jueves, 26 de marzo de 2009

23) Guerra de propaganda



GUERRA DE PROPAGANDA

La guerra de trincheras o guerra de posiciones da lugar a situaciones curiosas. Los dos ejércitos se sitúan uno frente al otro, aferrándose al terreno por medio de trincheras, alambradas y todo tipo de obras defensivas. Entre los contrincantes se interpone una tierra de nadie que, en muchas ocasiones, apenas alcanza unas decenas de metros.

La tropa, con sus distintos tipos de relevos, puede pasar meses en un mismo lugar, realizando labores de vigilancia, instrucción y fortificación. En general, los días transcurren monótonos y aburridos, intercambiándose, de forma cotidiana, fuegos de fusiles, armas automáticas, morteros y artillería, de una línea del frente a la otra. Esa rutina se rompe de vez en cuando por los golpes de mano, las pequeñas operaciones o las acciones del tipo guerrilla, pero en general, los enemigos se limitan a vigilarse, hostilizándose constantemente.

En los frentes de la guerra civil española fue muy frecuente la actividad propagandística dirigida al enemigo. El objetivo era influir negativamente en la moral del contrario. Al estar tan próximos los dos ejércitos, y hablar la misma lengua, era normal que los soldados gritaran e insultaran a los de las trincheras de enfrente. Ésta práctica, que surgió de manera espontánea entre la tropa, pronto fue organizada por los servicios de propaganda de las diferentes brigadas y regimientos de uno y otro ejército.

Revisando los documentos de la 111 Brigada Mixta (que cubrió el frente republicano de Las Rozas desde el verano de 1938), aparecen diferentes partes de propaganda en los que se refleja esa realidad. En ellos aparecen abundantes ejemplos de ésta actividad propagandística:

“Desde las posiciones propias fueron lanzados al enemigo 4 cohetes lanza-propaganda conteniendo octavillas con alocuciones del Coronel Casado y textos del discurso del Presidente de la República, llegando 3 de ellos a su destino.”

“Desde las posiciones propias situadas frente a Los Molinos, Vértice Cumbre, Las Rozas y Guadarrama Oriental, se emitió al enemigo, por medio de megáfonos el programa de propaganda correspondiente al día de ayer.”

El enemigo hacía lo propio y, de ésta manera, se entablaba una constante actividad de propaganda y contrapropaganda, en la que cada uno de los contrincantes hacía llegar al otro su discurso.

Muchas veces, estas controversias se realizaban oralmente, por medio de altavoces o a plena garganta. Unos y otros comenzaban a lanzar sus consignas y los gritos, todo tipo de insultos, burlas y carcajadas recorrían las líneas de trincheras:

-“Todo lo que contáis en vuestro parte de guerra no son más que cuentos. Pronto tomaremos café en Madrid. Vuestros delegados políticos son los que os meten el veneno en las venas, pero pronto los vamos a coger a todos.”

-“¿No os da vergüenza luchar para defender los intereses de los señeritos y privilegiados, los mismos que os explotan y mienten?”

-“Los que os mienten son vuestros jefes, con sus barrigas llenas y sus culos calientes, mientras a vosotros os comen los piojos en la trinchera.”

El curso de la guerra, la intervención de extranjeros o la situación en otros frentes eran temas habituales:

“Todos los que teníais en Teruel bien que se dejaron las zapatillas corriendo. En el Este os hemos cogido 5.000 prisioneros y todos eran ingleses, franceses checoslovacos y rusos. Ayer, en un golpe de mano en la Cuesta de la Reina, os hicimos muchas bajas y os quitamos una posición en la que dejasteis abandonados muchos cadáveres.”

 
Muchas veces, también se hacía apología de lo bien que se comía en su zona, tentando a los de enfrente a pasarse a sus filas, donde podrían disfrutar de café, chocolate, coñac y buen tabaco.

Con frecuencia, las discusiones (en las que a veces participaban oradores profesionales como curas o comisarios políticos) terminaban a tiros, y las emisiones de programas radiados se interrumpían con el fuego de los morteros. Pero otras muchas veces, se prefería no malgastar munición y los altavoces sonaban en medio de la oscuridad, llenando la noche de consignas y eslóganes políticos e ideológicos.

Para el soldado de trincheras, a los riesgos, carencias y penalidades que suponía estar en primera línea de fuego, se sumaba el tormento de tener que aguantar, de forma cotidiana, sermones y discursos de uno y otro signo.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Dirigiendose al enemigo con un altavoz improvisado en el frente de Madrid.
Fotografía 2: Camión-megáfono utilizado en el frente de Madrid por los republicanos para emitir propaganda al enemigo.

Documentación procedente del AGMA

martes, 17 de marzo de 2009

22) Cementerio de Pozuelo




CEMENTERIO DE POZUELO

El 23 de noviembre de 1936 las tropas franquistas, tras 17 días de ataque frontal a la capital de España, se sienten incapaces de continuar avanzando. Madrid, la ciudad a la que se consideraba “indefendible”, resiste. Pero los asaltantes no están dispuestos a renunciar tan pronto. No quieren perder la iniciativa. Madrid debe caer.

De ésta manera, la guerra se trasladará a los alrededores de la capital. El objetivo: cercar Madrid, cortar sus comunicaciones, privarla de sus suministros, intentar penetrar en la ciudad por sus flancos.

Franco y sus generales estudian los mapas, reorganizan sus fuerzas. El 29 de noviembre dan la orden de ocupar la línea formada por Húmera, Pozuelo y su Estación, Aravaca, Cuesta de las Perdices, Cerro del Águila (cortando la carretera de La Coruña) y tomar El Pardo para caer sobre Madrid por el noroeste.

Entre los rebeldes todavía reina el optimismo y la fe en sus posibilidades. Algunos de sus jefes militares rozan la bravuconería: una chusma de milicianos no pueden ser obstáculo para sus tropas.

El general Varela conducirá las operaciones. Para la ofensiva se han organizado tres columnas, mandadas por el coronel García-Escámez (una de caballería, al mando del teniente coronel Gavilán; y dos de infantería, mandadas respectivamente por los tenientes coroneles Siro Alonso y Bartoméu). En total, unos 6.500 hombres, apoyados por carros, artillería y aviación. Una fuerza poderosa en aquel entonces.

En frente, los republicanos tienen desplegados unos 3.700 hombres y diez piezas de artillería. Son los pertenecientes a la “X” Brigada (del comandante Palacios), que ocupa Aravaca y sus inmediaciones; y la III Brigada Mixta (comandante José María Galán), que defiende Pozuelo y sus alrededores.

Al amanecer, la columna Bartoméu ataca por sorpresa desde las espesuras de la Casa de Campo. La V Bandera de La Legión se despliega por el extremo de Humera y ocupa el sanatorio de Bellas Vistas (hoy desaparecido). Por el oeste, los siete escuadrones de caballería mora (columna Gavilán) desbordan el vértice Valle Rubios e intentan un ataque rápido contra Pozuelo por el noroeste. Los gritos de guerra de los norteafricanos serán silenciados por el repiqueteo de las armas automáticas que los republicanos tienen instaladas en las múltiples casas de veraneo existentes en la zona. La carga de caballería es bruscamente frenada por una cortina de fuego. Sobre el barro caen, segados por las balas, hombres y animales, entre sangre, relinchos y gritos de muerte.

El esfuerzo principal lo llevarán las tropas de Siro Alonso. Desde el Ventorro del Cano se lanzan contra el cementerio de Pozuelo y la Colonia de La Paz, cuyas casas se han convertido en improvisados nidos de ametralladoras comunicados entre sí a través de trincheras y de orificios abiertos en los tabiques internos de los edificios. El cementerio, situado en un alto a las afueras de Pozuelo, se ha transformado, a modo de barbacana, en un bastión defensivo. En sus tapias y muros de mampostería y ladrillo macizo sus defensores han abierto aspilleras por las que asoman fusiles y ametralladoras.

Los atacantes son tropas de choque del Ejército de África: la VII Bandera de La Legión, los tabores I de Alhucemas, II de Tetuán y el V y II de Larache, más una Mehal-la del Rif; apoyados por dos baterías del 65 y otras dos del 75, más dos compañías de carros pesados.

La artillería comienza su bombardeo. Los proyectiles impactan contra el cementerio. Las explosiones quiebran los muros, rompen la tierra. Las tumbas y nichos saltan por los aires. La onda expansiva arrastra metralla, tierra, hierros, piedras y huesos de los enterrados que hieren y matan a los defensores. Las fosas se convierten en improvisadas trincheras. La lucha se desarrolla entre restos de lápidas y de difuntos desenterrados, creándose una estampa más propia de un relato gótico. Los cuerpos de los que caen se mezclan con los despojos de esqueletos y cuerpos momificados.

El asalto es tan fuerte y decidido que los defensores republicanos se ven obligados a retroceder. Pierden el cementerio y algunas de las primeras casas de la Colonia de La Paz, pero se hacen fuertes en el Cerro de Los Perdigones, donde cuentan con sólidas fortificaciones desde las que hostigan con morteros, fusilería y armas automáticas a los atacantes.

Desde el cementerio los oficiales, con las gargantas enrojecidas por el humo, ordenan a gritos que continúe el avance. Los moros se lanzan una y otra vez contra el Cerro de Los Perdigones, pero, una y otra vez son rechazados. Tras las tapias del cementerio los oficiales, pistola en mano, obligan a nuevos asaltos, pero el cerro no cae y las bajas se multiplican. En un desesperado asalto los regulares consiguen desalojar a los defensores de sus trincheras y ocupar el cerro, pero no por mucho tiempo. La artillería republicana desata toda su furia sobre la posición recien perdida. Los impactos son tantos y tan precisos que la situación se hace insostenible. En poco tiempo, los defensores de Pozuelo reconquistan el cerro de Los Perdigones. Los norteafricanos supervivientes se repliegan de nuevo al cementerio. Atrás quedan los cadáveres de muchos compañeros.

El mando republicano envía varios batallones y algunos carros para reforzar la zona. Tras varios días de agotadores forcejeos, de asaltos a la bayoneta, de metralla, frío y sangre, los combates van cesando y el frente se estabiliza. Los contraataques republicanos no consiguen romper las líneas enemigas, pero logran frenar la ofensiva sobre Pozuelo. El primer intento de cortar la carretera de La Coruña y atacar Madrid por el noroeste finaliza para los atacantes con unas pequeñas ganancias de terreno, prácticamente insignificantes. Las tropas de Siro Alonso, incapaces de conquistar el Cerro de Los Perdigones, quedan paralizadas entre las ruinas y escombros del cementerio en medio de un paisaje dantesco y macabro. El día 2 de diciembre estas fuerzas, incapaces de soportar un ataque combinado de tanques y aviones, abandonan el cementerio de manera apresurada. En el diario de operaciones del general Miaja puede leerse: "el enemigo retrocede con indicios de desbandada, abandonando el cementerio de Pozuelo".

El paseo militar que esperaban algunos no se produce. Los defensores republicanos ofrecen, día a día, una resistencia más tenaz y decidida. Vicente Rojo, años después, escribiría al referirse a aquellos combates:

“La calidad de esas posiciones, naturalmente fuertes, y el ardor con que se batieron nuestras milicias, que no habían sido victimas de la sorpresa, permitió, juntamente con enérgicos contraataques muy bien apoyados por la masa artillera de la defensa de Madrid, que el enemigo no lograse pasar del cementerio de Pozuelo, ni ocupar Humera, sufriendo un gran número de bajas”.

En pocos días los ataques y contraataques volverán a reproducirse en este lugar. Todo este sector del frente terminará siendo conquistado por las tropas franquistas en el tercer y definitivo asalto a la carretera de La Coruña (enero de 1937), pero el objetivo de entrar en Madrid fracasará nuevamente.

El antiguo Cerro de Los Perdigones, contra el que se estamparon los tabores africanos una y otra vez en noviembre/diciembre de 1936, es hoy en día un gran parque municipal. Los restos de fortines que en él existían fueron enterrados en los años noventa al realizarse las obras del actual parque. A pesar de lo muy modificado y alterado del entorno, subir a lo alto del cerro permite comprender la importancia estratégica que tuvo esta posición en la guerra y porqué se luchó tan encarnizadamente por su control. El cementerio de Pozuelo, con sus sucesivas ampliaciones y reformas, sigue estando situado en el mismo lugar que antaño. Aparentemente, no quedan huellas de aquellos terribles combates, pero el observador atento podrá descubrir, en las pocas lápidas que quedan anteriores a 1936, las marcas producidas por balas de fusil y fragmentos de metralla. Viejos mármoles que conservan las cicatrices de unos días de furia y sangre.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografías: Huellas de los impactos de bala y metralla en algunas lápidas antiguas del cementerio de Pozuelo (JMCM)

martes, 10 de marzo de 2009

21) Un cruce peligroso



UN CRUCE PELIGROSO

En todos los mapas que he podido consultar (el más antiguo data de 1755) aparece un cruce de carreteras al sureste de Las Rozas. Esta encrucijada de caminos, con sus constantes ampliaciones y cambios, ha perdurado hasta nuestros días. Al igual que siempre, está formada por tres carreteras: la actual carretera de La Coruña (que sigue, más o menos, el trazado de la antigua carretera de Segovia y de la vieja cañada de Valladolid), la carretera de El Escorial (antiguo camino Real de Castilla), y la carretera o camino que, desde antaño, ha unido a Las Rozas con Majadahonda.

Actualmente, una rotonda regula el tráfico en este punto (muy intenso en hora punta). En la zona se sitúa una de las entradas al bus-vao, y se levantan diversas urbanizaciones, colegios, un puesto de socorro de la Cruz Roja, un centro de conservación y mantenimiento de la autopista A-6, varios edificios de empresas y algún restaurante. Poca de la gente que vive o pasa por este lugar sabe que en la guerra civil este cruce de carreteras se convirtió, primero, en un cruento campo de batalla, e inmediatamente después de los combates, en una dura y consistente línea de frente.

En los años treinta esta zona era muy diferente a como la vemos hoy en día. Apenas existían construcciones (la vieja torre del telégrafo, algún chalet, un bar de carretera...) y el tráfico de vehículos era mínimo. Donde hoy se levantan urbanizaciones, se extendían entonces eras y campos de cultivo. Las dos carreteras principales eran mucho más estrechas y la actual carretera que lleva a Majadahonda no pasaba de ser un rudimentario camino carretero, polvoriento en verano y embarrado en invierno.

A pesar de este sencillo aspecto, su condición de intersección de importantes vías de comunicación convirtió ésta zona en un objetivo estratégico de primer orden. El 3 de enero de 1937 las columnas rebeldes, al mando del general Orgaz, inician su tercer y definitivo asalto a la carretera de La Coruña. El día 4, la columna Buruaga (tras conquistar el vértice Cristo) y la columna Asensio (que ha ocupado el vértice Manilla y Majadahonda), dirigen su avance hacia Pozuelo-Aravaca, para enlazar con las tropas de García-Escaméz. La columna de Iruretagoyena, tras hacerse con el Castillo de Villafranca, ha ocupado Villanueva del Pardillo, y continúa su avance hacia el vértice Cumbre. Barrón, por su parte, ha desalojado a los republicanos que defendían Romanillos. Su siguiente objetivo es tratar de alcanzar la carretera de La Coruña a la altura de Las Rozas.

El frente republicano al noroeste de Madrid se hace añicos. La penetración es profunda, imparable. Orgaz lanza a la ofensiva toda la potencia de su ejército (artillería, vehículos, infantería, carros y aviones) en una especie de “guerra relámpago” en miniatura.

Las brigadas y batallones republicanos se disgregan, retroceden, pierden terreno frente al empuje enemigo. Tras la conquista de Majadahonda y El Pardillo, las tropas atacantes casi tocan con los dedos la ansiada carretera de La Coruña. La columna de Barrón (a la que se unirá la de Iruretagoyena tras ocupar el vértice Cumbre) recibe la orden de ocupar el cruce de carreteras al sureste de Las Rozas.

Defendiendo éste cruce, y en el pueblo de Las Rozas se encuentran desplegadas fuerzas de la 35 Brigada Mixta (mandada en ese momento por Nino Nanetti) y de la Brigada E (o Brigada de Choque), la del Campesino, que ha sido enviada con urgencia a la zona para intentar restablecer la situación. A estas tropas se han ido uniendo los restos de la XI Brigada Internacional, batallones y combatientes dispersos, tropas que retroceden desde El Pardillo, desde Majadahonda… y que se concentran en Las Rozas para volver a presentar batalla. Las pocas construcciones existentes entre Majadahonda y Las Rozas se han convertido en improvisados fortines. El edificio de Telégrafos de Las Rozas, las pequeñas casas de veraneo, los cobertizos y el “Bar Anita”, un conocido establecimiento de la época situado muy próximo al cruce de carreteras.

El invierno ofrecía toda su crudeza. Las heladas, las temperaturas bajo cero, las espesas nieblas, acompañaron las jornadas de la Batalla de la carretera de La Coruña. Los combatientes caían, muertos o heridos, sobre un terreno embarrado, donde la sangre se fundía con el agua sucia de los charcos.

Las tropas de Iruretagoyena (un regimiento de infantería, caballería y carros, a los que ya mencionamos al hablar del Castillo de Villafranca) atacan desde el oeste, avanzando en torno a la carretera de El Escorial. Las de Barrón lo hacen de frente, desde Majadahonda. Estas últimas están formadas por dos regimientos de infantería (el I y II Tabores de Larache, y el I y II de Melilla, el I Batallón de Ceuta y la VII Bandera de La Legión), apoyados por cuatro baterías y una compañía de carros. Comienzan su ataque por la tarde, pero en invierno anochece pronto. La muerte viene envuelta en la fría oscuridad nocturna. Las armas automáticas mantienen a raya a los asaltantes. Los combatientes luchan entre tinieblas que, fortuitamente, se iluminan por las explosiones y las ráfagas de las ametralladoras. Las sombras se llenan de disparos, de gritos y lamentos, de insultos y maldiciones en diferentes lenguas.

La lucha es cruel, sangrienta y feroz. Los hombres del Campesino seguirán resistiendo un día más entre las ruinas de Las Rozas (en otro momento hablaremos de ellos), pero el cruce de carreteras, tras horas de violentos asaltos, termina cayendo a lo largo de esa noche. De ésta manera, los rebeldes logran alcanzar la carretera de La Coruña. Los partes oficiales de guerra del día 4 de enero de 1937 son ilustrativos:

PARTE FRANQISTA: “Continuó en este frente el brillantísimo ataque comenzado en el día de ayer, siendo coronadas por nuestras tropas todos los objetivos señalados, montándose a caballo de la Carretera de La Coruña y ocupando la línea Villanueva del Pardillo-Majadahonda y cruce de Las Rozas (Bar Anita). El enemigo abandonó en su huida una gran cantidad de muertos y armamento.”

PARTE REPUBLICANO: “Durante el día de hoy se ha combatido intensamente en la región de Villanueva del Pardillo, Las Rozas y El Plantío. El ataque enemigo ha sido fuertemente apoyado por artillería, carros y aviación, logrando penetrar en algunos puntos de nuestros dispositivos, por lo que nuestras fuerzas se han replegado a posiciones ya previstas por el mando, en donde se mantienen conteniendo el avance.”


Los sublevados informan que sus tropas “recogieron 627 muertos, en gran parte extranjeros”, así como gran cantidad de material. En los días sucesivos se sucederán los contraataques republicanos, pero el estratégico cruce quedará en poder de las tropas de Franco hasta el final de la contienda, procediendo a fortificarlo con trincheras, refugios y puestos blindados.

Hoy, la intensa circulación de vehículos ha sustituido el tronar de tanques y bombas de mano. Nada recuerda ya que aquí hubo una guerra. Pero sobre el mismo suelo en el que se forman los atascos matinales, la gente espera aburridamente el autobús, o los niños de los colegios juegan ruidosamente en los recreos, hace setenta años, la metralla y los disparos destruían edificios, árboles y cuerpos, en una desesperada lucha en la que los combatientes cayeron por centenares.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografías: Dos perspectivas actuales del cruce de carreteras al sureste de Las Rozas (JMCM)

lunes, 2 de marzo de 2009

20) El 303 British



EL 303 BRITISH

Entre los diversos tipos de munición que puede aparecer al pasear por los viejos campos de batalla, de vez en cuando, aparecen cartuchos del calibre 303 Britsh (“plagiado” por los italianos con el 7,7 Breda).

Al igual que otros países europeos (Francia, Alemania, Rusia…), desde finales del siglo XIX, Gran Bretaña se esforzó por dotar a sus tropas de un fusil moderno, que utilizara pólvora sin humo, y cuyos proyectiles fueran más pequeños, ligeros y precisos. Tras diversos experimentos y después de desechar diferentes diseños de cartuchos, se optó por el fusil Lee Metford (nombre del primer creador) que, algo después, pasó a denominarse, en su versión mejorada, Lee Enfield (del que se diseñaron diversos modelos: fusil, mosquetón y carabina corta).

El Enfield (en sus diferentes modelos) y su munición del calibre 303 British, se convirtieron en el fusil reglamentario del ejército británico, siendo ampliamente utilizado en todas sus guerras coloniales y en los dos conflictos mundiales, hasta que, en 1957, fue sustituido por el 7.62x51 Nato.

En la Guerra Civil Española, el calibre 303 British, y su “clon”, el 7,7 mm Breda italiano, fueron muy utilizados (a pesar de los problemas que presentaba el gran reborde de sus vainas) en armas automáticas pesadas, tanto en las ametralladoras de la infantería, como en las instaladas en carros y aviación de combate.

Sin embargo, el fusil Lee Enfield, no parece haber sido un arma muy utilizada en nuestra guerra, al menos si lo comparamos con el masivo uso que se hizo de otros fusiles, tales como el Mauser o el Moisin. La mayor parte de las unidades que de este calibre llegaron a España, fueron del modelo 1910 canadiense. En lo que se refiere al frente de Madrid, su uso suele vincularse al Ejército Popular de la República, apareciendo restos de este tipo de cartuchería en lugares en los que hubo posiciones republicanas.

Entre las vainas y cartuchos de esta munición, que hoy en día pueden encontrarse en los frentes de Madrid, abundan los que tienen el marcaje US, fabricados por los EEUU para el ejército británico, aunque también aparecen los de fabricación inglesa. El marcaje inferior, normalmente VII, hace referencia al modelo de cartucho. Las fechas que aparecen en el culote demuestran que, la mayor parte de esta munición, era excedente de la I ª Guerra Mundial.

Los proyectiles son ojivales, de plomo aleado y cobrizazos. Otro elemento, que en ocasiones puede aparecer, son los peines-cargador: hechos de una sola pieza metálica (normalmente acero pavonado), con capacidad para cinco cartuchos y una forma muy peculiar, con unos laterales elevados que sujetan los cartuchos como una especie de “pinza”. Estos peines soportan muy mal los efectos de la erosión y generalmente están muy deteriorados.

Algunas veces, un tranquilo paseo por las afueras de nuestros pueblos y ciudades puede ofrecer hallazgos curiosos: cartuchos ingleses, alemanes, soviéticos, francesés, etc., etc. Restos de munición empleada en una guerra en la que, como en todas las guerras, los intereses económicos de las industrias y empresas armamentísticas, no entendían ni de fronteras, ni de nacionalidades para dar salida a sus producciones y excedentes, atendiendo sólo a la ideología del negocio fácil y rentable.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ


Fotografía: Cartucho, vainas, balas y fragmentos de peines de la munición 303 British, encontrados en el noroeste de Madrid (JMCM)