, armamento y equipo, las unidas enemigas recibirán seguramente como misiones el apoderarse de posiciones propias que, por estar próximas a sus líneas, puedan proporcionar al enemigo: la posesión de un buen observatorio; el adelantar sus líneas para salvar un ángulo muerto; destruir y ocupar una posición propia que les cause normalmente perturbación o baja.

Cabe también suponer la ejecución de acciones más profundas iniciadas por infiltración en frentes no continuos, con objeto de rodear y hacer caer por envolvimiento alguna posición aislada y que les proporcione las ventajas expuestas.”

Por todo ello, se ordenaba la realización de estudios basados en el profundo conocimiento del frente, “repasando con detalle las acciones propias y enemigas que se han desarrollado en el ya dilatado periodo de estabilización, para deducir que posiciones propias interesan más al enemigo, es decir, realizar el mismo estudio que éste efectuará, seguramente, al proyectar sus golpes de mano, y de cuyo estudio darán cuenta a este Estado Mayor.”

El documento continúa con una serie de disposiciones para evitar las acciones enemigas y, en caso de producirse éstas, como han de actuar las fuerzas que defienden ese sector para neutralizar y rechazar lo antes posible esos golpes de mano. Como vemos una vez más, tras la definición de “frente estable”, muchas veces, se oculta una pequeña pero intensa guerra repleta de acciones locales, golpes de mano, ataques y contraataques.

Esa fue la realidad vivida (o sufrida) en muchos puntos del frente de Madrid, entre ellos, la Cuesta de las Perdices, un sector en el que el pulso fue constante, lo que obligaba a permanecer en guardia y preparado, manteniéndose un tenaz forcejeo en el que se intentaba devolver las agresiones recibidas, golpe por golpe.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Documentación procedente del AGMA

Agradecimiento especial a J. A. Zarza por las fotografías proporcionadas.

Fotografía: Cuesta de las Perdices en julio de 1937. A la izquierda de la imagen Casa Camorra, a la derecha edificio del Moto Club (Fotografía de Díaz Casariego, publicada en la revista "Crónica"). Para ampliar, pinchar sobre la imagen.